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ESAS CANCIONES TUVIERON
UN EFECTO DESCOMUNAL EN MÍ Repetía como una cotorra la onda de mis padres, la onda anticastrista miamiense... Cuando entré a ese pequeño y simple auditorio, que Silvio y Pablo llenaron con la convicción de sus ideas y la belleza de sus canciones, no tenía escape.
Sylvia Correa
| Washington
En 1976, mientras estudiaba
Derecho en Washington DC, tomé una clase que exigía trabajo voluntario en una oficina del barrio latino que brindaba ayuda legal gratuita a vecinos con pocos recursos. Allí conocí a un joven abogado cubano que empezó a hablarme de Cuba, de mi país que, como buena niña de mi casa, yo desconocía casi totalmente y descartaba de plano como "comunista", como si eso lo explicara todo. En ese entonces, repetía como una cotorra la onda de mis padres, la onda anticastrista miamiense, y así se la solté a ese colega sin tratar de entender lo que él me decía.
Seguía en mi rechazo inequívoco, pero mi colega insistía con su propia firmeza. Él acababa de regresar del primer contingente de la Brigada Antonio Maceo, y traía la fuerza que ahora reconozco nos da el sol de nuestra patria. Un día, casi al darse por vencido, me prestó un casette de la Nueva Trova, y yo, casi por pena con él, lo escuché.
Esas canciones tuvieron un efecto descomunal en mí. Me transportaron a la realidad de una generación de jóvenes como yo, pero que construían algo que iba mas allá de esta sociedad de consumo incesante en la que vivía, donde la única preocupación era el dinero. Por muchos meses, esos jóvenes cantantes fueron mi único contacto con la
Isla. La esperanza en "¡Cuba Va!", el amor sin dependencia implícito en "Yolanda", el orgullo y la fuerza de "La Primera Victoria" me inspiraron y me llevaron a cuestionar las premisas que hasta entonces aceptaba ciegamente sobre Cuba.
En medio de todo este cuestionamiento, como poniéndole la tapa al pomo, vienen Silvio y Pablito a cantar en la Universidad de Georgetown . Recuerdo que había un frío tremendo, con el viento desconcertante que a veces nos hace dudar de la existencia del sol. Cuando entré a ese pequeño y simple auditorio, que Silvio y Pablo llenaron con la convicción de sus ideas y la belleza de sus canciones, no tenía escape. Estaba cautivada. Tan firmes y convincentes fueron sus testimonios sobre ese pequeño país luchando contra viento y marea por su soberanía y la de otros, que me sobrecogió una gran necesidad de conocer por cuenta propia la trayectoria de esa lucha. Y desde entonces, sobre la base de ese autocuestionamiento, fueron derrumbándose todos los prejuicios ante la realidad de lo que es mi país. Por eso los celebro, los elogio y les agradezco esa visita hace un cuarto de siglo a Washington.
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