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HISTORIA DEL MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES

María del Carmen Rippe | La Habana

En el espacio de casi cien años, el Museo Nacional de Cuba ha evolucionado hasta adquirir su propia personalidad. Pintura y escultura, dibujo y gráfica, artes decorativas, numismática y toda una amalgama de objetos personales vinculados a célebres figuras nacionales y extranjeras, conformaron sus primeras colecciones. Desde su creación tuvo aciertos y fallas; y sin llegar a ser un museo como los emblemáticos de Europa, y ni siquiera competir en antigüedad con los de su misma región geográfica como el Museo de San Carlos de Ciudad  México, el Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, o el Museo de Bellas Artes de Río de Janeiro, el Museo Nacional de Cuba ha alcanzado la suficiente historicidad y reconocimiento para figurar junto a prestigiosas instituciones culturales latinoamericanas del siglo XX.
Su fundación, en 1913, como la de numerosas e imprescindibles instituciones en la historia de la cultura cubana —la Academia de la Historia de Cuba y la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba—, fue resultado inmediato del entusiasmo de la joven República y su lógico proceso de concientización nacional. Al calor del nuevo status se materializaron muchos de los anhelos nacionales que se habían ido fraguando durante la etapa colonial y que se convirtieron en verdaderos ejemplos dentro del cuerpo institucional que defendía nuestra identidad cultural.
En la custodia de sus disímiles fondos —con frecuencia interpretados erróneamente como gabinete de curiosidades—, la institución recorrió una larga y desventurada trayectoria de más de 40 años, en inadecuados e inhóspitos locales de La Habana, sin obtener un efectivo interés dentro de los medios oficiales. Desde antes de su inauguración, en un pequeño local del Antiguo Frontón, de Concordia y Lucena, su gestor y primer director, el arquitecto Emilio Heredia,
1 había empezado a  recibir variados objetos y piezas de arte que, con generosidad, le donaron instituciones religiosas, estatales y todo aquel que logró sensibilizarse con la importancia de la empresa. Y bajo este noble impulso, el Museo Nacional continuó incrementando su núcleo fundacional, junto a las  esporádicas compras que pudo hacer de acuerdo al presupuesto asignado por el Estado.
Desde su creación, y de acuerdo con el carácter mixto de sus colecciones de historia, bellas artes y ciencias naturales, el museo resultó ser del tipo enciclopédico; aspiración que, como se sabe, le dio la Revolución Francesa a los museos públicos, con el propósito de instruir culturalmente a la sociedad en su conjunto, y que mantuvo su vigencia hasta los albores del siglo XX.
Siguiendo el desarrollo de sus colecciones, pueden distinguirse tres grandes etapas en su historia. La primera, de 1913 a 1920, está definitivamente marcada por el impulso fundacional y por el reconocimiento que siguió a su inauguración. La heterogeneidad no es suficiente para definir la entrada de piezas al nuevo museo. La propia denominación de las "secciones" establecidas así lo revela: Arqueología, Etnografía, Lápidas, Cubanos Eminentes, Bellas Artes (que incluía numismática y joyería antigua), Historia Natural, Archivo, Biblioteca y Muebles. Por igual se recibían  cartas y objetos personales de cubanos ilustres del siglo XIX, pinturas cubanas, latinoamericanas, o realizadas en Europa. Aunque la mayoría de las piezas eran donativos, otros conceptos como transferencias, depósitos, préstamos y compras, fueron incrementando también las reservas primeras. 2 Con la donación de piezas provenientes de conventos e iglesias de La Habana, se nutrió básicamente la sección de bellas artes, en especial, la pinacoteca colonial cubana del siglo XVIII, y en menor proporción, la que agrupaba a las escuelas europeas. Estas últimas  recibieron el mayor número de obras gracias al préstamo de la Academia de San Alejandro3 y a una compra efectuada en España,4 por el segundo  director, el pintor Antonio Rodríguez Morey.5 Los objetos cargados de significación histórica que donaban los particulares, más las transferencias de algunas Secretarías del Gobierno y otras instituciones, enriquecieron fundamentalmente al resto de las secciones.
La segunda etapa, de 1920 a 1958, está caracterizada por la consolidación de su prestigio institucional y la sucesión de intentos que apuntaron a su especialización como museo de artes. Fue determinante la dirección de Antonio Rodríguez Morey quien, por su propia formación, ansiaba y defendía con firmeza la especialización de las bellas artes, así como la necesidad  de separar aquellos núcleos que, como el de ciencias naturales, no tenían cabida ni podían exhibirse como merecían en la sede que el museo ocupaba por entonces. Desde fecha tan temprana como 1921, en una de sus prolijas comunicaciones a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, Morey expresaba la imposibilidad de exponer los cuadros y piezas artísticas y los objetos relacionados con figuras destacadas de nuestra historia con que ya contaba el museo, y proponía transferir la colección de Ciencias Naturales.6 Numerosas anécdotas y hechos califican a Antonio Rodríguez Morey como el paradigma de los directores del Museo Nacional de Cuba. A lo largo de aquellos años, fue sustituyendo el criterio de adquisición de copias y reproducciones en lugar de originales —criterio bastante generalizado sobre todo cuando se trataba de arte universal— y gracias a su gestión personal, se adquirieron piezas sobresalientes de la actual pinacoteca. La década del 20 fue significativa en cuanto a compras se refiere. El Estado realizó, en l924, la compra de algunas obras de la colección del comerciante italiano de arte Salvador Buffardi, procedentes de la Galería de los Marqueses de Montferrato y que estuvo expuesta en los salones de la Asociación Nacional de Pintores y Escultores en l9l8. En 1925 se aprobó nuevamente el  presupuesto de 10 mil pesos para compras y con este, se beneficiaron por igual las colecciones de pintura europea y cubana, con obras del siglo XX y de siglos anteriores. Se sistematizó la adquisición de estampas y dibujos sobre papel, de escultura y de piezas arqueológicas precolombinas. Se regularizó la entrada de las obras premiadas en el Salón Anual de Bellas Artes, y gracias a ello, el museo fue engrosando sus colecciones cubanas con obras capitales para la historia de la plástica nacional.
Por concepto de préstamo, San Alejandro envió un segundo lote de pinturas en 1927; y por donación se recibieron tal cantidad de dibujos y litografías que quedó iniciada desde mediados del 20 la colección colonial cubana del Gabinete de Estampas. Igualmente continuó la entrada de donaciones para la sección de Historia, y transferencias del Juzgado Correccional de Marianao de objetos utilizados en los ritos religiosos africanos aumentaron la de Etnografía.
En 1936 se inicia la colección de piezas de aborígenes cubanos con el conjunto de objetos extraídos de un caney indio en Camagüey, al que  siguió otro lote procedente de Pinar del Río. Entre las donaciones más importantes se encuentran las realizadas por pintores cubanos que integraban el claustro de profesores de la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro y las de estampas de artistas mexicanos que hicieron la Universidad Autónoma, la Escuela de Artes Plásticas San Carlos, la Escuela de las Artes del Libro y el Taller de Gráfica Popular, desde México.
Como resultado de la configuración de estos fondos, se fueron delineando las salas que se mantuvieron hasta 1955, fecha en que finalmente se inauguró el Palacio de Bellas Artes. Vale la pena enumerarlas manteniendo la denominación de la época: Sala perteneciente a la época colonial; Sala dedicada a la conservación de las reliquias de los hombres de ciencias, poetas, escritores y educadores más notables de Cuba; Sala dedicada al Generalísimo Máximo Gómez; Sala dedicada a la historia patria; Sala dedicada a la etnografía cubana; Sala dedicada al arte nacional retrospectivo; Sala dedicada al arte nacional contemporáneo; Sala dedicada a copias de cuadros célebres; Sala con cuadros originales de grandes maestros; Sala con cuadros originales de grandes maestros de la antigüedad; Sala de pinturas contemporáneas de pintores internacionales; Sala contentiva de una colección de reproducciones de cuadros célebres de grandes autores, además del nutrido conjunto de lápidas conmemorativas, cañones del ejército español  y diversas armas de la época colonial que ocupaban el patio y el vestíbulo de la casona de Aguiar.
El empeño de Rodríguez Morey  por  elevar al Museo Nacional hasta donde merecía encontró eco entre los más destacados intelectuales del país,  que tomaron como suya también la defensa de tan meritoria institución. Numerosos artículos denunciaban en la prensa periódica y especializada el abandono que sufría y resaltaban  el valor de las colecciones que atesoraba. Esta demanda pública fue acrecentándose y cobró mayor fuerza en los años 30 y 40, llegando a ocupar espacios en serie. Entre estos, destacan los que hicieron el Doctor Luis de Soto y Sagarra para la revista Carteles, entre l946 y l950, bajo el título "El  tesoro artístico nacional”;7  el arquitecto Luis Bay Sevilla, para la revista Arquitectura, entre l939 y l95l; y algunos de cuyos títulos son verdaderamente reveladores: "El nuevo Museo Nacional", "Relación de reliquias históricas y artísticas del Museo Nacional" y "Las necesidades del Museo Nacional"; y Emilio Roig de Leuschenring quien, bajo el seudónimo de El curioso parlanchín, ya desde l926, publicó en Carteles, severas críticas a propósito de  "El lamentable abandono del Museo Nacional".

