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EL ESPACIO DONDE TAN BIEN SE ESTÁ

Desde lo alto de la colina, me gustaba contemplar la ciudad a mis pies y reconocer, en el paisaje que la luz difusa de la tarde iba borrando, los rincones que, en el curso de mi vida había ido descubriendo. Desde la infancia, en la medida en que me iba haciendo grande, como en una sucesión de círculos concéntricos, el horizonte se fue ampliando. Pero la ciudad crecía y se trasformaba junto a mí.


Graciela Pogolotti |
La Habana


La memoria recorre todos los sentidos. Visual, táctil, auditiva, olfativa, va construyendo un denso imaginario que sobrevive al paso del tiempo, a la transformación de nuestro entorno material. Mi primer encuentro con La Habana, desde el mar, en la noche transparente, se asocia al prodigioso arco lumínico del Malecón, ofrecido al viajero como un brazo abierto. Al amanecer fue la estrecha boca del canal y, de repente, el deslumbramiento de la luz, la estridencia de los gritos y, una vez en tierra, el olor penetrante de las papas y cebollas en descomposición, amontonadas en los almacenes cercanos al puerto. Luego, en las calles estrechas de la ciudad, conocería el olor a perfume barato de las barberías y, a la caída de la tarde, con el último vendedor, la fragancia de las mariposas.
Mi infancia y mi adolescencia transcurrieron en una callejuela retorcida, de apenas tres cuadras, en los límites entre la ciudad vieja y el trazado republicano. Está situada, como un breve puente, entre la Avenida del Puerto y la Avenida de las Misiones. Todavía entonces, en la década del cuarenta, a los parques de la Avenida del Puerto, donde los niños seguían entonando rondas tradicionales, se les decía el relleno, recuerdo de los trabajos que habían hecho desaparecer los terrenos baldíos, cenagosos y pestilentes, basureros comunitarios que llegaban hasta el fondo de la Catedral.
Peña Pobre pareció ser una calle como tantas otras en un barrio habanero donde se mezclaban carpinteros, abogados sin clientela, maestras, dependientes de tiendas, sargentos políticos de algún partido tradicional con personalidades reconocidas como el escultor Juan José Sicre -autor del célebre monumento a Martí en la Plaza de la Revolución- y, al doblar de la esquina, por la calle Habana, vivía Conchita Fernández, secretaria en aquellos días de don Fernando Ortiz y, luego, de Eduardo Chibás y de Fidel Castro. Antes de llegar a la Avenida de las Misiones, una placa rinde homenaje hoy a aquel joven, de agradable semblante, fumador de pipa, caído después del desembarco del Corinthia.
Siempre me ha gustado pensar que el nombre de la callecita procedía de la más célebre de las novelas de caballería. Así se llamaba, en efecto, el lugar donde Amadís de Gaula fortalece su alma para hacerse digno de la conquista de su dama. Sea como fuere, el ritmo de la historia parecía andar a paso lento y así ocurría también con el paulatino cambio en las costumbres. A uno y otro lado de las ventanas enrejadas, los novios seguían "pelando la pava", en espera del momento en que se le daría la entrada al pretendiente en horario fijo, siempre bajo el cuidado de una soñolienta chaperona. Cuando el fárrago de vehículos cesaba, los muchachos jugaban a las bolas o, según la temporada, competían con los trompos. Nunca he sabido por qué las niñas, privadas de esas inocentes diversiones, nos limitábamos a observarlas desde lejos.
El pequeño comercio había propiciado la multiplicación de las bodegas, al punto de haber una en cada esquina. Los niños hacíamos de mandaderos y después de presentar la libretita donde el gallego -siempre lo era-apuntaba los centavos del "fiado", reclamábamos la contra consistente en unos pocos rompequijadas, caramelos cuadrados que se prendían a las mandíbulas y procuraban un largo rato de paciente masticación. El más célebre de estos comercios -su fama se extendía a buena parte de la ciudad vieja-era la bodega del mono, con su simpática figurita de simio pintado, superviviente de esa tradición colonial ingenua y llena de colorido que fascinó tanto a Carpentier como a Jorge Rigol.
