|
MARTÍ ES LA VOCACIÓN DE PLENITUD DE TODAS LAS FUERZAS ESPIRITUALES
A la postre todos sabremos la verdad, o formaremos parte de ella. Entre tanto los héroes, los santos, los mártires y los servidores sencillos de la humanidad nos indican el
camino mejor.
Palabras en la clausura del III Encuentro Internacional de Estudios Sociorreligiosos
Cintio Vitier | La Habana
Amplio y variado ha sido el repertorio de investigaciones, problemas, experiencias y perspectivas sociorreligiosas de América Latina e incluso de la comunidad cubana en Miami, presentado y debatido en este Encuentro. Lamentablemente no me ha sido posible asistir a la mayor parte de las sesiones, por lo que he tenido que guiarme a través de los resúmenes de las ponencias y de la información facilitada
a posteriori por el compañero Jorge Ramírez Calzadilla, alma de esta empresa de esclarecimiento científico de asuntos tan sensibles para la armonía espiritual de nuestros pueblos. A él agradezco también la generosa invitación para decir algunas palabras en esta sesión de clausura y el obsequio de dos muy valiosos volúmenes: la compilación titulada
Religión, cultura y espiritualidad a las puertas del tercer milenio, editada en colaboración con Alfredo Prieto González, por la que puede tomarse el pulso de la problemática en cuestión, al más alto nivel, y el libro del propio Ramírez Calzadilla,
Religión y relaciones sociales, un estudio sobre la significación sociopolítica de la religión en la sociedad cubana, obra que considero excelente, lúcida y constructiva, no en vano avalada con un prólogo del Maestro François Houtard que termina, refiriéndose a las conclusiones del autor, con estas animadoras palabras: "Así, ateos y creyentes pueden luchar juntos por la construcción de un mundo más justo y compartir los mismos análisis de los fenómenos religiosos."
Ahora bien, ya que todo análisis, por científico que sea, parte de principios que no siempre podemos compartir en su totalidad, lo decisivo en este caso es la superación de esquemas sectarios que durante décadas retardaron la apertura, desde la óptica marxista, a una visión y revisión desprejuiciada del fenómeno religioso en nuestra sociedad. Paralelamente, la institución religiosa de mayor peso histórico en nuestro país, la Iglesia Católica, no ha sido ajena a la trampa de los encastillamientos.
Un memorable esfuerzo para allanar el camino hacia una honrada y honrosa conciliación fue el libro de Frei Betto,
Fidel y la religión, en 1985. La proposición de los Obispos católicos de un Diálogo Nacional, en septiembre del 93, por bien intencionada que fuese, resultó objetivamente inoperante. A través de su intervención en este Encuentro, la compañera Caridad Diego nos ofreció un resumen valorativo de las relaciones entre el Gobierno cubano y las diversas religiones en el proceso revolucionario, calificándolas actualmente como buenas, con voluntad común de seguir perfeccionándose. La paciente obra que está llevando a cabo el Departamento de Estudios Sociorreligiosos del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas, de la cual este Tercer Congreso Internacional constituye un nuevo y hermoso ejemplo, coincidiendo con las condiciones sociales críticas que nos afectan desde los '90, contribuye, sin duda, a reanimar y hacer efectiva, según palabras de Ramírez Calzadilla, "la política y práctica unitaria que ha caracterizado las proyecciones revolucionarias desde su tradición martiana".
Es a algunos aspectos de esa "tradición martiana" que quiero dedicar las siguientes observaciones y reflexiones.
Como sabemos, una impetuosa campaña cultural se está desarrollando en todos los ámbitos de nuestro país, con la novedosa intervención de los medios masivos de comunicación. La Oficina del Programa Martiano, dirigida por el compañero Armando Hart Dávalos, quien precisamente había encabezado la fundacional Campaña de Alfabetización, no podía ser ajena a este nuevo salto cualitativo de nuestra cultura popular. Es por eso que, como parte de las labores que organiza dicha Oficina, se fundó la llamada Sociedad Cultural José Martí, con filiales en todos los municipios del país.
