EL COMETA HALLEY
Reinaldo
Arenas
(En
Aire de luz. Cuentos cubanos del Siglo XX. Selección
y prólogo: Alberto Garradés.La Habana, Editorial Letras
Cubanas, 1998)
Para
Miguel Ordoqui
«Nadie puede conocer su fin»
Federico García Lorca: La
casa de Bernarda Alba
Aquella madrugada de verano de 1891
(sí, de 1891) en que Pepe el Romano huye con la
virginidad de Adela, mas no con su cuerpo, todo parece
haber terminado de una manera sumamente trágica para
las cinco hijas de Bernarda Alba: Adela, la amante de
Pepe, colgando de la viga de su cuarto de soltera,
Angustias con sus cuarenta años de castidad intactos, y
el resto de las hermanas, Magdalena, Amelia y Martirio,
también condenadas a la soltería y al claustro.
No sucedieron las cosas, sin embargo,
de esa manera. Y si García Lorca dejó la historia
trunca y confusa, lo justificamos. Aún más arrebatado
—y con razón— que sus propios personajes, se fue
detrás de Pepe el Romano, «ese gigante con algo de
centauro que respiraba como si fuera un león»... Pocas
semanas después (pero ésa es otra historia) el pobre
Federico perecía a manos de aquel espléndido truhán,
quien luego de desvalijarlo, ay, y sin siquiera primero
satisfacerlo (hombre crudelísimo), le cortó la
garganta.
Pues bien, mientras Bernarda Alba
disponía, con implacable austeridad, los funerales de
su hija, las cuatro hermanas, ayudadas por la Poncia,
descolgaron a Adela y entre bofetadas, gritos y
reproches la resucitaron o, sencillamente, la hicieron
volver de su desmayo.
Ya la voz de Bernarda Alba conminaba a
las cinco mujeres a que abrieran la puerta, cuando,
todas a una, decidieron que, antes de seguir viviendo
bajo la égida de aquella vieja temible, era mil veces
preferible darse a la fuga. Ayudadas por la Poncia, las
cinco hermanas saltaron por la ventana de la casa,
saltaron también la tapia y el establo y ya en pleno
descampado (bajo una luna —hay que reconocerlo—
espléndidamente lorquiana) el hecho de que se sintieran
por primera vez libres abolió momentáneamente sus
recíprocos rencores. Las cinco hermanas se abrazaron
llorando de alegría y no sólo juraron abandonar
aquella casa y aquel pueblo, sino toda Andalucía y toda
España. Un tramo después las alcanzó la Poncia, a
pesar de su cólera, y con un júbilo que tenía por
origen no la felicidad de las señoritas sino la caída
de Bernarda Alba, les entregó todas las joyas de la
casa, sus propios ahorros y hasta la dote reservada para
la boda de Angustias. Las muchachas le rogaron que las
acompañara. Pero su sitio —respondió ella— no
estaba del otro lado del mar, sino junto a la
habitación de Bernarda Alba, cuyos gritos de rabia la
arrullarían —así dijo— mejor que el mismísimo
océano.
Se fueron.
Mientras Federico expiraba
insatisfecho, ellas, cantando a veces los versos del
poeta moribundo, atravesaron infinitos campos de
girasoles, abandonaron Córdoba y Sevilla, se internaron
en la Sierra Morena y ya en Cádiz sacaron un pasaje
para La Habana, donde llegaron un mes después todavía
eufóricas y como rejuvenecidas.