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LOS HABANEROS Y LA MUERTE
"El
Cementerio Cristóbal Colón está considerado, por su
amplitud y numerosos monumentos de alto valor artístico que en
él existen, uno de los más notables de América y del mundo". Pero sobre todo son las historias de sus inertes habitantes quienes pueblan las leyendas de un cementerio tragado, cada vez más, por los edificios del Nuevo y el Viejo Vedado.
Magaly Cabrales
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La
Habana
En Ciudad de La Habana hay veintiún cementerios. La Necrópolis Cristóbal Colón es uno de ellos y afirman especialistas que se encuentra entre los más extensos del planeta, además de ser muy rico en obras escultóricas y arquitectónicas.
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"… está considerado, por su amplitud y numerosos monumentos de alto valor artístico que en él existen uno de los más notables de América y del
mundo", dijo Emilio Roig de Leuchsenring, Historiador de La Habana. Diversos especialistas coinciden en que es el tercero del orbe, sólo precedido por uno en Génova (Italia) y otro en Barcelona (España).
El valor de esta gigantesca Ciudad de los Muertos se estima en unos
mil millones de dólares, posee más de un millón
quinientos mil cadáveres inhumados (1) y se extiende por 560
mil m². Pero sobre todo son las historias de sus inertes habitantes quienes pueblan las leyendas de un cementerio tragado, cada vez más, por los edificios del Nuevo y el Viejo Vedado.
Viajemos hacia principios del siglo XIX, en momentos en que la Cecilia Valdés niña
(2), criada en una casa de maternidad, correteaba descalza por las empedradas calles habaneras sintetizando en sus pasos cantarines una época romántica y cruel, de amos y de esclavos.
Había entonces negros trabajando para comprar la libertad de sus hijos y que entraran en el mundo que soñaban, mientras que muchos blancos resbalaban para unirse sin quererlo a quienes abandonaban los grilletes; Cecilia Valdés venía creciendo entre los que sudaban dentro de cañaverales y entre los que paseaban en elegantes carruajes.
Ella vivía como personaje de novela, donde los demás la llamaban
La Virgencita de Bronce y con los años fue metiéndose en el alma de los nacidos en esta tierra, hasta que un día empezó a respirar por si sola, abrió sus enormes y oscuros ojos, movió el cimbreante cuerpo dentro del vestido azul, blanco y amarillo que le sentaba de maravillas, besó el aire y entró en el baile con gran coquetería, seduciendo a los músicos y a los jóvenes todos, a los gallegos aplatanados y a los criollos lijosos, que con ira miraban a los otros por sentirse diferentes.
Cecilia alimentó los sentimientos de muchos, pero tuvo hijos con uno solo ...
Aquella preciosa mulata fue envejeciendo, hasta que la Muerte la acompañó en el largo viaje hacia este cementerio de ricos, igualándola a los blancos, lo que no quiere decir que en su sepulcro escalara la posición privilegiada de los pertenecientes a los dueños de fortunas, sino que se quedó en una falsa bóveda en Campo Común, distinguida únicamente por la inscripción humilde "Cecilia Valdés 1893".
Sin embargo, en la Necrópolis Cristóbal Colón yacen 12 personas inhumadas bajo el nombre de Cecilia Valdés, y aunque Cirilo Villaverde negara toda posibilidad real del personaje, en el
Libro de Entierro de Blancos N° 50 aparece una que coincide con la época de la novela y cuyo registro dice así:
El veinte y uno de mayo de mil ochocientos noventa y tres se dio sepultura en este Cementerio de Colón en el cuartel N.E. cuadro número seis, campo común, terreno de Doña Cecilia Valdés, al cadáver de Doña Cecilia Valdés, natural de La Habana, de ochenta y seis años de edad, viuda, hija de la Real Casa de Maternidad y fue remitida de la parroquia de San Nicolás por el Sr. Cura Jorge Basabe.
Para suerte de los hijos de esta tierra no todas las muestras de cubanía desaparecieron en tumbas relegadas como la de Cecilia Valdés, ni su hálito fue borrado por el tiempo, porque cuando casi se cumplían dieciocho años de haberse pretendido asesinar, en 1871, el anhelo de ser libres los cubanos, ocho estudiantes de medicina fueron exhumados de una fosa común fuera de las tierras cementeriales, para depositarse definitivamente sus restos en un monumento que honraría su memoria.
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De este modo se haría realidad la idea del doctor en medicina Fermín Valdés Domínguez de una obra para guardar las memorias de sus hermanos fusilados y que exaltara en mármol la Inocencia. Los fondos para la edificación fueron recaudados mediante suscripción popular y comenzó a ejecutarse en una parcela vendida por la Iglesia en 919,80 pesos oro
(3) ; ubicada en el Cuartel Noreste, cuadro N° 13 de la Cruz de Segundo Orden.
Dos años después, como las circunstancias eran otras, pues parte de la guerra había terminado y Cuba continuaba en poder de España, la Iglesia Católica se adhería a las autoridades para dar otro tratamiento a aquellos muertos que tal vez ahora consideraban un poco inocentes. Desde la posición de triunfadores se daban el lujo de perdonar. Así, el 27 de noviembre de 1889, los ocho estudiantes de
Medicina fueron llevados a la Capilla Central para recibir las misas sacramentales y ocupar entonces, en medio de un sencillo acto, la base del sepulcro-monumento que ya había sido concluido.
