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LINO
NOVAS CALVO EN LOS TRASPATIOS
La presentación en
una librería de Coral Gables
del relato de Lino Novás Calvo, “En los
traspatios”: una noche extraña con un público
inexistente.
Lorenzo García Vega |
Miami
Lino Novás Calvo nació en Granas de Sor, Galicia, en
1905. Llegó a Cuba, enviado por su madre, a la edad de
7 años, y después de haber ejercido distintos oficios
(fue chofer de alquiler), se consagró como narrador.
Comenzó intentando la poesía social con el poema
“Proletario”, publicado en la Revista de Avance,
1928. Después escribió novelas (Un experimento en
el Barrio Chino y Pedro Blanco, el negrero)
y, sobre todo, libros de cuentos (La luna nona, Cayo
Canas, Maneras de contar). En la Revista de
Occidente publicó cuentos y notas críticas. También
tradujo a Faulkner, Hemimgway, D. H. Lawrence, Aldous
Huxley y Robert Graves.
Pero sobre todo, Novás Calvo puede ser considerado como
uno de los grandes cuentistas de Hispanoamérica. Un
gran cuentista y un gran pesimista. Uno de los
narradores más amargos de esa literatura cubana que ya
cuenta con una buena tradición de escritores pesimistas
(recordemos, entre otros, la figura de aquel Miguel
Angel de la Torre, escritor suicida quien, antes de su
muerte en 1930, llegó hasta testificar sobre la
tristeza de lo cubano, en una memorable conferencia que
pronunció en Cienfuegos), pues Lino, además de su
amargura nata, quedó marcado por la terrible
experiencia que tuvo durante la Guerra Civil española
donde, por "equivocación", estuvo al borde
del paredón de fusilamiento.
Recuerdo haber visto a Lino sólo una vez. Fue en una
tarde del Liceum, la coquetona sociedad femenina de La
Habana, donde se daban conferencias, y hasta se lograban
exposiciones que lograban escandalizar al pacato público
burgués de aquel momento. Era una tarde de la década
del 50, yo iba a ser su oyente en aquella conferencia, y
ya todo se me deshace. ¿Era un hombre bajito, amargo,
parco? No..., no..., quizá no fuera ni bajito. No sé...,
ya no puedo saber bien cómo era. Lo único que recuerdo
son las sombras de la tarde cayendo sobre aquel Liceum,
y un Lino que ya mi falta de memoria lo ha vuelto como
espectral, y sin que pueda recordar las frases
pesimistas que sobre aquella horrible circunstancia que
nos rodeaba, estoy seguro que dijo. Estábamos metidos
en una de las dictaduras... (pero ¿para qué hablar de
eso?), en fin, no había nada que hacer.
Algunos podíamos ser escritores, pero era igual que
si no fuéramos nada. Así que se iba a las
conferencias, como en aquella ocasión yo fui a la de
Lino, como para acompañar al difunto. Y, de esto, por
supuesto, aunque mi memoria me falla, sí no puedo dejar
de recordar que Lino estaba bien consciente.
Pero, parece que se arrastra un karma. Pues ya han
pasado muchos años de aquella liceúmnica tarde, y el
ambiente inhóspito a toda manifestación de cultura que
en aquel momento se respiraba continúa, en el limbo
donde estamos, tal como si no hubiese pasado nada. O
sea, estoy hablando de una de las noches de este limbo,
en que en una librería de Coral Gables se hizo la
presentación del relato de Novás Calvo, “En los
traspatios”, publicado con todo el cuidado y fervor (¿inútil?)
a que nos tiene acostumbrados, en las ediciones de la
Colección La Segunda Mirada Narrativa, el editor Carlos
A. Díaz, y el director de la colección, Carlos
Espinosa Domínguez.
Parece que se arrastra un karma. Y yo vi, junto a los
lamentables cuatro gatos que desde mi juventud estoy
acostumbrado a ver en los más importantes
acontecimientos culturales que se pudieron celebrar en
un lugar del que no quiero hablar, como esta noche en
que se volvió a presentar ese relato de Lino, cuya
edición original se hizo en 1946, la vuelta a lo sombrío
de aquella tarde del 50 en que un Lino, absolutamente
desesperanzado, le hablaba a un público que, por su
frivolidad, venía a ser tan desalentador como el hecho
de encontrarnos, una vez más, con los que, aunque sí
unidos por un fervor auténtico, no dejábamos de ser,
por el escaso número, vulnerables y como sin salida,
los mismos cuatro gatos de siempre.
Cuestión de gatos, entonces, repartidos en los
sitios donde se sienta un público, mientras que en el
estrado, junto a Díaz y Espinosa, se encontraba el
novelista Carlos Victoria, quien bien supo leer, con
magnífica elocuencia de orador de público
inexistente, al casi invisible auditorio que, con soñadora
actitud de oyentes de público lleno, con toda atención
le oímos.
O sea, para decirlo más claramente: que le oímos,
entonces, al buen Victoria, magnífico prólogo de crítico-buen-novelista,
pero con el inigualable acento de aquél que, por
dirigirse a público —por lo escaso—, casi
invisible, no pudo menos que teñir su lectura con
tonalidad mediúmnica. Pero, aunque con noche apagada,
el prólogo de Victoria sirvió para poner en onda al
público que, si hubiera asistido, no hubiera dejado
de agradecerle su acierto de voyeur certero, capaz de
colocar en la zona adecuada.
¿Acierto de mirón? Efectivamente, pues como
novelador de lo nuestro, el buen Victoria califica como
voyeur de persiana cubana que, por ser tal, bien puede,
certeramente, fijar la mirada de Lino con estas
palabras: "la proximidad, casi promiscua, fuerza a
un perpetuo acecho: el acto de espiar se vuelve
involuntario como un tic", y esto hasta ofrecer
esta certera imagen que sabe apreciar la trama de “En
los traspatios”: ``el cerco va encogiéndose y
envolviendo a los protagonistas como un mosquitero que
cae sobre un durmiente, enredando su cuerpo y su
cabeza''. ¡Bien, entonces, por la noche extraña con público
inexistente!
“¡Tengo a Faulkner en la sangre!”, dijo Novás
Calvo, y con ello supo él responder a un momento de la
expresión hispanoamericana. Nos sorprendió con
espasmos, con brincos: “Como una cuerda tensa que se
rompe, se soltó del sueño con un estallido roto”, y
supo captar lo fantasmal como cuando, al hablarnos de cómo
miraba un personaje, apuntó que lo hacía “como a un
espejo que estuviera detrás de otra persona”.
¿Fue Lino un existencialista cubano? Por lo pronto,
habría que darle vueltas a esta cuestión. Habría que
tratar de radiografiar esa extraña espectralidad que él
logró, en medio de una circunstancia de rumberas y de
relajo. Hay ya que saber, que Lino, su testificar, es lo
que puede asustar un poco, si nosotros, los que vivimos
en su momento, nos atrevemos a asomarnos, para
encontrarlo en ese pasado que, inesperadamente, puede
asomársenos como una revelación, dentro de ése, como
espejo retrovisor que, quizá, todos podamos llevar
dentro.
Así que es importante volver a leer a Lino. Así
como, quizá, fue importante que la noche de la
presentación de su libro fuera una noche de no-público.
El exilio interior que siempre vivió Lino no fue de
terciopelo, ni de algarabías oportunistas. Quizá
conviene que, para recibir a quien hay que recibir, sólo
haya pocos.
(Tomado de El Nuevo Herald, 2 de julio de 2001)
• Long
Island, de Lino Novás
Calvo
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