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La Diáspora
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Ambrosio Fornet
El tema de la emigración o el exilio en el arte y la literatura cubanos

   

PRISIONERO DEL AGUA

"A bordo del Singleton los recibirían", capítulo
de
Prisioneros del agua, ganadora del Premio de Novela
Alba/Prensa Canaria, 1998.


Alexis Díaz Pimienta | La Habana

A bordo del Singleton los recibirían siete pescadores, unos con curiosidad, otros con verdadero entusiasmo, y el capitán con cierta indiferencia. Los recibirían, los abrazarían, cambiarían la ropa mojada y les darían de beber poca agua, muy poca, apenas para mojarse los labios y la lengua, además de untarles pomadas para la insolación y decirles descansen, descansen, después nos cuentan. Todos menos el capitán, el dueño del camaronero, que los seguiría mirando con indiferencia. Luego comerían fritadas de bonito con galletas, beberían un ron tonificante y reirían y volverían a abrazarse con sus salvadores, todos cubanos residentes en Miami, todos muy buenos, gracias, gracias, todos menos el capitán, que apenas habla. Por boca de ellos se enterarían que ese mismo Singleton había estado en Cuba, cuando lo del Mariel, en el 80, que por eso a Luis, que era como se llamaba el capitán, ellos no le hacían gracia: él estuvo en el Mariel y hubo un naufragio a casi veinte millas de la costa habanera, y (bajando la voz y mirando a los lados) él había querido cobrarles quinientos dólares a cada náufrago por el rescate, y los cobró en definitiva, pero al llegar le hicieron la denuncia y pasó un gran aprieto, casi pierde hasta el barco. Por eso, no le simpatizan los náufragos ni los balseros. Los recogimos gracias al contramaestre, dijo un gordo de barbas, que se secaba las manos constantemente en un delantal sucio y que debería de ser el cocinero. Y luego se enterarían de que sus rescatadores algún día tumbarían a Castro y pasearían por Varadero y Guanabo, como antes. Y luego sus rescatadores sabrían que sus rescatados habían salido de La Habana, de la costa de Cojímar, el sábado en la noche, y hoy era lunes, llevaban más de dos días bregando, ¡qué bárbaros!, a la deriva, ¡están locos!, remando ya sin fuerzas y sin saber adónde iban, iAve María!, y ellos improvisarían allí, sobre cubierta, su primera rueda de prensa en el exilio, con verdades y mentiras y exageraciones.

En Coral Gable los atendieron bien, y rápido: iqué eficiencia, Dios mío, esto es capitalismo! Un médico y una enfermera se hicieron cargo de su salud maltrecha, aunque no tan maltrecha como otros, hay que ver lo fuertes que somos los cubanos. Claro que el asma de Enildo los alarmaría, y las pomadas para la piel serian obligatorias, pero la dulce enfermera había visto a otros en peor estado, y ya quisiera ella ver a algunos gringos pasando por todo esto, a los mismiticos Stallone y Arnold, se descojonarían con seguridad, concluyó Gibara.

Lorenzo al Cubo, y Gustavo estaban locos por entrevistarse, por mandar saludos por Radio Martí a su familia y a la gente del barrio, por hablarles y narrarles a los reporteros del Miami Herald los avatares de los héroes de la última balsa. Reían, exageraban, decían estupideces y falacias de moda, hablaban de política y de economía y del pésimo desarrollo social cubano, ellos que ni siquiera asistían a las reuniones del Comité y que, cuando lo hacían, eran un brazo más levantado por mimetismo, aprobando por unanimidad cualquier cosa. Ahora les gustaba tener importancia, tener opinión, ser el centro de algo.

Enildo no: Enildo permanecía callado.