Estos elementos de denuncia a través de la prensa se combinaron con otros como la celebración de exposiciones en diversas instituciones, lo que evidenció también la pobreza del local del museo, imposibilitado  para acogerlas. Entre las más célebres se encuentran las que organizó en l940 el Instituto Nacional de Artes Plásticas, bajo los auspicios de la Universidad de La Habana y de la Corporación Nacional del Turismo y en las que figuraron en buen número obras de la colección del Museo Nacional.8 A pesar de no haber alcanzado tanta notoriedad, es justo reconocer que no fue sólo en esta ocasión, ni la Universidad la única institución que suplió el déficit expositivo del museo. Otras instituciones culturales9 se encargaron de hacerlo hasta tanto se materializara alguno de los muchos proyectos que se realizaron para albergarle.
Ante tal presión, liderada por su Director, se consigue en 1946, la creación de una organización de gran trascendencia en la historia del Museo Nacional: el Patronato Pro Museo Nacional. Creado el 25 de noviembre de 1946, en una histórica reunión celebrada en el Lyceum  Lawn Tennis Club, convocada por el propio Lyceum, la Asociación Nacional de Bellas Artes, la Sociedad Universitaria de Bellas Artes, la de Artes y Letras Cubanas y la Milicia Martiana Nacional. El primer logro del  Patronato10 fue convencer a las autoridades gubernamentales —previa visita a los 14 Ministros que integraban el Consejo, al Alcalde, al Presidente de la República y a los directores de todos los diarios— acerca de la necesidad inaplazable de instalar al museo en un edificio apropiado. Con este fin, desarrolló un efectivo e intenso programa de actividades de promoción y colaboración. La movilización de la prensa radial, escrita y cinematográfica  fue tal que se mantuvo durante meses una media hora radial, por la que desfilaron maestros, artistas e intelectuales abordando distintos aspectos museales. Se publicaron importantes editoriales en los más populares diarios y revistas, y se exhibieron en todos los cines del país documentales que mostraban el lamentable estado de la casona de Aguiar. Esta organización también se encargó de celebrar conferencias, exposiciones de pintura y editó  folletos y textos que llamaban a la conciencia ciudadana en aras de conseguir su empresa.
En entrevista de su directivo con el Ministro de Obras Públicas, se constató que ya era un plan oficial aprobado el proyecto de los arquitectos Govantes y Cabarrocas que adaptaba el viejo Mercado del Polvorín y lo convertía en museo, para no aplazar más la construcción del edificio que, de paso libraba a la ciudad del deterioro del Mercado y, sobre todo, lograr una magnífica ubicación en el mismo corazón de la ciudad para la institución. Entre el amplio plan que desarrolló el Patronato, se destacaron la organización de un concurso entre los pintores cubanos para premiar el mejor cartel publicitario que clamara por la construcción del museo, los que fueron colocados en los principales comercios habaneros; y la celebración en la tienda El Encanto de una exposición con las principales piezas históricas y artísticas del museo, acompañadas de textos escritos por algunos de los más destacados intelectuales acerca de la necesidad de la institución (dichos trabajos fueron editados en un folleto que circuló profusamente); con la cooperación del Ministerio de Educación y la colaboración económica de varias entidades, se organizó un concurso entre los alumnos de las escuelas primarias superiores de todo el país, para premiar los doce mejores trabajos sobre el museo.