En sus calles estrechas, la ciudad vieja concentraba los centros del poder político -el Palacio Presidencial, el Capitolio Nacional, la sede de muchos ministerios-y los del poder financiero -bancos, oficinas de administración de empresas, bufetes de abogados-, así como la terminal importadora y exportadora de mercancías y pasajeros en el puerto. El tránsito de vehículos se volvía agónico. Los cafés se abrían a los burócratas que consumían el clásico "sube y baja", el café con leche con el correspondiente pan con mantequilla. Atareados durante el día, dormitaban en la soledad y el aburrimiento al anochecer. Con los mostradores de cedro o caoba, los anaqueles repletos de bebidas, las mesas de mármol, las sillas de Viena y el suave ronroneo de las aspas de sus ventiladores de techo. Algo más modernizados, a punto de convertirse en bares con aire acondicionado, los que estaban en la Avenida del Puerto, cerca del Ministerio de Estado -antigua casa de los Pérez de la Riva y ahora Museo de la Música-, el Lucero y el Cabañas, echaban a andar las victrolas. El ritmo del bolero se mezclaba con los acordes de las "páginas sonoras de la novela del aire" procedentes de las casas del vecindario y sustituían las españoladas de Radio Cadena Suaritos, indispensables en toda bodega respetable. En el aire libre del Cabañas, mi padre reunía cada noche su tertulia de amigos. Artistas, escritores, bohemios, periodistas, visitantes de paso comentaban la actualidad nacional e internacional, así como las últimas novedades del mundo de la cultura.
Desde la Loma del Ángel, Compostela abajo, se tomaba el camino de las librerías. Obispo y O´Reilly ya no eran, como en los días de la infancia de Renée Méndez Capote, el sitio frecuentado por las damas elegantes para adquirir suntuosas telas y delicados encajes. El eje de la moda se había trasladado a Galiano y San Rafael. Las dos calles, rectilíneas y paralelas desde la Plaza de Armas hasta la minúscula placita de Albear acogían las librerías más importantes. La Moderna Poesía ofrecía el más amplio despliegue de efectos de escritorio. Los blocks de papel rayado, muy utilizados por los escolares, seguían ostentando en la portada la foto de José López Rodríguez, más conocido por Pote, con su enorme bigote de guías vueltas hacia arriba, banquero, hacendado y fundador de la casa. Frente a ella, la Minerva, algo carera, importaba libros destinados a profesionales universitarios. Como su nombre lo indica, Lex publicaba y distribuía textos de derecho. Tardíamente, a fines de los cincuenta, su dueño, el español Mariano Sánchez Roca se aventuró prudentemente en la edición de una revista y en la apertura de una pequeña galería. Las novedades literarias llegadas de México o de Argentina se encontraban sobre todo en la Económica, donde podían verse óleos de Víctor Manuel, adquiridos por el Colorado, su propietario, en saldo de pequeñas deudas contraídas por el pintor. En una esquina de Obispo, un pequeño negocio anunciaba en nítidas letras de imprenta pintadas con tinta negra, el limpiabotas con título. Al lado, una puerta estrecha se abría hacia el interior de la Victoria.
En la entrada, la inmensa humanidad de José Lezama Lima celebraba sus encuentros cotidianos con los poetas del grupo Orígenes. Gesticulante y animoso, el librero Tomás adivinaba el gusto de sus clientes habituales y ofrecía buenos precios. En O´Reilly, frente al City Bank, la librería Martí se especializaba en autores cubanos del pasado. Un poco más allá, en la Belga, se recibían de Francia libros y revistas recientes. Oculto tras un cortinaje en la trastienda, el dueño aparecía pocas veces. El silencio y la penumbra contribuían a crear una atmósfera de misterio. Percibir el olor de la tienda fresca, descubrir una joya olvidada en un rincón polvoriento, sopesar entre tantos títulos sugerentes el que conciliaría las tentaciones del gusto y las posibilidades pecuniarias hasta decidir la compra había sido siempre para mí una fiesta innombrable.
