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EL ESTRUENDO DE LAS PIEDRAS

El día de la Fundación de la ciudad, la madre de los árboles y los hombres, la madre del mundo, ofrece cosas imposibles. Por eso haya ciclón o no, frío o calor, los fieles no faltan a su cita con el árbol.

Manuel Henríquez Lagarde| La Habana


La ceiba no sabe idiomas o los sabe todos. Sólo entiende el lenguaje del corazón. Con o sin oraciones, todos los hombres son sus hijos cuando van a ella. La ceiba del Templete oye sentimientos cada 16 de noviembre, el único día del año que ella acepta confesiones. Las palabras se le meten por su tronco arrugado y gris. Palabras mudas que están en las manos, en las puntas de los dedos que se estiran para tocarla, en las palmadas que la saludan como si fuera un pariente, en los brazos que se aferran a ella y la abrazan.
-Iroko, ayúdame, tírame un cabo en eso... -dice la mano tocando el oído gris, casi cilíndrico del árbol.

El día en que se celebra la Fundación de la ciudad, la madre de los árboles y los hombres, la madre del mundo, ofrece cosas imposibles. Por eso haya ciclón o no, frío o calor, los fieles no faltan a su cita con el árbol.  A las doce en punto de la noche, alguien tira los primeros centavos a los pies de la ceiba. Las puertas del Templete están abiertas.

LA VERDAD DE LAS MENTIRAS
-Dicen que fue aquí donde ocurrió la fundación de la ciudad.
-¿Quién dice?
-Lo dice la historia.
-Debe ser un error histórico.

Como todas las grandes ceremonias religiosas que perduran en Cuba, la Peregrinación de San Lázaro o de la Caridad del Cobre, la tradición que se sigue para conmemorar el aniversario de la ciudad, está marcada por el sincretismo que impuso el encuentro caribeño de la cultura africana y española. Así, la de las tres vueltas a la ceiba del Templete está muy relacionada con las leyendas africanas de ese árbol y las del orisha Aggayú Solá. A esta se une otra de origen español que consiste en levantarse temprano e ir a la Catedral a oír en silencio la llamada "misa de los mudos".
Pero sobre todo llama la atención esta celebración porque se sustenta sólo en las tradiciones. El acto público con que se celebra esta fecha, hasta ahora no se ha probado lo contrario, está basado en una creencia popular y no en un hecho histórico concreto. En este caso se trata de una de esas ficciones, o en varias, que han terminado convirtiéndose en realidad y su veracidad es tal que hasta se han levantado monumentos -nos referimos al Templete y a la columna de Cagigal- en homenaje a un hecho que, de acuerdo con algunos, no ocurrió.
La única razón de peso en la que pueden hallarse los orígenes de este hábito anual es, al parecer, la fecha del 16 de noviembre, día que se escogió en Cuba para venerar al patrón de la ciudad, San Cristóbal. Por especial resolución de un breve pontificio se trasladó su conmemoración a esa fecha -antiguamente se celebraba el día 25 de julio- para que no coincidiera con la celebración que, ese mismo día, ocurría en España en honor de Santiago, patrono de ese país.
¿Por qué se fijó el 16 de noviembre de cada año para celebrar en La Habana? -se pregunta en Historia de una pelea cubana contra los demonios Fernando Ortiz. Su respuesta comienza con un "quizás". " Ya en Portugal se le veneraba en dicha fecha, debido a que el día 16 llegaron a Lisboa los supuestos restos de dicho santo."