La labor del Patronato no se limitó al ámbito nacional y algunos de sus miembros visitaron a los directores de varios museos en Estados Unidos, Francia y España, para gestionar  préstamos de exposiciones transitorias. Con estos fines de "cooperación inter-museal" se incorporó el museo a la Sociedad de Museos Americanos y se inscribió como miembro del Consejo Internacional de Museos de la UNESCO.  Frente a la escasez de técnicos museógrafos en Cuba, se gestionaron becas en el extranjero para realizar esos estudios e ir preparando el personal del futuro museo.11
Además de conseguir la construcción del edificio adecuado, el Patronato trazó, en gran medida, las pautas museológicas generales para la reapertura de 1955. A los efectos de darle más autoridad legal, el 26 de febrero de 1954, le sustituyó en sus funciones el Patronato de Bellas Artes y Museos Nacionales, creado por Ley-Decreto No.1317, facultado de dirigir la organización y funcionamiento de los Museos Nacionales; atender la custodia y conservación del edificio del Palacio de Bellas Artes y Museos Nacionales; promover la celebración de exposiciones de obras de arte y piezas arqueológicas e históricas y decidir sobre las donaciones. A este segundo patronato se sumó la formación de un Consejo Asesor,12 en el que quedaron representadas las más importantes instituciones culturales. Sirve como ejemplo del interés por elevar la calificación del museo que, en una de sus primeras sesiones, quedó acordado designar a los señores Julio Lobo y Oscar B. Cintas, en su carácter de vocales dentro del mismo, de contactar con las instituciones extranjeras análogas y redactar una ponencia sobre la conveniencia de invitar asesores extranjeros para la mejor organización del Palacio de Bellas Artes y Museo Nacional.
La década del 50 fue determinante para consolidar el prestigio que, entre tantos avatares, la institución se había ido ganando, y para lograr el inmueble tan deseado. La triste historia que antecede se derrumbó ante la impresionante edificación que se estrenó para albergarle.13 Vio crecer sus fondos de manera notable y pudo perfilar mejor sus líneas de coleccionismo con la avalancha de donaciones, legados y depósitos que se produjeron para su reinauguración, el l4 de diciembre de l955. El Arzobispado de La Habana; la Casa de Beneficencia; María Ruiz de Olivares, Marquesa de Pinar del Río; el Doctor Joaquín Gumá, Conde de Lagunillas y los señores Julio Lobo, Oscar B. Cintas, José Gómez Mena y Tomás Felipe Camacho, entre otras instituciones y coleccionistas privados, sobresalieron en esta cooperación. 14
 
 
A propósito de la inauguración del Museo Nacional en el nuevo inmueble, Loló de la Torriente, conocida crítica e historiadora del arte escribe en Alerta, el 20 de febrero de l956, “De las fuentes del saber”:  “... ¿Quién podía creer que en Cuba existiese, olvidado y despreciado, un museo plástico, otro histórico y una valiosa colección de piezas etnográficas? Sólo unos cuantos ilusos, unos pocos locos románticos, acertaban a dar crédito a aquel almacén de cosas viejas que en la calle Aguiar custodiaba, más como guardián que como director, la honradez de Rodríguez Morey.”

La organización museológica y museográfica de la sección de bellas artes que permitió la nueva edificación quedó expresada en la publicación de la Guía de la Galería de Arte del Museo Nacional de Cuba, en 1955. En su presentación también se anuncia la  preparación de los catálogos para el Museo Histórico y para la parte afrocubana de etnología, que pertenecían igualmente al Museo Nacional. En el plan de las galerías dedicadas al arte aparecen enumeradas hasta el número diez las siguientes: 1 y 2.  Escuelas europeas; 3. Pintura cubana de los siglos XVIII y XIX; 4, 5, 6, 7 y 8. Colección Rafael G. Carvajal y Ruiz; 9. Sala de artes cubanas decorativas de mediados del Siglo XIX; y 10. Sección A-Pintura cubana de fines del siglo XIX y comienzos del XX; Sección B-Pintura cubana del siglo XX; Secciones  C, D y E. Escuelas europeas.

A pesar de que aún incluía en sus fondos a las secciones de historia y etnografía cubanas —cuestión justificada por la propia premisa nacional que le dio origen— se materializan en el Palacio de Bellas Artes, por primera vez, los viejos anhelos de orientar su perfil hacia las artes. Bajo el asesoramiento del señor Allan MacNab, director de la Four Arts Gallery de Palm Beach, en la Florida, se mostraron la plástica nacional e internacional, según avanzados criterios museológicos y museográficos del momento. Se reunieron ejemplos de las más importantes escuelas europeas de pintura; se organizó una representación cronológica de la pintura nacional desde sus primeros cultivadores hasta el siglo XX; se ofreció una visión completa del desarrollo de las artes en Cuba, a partir de la valiosa colección de muebles y artes aplicadas, a través de la reconstrucción de un salón cubano de 1870. Por su parte, las salas dedicadas a la historia y la etnología también contaron para su organización, con el asesoramiento de prestigiosos intelectuales como el Doctor José Manuel Pérez Cabrera y el Doctor Francisco Pérez de la Riva para la primera, y el Doctor Fernando Ortiz y Lydia Cabrera para la segunda. La historia quedó presentada en tres salas que correspondían a las etapas: Precolombina, Colonial y Personalidades de la cultura cubana y Guerras de independencia; y la Colección de Etnografía se expuso poniendo especial énfasis en el sincretismo de las culturas africanas representadas en Cuba, con la española y la aborigen.