Esa fascinación por la letra impresa había surgido quizás en mi primera infancia, en Italia, cuando en la aldea de mis mayores, un muchacho algo mayor que yo me había mostrado los secretos de una pequeña tipografía pueblerina. Luego, un amigo de mi padre, poeta y periodista, Alberto Riera, me condujo al vientre fabuloso del periódico El Mundo, donde las enormes rotativas vomitaban con su ritmo preciso, las páginas del diario. En la amplia sala de redacción, los periodistas conversaban con los visitantes en medio del continuo repiqueteo de los teletipos y de las máquinas de escribir. 
Así, presente y pasado se mezclaban en la vida diaria de los habaneros. El carbonero, con su carro tirado por mulos detenía el paso rápido de los automóviles de último modelo, también atrapados por el tranvía, detenido en cada esquina mientras el conductor volvía a colocar los trolleys en su lugar. En su marcha hacia el oeste , dispuesta a tragarse el distante pueblo de Marianao, la ciudad iba dejando urbanizaciones baratas, junto a algunas de más pretensiones y a terrenos baldíos donde pastaban los chivos y los muchachos improvisaban un juego de pelota. Trazada en línea recta, la senda del tranvía se adentraba en ese paisaje chato. El chirriante armatoste cobraba velocidad y trotaba alegremente dejando oír el tintineo de su campanilla.
En esos viejos tranvías, en el I4 de banderola blanca hacía yo mis excursiones dominicales hasta la casa de mis tíos.
El reparto Larrazábal conservaba restos de su antiguo esplendor decimonónico. Una calle bordeada de palmas reales desembocaba en la portada de una casa de vivienda, convertida más tarde en convento del Buen Pastor. Otras residencias aparecían como testigos de un tiempo en que la zona había albergado quintas de recreo propicias al descanso veraniego. Entre ellas se encontraba la casa de mi abuelo, ocupada después por uno de sus hermanos. Con su entorno digno de un panteón yorubá una ceiba se levantaba a la entrada del jardín, rodeado también de orgullosas palmas. Las buganvilias trepaban por los muros de la construcción, cerrada a los rumores del exterior, con su planta en forma de L. Caída la tarde, la fragancia del galán de noche, intensa y dulzona se volvía casi insoportable. Desde el portal interior, la vista se perdía en un camino rectilíneo donde la luz del sol jugueteaba entre la sombra de los árboles.
Pero la ciudad había crecido en desorden, como un animal viviente. Con el andar del tiempo, Larrazábal había quedado apresado entre el campamento militar de Columbia y el segmento proletario de la Calzada Real de Marianao. Quizás sin saberlo, mi abuelo había contribuido a modificar el perfil social y urbano del territorio. Muy cerca de allí, edificó, junto a la quinta San Rafael, el barrio obrero de Pogolotti. Instaló tejares, punto de partida de una multiplicación de talleres improvisados bajo cobertizos de zinc. Casi sin solución de continuidad, el cordón obrero se extendía hasta Puentes Grandes, donde el fragor del río se confundía con el rugido de la papelera.
