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MARIA LLEGA HASTA LA
ULTIMA BUTACA
Amado
Del Pino
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La
Habana
Era 1980 y teníamos, nosotros, los de entonces muchachos del ISA, 20 años, esa cifra redonda y espléndida. Aunque nos tocaban asientos en la segunda planta a tono con nuestra condición de estudiantes en práctica de producción, logramos agenciarnos algunas butacas de tercera fila para participar con mayor inmediatez de Una casa colonial, la obra de Nicolás Dorr que su hermano Nelson llevó con pulcritud a las tablas. Allí estaba como protagonista, alternando con la inolvidable Eloísa Alvarez Guedes, María de los Angeles Santana.
La madurez de su interpretación, la amplitud de su carisma, el registro pleno de su voz han sido desde siempre ejemplares. Bien antes de los ochenta de mi melancolía, había brillado como cantante y actriz en la zarzuela y otros géneros líricos; se había ganado un sitio de primer nivel en la Televisión Cubana y hasta alcanzado esa condición legendaria de los seres tocados a la vez por la belleza y el desenfado. Una de las primeras mujeres cubanas en arriesgarse como motociclista junto a Julio, ese amor de siempre, nadadora, personalidad de éxito reconocida y hasta mimada. Pero ninguna tentación ni ese caballero poderoso, nombre que Quevedo dio para la eternidad al dinero, pudieron sustraerla de su raigal cubanía y de su amor a este pueblo.
Amistad y colaboración artística son términos que se asocian a la relación entre Santana y el clásico Ernesto Lecuona. Ella llevó a su voz y a su piel varias de las más queridas obras del maestro. A la vez, su prodigiosa memoria ha contribuido a poner un importante grano de arena en la estatua espiritual que Cuba erige al gran compositor.
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Con 85 años, en Vivir con mamá -otra vez conducida por Nelson Dorr- la voz de María llegaba como un torrente a la última butaca del espacioso Teatro Mella y no pude evitar compararla con algunas de nuestras actrices y actores jóvenes que se pierden en la falta de proyección escénica.
María es de esas figuras, como Martínez Fur‚ o María Teresa Linares, cuya versatilidad "los castiga" alejándolos de reconocimientos tan importantes como los premios nacionales de las diversas ramas artísticas. Ha estado nominada al de Teatro, pero debe competir con personas que se han dedicado sólo a este arte; su labor en la comedia musical y otros géneros no es vista estrictamente como música y la televisión no tiene -y va siendo hora de que lo instaure- una distinción para reconocer la obra de toda la vida. Pero María de los Angeles Santana asiste con su sonrisa de bella octogenaria a las premiaciones de sus colegas. Sabe que los incontables aplausos obtenidos además a partir del rigor constituyen una recompensa incomparable.
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