Con respecto a los depósitos de estos años, no hay duda en destacar el de la valiosa Colección de Arte de la Antigüedad de Egipto, Etruria, Grecia y Roma, que hizo en 1956 el Conde de Lagunillas. Con un primer estudio y montaje, a cargo del profesor Francisco Prat Puig  y del propio Conde, la sala dedicada al Arte de la Antigüedad se convirtió, desde entonces, en uno de los mayores atractivos de los núcleos de arte universal dentro del museo. Un elemento organizativo de base que se realizó en esta década fue el monumental trabajo de registro e inventarización de todas las colecciones del museo. En los primeros años de 1950, Morey inicia esta meritoria labor —imprescindible para la catalogación— con un sencillo sistema de ficha-expediente-libro de entrada, en el que queda perfectamente enlazado con un número consecutivo. La efectiva vigencia —harto probada— de este primer inventario le ha convertido en material de referencia insustituible para las investigaciones sobre la institución y sus colecciones.

En la mencionada Guía también se advierte acerca de la ubicación del Instituto Nacional de Cultura —dependencia del Ministerio de Educación— en el propio Palacio "... por entender que así se contribuye no solamente a la adecuada instalación del Museo Nacional, sino que se realiza por primera vez en Cuba, una labor armónica y bien orientada, a favor de la cultura nacional y al cultivo de las Bellas Artes." Y de hecho, este organismo imprimió dinamismo a la institución, organizando conferencias, recitales y exposiciones que se celebraban en el teatro, en el patio interior o en la biblioteca especializada conque contaba. Las salas dedicadas a la Exposición Permanente de Artes Plásticas se convirtieron en un verdadero Museo de Arte Contemporáneo Cubano. Eventos como el Salón de Humoristas, o la Sala de Artistas Invitados, encontraron su espacio y a la vez, iban engrosando las reservas de la plástica nacional e internacional. El Instituto Nacional de Cultura también organizó la Sala Permanente de Arqueología Antillana con  valiosos exponentes de las culturas aborígenes de Cuba y la colaboración del Grupo Guamá15.

Bajo este impulso de didactismo, que pretendía “Superar el viejo concepto de museo como almacén de reliquias y documentos de valor artístico o histórico...",16 el Museo Nacional fue dando los toques que faltaban a su nueva imagen, dentro del esquema institucional anterior al triunfo revolucionario de 1959.

La tercera etapa (1959-1996) es precisamente la que se inicia con la Revolución y llega hasta el momento en que comienza a desarrollarse el más ambicioso y complejo proyecto de todos cuanto ha tenido la institución en su historia. La característica más sobresaliente de este ha sido, sin dudas, la transformación por excelencia. Por su propia naturaleza cambiante, el proceso revolucionario intervino en todas las esferas de la sociedad transformándolas, sobre todo,  para llevar sus beneficios a toda la población. Dentro de este nuevo contexto, el Museo Nacional creció cuantitativa y cualitativamente como nunca antes.

Luego del ajuste y proceso de especialización en bellas artes, como consecuencia de la llegada de grandes lotes que fueron transferidos al museo por el nuevo gobierno, se hizo evidente la imposibilidad espacial y la improcedencia de albergar tan nutrida amalgama. Entonces, acertadamente se reservó el edificio únicamente para bellas artes, dedicado solo a las colecciones de pintura, escultura, dibujo y grabado de Cuba y del resto del mundo, y se distribuyó el resto de los núcleos por materias a diferentes museos o instituciones afines que pudieran acogerlas, dando lugar también a la creación de nuevos museos  como  el de Artes Decorativas, el Nacional de la Música o el de Arte Colonial, entre otros.

Valiosos conjuntos —adquiridos por compra en galerías privadas y establecimientos dedicados al comercio de objetos de arte, en Europa y fundamentalmente en Estados Unidos— como los de Julio Lobo, Oscar B. Cintas, José Gómez Mena, Juan Mingorance Gutiérrez; Tomás Felipe Camacho; María Dolores Machín, viuda de H. Upmann, Conde de San Fernando de Peñalver; Evelio Govantes, Ignacio Ponce de León, Antonio García Hernández, Valdivia de Santo Tomás (antes de Domingo Malpica), Osuna-Varela Zequeira, Manuel Mimó Abalo, entre otros, quedaron casi en su totalidad bajo la tutela del Museo Nacional, al triunfo revolucionario. El volumen de obras fue tal que se regularizó la celebración de muestras transitorias bajo el título Exposiciones de obras de arte recuperadas, entre 1963 y 1967. En 1964 quedaron inauguradas las Galerías Permanentes de Arte Cubano que, sin apoyarse en otro elemento artístico, ofrecían al público el panorama histórico de la pintura, el grabado, el dibujo y la escultura en Cuba.

