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LA ESPERANZA DE NO LLEGAR A VIEJO

"Manos de obra es un cambio en mi manera de escribir y creo que la gente se dará cuenta de ello. Este libro está más cerca de lo coloquial, de lo anecdótico. Más que buscar una densidad metafórica y lograr una trama de imágenes que ha sido un poco el camino que mis libros han seguido hasta ahora". Entrevista exclusiva con Sigfredo Ariel, ganador del Premio de Poesía Nicolás Guillén.
Manuel Henríquez Lagarde|
La
Habana
• Selección
de poemas de Manos de Obra
A principios de los años 80 Sigfredo Ariel irrumpió en
el panorama literario cubano como uno de las voces jóvenes
más prometedoras de su generación. En su caso, los
vaticinios de entonces, tanto de críticos y lectores,
que le auguraban a aquel muchachito villaclareño el
mejor de los futuros, se hicieron realidad en una obra
que comprende ya varios libros y que parece haber
alcanzado su madurez
en Manos de obra el libro que se alzó con
el primer premio de la segunda edición del Concurso
Nicolás Guillén al que emplaza anualmente el Instituto
Cubano del Libro.
Convocado
por primera vez el año en el 2000, ocasión en que fue
ganado por el poeta camagüeyano Roberto Méndez, por la
calidad de sus finalistas ( en su primer edición
compitieron poetas de la talla de Alex Fleites o Reina
María Rodríguez, entre otros) el premio sin dudas ha
devenido uno de los más codiciados galardones
literarios de la isla.
Más
allá de sus libros o de la obtención del primer lauro
en el Nicolás Guillén, la conversación con Sigfredo
— en su casa de Aponte 114, La Habana Vieja— quien
además de excelente poeta es guionista de cine, radio y
televisión, especialista en música popular cubana,
pintor y diseñador, como era de esperarse, versó también
sobre temas como su relación con la radio, el
controvertido documental Buena Vista Social Club
o la película Miradas que se estrenará en breve
durante el próximo festival del Nuevo Cine
Latinoamericano en La Habana.
—¿Cuál
es el título del libro con que te presentaste al
concurso?
—El
libro se llama Manos de obra, es un libro prácticamente
inédito, he publicado algunos de sus poemas en
revistas. Es un cambio en mi manera de escribir y creo
que la gente se dará cuenta de ello. Este libro está más
cerca de lo coloquial, de lo anecdótico. Más que
buscar una densidad metafórica y lograr una trama de imágenes
que ha sido un poco el camino que mis libros han seguido
hasta ahora. Después de Algunos pocos conocidos (1987),
estuve casi diez años sin publicar porque pensaba, que
era la gran esperanza y alguien me iba a tocar a la
puerta, pero nadie lo hizo. En la primera edición de
Pinos Nuevos publiqué un libro que se llama Enorme
verano (1995), después apareció en Ediciones Vigía,
El cielo imaginario, un libro pequeño. En España,
en Málaga, salió una selección,
una antología de poesía titulada Las
primeras itálicas, el 98 gané el premio UNEAC de
poesía con Hotel Central y el año pasado
publiqué en Letras Cubanas: Los peces y la vida
tropical.
Los
poemas más recientes los escribí a finales de los 90 y
en el 2000 y con ellos hice Manos de obra, un
libro que, como se apartaba bastante de lo que yo había
escrito anteriormente, me sentía más cómodo, pero con
menos apetito de mandarlo a concurso. Ya uno va entrando
en un camino en el que tiene menos ansiedad y la poesía
no tiene precio, pero
tampoco se vende.
—Tomando
en cuenta las veleidades del mercado imagino que cada día
sea más difícil ser poeta.
—Es
algo que es bastante en contra de la voluntad de uno. Yo
nunca he escrito un libro de poesía. A diferencia de
mucha gente de mi generación que dice “Me faltan
cuatro poemas para terminar el libro”, yo nunca he
visto eso así. Cuando puedo escribo, porque me ocupo de
muchas cosas distintas. Uno va escribiendo y cuando
vienes a ver tienes 40 poemas y te das cuenta de que
unos tienen que ver con los otros y vas armando el
libro. Siempre he escrito libros de poemas y no libros
de poesía. Y en cuanto a lo difícil, imagínate, el
estímulo es bastante escaso, pero me parece que eso
pasa en todas partes del mundo. Decía alguien que la
poesía es un oficio de la juventud y como uno siempre
tiene esperanzas de no llegar a viejo tan rápido parece
que es por eso que uno sigue escribiendo poesía.
Nunca
me he quejado del asunto de la divulgación, la promoción.
Siempre he pensado que donde mejor está un poeta es,
sino en la oscuridad total, algo que no le conviene a
nadie, si en cierta penumbra.
La
poesía tiene que ver bastante poco con grupos
literarios, capillas, o ese tipo de conspiraciones
literarias que se arman por ahí. Es algo que uno tiene
que tener bastante incontaminada, aunque siempre se te
va a colar en ella la vida diaria...
—Y
los oficios, que en tu caso son muchos: guionista de
cine, radio y televisión, diseñador, pintor...