Pero la realidad distaba de ser plácida tanto para los vivos como para los muertos y en el cementerio discurría una guerra sorda en la que no competían hombres, sino sepulcros. El caso es que a la monumentalidad desafiante del mausoleo de los estudiantes de medicina, la soberbia colonialista española tenía que anteponérsele con una construcción que exhibiera en todo su esplendor cuán afortunado era su dueño. Por eso el acaudalado peninsular José Gener y Batet
(4), Capitán de la 6ta Compañía del 6to Batallón de Voluntarios, tomó la iniciativa y a su capilla, que era de piedra de cantería, le pegó catorce estatuas esculpidas en mármol blanco de Carrara, además de otros ornamentos.
Aquel hombre, que había sido miembro del jurado que dictara sentencia de fusilamiento contra los ocho jóvenes, moría orgulloso de su obra, máxime cuando la escultura que había ayudado a colocar personalmente en el punto más alto de su construcción funeraria, miraba a un lado y veía, a unos cien metros, el extremo superior de la columna trunca que coronaba el mausoleo de los estudiantes.
Sin embargo, Gener y Batet comprobó por si mismo, porque vivió varios años después de hacer tales añadidos, que no aplastaba la entereza de los ya cubanos y en su ayuda acudió el Gobierno colonial elevando un majestuoso monumento para el cual aún carecían de muertos.
Los encontraron rápida- mente en las 28 víctimas del incendio en la ferretería Isasi, el 17 de mayo de 1890. Tenían ya el pretexto exacto para llevar a la parcela regalada por el Obispado, en la zona más privilegiada del cementerio, toneladas de mármoles finamente esculpidos que casi tocaban el cielo. La gente de La Habana vio heroicidad en la forma de morir aquellos hombres y aportó dinero para inmortalizarlos, aún cuando no comprendiera que esos mismos bomberos, víctimas del siniestro, eran utilizados para demostrar cuánto poder poseía un grupito de "indianos" enriquecidos que decían representar el corazón de España.
Tanta importancia tenían aquellos muertos que el Capitán General de la Isla de Cuba Valeriano Weyler vino a la Necrópolis a despedirlos el día 22 de julio de 1897. Y a dejar inaugurada la más aplastante obra de todo el camposanto habanero.
No obstante hoy, desde la parte más alta del extraordinario monumento pueden verse, al mismo nivel, dos cubanísimas palmas no más cruzar la Avenida Cristóbal Colón. Fueron sembradas frente a la capilla de Catalina Lasa y Juan Pedro Baró.
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Un poco más abajo se encuentra el mausoleo a los Estudiantes de Medicina. Y allá a lo lejos, al final de la Necrópolis por su puerta Este, permanece imperturbable el humildísimo sepulcro de Cecilia Valdés, donde se funde la multiplicidad de componentes que ha originado a este pueblo.
La verdad es que siempre habrá muertos diferentes.
Pero más allá de toda búsqueda histórica, desplazándonos al presente con su dinámica inevitable, los vivos somos testigos de la agonía de una Ciudad Funeraria. Un hecho natural que, de no suceder por avances técnicos y científicos basados en los efectos de la incineración, de todas maneras ocurrirá a causa del valor puramente funcional de la sepultura, cuyo sobreuso y pobre conservación origina deterioro permanente.
Con la agonía creciente del cementerio también muere ese trozo de historia viva de los cubanos, representada en la diversidad de leyendas y sepulcros que pueblan el vastísimo camposanto, los cuales traen impreso, desde épocas pretéritas, cómo era la Muerte y también la Vida.
Notas:
1) Suma aproximada realizada hasta diciembre 31 de 1999.
2) Cecilia Valdés o la Loma del Ángel, título de la novela del cubano Cirilo Villaverde, considerada monumento de la literatura cubana del siglo XIX.
3) Libros de Protocolo de Registros de la Propiedad Cementerial Números 8 y 9. En estos libros aparece que el 3 de marzo de 1887 se compraron 14 m² de terreno destinados al monumento que erigirían, pero viéndose que eran mayores las dimensiones del mausoleo añadieron 31,99 m² para un área total de 45,99 m². Archivo Necrópolis Cristóbal Colón.
4) Este hombre es el típico "sobrín" y sintetiza la trayectoria de los peninsulares que durante la colonia amasaron grandes fortunas; llegó a Cuba en 1844 con 13 años y trabajó con su tío dueño de un establecimiento de víveres en Pinar del Río; en 1865 se estableció en La Habana para trabajar como empleado público, después montó la fábrica de tabacos La
Excepción (sic) y escaló a miembro ejecutivo de varias sociedades españolas, además de presidente de una empresa de navegación y dueño de una refinería de azúcar; ingresó en el célebre Cuerpo de Voluntarios en 1868.
Tomado del libro Necrópolis Cristóbal Colón: Un Cementerio que agoniza de los autores Magaly Cabrales y Rodolfo Torres. Editorial Pontón,
Guadalajara, España, 1995.
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