Las reservas de arte cubano no fueron las únicas en beneficiarse con esta coyuntura histórica. El arte de otras latitudes geográficas como Europa, América y Asia también aumentó su representación considerablemente. Desde aquel grupo de obras prestadas por la Escuela Taller de Artes Plásticas de La Habana San Alejandro y alguna que otra pintura o escultura, donada por artistas o por instituciones y las escasas compras que pudo hacer Morey, es un hecho que, desde su inauguración y primeras décadas, el museo contó con colecciones de arte universal, fundamentalmente de Europa, y cuyo fomento fue lento, pero acertado. Así es como actualmente las reservas de pintura de España, Italia, Francia, Flandes, Holanda, Gran Bretaña y Alemania siguen siendo uno de los núcleos expositivos más fuertes dentro de los fondos del Museo Nacional, y comparten su importancia sólo con la Colección de Arte de la Antigüedad que perteneció al prestigioso coleccionista Doctor Joaquín Gumá Herrera, Conde de Lagunillas. A propósito del montaje en riguroso orden cronológico, y para obtener una clara exposición  del desarrollo histórico del arte occidental, el
escultor cubano Eugenio Rodríguez realizó un meritorio diseño general de esta sección de la antigüedad. Las nuevas labores de montaje requirieron un arduo trabajo de reinstalación de toda el área, que incluyó el diseño de las vitrinas, de las bases para las piezas y de la réplica de una mastaba egipcia para la puerta de entrada a las salas. Las obras comenzaron en el año 1959, y las salas se abrieron al público en el año 1961 con el nombre de Salas de Arte de la Antigüedad Condes de Lagunillas, como justo reconocimiento a la persona cuya generosidad propició su creación.
Como consecuencia, hubo que readaptar el montaje general que tenía el arte internacional, respetando estrictamente la cronología de la historia del arte, y haciendo apartes regionales cuando la riqueza de las colecciones lo facilitaba. De manera que el diseño de las Salas de Arte de la Antigüedad y europeo  quedó  estructurado de la siguiente manera: Sala Egipcia; tres Salas Helénicas; Ámbito Romano (con mosaicos itálicos de dos locales); Sala Oriental (copta, bizantina); Sala Medieval; Sala Renacimiento (siglo XVI); tres Salas Españolas (siglo XVII); Salas Flamenca y Holandesa (siglos XVI y XVII); Salas Francesa e Inglesa (siglo XVIII) y Salas Siglo XX y Moderna. Durante estos primeros años de la década del 60, se efectuaron las monumentales transferencias de las colecciones de arte que el Estado intervino.  Se realizaron toda una serie de importantes objetivos, como fueron las galerías de arte cubano en 1964, con las cuales, el Museo Nacional  ofreció, por primera vez, su panorama histórico-crítico de las artes plásticas cubanas.
En cuanto al arte europeo, fue replanteado museológicamente en 1968, bajo un criterio histórico que, sin pretenderlo, rompía el balance de las denominadas salas europeas. En aras de una concepción estricta de la historia del arte —con el fin de hacer más didáctica la exposición—, se relegó a un segundo plano el origen de estas colecciones, resultantes en su mayoría de la feliz combinación de los núcleos de coleccionistas privados. Afortunadamente, en 1975 se recuperó el concepto de escuelas geográficas que se ha mantenido desde la creación del museo. A partir de entonces se condensaron tesauros largamente reunidos por diversas vías, y que permitieron una reflexión más completa de varios siglos de arte de la colonia y del siglo XX. También quedaron sugeridas algunas de las principales ideas que se proyectaron en el trabajo del museo hasta la actualidad. Entre ellas, la modalidad del despliegue de las colecciones de acuerdo a un criterio histórico y artístico; la manifiesta voluntad de enriquecerlas de continuo con la creación de los artistas más jóvenes, para fundirlos con la tradición del arte nacional; y la alerta sobre los riesgos que todo panorama museal encierra a la hora de maniobrar con los vestigios de la memoria cultural.

En 1966-1967 se inició el proceso de reinventarización de las colecciones atendiendo a las diversas manifestaciones. Luego de este primer trabajo, se ensayaron otros métodos de inventarios, hasta que en 1990, se puso en práctica la digitalización del mismo. En cuanto a la proyección del trabajo museológico con el arte cubano y universal,  se realizó la remodelación de cada una de sus escuelas, tomando en consideración una óptica que renovara y sobre todo, ampliara la exhibición tradicional. De resultas, se analizaron las posibilidades museológicas de todas las colecciones que atesoraba; se reorientó la política de coleccionismo y se iniciaron pesquisas que hicieron surgir nuevas proposiciones expositivas que sacaban de las reservas, fondos que sólo se habían expuesto ocasionalmente y otros que nunca se habían dado a conocer.

En la última década del siglo XX, se dio un fuerte impulso a los intercambios con otras instituciones afines que, necesariamente, introdujeron cambios en la proyección del trabajo institucional en aras de una mayor universalización, más acorde con los criterios internacionales de la práctica museológica. Así se ha recontextualizado el museo y el trabajo de todos sus especialistas. Los frutos de esta remodelación, a escala institucional, se aprecian en cada una de sus áreas técnicas, y quedan expresados en los nuevos inventarios y controles de registro y en la capacitación de los restauradores y museólogos que atienden directamente cada colección.

Históricamente, el Museo Nacional de Cuba atendió por igual y sin límites geográficos, al fomento de sus colecciones de arte. Por razones obvias, siempre se reservaron preferencias espaciales expositivas a los fondos de arte cubano. Del resto de su tesauro, sólo se mostraba permanentemente, lo más estudiado y de mayor valor: la Colección de Arte de la Antigüedad Condes de Lagunillas y la Colección de Pintura Europea, representada por las siete escuelas tradicionales del continente entre los siglos XV y XIX.

Gracias a la más compleja remodelación museológica y museográfica que ha sufrido en toda su historia, el Museo Nacional da una nueva solución a uno de los mayores lastres que ha padecido desde su creación: la adecuada instalación de sus colecciones. Como resultado de este ambicioso proyecto, quedan distribuidos en dos grandes edificios sus más importantes tesauros: el arte cubano y el arte universal. En el Palacio de Bellas Artes, edificio único para la institución desde 1955, se ubica el arte nacional; mientras que en la antigua edificación del Centro Asturiano de La Habana, se reúnen  los  valiosos fondos de arte no cubano. Este feliz suceso facilita aún más el proceso de especialización que paulatinamente ha procurado desde su fundación en 1913 y, sobre todo, permite una exposición permanente más rica de sus abundantes fondos.

El dedicar, a partir de ahora, el Palacio de Bellas Artes solamente para el arte cubano es de por sí una notable ganancia para el Museo Nacional. Pero el contar también con otra sede de exposición para el arte no cubano, posibilita la presencia en  su exposición permanente de otras colecciones que permanecían en las reservas del museo y que sólo habían sido mostradas en parte y ocasionalmente. Al incrementar su área museográfica, eleva el nivel de la selección para sus  Exposiciones Permanentes de Arte Cubano y de Arte Universal, en el Palacio de Bellas Artes y en el antiguo Centro Asturiano de La Habana, respectivamente.