Cuando tocaron tierra cada uno había tenido actitudes distintas. Gibara había reído tontamente, mirándolo todo, saludando a todo el mundo, caminando con más guapería y altanería que nunca, como si hubiera acabado de bajar de La Sierra. Enildo no. Lorenzo al Cubo había besado la tierra de La Florida y había dado gracias a Dios, thanks, my God, él que nunca había entrado en una iglesia, que hasta sería capaz de masticar la hostia incatequizable, excomulgable por tanto gritar ¡me cago en Dios, coño! (o ¡me cago en Diez, coño!, eufemismo barato, disfraz poco confiable). Besaba la tierra y lloraba. de emoción, lloraba de verdad, lagrimas de felicidad y no de cocodrilo, lágrimas por haber llegado al Paraíso, a La Tierra Prometida, la Yunai, coño. Enildo no. Gustavo había estado todo el tiempo peinándose, arreglándose la ropa que le habían dado y envidiando, de pura y sana envidia, las cadenas de oro, las sortijas y los dientes de oro, los zapatos, los jeans y los pulóveres de todo el que veía, diciendo yes, yes, okey, igual que un loro, sin darse cuenta de que los que hablaban con él habían nacido en Guanabo o en Rancho Boyeros o en Holguin, quién sabe. Enildo no. Enildo pisó tierra menos risueño que los tres, con menos fuerza que los tres, atacado por el asma. y desorientado ahora que sí había llegado, perdido entre la sorpresa, el miedo, la nostalgia, las premoniciones y el asma insoportable que lo obligaba a darse continuos, aerosoles en la enfermería del Centro.

Allí estuvieron dos días. Gustavo, Gibara y Lorenzo alardeando de todo, cada uno a su manera, y Enildo soportando el asma y la memoria. Los trataban bien, y los demás cubanos en Coral Gable parecían koalas adaptados a su cautiverio: el lento caminar, la paciencia para comer, para moverse, para mirar a quienes les dirigían la palabra, paciencia traducible en apatía, o en tranquilidad, o en desespero, tantos meses metidos tras esas cercas, esperando a que alguien reconociera sus rostros en los anuncios televisivos y vinieran por ellos, oyendo por la radio canciones de Celia Cruz y de Olga Guillot, de Gloria Stefan y de Willy Chirino, escuchando de los viejos guardianes del Centro sus alabanzas a La Pequeña Habana, su orgullo de tener, ellos también, una Antigua Chiquita, una Esquina de Tejas, una tienda El Encanto, una Primera de Muralla, todo, no les habían podido arrebatar a Cuba, esa está aquí, mira, y se golpeaban con la mano derecha el pectoral izquierdo varias veces. Pero ellos no comentaban nada, no agregaban nada: la tienda El Encanto para ellos era tan sólo una lejana referencia histórica, el sabotaje aquel, el gran incendio que le costó la vida a Fe del Valle; y La Antigua Chiquita qué era, y en La Primera de Muralla qué había, y la Esquina de Tejas no dejaba de ser la sucia esquina de Monte e Infanta, punto de referencia para apearse de la 10 las noches que se iban al Estadio.

Lorenzo al Cubo dijo, desde el primer momento, que no se preocuparan, que su tío vendría a buscarlos. Pero a Enildo no parecía importarle. Seguía extraviado. Lo que más lo perdía era la búsqueda infructuosa e inconsciente de Yindra, de algún rasgo de Yindra entre los rostros. Tosía, se mareaba. Todavía se sentía en alta mar. ?Era eso lo que los marineros llaman "mareo de tierra"? Todo se le movía ante los ojos: los edificios, los árboles, los postes, los autos, las personas detenidas, todo conservaba el mismo vaivén, la insoportable inestabilidad de la balsa sobre el agua. Y el pavimento se hundía como si a cada paso cayera en un hueco. Y el chorro de la ducha no encontraba a su cuerpo o su cuerpo no encontraba el chorro de la ducha, la mano jabonosa contra la pared, los ojos allende la ventana, fijos en los contornos de la cerca, que también se mueve. Los demás decían lo mismo. Gibara y Lorenzo intentaban andar poco, sentados miraban hacia un punto fijo del refugio hacia el horizonte. Gustavo vomitaba a cada rato, nada, agua, bilis, una simple arcada y un eructo asqueroso. A Enildo la boca se le llenaba, de saliva y escupía continuamente. Esto le recordaba a Electra embarazada. Sacaba entonces la foto del niño y le parecía irreconocible, feo y muy rosado para ser su hijo. Se sentía todavía en medio del océano, pero sin brújula, sin reloj, sin nadie a quien decirle que tenia miedo. Pero no. Estaba en Coral Gable, había llegado, se había ido de Cuba para siempre. Le daban deseos de gritar, no sabía qué pero de gritar tan alto que se oyera en la calle Primera del Mirador del Diezmero. Sentado en un rincón estrechaba, como un zombi, las manos de los zombis que lo saludaban, o miraba retorcidamente a los que lo miraban a él, allí, acomodado en un rincón, casi catatónico, contemplando con apatía a los jugadores de dominó, que bebían, golpeaban la mesa, alardeaban contando sin mirar las fichas y exageraban sus historias. No había remedio. Tenía que jugar su papel de recién rescatado, de último prófugo del comunismo. Eso eran todos ellos ahora: los rescatados, los salvados, los prófugos de la tiranía de Castro. Y veían, y hablaban, y tenían que admirar a sus rescatadores, recibidores, salvadores, engordados ya y suntuosos, la prueba testifical de la promesa.