Al celebrarse, en diciembre del 2000, la II Reunión anual del Comité Nacional de la referida Sociedad, pronuncié en el Centro de Estudios Martianos las siguientes palabras que en esta ocasión me parece oportuno compartir con ustedes:
"Una Sociedad Cultural que se inspira en la vida y la obra de José Martí, está naturalmente llamada a proponer en Cuba y fuera de Cuba un modelo de cultura tan verdaderamente integral como el que personalmente sustentó nuestro Apóstol, que dijo -y sirvan estas palabras suyas para resumir una idea que expresó y encarnó de muy diversas maneras: "quien ni a Homero, ni a Esquilo, ni a la Biblia leyó ni leyó a Shakespeare, -que es hombre no piense, que ni ha visto todo el sol, ni ha sentido desplegarse en su espalda toda el ala." (O.C., t. 9, p. 445-446)
"El legado griego, el mensaje judeocristiano, el umbral renacentista de la modernidad, aparecen así reconocidos como raíces culturales del humanismo integrador martiano.
"A partir de esta concepción de la cultura superior, la que él mismo llamó 'cultura espiritual', sin olvidar sus numerosas y profundas incursiones en religiones ajenas a Occidente como el hinduismo y el budismo, y sin traer a colación ahora la religiosidad sin iglesia pero de raíz indudablemente cristiana del que dijo: "Soy un místico más: He padecido con amor", no hay modo de presentar una imagen real de la concepción de la cultura que tuvo José Martí sin incluir la dimensión religiosa. (...)
"La cultura religiosa no es asunto exclusivo de las Iglesias, como la cultura política no es asunto exclusivo de los Partidos. La Cultura con mayúscula es una y pertenece toda al pueblo. Ni la filosofía, ni las artes, ni la economía, ni la política pueden entenderse a cabalidad sin el conocimiento del contenido y la historia de las religiones. Ninguna ignorancia es buena. No hablamos de proselitismo sino de información objetiva, aunque cierta inevitable atracción hacia las propias convicciones, siempre que no atenten contra la unidad del pueblo, es un derecho de conciencia.
"Si decimos que somos hijos del Padre Varela, de José de la Luz y de Martí, tanto como de Céspedes, Gómez y Maceo, demos el lugar que ellos ganaron a sus convicciones para nuestra cultura nacional, incluyendo la masonería revolucionaria tan bien estudiada por el profesor Eduardo Torres-Cuevas a propósito de Maceo, y desde luego las religiones que hoy llamamos religiones cubanas de origen africano, que en tiempos de Martí aún no se habían estudiado a fondo, salvadas ya, culturalmente hablando, por las indagaciones de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera y otros."
Hasta aquí parte de la exhortación que no me ha parecido ocioso reiterar en este Encuentro Internacional de Estudios Sociorreligiosos, y a la que es imperioso añadir, ante la presencia de tantos hermanos y temas específicos de Indoamérica aquí debatidos, la apasionada identificación de José Martí con las mitologías y tradiciones religiosas de origen prehispánico.
No ha de estar de más tampoco que recordemos las razones constantes y esenciales en que se funda la fe trascendente martiana, con tanta fuerza argumentadas en su prólogo a El Poema del Niágara, de Juan Antonio Pérez Bonalde, desde el pasaje que empieza: "La imperfección de la lengua humana para expresar cabalmente los juicios, afectos y designios del hombre es una prueba perfecta y acabada de la necesidad de una existencia venidera", donde categóricamente afirma: "La tumba es vía y no término". Nada tienen que ver estas convicciones con crisis económicas o carencias sociales que empujen a los hombres a soñar con otros mundos, sin que por ello neguemos el influjo de tales realidades en el apego a los consuelos religiosos. Lo que subrayamos en Martí es la vocación de plenitud de todas las fuerzas espirituales y el rechazo de la muerte sin sentido trascendente.