LA SÉPTIMA VILLA
-¿Que usted duda que en este lugar se fundó la ciudad? -me dice un tanto enfadado un hombre de unos sesenta años que ha venido a saludar al árbol- Pues ahora cuando abran las puertas, pase al interior del Templete y mire los cuadros del pintor Vermay. ¿Quiere mejor testimonio que ese?
A pesar de que la historia de la fundación de la ciudad se oculta un tanto tras las suposiciones que quedaron como consecuencia de la desaparición de los libros de Cabildos anteriores a 1550, es innegable que la villa fue fundada por los conquistadores españoles a las órdenes de Velásquez, primero, en la costa Sur de la provincia, luego, trasladada a un impreciso lugar en las cercanías del actual Puentes Grandes, conocido como La Chorrera y, más tarde, asentada definitivamente en el Puerto de Carenas.
Según un historiador de la talla de Emilio Roig de Leuchsenring, resulta imposible asegurar la fecha de fundación de la villa en la costa Sur -se supone que haya sido en los alrededores del lugar que ocupa hoy Batabanó-, y no está muy claro tampoco el tiempo en que se realizó su traslado a la costa Norte. Bernal Díaz del Castillo, que señala el hecho en 1519, parece ser la fuente más fidedigna para los historiadores.
Igualmente imprecisas son las causas que, se suponen, motivaron este traslado. Lo poco sano del sitio primitivo, el mal terreno, una plaga de hormigas o el poseer Velásquez una hacienda en las inmediaciones de La Chorrera, no traspasan los límites de la especulación histórica.

Otro tanto sucede con el nombre con que fue bautizada la ciudad. Se desconoce si fue por el patrón de la Villa o en homenaje al intrépido almirante Cristóbal Colón.
Sin embargo, algunos historiadores parecen coincidir que existieron durante un tiempo dos poblaciones en la región habanera. Una en la costa Sur llamada como el hoy patrón de la ciudad y otra en la norte nombrada Puerto Carenas.
Los defensores de esta teoría argumentan, además, que las causas del traslado de una costa a la otra fueron las ventajas ofrecidas por este último lugar sobre aquel. A esto se suma la idea de que el cambio se basó, en buena medida, en el descubrimiento de México, al que era más accesible llegar por la costa norte.

HÉRCULES SANTIFICADO
-Él estuvo dispuesto a donar su sangre y su vida antes de abandonar a Dios -dijo alguna vez el Obispo de la ciudad desde el púlpito junto a la imagen, vestida de azul y rojo, de San Cristóbal de La Habana.
Igualmente sorprendente es la historia del santo patrón. En sus Cuadros viejos, Álvaro de la Iglesia, siguiendo el dictado de los sagrados textos, apunta que este santo, tan venerado por los españoles, ni es español ni tampoco europeo. Según este autor, su origen no tiene nada de ilustre. Descendiente de cananeos, antropófagos o cinocéfalos, sus antepasados vivían en los árboles y, además, comían gente.
Es otra, sin embargo, la biografía que hace de este santo Don Fernando Ortiz. En su libro ya citado, el sabio cubano certifica que San Cristóbal es el terrible dios que en la antigüedad fue adorado como Anubis o Tifón, y más tarde, en la época de los griegos, como Hércules.
Reverenciado por los viajeros, en las grandes iglesias europeas se acostumbraba a pintar al santo en un lienzo de gran tamaño que era colgado en una de las puertas del templo para facilitar sus visión a todos los feligreses. Una sola mirada al santo, bastaba para alejar el mal de la peste, así como los azares del camino, ya fuera por tierra o por mar.
Para Ortiz, el hecho de que San Cristóbal lleve siempre sobre uno de sus hombros al niño Jesús, es también atribuible a un símbolo anterior al cristianismo. Al igual que el niño dios Horus en Egipto y el niño Dionisios en Grecia, eran llevados en hombros por sendos dioses Bes, Hermes o Hércules, los fuertes músculos de San Cristóbal están hechos para soportar el peso del Niño Jesús.
Como el santo a quien representa, la imagen que los habaneros veneran en la catedral de la ciudad tiene también su peculiar historia. Realizada en Sevilla por el escultor Martín Andujar, natural de Chinchilla en La Mancha, el grupo escultórico consta de sesenta y tantas piezas y fue traído a La Habana en 1633.
Era tan corpulento el patrón habanero que se hacía en extremo dificultoso su traslado en las procesiones, por lo que se le encomendó al escultor Benjamín Sánchez que rebajara la imagen. De ahí la evidente desproporción entre la cabeza y el cuerpo de la efigie.