Las Colecciones de Arte Universal están integradas por pinturas, esculturas, dibujos y grabados agrupadas en  cinco grandes áreas en correspondencia geográfico-cultural y que, en algunos casos, como en los de América y Asia, incluyen a más de un conjunto.
Desde el punto de vista cronológico, estos fondos ilustran los períodos históricos de la Antigüedad clásica, la Edad Media, los siglos XV al XIX  y el  Siglo XX.  Por orden de importancia cualitativa y cuantitativa, se encuentran en primer lugar,  las de Arte Europeo y las de Arte de la Antigüedad. Les siguen las de América (Latinoamérica y Estados Unidos),  Asia (Japón, China, India, Corea y Viet Nam) y  Arte del siglo XX. El Centro de Arte Universal  muestra  un alto porcentaje de la totalidad de los fondos del museo, de manera permanente, semipermanente y transitoria, en dependencia de las características de los exponentes y de la disponibilidad de los espacios diseñados para la exhibición. Algunas importantes colecciones como las de América y Asia son exhibidas al público, por primera vez, con carácter permanente; y en el caso de la del Siglo XX  se harán muestras renovables. 

La nueva sede para el arte universal del Museo Nacional es uno de los edificios monumentales del entorno arquitectónico del Parque Central. Inaugurado el 20 de noviembre de 1927 fue concebido como palacio social para una de las más importantes asociaciones regionales españolas de Cuba: la del Centro Asturiano de La Habana. El surgimiento de esta asociación se debe a la necesidad de socorrer a los paisanos residentes en Asturias e hizo escribir a don Lucio Suárez Solís, en El Heraldo de Asturias del 21 de marzo de 1886, un exaltado artículo que exhortaba a la creación de la sociedad que sólo dos meses después, el día 2 de mayo, quedó constituida en el local habanero de la Coral Asturiana, en la esquina de Reina y Ángeles. En sobria ceremonia, fue inaugurada por el presidente del comité gestor y de hecho, su primer presidente general, don Antonio González Prado.
Desde sus comienzos tuvo entre sus principales cometidos la instrucción y el recreo de sus asociados y, con el tiempo, llegó a ser la sociedad más representativa y la que aglutinó a mayor número de emigrantes. Bajo la tutela de su gran benefactor, don Manuel del Valle, quien contribuyó para este fin de manera destacada, fue consolidándose la entidad en sus pasos iniciales y en diciembre de 1892, quedó inaugurado, en brillante velada, el viejo edificio, en el mismo lugar donde se levantó en 1927, la sede que mantuvo hasta principios de la década de 1960. La primitiva edificación —sobre el terreno que  incluía al teatro  Albisu,  luego   Campoamor —contaba con una fachada de composición sencilla, rematada por un entablamento clásico de altas y lisas arcadas sobre pilares que encuadraban al resto del edificio.
Un incendio el 24 de octubre de 1918 destruyó esta sede, y obligó a la directiva de la asociación a ocupar, durante nueve años, locales en el Casino Español y en el Centro Gallego. Al obtener el empréstito para la realización del gran palacio social, se inició propiamente la etapa contemporánea de la institución.
El arquitecto asturiano Manuel del Busto y José Gómez Salas ganaron el concurso que se convocó para la erección del nuevo local a principios de la década del veinte. El exagerado diseño creado por ellos recuerda a algunos por su fachada al Palacio de las Comunicaciones de Madrid. El éxito que alcanzó no excedió al que obtuvieron  la mayoría de las edificaciones del Reparto de las Murallas, durante las dos primeras décadas del siglo XX. En esta zona —urbanización de fines del siglo XIX sobre los terrenos de la antigua muralla de la ciudad, demolida poco antes—, se levantaron construcciones como el Palacio Presidencial (1920) que  “... despertaron en el centro urbano la tendencia a siluetear o dibujar una imagen formal reconocible a partir de la propia concepción  monumental del edificio...”.17
Este edificio resulta especialmente significativo, tanto por el volumen de edificación como por las modernas técnicas de ingeniería empleadas: armazón estructural de acero con recubrimientos de piedra, ladrillos, y losas de hormigón. Se emplearon los más importantes y ricos materiales importados y nacionales e intervinieron también múltiples talleres y empresas cubanas vinculadas a la construcción, incluyendo ricos pavimentos de mármoles, profusas decoraciones en yeso, carpintería elaborada con cedro y caobas cubanas entre otros. Alcanzan su culminación aquí, los códigos del eclecticismo español, se mezclan el barroco y el plateresco, traducidos en una decoración, a veces excesiva, basada en iconos y símbolos regionales, todo dominado por una fuerte tendencia ceremonial y escenográfica, muy manifiesta en la caja de la escalera, coronada por un inmenso lucernario con escenas que describen el descubrimiento de América por Cristóbal Colón; y más aún por las cuatro torres diferentes que, superando las del vecino Centro Gallego, constituyen verdaderos hitos de las visuales de la zona, e incluso  desde la Plaza de Armas del Centro Histórico, a lo largo de la calle Obispo, acentuando un verdadero eje visual.
El “palacio devenido museo” es el resultado de la transformación y restauración, gracias a ello se valorizan espacios representativos y significantes del edificio y su arquitectura, otros —un tercio de su superficie total—, se convierten en ámbitos arquitectónica y museográficamente adecuados a la exhibición de importantes colecciones.
                                                                 

