A
LAS PATADAS
Belkis
Cuza Malé | Miami
Sobre la salida
de Reinaldo Arenas de Linden Lane
Magazine: Las versiones sobre la ruptura
son un tanto conflictivas. El autor corroboró esto
luego desde Nueva York en entrevista telefónica,
al expresar que "amistosamente me quiero
retirar" de la revista. Pero Cuza, localizada
por teléfono en Nueva Jersey, donde reside,
afirmó, especificando que lo hacia dentro de su
cargo de directora: "Reinaldo Arenas no ha
renunciado. Yo lo he botado a patadas". (Tomado
de B.C.M.: "Reinaldo y yo". El Nuevo
Herald, 2 de marzo de 2001)
LA DISCUSIÓN
TOCA HASTA EL PAN Y LOS FRIJOLES
Tres escritores
cubanos llegados en años recientes a Estados
Unidos, tras sufrir diversos tipos de
hostigamiento y censura en Cuba, y unidos aquí
para la publicación de un periódico cultural,
han entrado en conflicto. Y la asociación ha
terminado en divergencias y separación. Los tres
son Reinaldo Arenas, Heberto Padilla y Belkis Cuza
Malé, y el choque entre el primero y los dos
últimos toca la revista trimestral Linden Lane,
de la cual era aquel advisory editor y de la que
el matrimonio Padilla-Cuza sigue siendo editor y
directora, respectivamente.
En nota de
prensa, una copia de la cual fue enviada al Miami
Herald con la solicitud de su publicación, Arenas
plantea divergencias con sus excolegas por
"la línea tanto política como literaria que
a veces", dice, sigue la publicación. Las
versiones sobre la ruptura son un tanto
conflictivas. Arenas, si bien no usa nunca en su
nota la palabra renuncia, parece indicar que de
eso se trata, al anunciar, en tercera persona:
"Arenas se separa de Linden Lane Magazine",
y señalar que ya no es "editor advisory de
la revista Linden Lane". El autor
corroboró esto luego desde Nueva York en
entrevista telefónica, al expresar que
"amistosamente, me quiero retirar" de la
revista. Pero Cuza, localizada por teléfono en
Nueva Jersey, donde reside, afirmó, especificando
que lo hacía dentro de su cargo de directora:
"Reinaldo
Arenas no ha renunciado. Yo lo he botado a
patadas". Añadió que Arenas "se
enteró de que no estaba en la revista cuando
recibió el último número" de la
publicación, distribuido en los días finales de
marzo. Y en efecto, en el último número de Linden
Lane, el nombre de Arenas no aparece ya en el
machón.
La versión de
Arenas fue un tanto más sutil. Aseguró el
escritor que "Belkis Cuza prefirió aceptar
que yo no apareciese". "La polémica no
viene de este número", agregó. "Lo que
Belkis no dice es que ya habíamos discutido hace
tres meses, desde el número pasado. Yo le mandé
una carta. Ella sabía que de no aparecer en este
número unos materiales que yo le había enviado,
yo iba a renunciar. Entonces no publicó los
trabajos y no me puso en la revista".
Cuza descartó,
por otra parte, tajantemente que la partida de
Arenas pudiera significar la desaparición de Linden
Lane, que ya ha publicado cinco números, y
señaló que la responsabilidad de publicar la
revista descansa en ella y su esposo Padilla.
Arenas trató aparentemente de ser más
conciliatorio que en su nota al expresar por
teléfono que "esto no constituye ninguna
declaración de guerra... pero hay cosas con las
que no estoy de acuerdo".
Entre las cosas
con las que dice no estar de acuerdo, mencionó
"materiales sin calidad, cuestiones de
diseño y algunas cosas de carácter
ideológico". Por su parte, Padilla prefirió
no discutir. Declaró desde Nueva Jersey que no
deseaba hacer comentario alguno a la nota de
Arenas, al menos hasta que tuviera oportunidad de
leerla. Señaló exclusivamente que se negaba a
hacer comentarios sobre este choque, por
considerar que ello "perjudica al
exilio" y "solo redunda en beneficio de
los de allá".