¿LA CEIBA DE LOS CASTIGOS?
-Eso es histórico -dice convencida María Caridad Camejo quien acaba de hacerse santo-. Usted le da tres vueltas a la ceiba y le pide tres deseos. La ceiba siempre cumple.
Si la fundación de La Habana se hace imprecisa por toda una nebulosa de datos que no coinciden entre sí, más difícil aún resulta determinar el fundamento histórico de la tradición que durante años ha citado a los capitalinos todos los días 16 del mes de noviembre en la ceiba del Templete.
Siguiendo los datos que ofrece el libro La Habana: apuntes históricos, de Roig de Leuchsenring es muy probable que haya existido una ceiba en las inmediaciones de la Plaza de Armas debido a la abundante vegetación existente en esos tiempos, lo que no asegura que ese árbol cobijara bajo su sombra a la primera misa y al primer cabildo que hoy el Templete conmemora.
Los libros de Cabildos de este Ayuntamiento, en lo que a la ceiba se refiere, señalan la existencia de un árbol de este tipo en la que fue la primitiva plaza de la villa, la cual no era usada para ceremonias religiosas sino, según consta en estos documentos, para algo tan poco merecedor de recuerdos y consagración, como lo es el castigo. 
En dicha ceiba eran atados aquellos individuos, casi siempre negros esclavos, que de acuerdo a las leyes imperantes entonces, eran merecedores de unos cuantos aleccionadores azotes.
Al parecer, la ceiba donde se celebró la primera misa nunca estuvo en el lugar donde, en 1754, el gobernador Francisco Cagigal de la Vega, levantó una columna de tres caras coronada por la virgen del Pilar, para celebrar tan memorable día, y ni siquiera es tampoco cierto que sea la utilizada como cadalso para los infractores de las leyes.
Una verdad histórica, tan filosa como un hacha derriba ambas suposiciones: "La primitiva plaza de La Habana -dice Leuchsenring-, ya en su asiento de la costa norte, en la cual se levantaba esta última ceiba, y tuvo, forzosamente que existir aquella otra, estaba emplazada en un lugar muy distinto al que ocupó después la actual Plaza de Armas."
Las ramificaciones históricas de la ceiba confluyen en un detalle que el historiador antes citado considera de mayor importancia que los anteriores: "el suceso trascendente de la fundación de La Habana, que hubiera podido dar motivo para la celebración de una misa y Cabildo conmemorativos, no tuvo lugar en el puerto de Carenas, sino que en este se realizó el tercer traslado de la villa, posiblemente, según queda anticipado, gradualmente, con el correr de los meses o los años, y, por tanto, sin ceremonia de ninguna clase".

EL ORISHA DE LOS BICICLETEROS
-Yo he venido todos los años y la ceiba siempre me complace -dice Elizabet, de 22 años-. Uno puede pedir todos los deseos que quiera. Así lo dice la tradición católica
En el panteón yoruba, como ocurre con muchos otros santos cristianos, San Cristóbal tiene su equivalente. Dice la tradición afrocubana que Aggayú Solá era un poderoso y temido gigante. Dueño del río que se precipitaba desde lo alto, tenía como costumbre, siempre que se le pagara, ayudar a cruzar la corriente. 
El gigante era tan temible que no le preocupaba en lo más mínimo dejar abierta de par en par la puerta de su casa, aun cuando en su choza abundaban las viandas y las frutas. Changó -según la leyenda, hijo de Aggayú-, fue el único que se atrevió a tanto. Se llenó la barriga y hasta durmió en la estera de su padre. El gigante, al descubrirlo, lo tiró en una hoguera, pero Changó salió indemne de las llamas. Aggayú con sus poderosos brazos lo cargó y lo llevó hasta la orilla del mar y cuando ya iba a ahogarlo apareció Yemayá y muy solemnemente le hizo saber que Changó era su hijo.
Las fuerzas terrenales que pertenecen a este orisha son símbolo de su fortaleza: la potencia de los ríos que dividen los territorios, la lava volcánica, los terremotos y el del impulso que hace girar la tierra eternamente.
Sus hijos son hombres violentos y coléricos, fuertes de constitución, aunque la ternura suele desarmarlos. Amigos de los niños, (Aggayú es el protector de estos) son fáciles víctimas de mujeres de frágil apariencia que supuestamente necesitan protección.
Según la leyenda popular, la sincretización de Aggayú con San Cristóbal se debe a que este último era un gigante que ayudaba a la gente a cruzar el río. En una ocasión cruzó sobre sus hombros al niño Jesús, lo que determinó su conversión al cristianismo. Para el pueblo, ambos ostentan grandes poderes, acostumbran a cargar niños y sus hazañas se encuentran vinculadas a un río.
Como San Cristóbal, Aggayú es el patrón de los caminantes y porteadores, así como de los automovilistas, aviadores y estibadores. Ahora lo es también de los bicicleteros.

