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DANZAR LA POLIS

Omar Valiño | La Habana  



No sé si existe el término danza política, como parigual en esa manifestación artística al aplicado a la literatura, al teatro et.al. Tal vez no, quizá lo desconozco. En todo caso vino a mi mente cuando me enfrenté a la reciente propuesta de la compañía que ha marcado el derrotero más importante en la danza cubana contemporánea. 

El término, la categoría si se prefiere, no atañe, para mí, ni a un vínculo retórico o instrumental entre arte (en este caso la danza) y sociedad, ni a la estrechez universal de la política al uso. Sin olvidarme de paradigmas modernos---Brecht, Teatro Escambray, Teatro La Candelaria, por citar algunos---de los que puede inferirse la grandeza que le adjudico al calificativo, quiero significar aquí una cualidad, digamos original, más ontológica, de la política: su instancia de relación, de mediación entre los humanos.

Desde esta perspectiva y como simple espectador de danza, me limitaré a testimoniar, a través de una lectura, el último diálogo que ha propuesto Marianela Boán con DanzAbierta mediante su espectáculo Chorus perpetuus.

La coreógrafa elige una célula desde donde ensayar la relación entre el individuo y la masa. A diferencia de aquella orquesta sinfónica que se ejercita sin parar en la película de Fellini, el coro de Marianela está listo para el concierto, sólo que, aparte de la ejecución vocal, exteriorizará la danza, los gestos de las almas de las individualidades que lo integran.

Aparecen frente al público con sus vestuarios sobrios, de tonos grises y negros, alguna tela brilla sin estridencia; son seis, tres hombres y tres mujeres, se agrupan hacia un lateral del escenario vacío, enorme tras ellos. Si se les observa bien, se notará que permanecen unidos por una especie de ligas o manillas, de color rojo, que junta los brazos de uno con otro en un perfecto amarre, si nos guiamos por las apariencias.

Abren con un tema de Pergolesi, de inmediato alguien desentona, pero el coro carga con ella. Van a El manisero de Simons, la cubanidad resuelve el acto de reintegración, alusiones al sexo, la pelota, se extravían en el disfrute de lo popular. Pasan por la Vereda tropical, uno se va, se escapa, a la fuerza lo reducen, lo retienen, es sacrificado, su imagen rememora a Cristo sobre el coro. Se detienen en una melodía de Curiel, otra corre, tal vez tras su yo, el coro patea marcialmente el piso definiendo una posición, ella vuelve al redil. Retorna Vereda tropical, por qué se fue, se preguntan con el texto de la canción, y quien intenta abandonarlos insiste, se dividen mujeres y hombres. Luego atacan Sometime, excluyen a la que desentona, más tarde reaparece y busca reincluirse, la aceptan. Un bailarín se exhibe en gestos y actitudes procaces. Cuando entran en Mozart, ese personaje también quiere dejarlos, lo extorsionan, lo silencian, se desata la crisis de la líder, todos desean ser la guía del coro, todos pelean por la armónica, progresivamente se unirán a ella, ya han rebasado todas las crisis.

Entonces se recrean en Gershwin, son dueños de todo el espacio, hacen solos y dúos, recomponen el coro al centro mismo del escenario, botan las ligas sin separarse, celebran, festejan.

Danza profundamente conceptual, cada signo remite a una lectura, cada lectura a sucesivas relaciones, por eso mi intento de descripción es vago, impreciso, mediocre. La extraordinaria riqueza del espectáculo no se traduce en barroquismo, sino en un despojamiento que es explorado hasta el límite. Nada de cromatismos ni de objetos, iluminación que dibuja espacios, restituye atmósferas, tonifica situaciones, baile constreñido, tensado por la significación antes que por una gracia externa, danza al interior de su propia música, música interpretada con asombrosa brillantez por los mismos bailarines...

Una puesta en escena que halla en la célula coro la instancia concreta desde la cual objetivar sus proposiciones: relación entre el yo y el colectivo, entre individuo y grupo, entre disidencia y uniformidad, entre verdad e imposición, entre aventura y seguridad, entre soledad y compañía...

Un montaje cuya factura profesional lo hace digno del más exigente escenario internacional, que es al mismo tiempo universal por cubano, virgiliano porque nos regala la tragedia con humor y canta y baila a la isla en sus angustias, críticamente esperanzador porque reconoce el tenso diálogo entre individuo y sociedad y sabe que la solución está, como en Chorus perpetuus, en encontrar nuestra nota en la escala, cada una plena, única, imprescindible para danzar la música.


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