El aerosol había logrado sosegarlo un poco pero no calmarlo. Seguía mareado, no veía claro en aquella telaraña de rostros. Lorenzo al Cubo seguía siendo el líder de la balsa, el timonel experto que había guiado su pequeño Granma hacia La Florida, y se pavoneaba abrazando aquí, riendo allá, tirando besos con las manos como los cantantes de moda, acercándose a los rescatadores, congraciándose y piropeando a algunas de las rescatadoras, sin darse cuenta de que su olor a marisco molestaba a los gentlemen, que su boca aún oliente a cigarro Popular apestaba sobre los rostros de las ladies, sobre sus narices de celofán y poliespuma. Enildo no. Enildo los miraba e intentaba imaginárselos en un trabajo voluntario, o haciendo la guardia. Las miraba a ellas e intentaba imaginárselas caminando por la Calzada de 10 de Octubre, haciendo cola en la Casa del Pan de la Esquina de Toyo, sencillas, cubanísimas, con sayas de algodón a cuadros, blusas semiescotadas y zapaticos de correas laterales. Sin duda, habían tenido suerte estas señoras, vestidas con finas telas, finos aretes, pelucas y esencias carísimas, y modales de gente aplatanada a la high life, gente sin una guagua llena en el pasado, vanagloriándose de ello. Los trataban bien, pero distinto. Al fondo de cada una de sus frases había un "al fin", explícito o implícito:

-¡Al fin se fueron ...!
-¡Al fin llegaron ... !
-iAl fin huyeron del comunismo...!
-¡Al fin... de Castro...!

-¡Al fin...!

-¡AI fin...!!

-¡Al fin ...!

Como si de veras les importara algo. Enildo veía todo aquello como si fuera una obra teatral, pero sin el distanciamiento brechtiano, al estilo griego, con coro y todo. ¡Al fin se fueron ... !, decía uno de los protagonistas y el coro repetía los demás "al-fines", haciendo que el recién llegado, recién rescatado, recién poblador del Paraíso, creyese que al fin estaba en casa, después de muchos años.

Enildo se había vuelto un ser de respuestas lacónicas, de monosílabos, evasivas y justificaciones asmáticas para no hablar: silencio, silencio, pssst. Observaba a esa gente. Le molestaban. Sin duda, los veían a ellos como pobres diablos pescados de la corriente tragagente del Golfo, y actuaban con una lástima y un asco, solapados, atrayéndolos y a la vez repeliéndolos, como si hubiera un imán en el mar, en el musgo, en el salitre de los arrecifes, y otro imán en los dólares, los grandes edificios, la ropa buena, los automóviles; dos imanes pero ninguno de los dos más fuerte que el otro, un magnetismo equílibre para que ellos flotaran en medio.

Enildo sospechaba que todo aquello era el gran primer acto de una farsa mal escrita y peor actuada, y veía cómo Lorenzo al Cubo aprovechaba al máximo los buenos bocadillos, las lindezas de su personaje. Gustavo estaba más narcisista que nunca, y se reía imaginando cómo deberían de estar los Boinas Rojas en La Habana, locos buscándolo, y le lanzaba ya las primeras chinitas a las cubanas recluidas en Coral Gable. Gibara era más receloso, no confiaba mucho en los wellcome, man, ni en los estrechones de manos y las sonrisas; comenzó a andar solo, a mirar de medio lado y a decirle a Lorenzo, "¿cuando coño va a venir tu tío?" Y Enildo, que creía conocer el desarrollo y el final de esa farsa mediocre, se entretenía mirándole las piernas y las nalgas a las ladies que pasaban allende las cercas y a las cubanas de dentro, evaluándolas como en los viejos tiempos, hembras de 3, de 4, de 4-, de 3-, tratando de recuperar así la frecuencia y la calma respiratoria.