Al conocer esto,
Arenas indicó: "Yo sé que cualquier crítica a
la gente del exilio nos perjudica, pero ¿hasta
qué punto uno no puede hacer críticas, por no
perjudicar?". Aseguró que su deseo es que su
crítica sea "constructiva". Arenas
repitió los lineamientos generales de sus
divergencias con Linden Lane, señaladas en
la nota. Destacó su disgusto tanto por la no
publicación de algunos trabajos como por la
publicación de otros y preciso su opinión del
por qué:
"¿Por qué
no se publican? Porque critican un mundo
académico al que Padilla pertenece... y con el
que no quiere tener rencillas".
Especificando, Arenas mencionó, entre los
materiales que hubiera deseado ver publicados,
"un importante trabajo crítico realizado por
Reinaldo García Ramos escritor cubano, venido
como Arenas a Estados Unidos por el puente
marítimo del Mariel "sobre el libro Literatura
Cubana de la Revolución, del profesor Seymor
Menton, quien hacía una apología a los
escritores castristas".
Señaló también
la no publicación de "un trabajo de Ismael
Lorenzo también llegado por el Mariel",
donde Lorenzo "critica al profesor Ángel
Rama por haber confeccionado un número de la
revista Review, del Center for
Interamerican Relations, dedicada al exilio, donde
los cubanos no figuran". (El Center es una
institución dedicada a divulgar en Estados Unidos
la obra de escritores y artistas de
Latinoamérica. La publicación del numero de Review
asesorado por el crítico uruguayo Rama, sobre los
escritores latinoamericanos exiliados y del cual
se excluía a los cubanos, provocó una protesta
de intelectuales exiliados de Cuba).
"Como si
todo esto fuera poco", prosigue Arenas,
"Padilla publicó un anuncio en su magazine Linden
Lane de la revista Review". Al
conocer las críticas de Arenas, Cuza respondió:
"Yo quiero que la revista sea amplia. Pero
quiero que tenga un mínimo de calidad".
Arenas aseguró que siente "aprecio por la
poesía de Padilla y por su obra" pero
reiteró que la publicación en Linden Lane
de César López, al que acusa de vinculaciones
con la Seguridad cubana, y César Leante,
"parece evidenciar que Heberto Padilla no
quiere desvincularse completamente de El
César..."
López y Leante
son cubanos. El primero reside en Cuba y un
trabajo suyo aparece en el último número de Linden
Lane. Según la revista, a partir de 1971,
López "ha estado completamente marginado del
mundo intelectual cubano". Leante recibió
recientemente asilo político en España, tras
desempeñarse muchos años como funcionario
cultural del régimen cubano. Dos colaboraciones
de Leante ya habían aparecido en el primer y
cuarto números de la revista.
Pero la
discusión toca hasta el pan y los frijoles. En su
nota, Arenas censura una supuesta
comercialización de la revista, al decir que
"en el último número figuran desde el
anuncio de una panadería hasta una marca de
frijoles en conserva..." Pero estos detalles
sí sería mejor dejarlos, para que se resolviesen
en privado.(Tomado
de El Nuevo
Herald.
Domingo 10 de abril de 1983)
GENEROSO
AHORCAMIENTO
Reinaldo
Arenas | Nueva York
Todos estos
figurones que sueñan con aparecer en las
pantallas de televisión dándoles la mano a Fidel
Castro y en convertirse en figuras políticas
relevantes, deben tener sueños más objetivos:
deben soñar con una cuerda de la cual se
balancearán en el Parque Central de La Habana,
pues el pueblo de Cuba, en su generosidad, cuando
llegue el momento de la verdad, los ahorcará.
Así morirán a gusto, pues no habrá al menos con
ellos ningún derramamiento de sangre. (Tomado
de Antes que anochezca: Autobiografía.
Tusquets Editores, S.A., 1994, p. 14)
EL RETRATO QUE
NOS DEBE LA PELÍCULA
Vicente
Echerri | España
En una ocasión,
cuando yo vivía aún en La Habana, el poeta
Delfín Prats me dijo, con una suerte de oscura
lucidez, que él se acercaba a Reinaldo Arenas
movido por el mismo impulso que lo atraía a José
Martí, aunque por la razón contraria. Confundido
por lo que me parecía un gratuito acertijo, le
pedí se explicara. Sus palabras, entonces, me
sonaron demasiado rotundas: "porque así como
en nuestra literatura Martí es la pura luz,
Reinaldo es la pura tiniebla".