EL ÁRBOL SAGRADO
-Tú, que eres la Purísima Concepción, sabes lo que yo quiero. Obba Aggayú, Aggayú sola okkuo e wikkini sóggu iyá loro ti bako mana mana olodoumarekawo kable si Olúo mi ekú fedllú taná -en el interior de la ceiba se entrecruzan las palabras y se confunden.
La ceiba es el árbol más reverenciado de Cuba. La ceiba es un gran altar natural. De acuerdo con las religiones afrocubanas es asiento de "Iroko, quien está allí presente" y "de la Purísima Concepción". Sirve de casa a Baba, Oggún Orichaoko, Obbá y Changó. Aggayú es ceiba.
Los hijos de Aggayú han de ir a la ceiba porque Iroko es hijo de Aggayú. Su madre se lo entregó a la ceiba para que se lo curara y esta se quedó con él. Iroko es el santo que vive en ella.
Se cree que el día más a propósito para plantar este árbol es el 16 de noviembre, día de Aggayú. Se debe sembrar antes del mediodía y culminar el acto con una fiesta y un juramento. Se jura adorarla mientras viva, alimentarla anualmente. "Una ceiba consagrada es lo mismo que montar una nganga y hacer alianza con ella. De la ceiba dependerán nuestra salud y nuestra suerte."
Aunque no todo lo que da ese árbol es bueno. A pesar de que llora lágrimas cuando le proponen algo malo, como Dios, suele decir: "Cosas de hombres a mí ni me van ni me vienen. Allá se las hayan que yo no me meto en nada." La ceiba lo mismo mata que da vida.
En el imaginario popular ha quedado que quien desee perder a una persona que odia debe ir al árbol a las 12 de la noche o del día. Completamente desnudo, el necesitado le dará varias vueltas al tronco tocándolo siempre con la mano, y pedirá su deseo en alta voz. Como se ve, esto puede tener alguna relación con la costumbre que se practica anualmente en el Templete, aunque los 16 de noviembre, al pie del árbol sagrado, no haya exhibiciones impúdicas y se desconozca, por su carácter secreto, la naturaleza, buena o mala, de los deseos.

LA GRAN VERDAD
Entre toda esta madeja de interrelaciones culturales sólo una cosa queda clara. La historia escrita no tiene la última palabra. La voz de la tradición a la que se refiere el historiador José Martín Félix de Arrate en su Llave del nuevo mundo..., durante siglos, ha hecho caso omiso al dato exacto. Ahí están el Templete y la ceiba convertidos en una especie de monumento a la interrelación cultural de la nación. La gran verdad ya está descubierta. Aunque se herede oralmente, toda tradición tiene en lo más profundo algo de cierto.
Así por lo menos lo entiende Leonor Navarro, una anciana de 80 años que durante muchos 16 de noviembre ha venido al Templete a pedirle sus deseos a la ceiba:
-Cuando el río suena -dice atravesando la verja después de haberle dado tres vueltas al árbol- piedras trae.

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