Notas

  1  Emilio Heredia y Mora nació en La Habana el l8 de septiembre de l872, descendiente del gran poeta cubano José María Heredia. Cursó estudios en la Escuela Profesional de Pintura y Escultura San Alejandro de La Habana; la Real Academia de San Fernando, Madrid, y estuvo cuatro años en París, como estudiante libre de arquitectura de la  Academie des Beaux Arts, y de dibujo en la Academia Colarossi. Colaboró con sus dibujos en el New York Herald de París y en la casa editora Garnier. Volvió a Cuba en l900. Fue nombrado Director Artístico de la revista El Fígaro y colaboró en otras publicaciones periódicas. Profesor de dibujo; Dibujante Primero dentro del Departamento de Obras Públicas. Jefe del taller de dibujo de planos, mapas y topografías de la firma Lynch y Mesa de Nueva York. Autor de infinidad de proyectos de arquitectura, entre ellos la ampliación del edificio de la Cámara de Representantes; de un monumento  a las víctimas del acorazado Maine; de un Panteón Nacional; de un edificio para el Archivo Nacional, etcétera. Socio Fundador y Vocal de la Directiva del Círculo de Bellas Artes de La Habana. Miembro de Número de la Academia Nacional de Artes y Letras. A la creación del Museo Nacional, consagró su gran energía para ver convertido en realidad su soñado proyecto. Otra de sus iniciativas  fue la creación de la Sociedad Geográfica. Falleció en La Habana, el 29 de julio de l9l7.

 

2  Algunas provenientes  de la Academia de San Alejandro que en este texto aparece mencionada con las diversas denominaciones que recibió la escuela según el período al que se haga referencia. Por ejemplo, en 1863 se establece como Escuela Profesional de Pintura y Escultura; en 1936 se reorganiza y establece la Escuela Nacional de Bellas Artes  San Alejandro. (N. de la E).

 

3   La Galería Didáctica de la Academia de San Alejandro fue creada a mediados del siglo XIX, a partir del lote de cuadros al óleo comprados en l84l, en remates de buenas galerías en París, por "Pedro de Alcántara Téllez Girón y Pimentel, Príncipe de Anglona, Márqués de Javalquinto (l776-l85l)  quien fue Capitán General de la Isla de Cuba de l840-l85l. Al cesar en su cargo, donó 3 mil pesos a la Real Sociedad  Económica de Amigos del País de La Habana, para que ésta comprara cuadros destinados a servir de modelo a los alumnos de San Alejandro. La sociedad acordó que esta donación se pusiera en manos del mismo príncipe, para que él eligiera las obras. El l2 de noviembre de l842 llegaron a La Habana a bordo de la fragata Tigre los 30 cuadros escogidos..." (Datos tomados de las Memorias de la Real Sociedad Económica de Amigos del País. La Habana, l842, tomo XV, , pp. ll4-ll6).

 

4 En 1919 fue aprobado un presupuesto para adquisiciones de 10 000 pesos, con los que fueron compradas 60 copias realizadas por destacados pintores españoles de los cuadros más célebres del Museo del Prado y algunos originales de artistas españoles contemporáneos. De manera oficial, el museo participa por primera y única vez en una subasta pública en París.

 

5  Antonio Rodríguez Morey nació  en Cádiz, el 4 de marzo de l872. Estudió en la Escuela Profesional de Pintura y Escultura San Alejandro de La Habana donde cursó dibujo con Antonio Herrera y Sebastián Gelabert, y paisaje con Valentín Sanz Carta. Estudió pintura escenográfica con Juan Ruiz y Miguel Arias, trabajando con ellos en los decorados de los principales teatros de La Habana. A partir de l892 viajó por España, Francia e Italia, donde se radicó. Estudió restauración en el  Taller de Restauraciones del Museo  de los Oficios. Realizó numerosas exposiciones en Cuba y en Florencia, Roma, Milán, Turín, Palermo, Génova, Viena, Munich, París, Londres, Nueva York, Panamá, California, entre otras.  Fue Catedrático Auxiliar de Dibujo Elemental y Titular de las Cátedras de Anatomía Artística, Perspectiva e Historia de las Bellas Artes de la Escuela Profesional de  Pintura y Escultura San Alejandro, desde l9l2. Miembro de Número fundador de la Academia Nacional de Artes y Letras, La Habana. Miembro de la Academia Internacional de Cerámica, Ginebra, Suiza. Miembro Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, l926. Miembro del Instituto Nacional de Artes Plásticas, La Habana; de la Asociación Bibliográfica Cultural de Cuba; de la Asociación de Acuarelistas  de Roma; de la Corporación de Bibliotecarios, Archiveros y Conservadores de Museos del Caribe; de la Sociedad Geográfica y Estadística de México; del Ateneo Nacional de Ciencia y Arte de México. Fue  Presidente de la Asociación  de Pintores y Escultores,  del Círculo de Bellas Artes y  de la Sección de Artes Plásticas del Ateneo de La Habana. Miembro de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO. Presidió el Comité Cubano del Consejo Internacional de Museos, París. Fue Director Artístico y Fundador de la revista Bohemia, La Habana. Presidente de la Asociación de Escritores y Artistas Americanos. Miembro del Instituto Cubano-Peruano de Cultura. A sus altos merecimientos artísticos, se une la gloria de haber salvado de su total destrucción en distintas oportunidades  el patrimonio artístico e histórico que integraban  los fondos del Museo Nacional, los cuales alojó en varias ocasiones en su casa particular, hasta que se ubicó en la calle Aguiar. Fue su Director desde l9l8 hasta su muerte el 7 de diciembre de l967.

 

6    “...a los Museos que poseen muchos de los establecimientos docentes oficiales, de esta capital o de las provincias, donde seguramente se utilizaría con más provecho, en beneficio de la juventud estudiosa que acude a aquellos centros, en tanto que aquí pasa desapercibida y ocupa un lugar necesario para los objetos de arte o de historia que hoy forzosamente permanecen almacenados por falta de salas donde ser exhibidos."Fragmento de la comunicación dirigida al Sr. Subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, fechada el 12 de octubre de 1921, en Expediente No.7, Año 1920-28, Asunto: Datos suministrados a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes para la redacción de la Memoria Anual-Datos para el Mensaje al Congreso”.