Ya desde la experiencia atroz del Presidio Político, Martí fue capaz de vencer el odio, de sentir piedad por sus flageladores y de intuir en la figura del anciano Nicolás del Castillo, brutalmente torturado, la identificación de Cristo con los más desvalidos, anunciada en el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo. En su primer Cuaderno de Apuntes en España escribió; "Cristiano, pura y simplemente cristiano.-/ Observancia rígida de la moral,-mejoramiento mío, ansia por el mejoramiento de todos, vida por el bien, mi sangre por la sangre de los demás;-he aquí la única religión, igual en todos los climas, igual en todas las sociedades, igual e innata en todos los corazones." Reiteradamente manifestó su creencia en un Dios creador; consideró a Cristo "el hombre de mayor idealidad del Universo"; en la agonía de las "fuerzas sin empleo" que es el centro de los
Versos libres se llamó "Cristo roto" y "Cristo sin cruz"; asumió el sentido compensatorio y redentor del sacrificio, cuya semilla debió al ejemplo de la madre, en el humilde hogar católico; disfrutó deleites de contemplativo en la que llamara "la tarde de Emerson", a cuyos pies depositó en simbólico homenaje la "espada de plata" que le habían entregado los héroes de "los claustros de mármol" y que por lo tanto tendría que empuñar; en su carta testamento literario sentenciaría: "En la cruz murió el hombre un día: pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días", y en su última arenga a la tropa mambisa exclamó: "Por Cuba me dejo clavar en una cruz".
Con este rápido recorrido por el ideario religioso martiano, ideario no solo intelectual, sino fundado en profundas vivencias rectoras de su conducta íntima y pública, se aprecia la imposibilidad de separar en Martí al creyente libre del dirigente revolucionario. Ambos están imbricados en una fe a la vez histórica y trascendente. "Por lo invisible de la vida corren leyes magníficas": basta evocar esa frase de su discurso Los pinos nuevos para intuir ese enlace que siempre, tácita o explícitamente, establece entre la historia humana, lo que llamó "la justicia de la Naturaleza" y la armonía cósmica final, asuntos centrales del compendio de sabiduría a que llegó en sus
Versos sencillos, únicamente superado por el testimonio final de su Diario de campaña, donde historia, naturaleza y espíritu se funden en un paradigma humano.
Metodológicamente, además, Martí nos ofreció la mejor fórmula posible desde que en plena juventud, durante el debate sobre materialismo y espiritismo celebrado en el Liceo Hidalgo de México el 5 de abril de 1875, declaró: "Yo vengo a esta discusión con el espíritu de conciliación que norma todos los actos de mi vida." Sin mengua de sus convicciones, que se inclinaron siempre hacia la constante interrelación de espíritu y materia, eludía así el interminable debate teórico, buscando siempre una conciliación para la acción conjunta, para lo que en la dedicatoria de
Ismaelillo llamó "el mejoramiento humano, la vida futura y la utilidad de la virtud".
De este modo tenemos en Martí, si lo respetamos en su integralidad, no solo el mandato de un antimperialismo radical y de una toma de partido por "los pobres de la tierra" que nos compromete hasta siempre en nombre de Nuestra América y del hoy llamado Tercer Mundo, sino también el puente ideal para que, más allá de polémicas divisionistas, podamos unirnos "todos los hombres de buena voluntad" (a los que él convocó al fundar el Partido Revolucionario Cubano) en la búsqueda y realización común de la justicia, el amor y la belleza.
Con su habitual gusto por las paradojas, alguna vez dijo don Miguel de Unamuno que lo más importante no es que nosotros creamos en Dios, sino que Dios crea en nosotros. No menos paradójico estuvo Carlos Marx cuando en sus escritos de juventud, glosados por Juan David García Bacca, llegó a pensar que el ateísmo no es otra cosa que la transubstanciación en el hombre de la idea de Dios. Quizás en algunos casos, según no deja de insinuarse en pasajes de los Evangelios, se deposite más confianza divina en supuestos ateos que en supuestos creyentes. A la postre todos sabremos la verdad, o formaremos parte de ella. Entre tanto los héroes, los santos, los mártires y los servidores sencillos de la humanidad nos indican el camino mejor. Gracias a todos ustedes por ayudarnos a recorrerlo en la reflexión y en la práctica, con tan fraternal compañía.
6 de julio del 2001
|