—Los
dos últimos son más bien para ganar dinero. No es el
caso de la radio en la que no se gana dinero ninguno, más
bien disgustos y también, por supuesto, amigos. Los
mejores grupos humanos que he conocido en mi vida son
gente de radio, especialmente de Radio Ciudad. He tenido
muchas opciones de irme a trabajar a otros lugares, pero
no lo he hecho. Uno trata de lograr en el lugar donde
está un clima agradable con sus semejantes, con la
gente que está en tu sintonía. Tengo además la
vocación de estar —no al margen porque nunca
he estado al margen—, pero sí en la alternativa. Por
ejemplo, poner a Polito Ibáñez en la radio es todavía
y, parece que va a serlo durante muchos años, un acto
alternativo. Es un cantautor que nunca va a vender
cincuenta mil copias y, además, porque hace pensar a la
gente en tiempos en lo que no parece el pensamiento
estar muy de moda. Eso, creo, tiene que ver también con
la poesía. Un poco estar de francontirador. No existe
la poesía institucionalizada. Es como si habláramos de
una nueva canción institucionalizada. Desde el momento
en que se institucionaliza se convierte en otra
cosa. Polito se convertiría en Shakira. Y tal vez
Polito no sea el mejor ejemplo. Pienso en los muchachos
que se han ido de Cuba en busca de otros caminos.
Kelvis, la gente ex Superavit, Carlos Santos, Frómeta,
los mismos Pavel y Gema que han tratado de hacer lo
suyo, le guste más o menos a uno, al margen del
comercialismo más atroz.
—¿No
te has probado como narrador?
—Ni
voy a hacerlo. Escribí una vez un texto dramático para
ser representado. Y de mi último libro
Los
peces y la vida tropical
tuve la sorpresa de ir un día al teatro y ver que ese
gran director, pero mejor amigo, que es Carlos Díaz había
utilizado unos textos míos. En escena vi que
funcionaban. Ya yo había tratado de escribir una pieza
teatral que se llama Dónde
comienza el mar, que
fue un encargo. También creo en los encargos. A veces
te encargan algo y te sale bien.
—A
propósito de que casi está a punto de comenzar el
Festival de cine pudieras hacerle un avance a los
lectores sobre
Miradas,
película de la que eres guionista.
—El
guión ganó el concurso de la XVIII edición. La
historia fue la siguiente. El director, Enrique Álvarez,
quería hacer una película en la que apareciese un
grupo de jóvenes cada uno con una historia bastante
distante. La gente de cine ve las cosas desde otro punto
de vista: las ve a nivel de locaciones, de rostros. Lo
que hice fue trabajar la historia de cada uno de estos
personajes y hacer el guión físicamente. Durante
muchos años, he escrito para la radio y la televisión
dramatizados. Hice durante muchos años aquel programa:
La hora de las Brujas. Parece que los diálogos no se me
resisten tanto. El problema mío está en lo narrativo,
en lo que va entre diálogo y diálogo. Y bueno entre
los dos, dando un poco de palo de ciegos, con la
inseguridad con que todo el mundo trabaja, hicimos ese
guión que tuvimos la suerte de que fuera premiado. En
aquel momento, parecía que la película se iba a hacer,
pero no fue así. Sinceramente, no le interesó a
ninguna cadena española. Las historias internas pueden
parecer un poco locales y la tendencia, por lo visto, en
que está el cine cubano es la comedia de costumbre en
la que el pícaro se burla de sí mismo, de sus
carencias, de una situación social un poco movediza. Y
Miradas no tiene nada que ver con eso. Es la historia de cuatro jóvenes,
y no quiero hacer el cuento, que se centra en
Casablanca, que no es, precisamente, el pueblo más
lindo del mundo. Una muchacha regresó del extranjero
después de un fracaso; otro se había ido para el
interior y había regresado a La Habana. Se trata de su
relación con la ciudad, como se reencuentran con ella,
que es un poco encontrarse con ellos mismos. Es una
suerte de regreso a lo que uno había sido. Y de algún
modo me parece que, tanto el director como yo, dividimos
parte de nuestras vidas, de nuestra experiencia, en cada
uno de estos personajes. Seguramente, no va a ser una
película al uso, como enseñan los guionistas
norteamericanos.
Por
cierto, pasamos un curso con un guionista de Twentieth
Century Fox que nos sirvió para, entre otras cosas,
saber que, y en eso coincido con Julio García Espinosa,
desde Cuba no se puede hacer
Lo
que el viento se llevó. Estoy
con Julio a favor del cine imperfecto como forma para
expresar nuestra realidad. Lo otro, es tirarle semillas
de durazno a la muralla china.
—Antes
ya habías incursionado en el cine. Me refiero al
controvertido documental de Win Wender sobre el Buena
Vista Social Club.