En las cálidas noches veraniegas, los habaneros se volcaban a las calles en busca de la suave brisa marina. Desde el corazón más profundo de la ciudad, desde ese territorio para mí desconocido que se extendía más allá de la calle Monte, familias enteras se apretujaban en marcha lenta. Cruzaban frente a los aires libres, junto al Capitolio, atravesaban el Parque Central y proseguían a lo largo del Prado. El paseo por donde en el siglo XIX la aristocracia habanera exhibía su elegancia, cambiaba de rostro según las horas del día. Aunque las mansiones hubieran abandonado su empaque de otrora, algunos hombres de negocios acomodados seguían frecuentando el Casino Español, mientras los anglosajones se refugiaban en el recinto protegido del Club Americano. Cuando cesaba el tráfago de los empresarios apresurados, de los clientes del Centro Vasco o de La Reguladora, empezaba a aparecer una humanidad de otro carácter. En efecto, el Prado estaba a orillas del célebre barrio de Colón, parte integrante de las extensas ramificaciones de una geografía prostibularia que atravesaba el conjunto de la urbe. Con anchos pantalones abombachados y zapatos de dos colores, a lo chuchero, asomaban los proxenetas y se escurrían, precavidos, los traficantes de marihuana.
Ajena todavía a esas duras realidades, el Parque Central resultaba, para mí, fascinante. Los anuncios lumínicos parpadeaban en la noche. La bañista Jantzen se lanzaba desde el trampolín, nadaba unas pocas brazadas enérgicas y volvía al punto de partida en una fiesta de colores y movimiento. Más abajo, con un dinamismo continuo iban apareciendo las noticias de última hora. Director de cultura, Raúl Roa inauguraba las periódicas ferias de libros. En aparente desorden, los volúmenes se amontonaban sobre mesas improvisadas. De México llegaban las baratísimas ediciones de clásicos, patrocinadas, desde los tiempos de José Vasconcelos por la Secretaría de Instrucción Pública. A un costado del parque, cerca de la estatua de José Martí, una caseta albergaba funciones teatrales.
Esos contrastes se acentuaban con la presencia de una emigración judía de otro tipo. Ya no eran los que escapaban a la miseria en las aldeas polacas dedicados aquí al pequeño comercio hasta desplazar a los españoles de su tradicional dominio de la calle Muralla. Los que fueron apareciendo poco a poco en la década del cuarenta huían de la persecución nazi.
Procedían de la Europa Central. De clase media, muchas veces profesionales universitarios, introdujeron una pequeña industria diamantera y abrieron minúsculos restoranes. Uno de ellos, en un lugar de La Habana Vieja que no recuerdo, creaba, con la penumbra, una atmósfera íntima. La melodía sentimental de un violín evocaba algún rincón de Budapest. En la calle Prado, un largo pasillo conducía a varias habitaciones donde por modesto abono semanal podían saborearse deliciosas comidas. Un wiener-schnitzel, más conocido entre nosotros por milanesa, precedía postres de origen indeterminado, algunos vieneses y otros cargados con los densos sabores del Oriente Medio. Sin que mediaran presentaciones, se iba estableciendo entre la clientela habitual una agradable camaradería, aunque todos, los propietarios incluidos, eran aves de paso. Esperaban, en una tierra que los había recibido amistosamente, el visado que les permitiera ingresar a los Estados Unidos. Y la historia terminó como un cuento de hadas. Un día, los amables vieneses nos dijeron que estaban a punto de cerrar el local. Muy pronto viajarían al norte. Pero, antes casarían a su hija en una sinagoga del Vedado.
El Vedado me parecía entonces, en los tempranos cuarenta un sitio distante, el espacio privilegiado de la recreación. Trotón y tintineante, el tranvía V3 --Vedado, calle Habana, banderola blanca con franja amarilla- se dejaba caer desde lo alto de la colina universitaria. Después de recorrer algunas cuadras de Línea, llegábamos al parquecito triangular donde todavía hoy algunos árboles cobijan con buena sombra los escasos bancos. Caminando, llegaba hasta el mar. Allí, una nave desnuda albergaba taquillas para el cambio de ropas. En medio de los arrecifes se habían abierto pocetas para los bañistas. Rocas bien pulidas, unidas por un enrejado, cerraban el paso a los animales peligrosos, a los temibles tiburones que bordeaban la costa. De vez en cuando, un pulpillo salvaba el obstáculo y sembraba el pánico entre la muchachada. Sujeta a la roca por un hierro oxidado, una tabla resbaladiza hacía las veces de trampolín. Un día, mientras me secaba al sol, perdí pie y caí al vacío. El instinto me salvó la vida. El susto me enseñó a nadar como los perros, tal y como lo he seguido haciendo hasta el día de hoy.