Al otro dia la noche llegó a parecerles demasiado corta: ¡tantas horas había durado la noche en altamar, al salir de Cojímar!, Lorenzo al Cubo apareció abrazado a un hombre de cara bonachona, alto y fuerte, peinado con una raya partida sobre la oreja izquierda, lo que le daba un aspecto demasiado infantil a su cabeza grande, puerilidad desentonante con aquella manaza que ahora estrechaba Enildo y con aquel vozarrón que decía: Mucho gusto, yo soy Walpi Lorenzo, para servirle en lo que mande. A Enildo le dio risa ese "para servirle en lo que mande", tan propio de los guajiros de Cuba, y se dio cuenta de que ese grandulón de dientes pequeñitos y separados no era más que eso: un guajiro bien vestido.

Walpi era tío paterno de Lorenzo al Cubo, vivía en Miami desde el 79 y sí, estaba esperándolo, pero le habían avisado demasiado tarde. "Así que estaba esperándonos", pensó Enildo, que no entendía por qué Lorenzo al Cubo había mantenido esto en secreto. Walpi era dueño de un pequeño bar en las afueras de Miami, ganaba buen dinero y tenia fama de persona honrada y guajiro "buenagente". Al parecer, Lorenzo al Cubo le había avisado, de alguna manera, el día y el lugar desde donde saldrían, y luego habían calculado, cada uno por su parte, cuándo llegaría la balsa a La Florida, para que Walpi los sacara del Centro, son mis sobrinos, son mis hijos, son míos, vamos. Enildo sentía envidia de Lorenzo al Cubo. Miró al Walpi bonachón y no pudo evitar pensar en Zoila. Al pensar en su madre, por primera vez desde el momento en que decidió irse, se le hacía un nudo en la garganta y volvía el asma. En un tremendo ahogo de tos y rostro colorado y venas del cuello a punto de reventar, logró infiltrar dos lágrimas por Zoila, por el vaguísimo recuerdo de Zoila.

Tiene asma le dijo Lorenzo al Cubo a Walpi, y trató de apoyar a Enildo tomándolo del brazo. Enildo lo repelió con suavidad y se alejó tosiendo, lagrimeando por el esfuerzo. Pensándolo bien, él también pudo avisar que vendría. Pero es que todo había sido así, tan repentino. El asma fue apaciguándose lejos del tumulto, tranquilo, pensativo, hasta que Walpi Lorenzo terminó el papeleo, sí, él se responsabiliza, él se hace cargo de gastos, seguridad social, alimentación y hospedaje, todo, y los sacó de Coral Gable como si fueran presidiarios que iban a ver al fin, de nuevo, el sol, la libertad, la vida.

Los montó en su furgoneta y les prometió llevarlos a beber y a comer algo. Quería que conocieran Miami, que vieran bien la que seria su ciudad a partir de ese momento.

Tienen que olvidar La Habana grande dijo Walpi sentado al volante, y señalándoles algunos lugares de La Pequeña Habana. Aunque bueno, a decir verdad, esa nunca se olvida. Ni nosotros. Todo lo que ven aquí es irónicamente nuestra forma de olvidarla: copiándola, repitiéndola, pero qué va, como la grande... y negó con la cabeza repetidas veces.

Bajaban por la calle Ocho, la vía principal de la Pequeña Habana y Walpi hablaba como un loro:

Todo esto es el centro de la ciudad, entre Flager y Ocho, y entre Avenida Octava y Veintidós: todos esos son comercios de cubanos.

No podía disimular la emoción de estrenar a "sus sobrinos" en el descubrimiento del desarrollo, de las oportunidades. Lorenzo al Cubo intentó decir algo, pero el tío Walpi volvió a interrumpirlo.

No, no, después me cuentan lo del viaje, ya habrá tiempo. Ahora miren, esto es la sagüesera, así le decimos al souvues o suwest yanqui, qué sé yo. ("Southwest", pensó Enildo.) Todos son comercios cubanos. Pero estos no son muy ricos. Los ricos viven en Uecheste o Keibisken ("Westchester o Key Biscayne", pensó Enildo), soleándose, dándose la buena vida, ¡ja!

