TODA LA HISTORIA, TODO EL DEBATE, TODA LA CULTURA
Fernando Martínez Heredia |
La Habana
Una petición fraternal de Rafael Hernández, el director de
Temas, me coloca de pronto ante un asunto demasiado grande. Aparecen ante mí fragmentos sueltos de hechos ciertos, distorsiones muy burdas, más de una punta de iceberg, y sobre todo una de las tantas historias que existen dentro de la historia; una parte de la historia contemporánea de los cubanos, y a la vez mi propia historia, pequeña y personal.
No quiero, no estoy dispuesto a ir a remolque de los relatos que hilvana actualmente Jesús Díaz --que han de tener su sentido para él--, a la hora de tratar cuestiones tan importantes. Yo pertenezco a otra galaxia: la de Cuba, en su maravillosa y angustiosa edad, de libertades desatadas y férreos límites, hecha de saltos y caídas, de asombro y mezquindad. Y no me hago el distraído: si la historia real de los hechos y los afanes de la gente en una revolución tiene importancia, es porque registra los mayores alcances y los más profundos problemas de los individuos y las sociedades. Por eso toda historia real de revolución es subversiva, y apunta a retar al presente y a devolver la fe en el futuro.
Sobre la revista Pensamiento Crítico y los que la hicimos, su significado y sus contextos he hablado o escrito algunas veces en los años 90. Remito a los interesados a esos textos, en las revistas
América Libre, Debates Americanos y Temas, y en el prólogo a
Estudios de Filosofía, libro de la Editorial Ciencias Sociales que aparecerá en breve. Algunas personas, sobre todo jóvenes, han hecho investigaciones valiosas acerca de la revista o la han incluido en estudios más abarcadores. En todo caso, falta mucho por establecer en cuanto a hechos, y también en cuanto a análisis. Pensamiento Crítico fue uno de los tantos instrumentos de la revolución cubana de los años 60, aunque, como cada obra humana, tuvo su especificidad. Fue un hecho intelectual, y entre sus aciertos estuvo no olvidarlo nunca. Claro que se propuso más de lo que podía alcanzar: si no hubiera sido así, ni siquiera valdría la pena mencionarla.
Para que su espíritu pueda ser útil tantos años después, aprovecho esta coyuntura para presentar algunos problemas --unos de hoy, otros más permanentes-- que tienen estrecha relación con lo que se debate.
Lo primero que me asalta --y me angustia-- es pensar en el profundo desconocimiento que existe acerca de tantos hechos de la revolución. No digo del proceso como tal, la posibilidad de comprender y expresar sus rasgos principales, sus obstáculos y errores, sus portentosas conquistas, las promesas de cambio social y florecimiento humano que abrió. Me refiero a algo que es mucho menos: saber qué sucedió. ¿Cómo es posible que no forme parte del conocimiento común? Hay zonas descomunales de silencio y olvido, y hay otras, al parecer cubiertas, en que la reiteración de palabras claves y de frases de efemérides no brinda los elementos de hechos que aporten al conocimiento y promuevan el interés de saber y la motivación de querer a las actitudes y vidas que fueron ejemplares, y de emular con ellas.
La gesta que se comparte es uno de los elementos básicos de la unión de voluntades y de esfuerzos. Cuba es un país ex-colonial occidental sumamente singular, que adelantó como ninguno en las prefiguraciones y el camino de la liberación de todas las dominaciones. Esa gesta podría contribuir al avance social en las condiciones actuales, avance que en mi opinión, si quiere tener oportunidades de éxito y eficacia, sólo podrá ser anticapitalista y promover un proyecto más ambicioso que los anteriores proyectos revolucionarios. Pero para que sirva a las necesidades de hoy, la gente tiene que apoderarse de la historia, de toda la historia, encontrar su médula de formas de dominación y de luchas contra la dominación, de cambios y continuidades, y sacar fuerzas y provecho de su comprensión. ¿Cómo recorrer ese camino sin conocer lo que sucedió?