El Vedado era también el ámbito donde se renovaba la cultura. El Teatro Auditórium animaba la vida musical, además de brindar espacio a la Escuela de Ballet. Por sus escenarios pasaron grandes intérpretes, como Jasha Heifetz, Nathan Milstein y la cantante Kirsten Flagstadt. Con menos frecuencia acogía funciones de teatro. Lo hizo con Louis Jouvet, escapado de la Francia ocupada por los alemanes con su compañía maltrecha y a punto de derrumbarse. Con un magro equipaje, casi sin escenografía, confiado en su propio talento y en el de sus actores, trajo a Cuba algunas de las piezas más reconocidas de su repertorio. La francofilia del medio cultural cubano, donde muchos conocían con exactitud la geografía de París sin haber cruzado nunca el Atlántico, le proporcionó un público limitado, pero receptivo. De esa manera pudo recoger bártulos y seguir viaje. Propició así la aventura haitiana de Carpentier, germen de El reino de este mundo, un acontecimiento de enorme resonancia en las letras latinoamericanas. Cerca de allí, el esfuerzo de unos pocos alentaba el ingreso del teatro en la modernidad. En una pequeña instalación de la escuela Valdés Rodríguez, el grupo ADAD dedicaba el esfuerzo de todo un mes a producir una función pública. Los contados fieles, siempre los mismos, constituidos en gran familia, acudían puntuales. El repertorio se extendía desde Ibsen hasta Bernard Shaw y ofrecía un panorama escueto de la literatura dramática del siglo XX. La escenografía corpórea tomaba distancia respecto a los telones imperantes en la tradición del bufo. Mostraba la evidente intención de acercarse a una estética inspirada en un realismo ilusionista. En el vestíbulo, la exposición de algunos cuadros de pintores cubanos contemporáneos patentizaba la voluntad de encontrar vasos comunicantes con otras expresiones del arte. A la salida, algunos espectadores prolongaban la tertulia en un café de las inmediaciones, situado en algún sitio que no puedo identificar. Sólo recuerdo, como síntoma característico de la época que, sobre un muro, ostentaba la emblemática V de la victoria, consigna lanzada al mundo por Winston Churchill, acompañada por su símbolo telegráfico, los tres puntos y una raya. Mientras consumían un helado, los comensales se entrenaban en el ejercicio de una crítica, más activa y puntual que la contenida en las reseñas de los profesionales de la prensa. Animado por sus patrocinadores, los Centeno y por Martínez Aparicio, cada estreno contaba con Marisabel Sáenz en un protagónico. Allí dieron sus primeros pasos algunos de los creadores fundamentales de la escena cubana en el último medio siglo. Entre tantos otros, no he olvidado nunca a Vicente Revuelta, el adolescente de la Cándida de Bernard Shaw, frágil y, sin embargo, tan resistente como una laminilla de acero.
Era todavía reciente la construcción de la nueva sede del Lyceum, el Lawn Tennis Club. La arquitectura funcional, obra de Lilian Mederos de Baralt, respondía al vestuario sencillo y al pragmatismo de las mujeres que supieron dar a la institución su decisiva orientación cultural. Las motivaba un contemporizador feminismo de inspiración social nacido en la década del veinte y madurado en las luchas estudiantiles contra la dictadura de Machado. Supieron administrar con eficacia de prudentes amas de casa un presupuesto limitado y llenaron el vacío dejado por la incuria gubernamental. Sorprenden hoy las reducidas dimensiones del salón donde se presentaron, a lo largo de más de veinte años, las más significativas muestras de la vanguardia pictórica cubana. Por el relieve de los conferencistas cubanos y extranjeros que pasaron por su sala, el Lyceum tomaba el relevo de la Hispanocubana de cultura en cuanto a su proyección cultural. Al exilio español de otrora se sumaba la diáspora de una América Latina sacudida por sucesivas dictaduras. Una excelente biblioteca, puesta al día con una permanente dinámica de nuevas adquisiciones daba acceso a todos y, en particular, a la generación intelectual emergente, a las novedades literarias. Una tónica de buen gusto, ajena a cualquier asomo de ostentación, favorecía el amistoso intercambio de ideas.