Esta frase
casual, que he sido obligado a recordar muchas
veces en los últimos veinte años, vuelve de
nuevo a mi memoria gracias a la película
"Antes
que anochezca", de estreno reciente, en la que el
pintor/director Julian Schnabel trata de
reproducir la vida y muerte de Reinaldo Arenas. En
el filme, el actor español Javier Bardem encarna,
con gracia y sorprendente parecido, a Arenas,
víctima del abandono de su padre, de la miseria e
incultura de su familia, de los prejuicios de la
sociedad, de la brutal represión castrista y del
sida; pero deja fuera el elemento tenebroso que
era parte inseparable de la personalidad de un
hombre a quien un crítico español describiera
—justamente, en mi opinión— como "mala
persona y peor escritor". En la película,
que se basa en la autobiografía de Arenas del
mismo nombre, la notable actuación de Bardem —como
incorporación de rasgos y ademanes de un
personaje— logra difuminar la oscuridad de un
carácter retorcido. De aquí que pueda afirmar
que, en tanto la representación física del
protagonista ha sido recreada por Bardem con
sorprendente exactitud, el retrato que el filme
propone no resulte creíble para algunos de los
que conocimos y tratamos a Arenas con bastante
intimidad desde que vivía en Cuba.
Sin embargo,
gracias al poder de una buena actuación, el
Reinaldo Arenas de la película de Schnabel —simplificación
basada en una autobiografía caricaturesca—,
puede llegar a suplantar, y de hecho ya lo está
haciendo, al verdadero Reinaldo Arenas para la
mayoría de la gente que no lo conoció ni ha
leído sus libros. Para los cubanos del exilio,
justamente reivindicados por la insoslayable
denuncia que hace la película de la barbarie
castrista, Arenas ha devenido símbolo de la
represión padecida por nuestro pueblo en los
últimos 42 años y, si no fuese porque sus
preferencias sexuales y el suicidio aún son
prácticas condenadas por la Iglesia, no faltaría
quien llegara a pensar en iniciarle un expediente
de beatificación.
A pesar de sus
"inocentes ojos rurales" (para decirlo
con sus palabras), Reinaldo Arenas no era
exactamente una buena persona. La hipocresía, el
recelo, la difamación sistemática —disfrazada
de broma literaria— y una espontánea deslealtad
fueron algunos de los vicios en que solía
incurrir. Creía que la sociedad lo condenaba a
ser un paria y, en consecuencia, se comportaba
como tal. Debió haber pensado que todo signo de
respeto era un acto de sumisión y, por tanto, la
irreverencia se convertía en un insobornable acto
de libertad. Sus víctimas terminaban siendo los
que tenía más cerca: sus amigos, a quienes,
verbalmente y por escrito, bajo su firma o
valiéndose de cartas anónimas, casi sin
excepciones traicionó y vilipendió.
Habrá quien
culpe a las carencias de su origen, al abandono
del padre, a los prejuicios sociales, a la
represión organizada por una dictadura, etc. Sin
embargo, ninguna de estas condiciones tiene por
qué convertirnos en resentidos y odiadores.
Conozco a muchas personas que sufrieron en Cuba
mucho más que Arenas, que cumplieron sanciones
muchísimo más largas y que fueron sometidas a
torturas más crueles; gente que perdió toda su
juventud en la cárcel —mientras Arenas se
dedicaba a fornicar infatigablemente— y a
quienes, sin embargo, el odio no consiguió
contaminarles el corazón. Hace mucho tiempo que
creo que el sufrimiento es como un crisol que saca
a relucir nuestro yo más auténtico, que a los
buenos los hace mejores y a los malos, peores. El
sufrimiento empeoró definitivamente el carácter
de Arenas.
Por otra parte,
aunque sería injusto negarle a Reinaldo Arenas
una auténtica vocación de escritor (se sentaba a
escribir todos los días) y una imaginación
chispeante, y a veces desbocada, el resultado casi
siempre parecía negar el empeño. Con excepción
de El mundo alucinante, donde la fuerza
creadora se acompaña de mayor contención y
rigor, casi toda su obra es una aglomeración de
los destellos y torpezas de alguien que quiso
hacer de su estilo una especie de furia
desaliñada; un marginal que optó,
deliberadamente, por mantenerse en la marginación
y que, movido por una oscura sed de venganza,
agredió a amigos y enemigos por igual. Este
retrato nos lo debe el filme. (Tomado de Encuentro
en la Red.
28 de febrero de 2001)
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