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Polvo Rojo (Quinta entrega)

UN FIDEL QUE VIBRA EN LA MONTAÑA

Pedro de la Hoz | La Habana


Quien haya seguido al Jesús Díaz que en el segundo lustro de los 60 se autorrepresentaba como adalid de "una cultura militante" en el plano teórico, no le sorprenderá cómo el autor de Los años duros y de la pieza teatral "Unos hombres y otros" trató de llevar esos postulados a la ficción.

En 1967, la revista Casa de las Américas adelantó un relato suyo titulado "Amor la Plata Alta", en el que narraba el encuentro sentimental entre dos jóvenes que, como tantos en aquellos años posteriores al triunfo de la Revolución, escalaron al Sierra Maestra.

Lo singular de este relato reside en la manera con que el escritor intentó integrar el eros con la épica, en medio de un clima de exaltación romántica, que a estas alturas nos parece una apropiación criolla del famoso enlace del obrero y la koljosiana.

No es necesario reproducir toda la narración para darnos cuenta de la intención y el alcance del tema y su desarrollo. Unicamente, para que el internauta no pierda la memoria, recordaremos una tonada muy de moda por los 60, que tiene mucho que ver con la sublimación épico-romántica de este J.D. La compuso Eduardo Saborit y se titula Qué linda es Cuba. Téngase en cuenta lo que dice la estrofa que antecede al estribillo –"un Fidel que vibra en la montaña / un rubí, cinco franjas y una estrella"- y se verá cómo encarna en "Amor la Plata Alta":

... La dejo que avance, que se adelante. Allá va, apoyada en su palo, con su pañuelo de cabeza y su rodilla hinchada, con llagas, con las uñas partidas, maltrecha. Pienso en San Lázaro y me río. Me mira y trato de sorprender en su mirada una razón a todo aquello, pero solo hay cansancio, mucho. La imagino en La Rampa, también en pantalones, pero limpia, llegando de la playa, sonriente. ¿Por qué no?, si quiere ser maestra igual que yo, llegar igual que yo, si quiere. –Ven-. Me dejo caer, de lado. Es lindo dejarse caer loma abajo, rápido, sin esfuerzo, levantando polvo con las botas, metiendo ruido, una mochila, la de ella, se me sale -¡me levanto, coño!-.-No digas malas palabras-. Habla de espaldas, sin mirarme. Ahora se vuelve, suelta una risita, se tapa la boca, vuelve a reírse. Me siento estúpido, enfangado, sucio. Otra vez se ríe. Fue su mochila, correr con dos mochilas, fue su rodilla lastimada, ella que se quedaba detrás, ella. ¿Por qué? Yo me quedo con la compañera. ¿Por hacerme el héroe? Fue la primera vez que me sonrió. Otros también se rieron aquel día en Minas del Infierno, aunque no por lo mismo, pensaron otra cosa, pero ellos siguieron delante, solos. Fue por hacerme el héroe, porque era la única forma de sacarle aquella sonrisa, la única. ¿O fue por ella? Quizás porque no quiso escucharme en la Ciudad Escolar la primera noche, y yo sin saber qué hacer / de aquel olor a mujer, ¡Bebita! Y se va a saludar a Bebita y yo me quedo de verdad sin saber qué hacer, tan estúpidamente sin saber qué hacer como ahora. Fue por ella, o porque me oyeron todos cuando le dije: dame tu mochila? Lo dije alto y ella que no y yo que dame y -¿Te hiciste daño?- ¿Daño? Y todavía se ríe, fue su mochila, -¡coño!- -¿Por qué dices malas palabras?- -Perdona, es que...- -No, si no es nada, es que...- -es que, es que... es que así no vamos a salir más nunca de La Plata Alta y mucho menos llegar al Turquino. El Turquino. ¿Cómo será el Turquino? Una loma más grande dicen, dicen que tiene un Martí, dicen que una estatua de la Caridad del Cobre, haría falta ponerle un Fidel pero dicen que a él no le gusta; también dicen que hace mucho frío, que tiene muchas latas, dicen, dicen. Pero después de ésta no más dicen, después de ésta digo, porque llego al Turquino no me quito el nombre...

Imaginen a J.D. mientras teclaba este relato. Como telón de fondo, la tonada de Saborit: "Cuba, qué linda es Cuba / quien te defiende te quiere más..."  

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