Toda aventura a través de la memoria contiene una inevitable dosis de nostalgia. Sin embargo, en la década del cuarenta, La Habana era una ciudad peligrosa. A plena luz del día, los grupos armados dirimían viejas querellas. "La justicia tarda, pero llega", rezaba el lema de uno de ellos. Con precisión digna de una película de pistoleros, un automóvil a toda velocidad podía acribillar a balazos a un incauto acodado al mostrador de un bar. Una tarde, estaba yo sumida en la lectura de La República de Platón cuando escuché el impaciente repiqueteo anunciador de alguna noticia de última hora. En la ruta de Marianao, muy cerca de un paradero de tranvías conocido con el nombre de Orfila, se libraba una batalla campal entre dos grupos, encerrado en una casa el uno, sitiador el otro. Transcurrían las horas. Al fin, una mujer embarazada intentó salir con una sábana a modo de bandera blanca. Cayó herida de muerte. Unos y otros, Tro y Morín Dopico por una parte, Salabarría por la otra, eran comandantes de la policía. El gobierno favorecía así que se fueran liquidando mutuamente. Cuando por fin los tanques acudieron desde el campamento de Columbia, no muy distante de ahí, se limitaron a recoger los cuerpos ensangrentados.
Como una minúscula Acrópolis, la colina universitaria domina el paisaje habanero. En mis excursiones al Vedado percibía el estremecimiento asmático de los viejos tranvías que, trabajosamente, ascendían por la ladera de la colina. La alta escalinata ofrecía una imagen simbólica de un saber reservado a unos pocos, fundado en el esfuerzo y la constancia. Tenía también su halo heroico, nacido de una tradición de lucha en que una promoción tras otra se había derramado sobre las calles de la ciudad desde ese promontorio privilegiado. Yo aspiraba a ingresar algún día en la Universidad y compartir con otros el aprendizaje de los libros y el de la vida. Cuando ese momento llegó, el tiempo de los tranvías había cesado. Autobuses blancos, llamados familiarmente enfermeras, ocupaban su lugar.
La operación amparaba un aumento en el costo de los pasajes. Los estudiantes desencadenaron una vigorosa protesta, con el empleo de todos los medios propagandísticos a su alcance. Así fue mi estreno en las aulas y en la acción política. 
Desde lo alto de la colina, me gustaba contemplar la ciudad a mis pies y reconocer, en el paisaje que la luz difusa de la tarde iba borrando, los rincones que, en el curso de mi vida había ido descubriendo. Desde la infancia, en la medida en que me iba haciendo grande, como en una sucesión de círculos concéntricos, el horizonte se fue ampliando. Pero la ciudad crecía y se trasformaba junto a mí. Beneficiaria de las guerras mundiales, la primera dejó su huela de vacas gordas en los ostentosos palacetes del Vedado. Luego, se había producido el irresistible empuje hacia el oeste. Más tarde, la especulación edilicia contribuiría al desplazamiento del sector empresarial más dinámico hacia La Rampa. Los palacetes de ayer empezaban a derrumbarse. En su lugar, los edificios construidos en altura se destinaban a apartamentos de lujo. Pero, eso forma parte ya de otra historia.

2 de Julio de 1999. 

Tomado de La Habana que va conmigo, de Miguel Coyula. 

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