He reclamado y sigo pidiendo que el debate real y sin cortapisas entre los revolucionarios se considere un principio fundamental de nuestra cultura, y también un principio del trabajo ideológico. El debate efectivo, y no declaraciones acerca de él. No se trata de un asunto "de intelectuales": se trata de una necesidad vital del proceso de creación social sin el cual no habrá jamás socialismo. El debate tiene características y funciones muy diferentes en el capitalismo y en la transición socialista. Escribí sobre esto en
Che, el socialismo y el comunismo (1989), sobre todo en el epígrafe "El debate en el régimen socialista", que publicó como primicia
La Gaceta aquel mismo año. Es extremadamente difícil estar de acuerdo con esa necesidad si nos dejamos llevar por las prácticas y costumbres que confunden la seguridad con los controles previos y duros de lo que pudiera pensar nuestra propia gente, y la fiabilidad con la aquiescencia a todo. Prima en numerosos campos de nuestro discurso público la unilateralidad y la cerrazón. A pesar de la prolongada acumulación cultural de experiencias y pensamientos que ha llegado a expresarse en documentos políticos de la calidad extraordinaria del Llamamiento al 4° Congreso del PCC de marzo de 1990, se asume demasiado la unidad como unanimidad y la facilidad aparente de la ausencia de discusión.
Existe un fenómeno aparentemente opuesto a la grave deficiencia anterior, que sin embargo a mí me preocupa mucho. Es la "apertura" permisiva de cierto "liberalismo", a primera vista inocuo, en cuanto no trata problemas fundamentales. Todo eso es muy engañoso. Por un lado --a la vez de parecerle muy mal a algún cavernícola--, puede confundir, porque unos crean que ya con esa actividad tenemos las "libertades" --así, entre comillas-- que necesitamos, y otros crean que están haciendo cosas muy valiosas con las que ya se cubren las necesidades de renovación y avance del pensamiento sobre nuestros problemas esenciales. Por otro lado, pudiera formar parte del creciente apoliticismo de sectores de la población, una tendencia que en la práctica fortalece el alejamiento del tipo de sociedad en que hemos vivido. Desde hace siete años vengo planteando que existe una onda conservadora que gana espacios y campos en nuestro país.
Tengo a la vista las breves palabras, tan agudas y valientes, que improvisó Aurelio Alonso frente a la Mesa de LASA 2000 en que Jesús Díaz leyó su ponencia. De la primera a la última, ellas nos recuerdan, a todos, los poderes que tiene la palabra. Aurelio reivindica lo que debería ser un axioma: no se es militante a pesar de tener criterios propios; para ser militante se exige tener criterios propios. No puede ser visto el tener criterios como un defecto, compensado por las virtudes que tenga el sujeto pensante: tiene que ser considerado como una de sus mayores virtudes. El sujeto en cuestión es militante, naturalmente. Pero no lo es chata ni simplemente; esto es, la militancia es un peldaño más alto en la especie humana sólo si hace al sujeto más complejo, más capaz, más solidario, más humano, mejor persona.
Enseguida estamos dentro de una cuestión que parece más específica: las relaciones entre la cultura y la política. Un joven autor nos acaba de traer un fragmento de Gutiérrez Alea que se refiere a aquel quinquenio en que vivió
Pensamiento Crítico. De sus reflexiones tan penetrantes tomo sólo una frase: "Las relaciones entre política y cultura son superficialmente amables, pero profundamente contradictorias." No voy a alargar este comentario metiéndome en el pozo de ese problema, al que por demás le he dedicado tantos pensamientos y escritos, como era de esperar; pero sería ceguera no ver que las relaciones entre política y cultura están en el centro de la cuestión que estamos tratando aquí.
Escojo entonces un solo asunto, a sabiendas de que transgredo cuestiones fundamentales de método que atañen a la comprensión del problema. Y es este. La política no existe en general, ni la cultura tampoco. Si un pueblo hace una revolución anticapitalista y entra en la época consecuente de transición socialista, la política y la cultura --como la economía y todo lo demás-- adquieren unas especificidades y nuevos órdenes de relaciones radicalmente diferentes a los que hasta entonces habían tenido, que deben ser vividas, pensadas y organizadas, a la vez que debe adelantarse sin descanso en el conocimiento profundo de ellas. Las razones de tantos requisitos son obvias. El capitalismo sigue existiendo, y no de modo inerte, sino atacando siempre, de manera aguda o crónica, pero también y sobre todo ingresando, retornando, reviviendo, empapando, contagiando, a las instituciones y las actitudes individuales y de grupos de la sociedad que quiere ser nueva y socialista. El mal mayor está en la reproducción de las relaciones, instituciones, ideas y sentimientos que rigen la dominación capitalista, en el seno de la sociedad en transición socialista.
