ADIOS A MANHATTAN
Reinaldo
Arenas | Miami
Hace ya más de nueve años llegué a Nueva York y escribí entonces
una crónica apologética sobre la ciudad, deslumbrado por
su dinamismo y su esplendor. No me arrepiento de haber
redactado ese texto; como crónica reflejaba el momento
en que la misma se realizaba. Desafortunadamente, las
cosas en Manhattan han cambiado de una manera negativa y
creo que es tambien un deber hablar de esos cambios.
Dos
calamidades amenazan con convertir a la todavía llamada
"capital del mundo" en un lugar inhabitable:
la riqueza desmedida y la pobreza más sórdida. Una nueva
ola de millonarios se ha abalanzado sobre Manhattan,
comprándolo prácticamente todo y expulsando, por lo
mismo, a quienes no puedan estar a la altura de los
exorbitantes precios que ellos pueden pagar por un metro
de tierra.
Esto
conlleva, naturalmente, la fuga de la clase media, de
muchos intelectuales y de los trabajadores que han
tenido que retirarse en masa a los suburbios de Nueva
Jersey, de Queens o a lugares más remotos. Los viejos y
acogedores edificios del West Side son demolidos rápidamente para dar paso a moles deshumanizadas e
incosteables para quien no esté en las condiciones de
desembolsillar cientos de miles de dolares. Los pequeños
comercios, las minúsculas cafeterías, los rincones que
podrían ofrecer un respiro, también van desapareciendo,
dando paso a conglomerados monolíticos donde el
aburrimiento es unánime y los precios inabordables.
En medio
de este panorama circundado por la demolición y el lujo,
transita una ola de vagabundos, drogadictos, enfermos
mentales, parias y traficantes a quienes los magnates no
pueden expulsar puesto que no habitan en ningún sitio.
Caminar
por Manhattan ya no es un placer, sino un riesgo y una
calamidad. La ciudad, en perenne reconstrucción, no nos
ofrece ni siquiera un pequeño recodo donde poder
meditar. Y lo que es aun más patético, Manhattan es ya
una de las pocas ciudades del mundo donde resulta
imposible arraigarse a un recuerdo o tener un pasado. En
un sitio donde todo está en constante derrumbe y
remodelación, ¿qué se puede recordar? ¿Qué punto de
referencia, a no ser las infatigables grúas, puede
iluminar nuestra memoria? ¿Cómo vivir en una ciudad
donde no se nos esté permitido recordar? Pues aquella
esquina, aquel parque, aquel árbol que pudieron nutrir
nuestra memoria son sustituidos incesantemente por
nuevos edificios o proyectos.
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