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...I HOPE SOME DAY
YOU' LL JOINT US
La representación artística de un símbolo, de un paradigma que dejó profundas huellas en la conciencia humanista de la sociedad cubana y marcó pautas decisivas en las distintas vertientes de la creación dentro de la Isla.
David Mateo |
La
Habana
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El día 8 de diciembre
del 2000 quedó emplazada en el parque de 17 y 8, en el Vedado, la escultura de John
Lennon realizada por el artista José Villa Soberón. Indiscutiblemente este acontecimiento
adquirió para la Ciudad de La Habana dos significados fundamentales: por un lado, la cualificación de un escenario bastante recurrente de su entorno urbano, casi emblemático -podríamos decir- de toda la serie de homenajes públicos que se han venido realizando en los últimos años a ese gran mito de la música contemporánea que es el grupo inglés
The Beatles; y por el otro, la representación artística de un símbolo, de un paradigma que dejó profundas huellas en la conciencia humanista de la sociedad cubana y marcó pautas decisivas en las distintas vertientes de la creación dentro de la Isla.
No es menos cierto que la colocación de la obra ocurrió en un momento en el que
fueron apareciendo, en los lugares más céntricos de la capital, un conjunto de esculturas, cuyo notable propósito
era el de dejar testimonio de nuestra deferencia, o veneración, a personalidades prominentes de la historia y la cultura universal. No obstante
ello, quiero destacar que la propuesta de Villa rehuye por completo de la perspectiva tradicionalista, académica, con la que han sido concebidas la mayoría de estas piezas, y alcanza, en contraposición a ellas, una relación armónica, dialogal, con el ambiente en el que fue ubicada.
Justamente la singularidad de la obra radica en su propia concepción, ya que la imagen ha sido modelada en barro y luego fundida en bronce a tamaño natural; pero en vez de haber sido situada en un pedestal en actitud erguida, soportando con absoluta solemnidad -como ya parece ser la costumbre- las significativas embestidas de la luz y el viento, aparece por el contrario dispuesta en posición contemplativa, como si pareciera disfrutar de un instante de reposo sobre uno de los tantos asientos del parque.
Satisface ver también cómo la composición general de la escultura reproduce con exhaustivo verismo cada uno de los rasgos de la expresión y el vestuario característico de Lennon. Sin embargo, uno descubre que la aplicación del canon para lograr tal semejanza no se sostiene para nada en la apología de un estilo rebuscado o de un precepto estético radicalmente preciosista -nada más alejado de la propia trayectoria experimental, manipuladora, y casi mínimal, descrita por el creador- sino que ha sido más bien refuncionalizada con la intención de aportar un determinado realismo a la encarnación del personaje; realismo que no solo garantiza una adecuada conformidad con el ambiente del lugar, sino que además contribuye a que la presencia de la pieza se haga mucho más integrativa, por instantes casi ambigua e imperceptible, entre el ir y venir de los transeúntes... Cualquiera de ellos podría perfectamente detener su camino y compartir un rato de sosiego con la altruista figura; corroborar junto a ella cada una de las rutinas que la vecindad comporta desde ese ángulo específico del parque; e incluso, improvisar una suerte de examen de conciencia que involucra, única y exclusivamente, un aspecto tan medular para nuestro tiempo como es el proceder de la idealidad, pues el escultor ha puesto como pie forzado sobre el mismo pavimento donde se apoya el banco, el verso más sugerente de la canción "Imagine", de John
Lennon: Dirás que soy un soñador, pero no soy el único.
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Tales distinciones suponen la materialización de una idea peculiar acerca del ejercicio escultórico, la cual se legitima precisamente a través de los términos divisibles, y al mismo tiempo complementarios, de armonía y contraste; idea que podríamos reiterar muy bien, sin excesos y con carácter rigurosamente selectivo, para rendir tributo a otras celebridades de nuestra cultura, como por ejemplo: Benny Moré, Rita Montaner o Bola de Nieve... Digo esto, porque en realidad no se trata de impugnar el sentido de existencia de esa clase de escultura de homenaje, sino de imprimirle un carácter mucho más inmediato e interactivo, acorde no solo con la prioridad que se le ha dado en la actualidad a los valores que ella pretende representar, sino también con el carisma, la vida extrovertida y sin artificios, que supo sobrellevar el ser humano que hoy la justifica.
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