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LOS
RINCONES DE MI PERSONA
Más de sesenta años de residencia en la ciudad, me han permitido verla transformarse sin cesar , mudar sus centros vitales, unir municipios para hacerla más grande burlando límites y abriendo túneles, ampliando territorios sobre el mar, creciendo hacia el cielo, pero también cuidando su historia, volviendo sobre sus primeros pasos, para reafirmar su categórica raigambre hispánica reflejada sobre todo en su peculiar barroquismo.
Harold Gramatges|
La
Habana
Para quien ha tenido como paisaje circundante en su niñez y adolescencia, el mágico encanto de una ciudad, cuyas calles estrechas van en busca del mar o al encuentro de las azules montañas, llegar a La Habana en 1936 era asomarse al mundo deslumbrante de una ciudad europea. Caminar bajo la enramada del Prado, y mirar con asombro aquel palacio de las Mil y Una Noches, el Capitolio Nacional, con su cúpula de oro, era un verdadero privilegio, pero no era, a la conquista de este nuevo espacio vital, que mis pasos me traían; La Habana era el centro cultural de mayor jerarquía en el país y en ella debía yo encontrar nuevos horizontes, para mi formación artística. Al mismo tiempo que mi sensibilidad se nutría con lo escuchado en los tres escenarios, dedicados entonces a las manifestaciones musicales: el Teatro
Auditórium (hoy Amadeo Roldán), el Teatro Nacional y el Teatro Martí, me recreaba contemplando la diversa estructura arquitectónica de la ciudad. Recuerdo mis comentarios al respecto en cartas a mi padre, arquitecto de profesión radicado en Santiago, sobre ésas y muchas otras impresiones en relación con el perfil urbano de la ciudad; también mis impresiones musicales: yo había venido a la capital para perfilar un complejo programa de piano que debía presentar para mi ingreso en el Real Conservatorio de Bélgica. Aquí el destino me hizo una feliz jugada, asistí a un concierto de la Orquesta Filarmónica en el Teatro Auditórium, bajo la dirección de Amadeo Roldán, este acontecimiento marcó un giro de noventa grados en mi trayectoria artística, porque jamás había escuchado un conjunto sinfónico en vivo. De pronto, comencé a ver la música que oía, y sobre todo a aquel hombre que movía sus brazos y ondulaba su cuerpo como un poseído sacerdote en plena ceremonia litúrgica. Pensé deslumbrado, si yo pudiera en alguna ocasión entrar en ese juego mágico del
sonido; poco tiempo después el compositor Amadeo Roldán se convertía en mi maestro, y junto al maestro José Ardévol comencé a inventar mi universo sonoro en las aulas del Conservatorio Municipal de Música de esta ciudad. Pronto pasé de alumno a profesor y surgieron en el camino grandes acontecimientos que marcarían fechas en el devenir histórico de la vida cultural capitalina, el grupo de Renovación Musical, en la década de los cuarenta, la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo en los cincuenta, la Casa de las Américas y la Unión Nacional de Escritores y Artistas en los sesenta, el Instituto Superior de Arte en los setenta, que me vieron marchar a la cabeza en calidad de fundador. Así, cada día, La Habana fue el marco donde descubrí y desarrollé cada uno de los rincones de mi persona. En mis días de estudiante viajar de La Habana Vieja al Vedado, con la ancha visibilidad que permitía el cómodo, fresco y noble tranvía, era correr a través del tiempo, constatando como cada ciudad nace a orillas de un río, un lago o una bahía, para crecer y crecer, abriendo sus enormes tentáculos. Más de sesenta años de residencia en la ciudad, me han permitido verla transformarse sin cesar , mudar sus centros vitales, unir municipios para hacerla más grande burlando límites y abriendo túneles, ampliando territorios sobre el mar, creciendo hacia el cielo, pero también cuidando su historia, volviendo sobre sus primeros pasos, para reafirmar su categórica raigambre hispánica reflejada sobre todo en su peculiar barroquismo. En esta ciudad adquirí las herramientas para elaborar mi obra de creación, aquí me realicé como músico y como revolucionario, padecí y disfruté. Hoy celebró con ella la alegría de una Revolución que la engalana y que lanza su nombre a los cuatro puntos cardinales como ejemplo y acicate para toda la América y para ese mundo que nos avasalla con la ambición y la barbarie.
4 de junio de 1999
Tomado de La Habana
que va conmigo, de Miguel Coyula.
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