2...
Una
vez, fui a una presentación de un libro de Lydia
Cabrera; había una anciana sentada debajo de una mata
de mango, frente a una mesita, firmando sus libros; era
Lydia Cabrera. Había dejado su enorme quinta en La
Habana, su enorme biblioteca, todo su pasado, y ahora
vivía en Miami en un modesto apartamento y firmaba a la
intemperie, debajo de una mata de mango, sus propios
libros que ella misma se publicaba. Al verla allí —ciega—
comprendí que representaba una grandeza y un espíritu
de rebeldía que tal vez ya no existía en casi ningún
otro escritor, ni en Cuba ni en el exilio. Una de las
mujeres más grandes de nuestra historia, completamente
confinada y olvidada; o rodeada por gente que no había
leído ninguno de sus libros y que lo que buscaba era
una figuración periodística momentánea bajo el fulgor
de aquella anciana. Era una especie de paradoja y, a la
vez, ejemplo de las circunstancias trágicas que han
padecido todos los escritores cubanos, a través de
todos los tiempos; en la Isla éramos condenados al
silencio, al ostracismo, a la censura y a la prisión;
en el exilio, al desprecio y al olvido por parte de los
mismos exiliados. Hay como una especie de sentido de
destrucción y de envidia en el cubano; en general, la
inmensa mayoría no tolera la grandeza, no soporta que
alguien destaque y quiere llevar a todos a la misma
tabla rasa de la mediocridad general; eso es
imperdonable. Lo más lamentable de Miami es que allí
prácticamente todo el mundo quiere ser poeta o
escritor, pero sobre todo poeta; yo quedé sorprendido
cuando vi una bibliografía de los poetas de Miami,
escrita también por otra poeta miamense que, desde
luego, no se hacía llamar poeta, sino poetisa; había
más de tres mil poetas en aquella bibliografía. Ellos
mismos se publicaban sus libros y se autonombraban
poetas, y daban enormes tertulias a las que uno tenía
que acudir porque si no quedaba como un apestado. Lydia
le llamaba a aquellas poetisas «poetiesas», y tampoco
[No llamaba a Miami por su nombre sino «El Mierdal». Lydia
me decía siempre que yo tenía que irme inmediatamente
de Miami a Nueva York, a París, a España, pero me
decía que allí no me quedara; ella nunca ha tenido
cabida dentro de aquel contexto chato, envidioso y
mercantil,] pero con ochenta años, no tenía otro sitio
donde meterse. Lydia Cabrera pertenecía a una
tradición más refinada, más profunda, más culta; y
estaba muy lejos de aquellas poetisas de moños batidos
y de constantes cursilerías, donde lo que predominaba
era la figuración momentánea, y quien pudiera publicar
un libro en el extranjero, que alcanzara cierta
resonancia, era considerado casi un traidor.
Me di
cuenta inmediatamente de que Miami no era un sitio
apropiado para quedarme a vivir. Lo primero que me dijo
mi tío cuando llegué a Miami fue lo siguiente: «Ahora
te compras un saco, una corbata, te pelas bien corto y
caminas de una manera correcta, derecha, firme; te haces
además, una tarjeta que diga tu nombre y que eres
escritor». Desde luego, lo que quería decirme era que
tenía que convertirme en todo un hombrecito machista.
La típica tradición machista cubana en Miami ha
logrado una especie de erupción verdaderamente
alarmante. Yo no quise estar mucho tiempo en aquel
lugar, era como estar en la caricatura de Cuba; de lo
peor de Cuba: el dime que te diré, el chanchullo, la
envidia. No soportaba tampoco la chatadura de un paisaje
que no tenía siquiera la belleza insular; era como una
especie de fantasma de la Isla; una península arenosa e
infecta tratando de convertirse en el sueño para un
millón de exiliados de tener una isla tropical, aérea
y bañada por el mar y la brisa. En Miami el sentido
práctico, la avidez por el dinero y el miedo a morirse
de hambre, han sustituido a la vida y, sobre todo, al
placer, a la aventura, a la irreverencia.
Durante
los pocos meses que viví en Miami no pude encontrar
allí ni un poco de calma; viví envuelto en incesantes
chismes y bretes y por lo demás, en incesantes
cócteles, fiestas, invitaciones; uno era como una
especie de extraño ejemplar que había que exhibir, que
había que invitar, antes de que perdiese su brillo,
antes de que llegase un nuevo personaje y uno fuese
arrinconado. Yo no tenía paz para trabajar allí y
mucho menos para escribir. También la ciudad, que no es
ciudad, sino una especie de caserío disuelto, un pueblo
de vaqueros donde el caballo ha sido sustituido por el
automóvil, me aterraba. Yo estaba acostumbrado a una
ciudad con aceras y calles; una ciudad deteriorada, pero
donde uno podía caminar y reconocer su misterio,
disfrutarlo a veces. Ahora estaba en un mundo plástico,
carente de misterio y cuya soledad resultaba, muchas
veces, más agresiva. No tardé, desde luego, en sentir
nostalgias de Cuba, de La Habana Vieja, pero mi memoria
enfurecida fue más poderosa que cualquier nostalgia.
Yo
sabía que en aquel sitio yo no podía vivir. Desde
luego diez años después de aquello, me doy cuenta de
que para un desterrado no hay ningún sitio donde se
pueda vivir; que no existe sitio, porque aquél donde
soñamos, donde descubrimos un paisaje, leímos el
primer libro, tuvimos la primera aventura amorosa, sigue
siento el lugar soñado; en el exilio uno no es más que
un fantasma, una sombra de alguien que nunca llega a
alcanzar su completa realidad; yo no existo desde que
llegué al exilio; desde entonces comencé a huir de mí
mismo. (...)