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ESCRIBAN LA VIDA LOS BUENOS 

"Es un mensaje optimista, alegre, el que queremos dar. Es un canto a la necesidad de multiplicar el amor, las ganas de vivir, contra el odio, la tristeza, la guerra, la muerte. Como dice Silvio: cuando escriban la vida los buenos, por demás vencedores, se sabrá que no usamos veneno como aroma de flores."


Nirma Acosta | La Habana

Para los cubanos, Carlos Alberto Cremata es una suerte de mago. Desde su carromato imaginario acostumbra a contar historias en las que el bien siempre cruza la calle mientras el mal se vuelve con vergüenza de espaldas. Algunas veces, quienes lo conocen, se han preguntado de dónde le nació tanta alegría y tanto gusto porque crezcan solo las cosas buenas de la vida. Pocos pueden imaginar que su papá fue una de las 73 personas que perdió la vida en el atentado al avión de Cubana de Aviación, el seis de octubre de 1976, en Barbados.

LA FAMILIA
Formo parte de una familia impresionante que tiene mucho que ver con lo que yo hago ahora. Cuentan que nací en un estudio de televisión porque mi mamá, fundadora de la Televisión, no salía de allí. Pero mi papá, trabajador de Cubana de Aviación se pasaba la vida inventado escenificaciones en el Aeropuerto, montaba obras de teatro en el aeropuerto. Tenía una vocación por el teatro muy extraña, pero era un hombre muy machista y cuando le ofrecían trabajar en el ICRT o en algo que tuviera relación con el mundo artístico, se negaba rotundamente. Para él la vida era como una broma. Incluso, las obras que prefería montar eran aquellas en las que el humor primaba: sainetes de Enrique Nuñez Rodríguez, parodias de las aventuras de turno -El Zorro, El Tulipán Negro. Tenía una facilidad extraordinaria para hacer voces, cantar. No era como el profesional del arte, solo tenía un don que formaba parte de su naturaleza, un histrión natural. Era de esas personas que siempre alegra la vida y por eso era muy querido en su trabajo, en la cuadra, por los amigos... Llegó a ser Presidente del CDR, delegado. Anécdota famosa en el barrio, aquella de que llegaba a las fiestas y se paraba la música para que él empezara a hacer chistes. Era muy simpático. Contaban en mi casa que cierto día Pipo de Armas, un actor muy conocido de Alegrías de Sobremesa, el programa humorístico de Radio Progreso, estaba en una actividad haciendo un espectáculo y mi papá llegó hasta su lado y le dijo: "Pipo, eso es como el cuento..." y a partir de ahí todo el mundo se viró hacia él y olvidó del espectáculo.
Esa simpatía la llevaba a la vida familiar. Generalmente los fines de semana nos reuníamos, con cualquier pretexto, los cinco -mis padres y sus tres hijos- a hacer interpretaciones teatrales. Cada uno debía actuar para el resto. El cierre lo hacía él que era el más divertido. Si íbamos a ver una película japonesa, terminábamos comiendo en el piso con cojines, bolas de arroz, palitos chinos y todo. Para cocinar -que lo hacía muy rico- se ponía careta y patas de rana para hacernos reír. Era así todo el tiempo.
En realidad el más parecido es el más pequeño que es humorista; dicen que físicamente, el del medio que es cineasta y yo que nadie dice nada al respecto, trato de inventarme -como los demás- el parecido, quizás el carácter. Por lo pronto, todos llevamos el Carlos en el nombre: José Carlos, Juan Carlos y Carlos Alberto.