Y esa reproducción no depende tanto de conspiraciones y acciones de origen externo --por más reales y peligrosas que ellas sean--, como de la inmensa, formidable acumulación cultural de signo favorable a las dominaciones de unas personas sobre otras, antigua y renovada, que existe entre nosotros. Una verdadera batalla cultural se libra entre ambos complejos de maneras de vivir. La idea de que la política es más abarcadora que la cultura, y esta es sólo una de las "ramas" "atendidas" por aquella, es errónea. En la transición socialista la cultura tiene que ser la forma más abarcadora y profunda de la acción política, y el campo de su plan y de su enfrentamiento más decisivos. La política cultural socialista es totalmente insuficiente, si se limita a la atención a las instituciones y actividades que llamamos culturales. La transición socialista es la época de creación y generalización de una nueva cultura, diferente y opuesta --y no sólo diferente, ni solamente opuesta-- a la del capitalismo. Esa es la tarea más difícil que pueda concebirse. Los fracasos de las experiencias sucedidas en Europa en nombre del socialismo están íntimamente asociados a su incapacidad de constituir una nueva cultura.
Es cierto que el problema exige una comprensión nueva y diferente de la cultura, no sólo por parte de los dirigentes y ejecutores del poder político, sino también por parte de los que realizan actividades intelectuales. El antiguo reclamo de que no se confundan las bellas artes con la cultura ya no es muy efectivo, porque el consumo calificado de aquellas ha sido bastante democratizado, y la comprensión de la cultura desde el conocimiento social de las comunidades humanas también está bastante difundida. Es la falta de cultura política suficiente la que impide que se le saque más provecho a aquellos avances. Porque la liberación humana necesita una militancia de la cultura, que brinde lugares y reúna a la diversidad de las subjetividades, habilidades y propensiones, al planeamiento de las tareas revolucionarias, al afán de belleza, a la expansión de la influencia y del control de la gente común sobre todos los ámbitos de la vida pública, a la creatividad y la originalidad para enfrentar las escaseces y dificultades, que son tan graves que serían insalvables si no se ponen en marcha los medios de desplegar la superioridad de las personas.
En la batalla entre maneras de vivir que mencioné arriba, la del capitalismo ha estado recibiendo refuerzos en la época reciente. Tiene además la sabiduría --a escala social no es necesario saber para ser sabio-- de no pretender el poder político: su campo de lucha principal está en la vida cotidiana, las relaciones sociales, las ideas y sentimientos que se consumen. Ese teatro cultural es el básico. Por eso puede ser un acierto estratégico considerar que el centro de la batalla anticapitalista en Cuba actual es la cultura.
La producción y el consumo intelectuales son sólo un campo de la contienda cultural, pero es crucial, porque entre todos hemos hecho un país en que ese campo constituye una parte muy importante del alimento espiritual y de la formación ideológica. Pero también es crucial porque la capacidad potencial de satisfacción, prefiguración y adelanto que poseen los productos intelectuales nos es indispensable para lograr irnos por encima de la mera reproducción de la vida vigente, un propósito vital, sin el cual no triunfaríamos. Por eso es tan necesario darnos plena cuenta de la hora tremenda que vivimos, de los deberes de cada cual y del bienestar que pudiéramos sacar de la creatividad.
Es la conciencia que tengo de las cuestiones que planteo lo que me ha llevado a escoger este comentario, que pudiera ser, de inicio, más árido que el establecimiento de hechos y verdades, la colocación de otros en su lugar, las precisiones y aclaraciones, la polémica en fin que el caso exige. Aurelio y Guillermo lo harán sin duda cumplidamente, y al hacerlo estarán dando un ejemplo de lo que yo pido con mi comentario. A mi vez, con mis palabras no estoy lejos de los días en que poníamos en la balanza la prosa y el verso, la filosofía, la narración y el ensayo, la historia y la vida, para inclinarla en favor del futuro. Me gusta recordar así a
Pensamiento Crítico y al Departamento de Filosofía de K 507, entre otras cosas porque no me da nostalgia. Recordarlos como un momento de la educación grandiosa que nos dieron a todos nosotros el pueblo desatado y las necesidades de la libertad y la justicia.
La Habana, 16 de julio del 2000
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