 

7   El doctor Luis de Soto y Sagarra, crítico de arte, catedrático de historia del arte de la Universidad de La Habana y miembro de las Academias de Artes y Letras y de Arqueología, inicia el l2 de mayo de l946, en la revista Carteles, la publicación de una serie de l6  artículos que reseñan extensa y gratamente algunas de estas colecciones privadas, y a través de los cuales, revela la nostalgia por un pasado con tradición de coleccionismo en el país y la añoranza por un futuro que le hiciera los debidos honores. Estas "promenades espirituales" como calificara él mismo a sus trabajos, traducen una práctica al uso entre los criollos que los identifica, a unos con cualquier diletante común, y a otros, más cercanos al concepto actual de coleccionista, en términos de estudioso, conocedor y verdaderamente preocupados por trazar científicamente el perfil de su colección.

 

8  Bajo el título general Exposición de Arte en la Universidad de La Habana, en el local del aula “Felipe Poey” del Edificio de Ciencias y también en el Salón del Colegio Nacional de Arquitectos, se celebraron tres grandes exposiciones: Escuelas Europeas (enero), El arte en Cuba (febrero) y  300 años de arte en Cuba (abril)  que, sin duda alguna, han sido el esfuerzo de mayor trascendencia en materia de exhibiciones de arte en nuestro país. Dieron  una visión global del arte en Cuba y mantuvieron durante seis meses consecutivos, la atención y el interés del gran público, hecho que por primera vez se daba en la historia de las actividades artísticas en Cuba. Sus tres catálogos, lujosamente editados, han quedado como valiosos documentos para la historia de las artes plásticas en Cuba. Integrante del Comité Organizador, junto a Domingo Ravenet y Guy Pérez Cisneros, el doctor Luis de Soto escribió para Avance, el 25 de enero de l940: "El interés despertado por la Exposición de Pinturas y Esculturas de Escuelas Europeas, abierta el día 20 en la Universidad de La Habana, del cual es buena prueba la muchedumbre que acude a visitarla diariamente, responde a la significación de este suceso que sin hipérbole, podemos calificar de "acontecimiento artístico..."

9  Real Sociedad Económica de Amigos del País (l793), Ateneo de La Habana, también conocido como Círculo de La Habana (l902); Academia Nacional de Artes y Letras (l9l0); Club Atenas (l9l7); Institución Hispano-Cubana de Cultura (l926), a la cual imprimió Don Fernando Ortiz la tónica progresista de su pensamiento; Lyceum (l929), más adelante fusionado con el Tennis de Señoritas (l9l3) para dar origen al Lyceum Lawn Tennis Club; Sociedad Universitaria de Bellas Artes (l942), fueron algunas de las que suplieron la indiscutible necesidad cultural que el museo no podía satisfacer y a la cabeza de las cuales se encontraba el Salón Anual de Bellas Artes que propició en l9l6 el surgimiento de la Asociación de Pintores y Escultores, sucedida el 15 de marzo de 1930, por el Círculo de Bellas Artes.

10   La iniciativa de su creación partió del arquitecto Richard Newman y de la Milicia Martiana, y su primer director fue el Doctor Tomás Felipe Camacho.

11  Como parte de este último propósito se invitó en varias ocasiones  a verdaderas autoridades en museografía del Museo Metropolitano de Nueva York, como fueran Alfred H. Barr y Edgard Kauffmann, a brindar conferencias.

12  El Consejo Asesor del Patronato de Bellas Artes y Museos Nacionales estaba integrado por: el Doctor José Manuel Pérez Cabrera(Academia de la Historia de Cuba); el Doctor Esteban Valderrama y Peña (Academia Nacional de Artes y Letras);  Enrique Carabia y Montenegro (Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro); el Doctor Fernando Ortiz y Fernández (Sociedad Económica de Amigos del País); el Doctor Horacio Abascal y Vera (Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales); el arquitecto Emilio de Soto y Sagarra (Colegio de Arquitectos de La Habana); Manuel I. Mesa Rodríguez (Junta de Arqueología y Etnología); y contaba con los Miembros Ex Oficio: Doctor Guillermo de Zéndegui y Carbonell (Director del Instituto Nacional de Cultura) y Antonio Rodríguez Morey (Director del Museo Nacional).

13  En realidad, el Palacio de Bellas Artes fue inaugurado el 18 de junio de 1954 con la celebración en este de la II Bienal Hispanoamericana de Arte. La reapertura del Museo Nacional en esta nueva sede, no fue hasta el 14 de diciembre de 1955.

1 4   “El Museo  Nacional de Cuba ha cambiado de vivienda y el sueño que dormía se trocó en actividad y esta actividad resulta creadora. Es muy joven este nuevo Museo, pero alcanza ya madurez de juventud, mayoría de edad. Tiene obra propia; la que ya tenía, más las donaciones, generosas e importantes, que va consiguiendo. La de la Marquesa de Pinar del Río, con los cuadros de Eugenio Lucas y de otros maestros del siglo XIX español, es una de las más importantes. Tiene también el Museo depósitos temporales, magnífico de veras por cantidad y calidad, el de Julio Lobo, muy importante el de retratos ingleses de Oscar B. Cintas e interesante el de José Gómez Mena, de pintura española de comienzos del siglo XX. La última donación recibida por el Museo, es la de un gran cuadro, regalo del señor Ramón Crusellas (...).  La atribución es a Lucas Giordano y viene de una Galería muy respetable.” Fernando de la Presa. “El Museo se hace mayor de edad”. Mañana, La Habana, 23 de marzo de 1956.

15  El Grupo Guamá fue fundado y dirigido por el arqueólogo cubano René Herrera Fritot quien, con el resultado de su trabajo,  llegó a organizar una muestra permanente en la sala de su propia casa. Esta colección, más algunas piezas de procedencia continental, fueron donadas al Museo Nacional y su exposición fue asesorada por el propio Herrera Fritot.

16 Guillermo de Zéndegui. “Las nuevas salas de arquitectura colonial cubana en el Palacio de Bellas Artes”. Arquitectura, La Habana, febrero de 1958, No. 295, Año XXVI, p. 67.

 17 Centro Asturiano de La Habana. Nuevo Palacio Social. La Habana, Purdy & Henderson Company,  1928.


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