LA NOTICIA CAMBIÓ MI VIDA
Ese día nos habían vacunado en Los Camilitos donde yo estudiaba. Tenía 16 años. Me sentía mal y por eso me acosté a dormir temprano. Como a las doce de la noche, un amigo me despierta y me dice que el director de la escuela quería hablar conmigo. Pensé que era una broma como las tantas que solíamos hacer, pero decidí creerles. Mis amigos tenían caras muy serias, pero de todas formas yo desconfiaba. Cuando llegué a la Dirección, encontré a uno de los mejores amigos de mi papá: Omar se llama, con una cara muy descompuesta. Era un hombre también alegre, simpático y no podía imaginármelo con aquella expresión. No le dejé hablar. Le pregunté: "¿Quién fue? ¿Mi abuelo o mi mamá?" Yo no podía asociar a mi papá con aquella noticia. Él era mi héroe, como el zorro para cualquier niño, era inmortal. Incluso cuando me dicen: "Tim, el avión en el que viajaba tu papá tuvo un accidente, pero dicen que hay siete sobrevivientes". Inmediatamente me tranquilicé. Pensaba: "Mi papá es grande, mide más de seis pies, es fuerte, valiente, así que seguramente salvó a todos los que pudo y está entre los sobrevivientes". Estaba tan convencido de eso que cuando voy a recoger mis cosas me cruzo con mi hermano que estudiaba en la misma escuela y llego a decirle: "Hubo un accidente, pero no te preocupes que papi está vivo". Cuando llegamos a la casa encontramos a tremenda cantidad de personas fuera. Me puse muy mal, casi colérico y decía: "Pero si mi papá está vivo, qué hace toda esta gente en la puerta de mi casa". A él le querían mucho y ya todo el mundo en la cuadra estaba más o menos informado. El cadáver no apareció, así que mi convencimiento de que no había muerto era cada vez mayor. Muchas veces, años y años después, hemos pensado que va a llegar de alguna misión secreta importante y nos va a sorprender. 
Aquel día, en la Plaza, cuando veo a tantas y tantas personas reunidas, a los otros familiares, las fotos... y escucho a Fidel, me estremezco por primera vez y creo que hasta lloré. De cualquier manera, la noticia cambió mi vida.
Hace poco tiempo, mi hermano me llama para darme una sorpresa y me dice: Tim, voy a darte la alegría más grande del mundo, pero no te lo puedo decir todavía. Hasta que no supe lo que era, viví una incertidumbre tremenda porque pensaba: ¿será que encontraron a mi papá? ¿Sería esta otra de sus bromas? Es una esperanza que no creo que me abandone. Es como un sueño. A una persona tan extraordinariamente viva, no se le puede asociar con la idea de la muerte. 

LA COLMENITA
Muchas veces he pensado que mi papá debía ser el director de La Colmenita y no yo. Seguro estoy de que lo hubiera convencido. Guiar a tantos niños en principios auténticos, reales, sin convertirlos en esquemas o artistas, sino en buenos seres humanos es una tarea que él hubiera llevado mágicamente. 
Cada vez que los niños tienen algún éxito, aunque sea pequeñito, pienso "si mi papá esta en algún lugar o en algún sinlugar donde nos viera, estaría contento.
Núñez Rodríguez ha dicho que cada espectáculo que hace La Colmenita es una flor que pongo en la tumba de mi papá. Es muy lindo eso. Pero más aún, es una noticia, un mensaje, un deseo... Lo que más lamento es que no está a mi lado con ese don de ser cien veces más muchacho que yo. Él era el ideal, un niño grande en quien se podía confiar.


En una gran medida, como a tantas otras tragedias familiares, a mí no me apagó porque tengo la certeza en algún lugar de mí mismo de que puede regresar o estar ahí mirándonos. Es un mecanismo de defensa que me ayuda a seguir porque de otra manera no sería posible mirar a la sinrazón quitándome a mi papá, al único novio y esposo de mi mamá, al líder de la familia y de mis hermanos. No son ilusiones de locos, absurdos. La tragedia me obligó a crear esa utopía de que era posible volverme a encontrar con él.
Por eso, el espectáculo de La Plaza por las víctimas del avión de Barbados no es una representación luctuosa, ni lastimera.

Presentamos La isla del coco, una versión de Las aventuras del Capitán Plin, una parábola de la historia de Cuba, el enfrentamiento entre el bien y el mal, entre los piratas de fuera y los habitantes de la isla. Es un mensaje optimista, alegre, el que queremos dar. Es un canto a la necesidad de multiplicar el amor, las ganas de vivir, contra el odio, la tristeza, la guerra, la muerte. Como dice Silvio: cuando escriban la vida los buenos, por demás vencedores, se sabrá que no usamos veneno como aroma de flores. Creo que es esa la mejor manera de hacer las cosas, trabajar por lo que se cree, por la esperanza y la paz. Desde los niños, recordar algo tan terrible, pero con alegría, seguro de que es así como a ellos, los que no están, les gustaría vernos. No apagados, vencidos, sino luchando.

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