—Entro
en ese proyecto porque me llaman del ICAIC por haber
ganado el premio de guiones. Empezamos a trabajar. Le
hice todas la entrevistas a los músicos, para eso me
sirvieron todos estos años de radio y mi profunda pasión
por la música popular cubana. Estuvimos filmando como
quince días. Fue una relación muy buena. A pesar de
que la película no ha sido vista por algunos con muy
buenos ojos, porque es cierto que en pantalla da una
visión del salvaje gracioso, sí me consta que Wenders
trabajó con tremendo cariño y trató de comprender la
vida real. El proyecto social cubano no le es ajeno y
simpatiza con las cosas que se están haciendo. Pero en
veinte días, que fue lo que él estuvo en Cuba, la visión
de un alemán que vive en Los Ángeles sobre este país
no puede ser otra. Creo que a pesar de todo, su visión
es de simpatía hacia Cuba y hacia el entorno social y,
sobre todo, de deslumbramiento hacia estas expresiones
de nuestra música. Creo que cuando sale en pantalla la
bandera y la consigna “Creemos en los sueños” en
realidad Win Wenders está queriendo decir eso. Esa es
una de las consignas más sencillas y certeras de estos
tiempos. Porque si no creyéramos en los sueños pondríamos
un pequeño negocio de comida y estaríamos mucho mejor
económicamente de lo que estamos. Pero como creemos en
los sueños, mucha gente está edificando sueños. Creo
que Win Wenders fue parcial, no me atrevería decir a la
Revolución, pero sí a la vida de la gente aquí, a las
esencias de esas personas. Y nosotros sí sabemos que,
en gran medida, eso tiene que ver mucho con la Revolución,
en cómo la Revolución ha diseñado la vida cotidiana.
—Por
lo que me decías hace un momento entiendo que la poesía
para ti es algo íntimo, de puertas adentro, por qué
fue entonces que decidiste competir en el Nicolás Guillén.
—Más
allá de lo material, yo arrastro desde hace tiempo un
sentimiento pesado que tiene que ver cómo entre mi
primer y segundo libro pasó casi una década.
Pertenezco a una promoción, (nuestro primer recital lo
dimos, en el 82, Carlos Augusto Alfonso, Omar Pérez y
yo, en Casa de las Américas) y llegamos a las
publicaciones cuando se estaban cerrando o estaban
copadas. Hasta entonces parecía, digamos en el caso del
Caimán, que nos toca bastante de cerca, que aquello era como una
carrera de relevo. La generación de Wichy le había
dado el batón a otra gente y así sucesivamente, pero
lo cierto es que cuando nosotros llegamos aquello ya
estaba en liquidación. Nunca tuvimos una publicación,
ninguno de nuestra promoción, excepto Edel Morales,
pero una golondrina no hace verano. La mayor parte de
nosotros, por cierto, nos hemos quedado en Cuba. No es
tampoco la promoción de la gran diáspora que sí fue
el caso de los pintores en los 80. Y bueno, ese complejo
creo que lo arrastro y uno trata continuamente de, además
de expresarse, de que se sepa que uno está escribiendo,
que uno está aquí. Los concursos son también una
forma de publicar. Y, como ya te dije, quería saber qué
pasaba con estos textos que, a mi modo de ver —a lo
mejor no es así—, se apartaban un tanto de lo que había
hecho antes. En Holguín había leído unos poemas y
aunque este es un libro que no está muy articulado,
algo que me gusta mucho, tenía interés en saber cuál
sería su suerte ya impreso. En este premio desconocía
hasta quienes eran los jurados, no pedían demasiadas
cuartillas, creo que unos mil versos,
y lancé esos textos a ver qué pasaba. Te digo
una mentira si aseguro que no pensaba ganarlo. Uno
tampoco es el último de los poetas en lengua
castellana.
—El
premio, sin duda, es un estímulo importante para los
poetas cubanos...
—No
sé mucho del premio, pero supongo que sí.
Pasa una cosa con los premios. Ganas uno y salvo
cuatro líneas en
Granma
y algún otro periódico, unos tragos en la UNEAC y a esperar
que te llegue el cheque con su correspondiente impuesto.
Y te hablo de la UNEAC, no de bobería, pero no pasa
nada. Uno sabe que hay que regresar a la casa y volver a
ser el mismo. Después vienen los grandes estudiosos y
pueden dejar la poesía de nuestra generación relegada
en favor de hornadas anteriores.
—
Aunque de acuerdo con algunos críticos suele ocurrir lo
contrario. Tal parece como si la poesía cubana
comenzara en los ochenta.
—
Ha
faltado, pienso, una teoría que explique que fue lo que
hizo surgir a este grupo de gente de los que antes
hablaba. Es un grupo muy heterogéneo, que le aportó a
la poesía cubana elementos de peso. Le dio un palo por
la cabeza al exteriorismo y a la poesía panfletaria y
de urgencia política. Introdujo cuestiones éticas y
compromisos que van más allá de la consignas. Es una
mirada sobre Cuba o la vida nacional con un calado que
no tenían otras producciones poéticas de gente que no
se murieron y se sumaron a lo que nosotros intentamos
hacer en su momento, cada cual a su manera. Después llegaron todas las
modas de la intertextualidad y de experimentación. Y
ahora han aparecido nuevas generaciones de poetas
—muchachos de veinte años—, a los que sigo mucho y
que, aunque a pesar de que no leen a los de mi generación,
creo que lo están haciendo muy bien. Son gente con las
que siempre voy a estar hasta el final.
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