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JONH LENNON Y EL GUARDIÁN
EN EL TRIGAL
Y si un día de estos visita la ciudad de Nueva York, no olvide nunca las palabras de M. D. Chapman:
"Si alguna vez tiene la oportunidad, vaya al edificio Dakota, y piense que fue allí donde sucedió. No hubo emoción, no hubo ira, no hubo nada. Solo un silencio de muerte."
Carlos Salgado |
La
Habana
Por aquellos días finales de diciembre de 1980, a raíz del asesinato de John Lennon, Gabriel García Márquez escribió: Ha sido una victoria mundial de la poesía... es alentadora la conmoción que ha causado en el mundo entero la muerte de un hombre que no había hecho nada más que cantarle al
amor.1
El músico-poeta se había retirado de los estudios y los escenarios desde 1975. Durante casi cinco años no hizo otra cosa que dedicarse a su casa, su esposa y su hijo; es decir, a ser un tipo hogareño, a ser uno más. Sucede que el ex-beatle hacía hasta lo imposible por destruir la sombra mítica de
Los Beatles. Se sentía hastiado de aquella vida de superestrella del starsystem, de los contratos asfixiantes que lo encarcelaban y de los compromisos con el público que esto implicaba. Para entonces ya el rock and roll no le hacía mucha gracia y deseaba retirarse de toda aquella falsedad, en un intento supremo por recuperar su libertad inicial de artista, perdida bajo un antifaz y que lo había convertido en un esclavo de la imagen, en un artesano.
Es en Eleanor Rigby que la muchacha se quita el rostro antes de entrar a la casa y lo deja en un frasco junto a la puerta para ponérselo cuando vuelva a salir. Lennon se cansó de todo este ritual de máscaras y decidió renegar de aquello. Pero él también había mentido. Es cierto que supo rebelarse y gritar contra la falacia. A su modo quiso cambiar el mundo, y de alguna forma Los Beatles fueron precursores de un amplio movimiento de cambio cultural y social durante los años sesenta. Sin embargo, John Lennon terminó convirtiéndose en un adulto más, en un representante del superstar system y, por ende, en el máximo representante de la simulación que había condenado.
Y esto no lo perdonó Mark D. Chapman, un joven de veinticinco años, al salir a su encuentro la noche del fatídico 8 de diciembre de 1980, frente al edificio Dakota, en una calle de Nueva York. Chapman llevaba en su bolsillo izquierdo un ejemplar del libro The catcher in the
rye,2 de J. D. Sallinger, con ciertos párrafos subrayados y la siguiente nota: Para Holden Caulfield de parte de Holden Caulfield. Esta es mi
declaración.3
Por extraño que parezca, Chapman no odiaba a John Lennon ni se consideraba loco o poseído por la voz del diablo. Más bien se creía un predestinado cuyo deber manifiesto era asesinar a John Lennon, y por lo cual no se sentía culpable -según dijo luego.
Durante varios días en el mundo entero no se habló de otra cosa. Chapman, por su parte, no hacía más que repetir: ¡Yo soy el asesino de John Lennon!, junto al eco aún fresco de los cinco disparos que dieron al traste con la vida del tipo del rock and roll, del ex-director de Los Beatles y genio vivo de una de las leyendas de la música rock más grandes del siglo XX.
En el trasfondo del drama está Nueva York, la ciudad por antonomasia, perdida entre sus rascacielos, sus homeless; tierra del graffitti, y criaturas devastadoras como el Punk; minifaldas, hippies trasnochados y caducos, neones, crack, Woody Allen, el Soho y el Bronx, el Greenwich Village de Bob Dylan, riffs de guitarras y Dios. Todos juntos dentro de la Gran Manzana. La misma ciudad hacia donde Holden Caulfield, un adolescente de dieciséis años, huye durante un fin de semana. Se escapa en busca de respuesta a todas sus luchas internas para luego percatarse de que ha caído en un laberinto demasiado complejo, un mundo hostil que solo acrecienta su angustia.
Al igual que le ocurre a Holden Caulfield con su hermanita Phoebe en la novela de Sallinger, a Mark Chapman se le daban bastante bien los niños pequeños, según ha contado el director del campamento donde trabajó durante siete años y donde le llamaban Nemo. Mark decide rodearse de niños para no verse perdido entre tanta falsedad y tanta mentira. Busca retroceder en el tiempo para así huir del mal, que está para él en crecer, en volverse adulto.
Cumplidos los diecinueve intenta suicidarse y lo encierran durante dos años en un manicomio. Ahí descubre el libro El guardián en el trigal. Luego confesaría que mató a Lennon para promocionar la lectura de la obra de Sallinger.
El paseo-huida por Nueva York se convierte para Holden Caulfield en una especie de rito iniciático a la madurez y una revelación al mismo tiempo. Allí visita los bares de pervertidos, conoce las prostitutas, las intenciones homosexuales de su ex-profesor Mr. Antolini, la borrachera y el motel sucio, apestoso y desolado.
Algo semejante, aunque en otro sentido, experimenta M. D. Chapman cuando se enfrenta por primera vez, durante su estancia en el sanatorio, a la lectura de El guardián en el trigal, por lo que más tarde expresa: ... No había terminado de leer el primer capítulo cuando me di cuenta que ese señor había dicho en ese libro todo lo que yo nunca pude. Ahí estaban todas las respuestas de todas mis preguntas, todas las aclaraciones de todas mis dudas. Era increíble. Era como una revelación de Dios...
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Como tantos otros, tampoco he podido resistir la tentación de leer The catcher in the rye para tratar de hallar entre líneas el porqué de tan triste evento, mas solo he encontrado nieblas y arenas movedizas. Tal vez ya nadie nunca sepa cuál fue el motivo real para que alguien disparara contra John Lennon en tan infausto día. El propio Chapman dijo: ... Solo apreté el gatillo cinco veces. No sé exactamente por qué lo elegí a
él.5
Actualmente, sé que existe en Nueva York una inscripción en el suelo que rememora el nombre de John Lennon, en la cual se destaca el título de una de las canciones más hermosas por la paz: "Imagine". En el Central Park, Strawberry Fields es el homenaje que la ciudad rinde a su figura. Aquí en La Habana, un parque del Vedado fue bautizado con su nombre al calor de un concierto homenaje. Fue puesta una tarja en recordación, la cual desapareció de manera misteriosa. Lo cierto es que los ladrones (tal vez amantes del genio miope) no pudieron impedir que en lo sucesivo le siguiéramos llamando El Parque de Lennon, muy a pesar de ellos, de la ausencia de la tarja y del creciente deterioro del propio parque.
Y si un día de estos visita la ciudad de Nueva York, no olvide nunca las palabras de M. D. Chapman: Si alguna vez tiene la oportunidad, vaya al edificio Dakota, y piense que fue allí donde sucedió. No hubo emoción, no hubo ira, no hubo nada. Solo un silencio de
muerte.6
Notas:
1 Gabriel García Márquez: "Sí: la nostalgia sigue siendo igual que antes", en La soledad de América Latina, Editorial Arte y Literatura, Ciudad de La Habana, 1990, p.338.
2 El guardián en el trigal.
3 Cayetana Guillén Cuervo: ¿Dónde van los patos del Central Park en invierno?, Revista
Downtown No. 19, diciembre-enero, España, 1994, p.43.
4 Jordi Tardá / Andy Peebles: "Entrevista con Mark David Chapman", en John Lennon, la biografía de un genio, Ultramar Editores S. A., Barcelona, España, 1981, p.210.
5 C. Guillén Cuervo: Ob. Cit., p.43.
6 Ibídem, p.43.
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