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EL ÁNIMA DE LA CIUDAD RECORDADA

Han llovido 482 noviembres sobre la vocinglera villa de San Cristóbal de La Habana. A pesar del implacable paso del tiempo, la mayor ciudad de las Antillas sigue vibrando, más allá de sus calles y edificios, en tradiciones,  obras literarias y de arte de las muchas que esta ciudad guarda o ha inspirado.


Joel del Río |
La Habana


Toda gran ciudad contiene dos urbes al mismo tiempo: la que es realmente, con sus edificaciones, calles, monumentos y lugares concretos, y la que las personas recuerdan, inventan, fabulan, desde la carga subjetiva y vivencial con la cual se animaran tales espacios. 

Así, existe una Habana digamos fotográfica de Malecón, Capitolio, Parque Central, Catedral, Rampa, Alamar y Miramar, y otra indisolublemente ligada a la anterior, integrada por la vida cultural, espiritual, que potencia la memoria afectiva de los habitantes de estos, y de otros, recintos capitalinos.
A nadie se le ocurriría, en la actualidad, intentar definir La Habana cultural sin hacer referencia al recién remozado Museo Nacional en sus tres sedes colindantes, al también rescatado teatro Amadeo Roldán (sede de la música culta o de concierto) así como al vetusto y siempre impresionante Gran Teatro (plaza obligada para los mejores bailarines de Cuba y el mundo); tampoco estaría completo el mapa cultural de la villa sin demarcar en ese relieve la colina universitaria, el cajón imponente de la Biblioteca Nacional, el semillero de museos, casonas coloniales e instituciones abiertas a todas las disciplinas culturales que prosperan en La Habana Vieja; ¿puede alguien afirmar que conoció la capital si no pasó por la Rampa, desde hace poco animada por un circuito de cines que todo el año, y particularmente en diciembre, se inunda de cinéfilos ávidos por acceder a lo mejor y más reciente de la producción mundial? Aunque tal vez, para algún habanero ausente, no sean estos los sitios que despiertan su añoranza, sino más bien, la esquina desconocida de algún barrio perisférico donde jugó dominó, descargó con los amigos o conversó sobre el estado actual de un mundo siempre ancho pero no tan ajeno, dado el caso de la cercanía espiritual, la más entrañable de todas las cercanías. Es sabido que siempre hay una oportunidad para la cultura entre personas sensibles e inteligentes reunidas con el propósito de entender y de entenderse, de avecinarse al corazón de los otros.
Cualquier fin de semana, en La Habana resuena desde Beethoven, Dvorak y Cervantes, hasta la salsa dura (que por acá algunos denominan timba), pasando por el bolero, el filin, la trova, la tonada guajira, el tango, el rock o el rap. Con el fin de satisfacer todos los gustos e intereses existen decenas de peñas, salas de conciertos, y espacios más o menos caracterizados de acuerdo a sus fines, con una dispersión geográfica que abarca los circuitos céntricos, principales, y también intrincados rincones de municipios tan poco glamorosos como Boyeros, Marianao, Cerro, Habana del Este o Diez de Octubre. La literatura hace tiempo se evadió de exclusivos y prestigiosos cenáculos como la Biblioteca Nacional, la Casa de las Américas, la Feria Internacional del Libro en la Fortaleza de la Cabaña, o las fundaciones Alejo Carpentier o Fernando Ortiz, para entronizarse también en pequeñas bibliotecas municipales con sus talleres literarios, sus concursos, y sus círculos de promoción de la lectura.
La escena atraviesa un momento particularmente grávido. Probablemente La Habana se encuentre entre las ciudades de habla hispana con mayor cantidad, y calidad, de grupos teatrales en activo, y un abanico estético y temático realmente envidiable desde México hasta Buenos Aires. Esquilo, Shakespeare, Lope y Chéjov, por ejemplo, alternan en cartelera con los contemporáneos cubanos y mundiales. El nuevo problema viene a ser la falta de sedes donde propiciar el contacto con el público. Pero mil alternativas se prueban, con mayor o menor éxito. Si el Festival Internacional de Teatro reúne lo mejor de la producción cubana en dos años, igual periodicidad describe el Festival Internacional de Ballet, con sede principal en el Gran Teatro, donde a lo largo del año, además, no faltan extensas temporadas de las principales compañías nacionales, entre las cuales brilla, por supuesto, el Ballet Nacional de Cuba, y todas las grandes obras de su repertorio, así como los elencos totalmente estelares. Pero no sólo de ballet vive el aficionado, la danza contemporánea gana cada día mayor prestigio y número de adeptos. 
El paisaje habanero, con perdón de arquitectos, historiadores y pintores, no puede atraparse solo a partir de ilustrar, describir, sus tejados, campanarios, rejas, adoquines y vitrales, a semejante topografía habría que superponerle el paso para nada efímero de las letras, la música, los bailes, los colores que también definen la esencia de esta ciudad. Y cuando el arte se mantiene en tan profunda consonancia con el entorno que la origina queda garantizado su carácter inmarcesible, trascendental, por encima de todas los abandonos, erosiones y cataclismos, o quizás a ellos mismos debido.

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