Conducía y a la vez señalaba con una mano los lugares. Y lo explicaba todo, como esos guías turísticos a los que les importa un bledo si el personal está o no oyéndolos.

Gustavo y Lorenzo miraban los sitios con suma atención, tratando de grabar los nombres y las direcciones.

Miren, ese es el Versalles, mi restaurante preferido, ¡después del mío, claro!, ja, ja, no lo olviden, sobrinos, está en la calle Ocho y Treintiseis, en la esquina, es un lugar precioso, lleno de espejos y lámparas con canelones. Y se come muy bien. Ah, y al frente, ¡cuidadito, eh!: es el Huerjós (Warehouse, leyeron Enildo y Lorenzo en el cartel lumínico), una discoteca para maricones, jajajá.

Enildo escuchaba en silencio y miraba más a la gente que a los edificios. Los veía pasar como si él estuviera sentado en el cine, viendo el último estreno de la Metro Goldwin Mayer, o algún documental de Estela Bravo sobre los marielitos. No podía evitar mirar con cierto prejuicio, cierto recelo y ajenidad hacia todo aquello. ¿Qué hacía él Enildo Niebla Freire, dentro de la furgoneta de Walpi Lorenzo mirando y admirando el centro de Miami? ¿Qué hacia él entre tantos miamenses, marielitos, gusanos del coño de su madre? Seguía turbado. Las mujeres pasaban, evidentemente, como si estuvieran en un filme, pero esta vez un filme de Gutiérrez Alea u Octavio Cortázar producido por Spielberg o por George Lucas: muchos efectos especiales de perfumes y telas, tacones y peinados, Pero demasiada voluptuosidad en la forma de andar, los culos remeneándose, las caderas ocupándolo todo, un boato y una sensualidad indisimulables, realzados por tantos recursos de utilería y maquillaje. Enildo se acordó de Yindra. La voz del tio Walpi comenzó a sonar como una música grotesca ante aquellas actrices, extras o protagonistas en dependencia de lo cerca que pasaran de la ventanilla, ante aquellos ojos, cabellos rizos y maneras de andar que le revelaban, al fin, la respuesta de su última pregunta: claro, estaba ahi, en Miami, para buscar a Yindra Skármeta, para rodar su propio filme, en el que ella y él serían candidatos seguros al Oscar, para rodarlo y que luego Alicia Pereyo los viera desde una butaca de La Cinemateca, en Cuba. Y aplaudiera su actuación de galán y el vedetismo y la belleza de su compañera de reparto; para que Electra los viera en La Película del Sábado, y se emocionara ante su capacidad de desdoblamiento, y se celara ante el desnudo de su compañera de reparto; para eso y por eso soportaba la cantilena del buenazo de Walpi Lorenzo, que conducía por la calle Ocho lentamente, más despacio que el carro del helado por las calles rotosas del Mirador del Diezmero, mostrándoselo todo.

Y ésa es una librería decía Walpi como si ellos no hubieran visto jamás una, como si las vidrieras llenas de libros no delataran la función de ese establecimiento. Es la mejor de Miami, hacen tertulias y todo

Aminoró más la marcha.

Esto es la Royal Trust Tower, desde aquí se transmite La Cubanísima. Y ése es un almacén de santos y cosas de santos.

Doblaron por Avenida Diecisiete, a la derecha, y Walpi señaló La Ermita de la Caridad, una especie de tienda de campaña hecha en mampostería, que señala hacia Cuba, según dicen.

Enildo, seguía buscando a Yindra. Ya no le importaban La Ermita, ni los periodicuchos que vendían en todas las esquinas, ni los comercios de Avenida Dieciocho, ni le dio risa, como a los otros, que a la esquina de Ocho y Dieciocho le llamaran -la esquina del "pase", por lo de la venta de cocaína; nada: él seguía ensayando las futuras escenas de su filme con Yindra, pensaba en los desnudos, en los diálogos, él mismo haría el guión, sería una película de actores, solos los dos, y en una sola locación, un solo set: la cama. Comenzó a sonreír tontamente. En la esquina de Ocho y Quince vieron a unos viejos que jugaban al dominó, en chancletas, con las camisas abiertas y el tabaco en la mano, como en los portales de Luyanó y La Víbora.

-Y allá abajo, dos cuadras más abajo, van a ver el Monumento a Playa Girón, a los que cayeron combatiendo.

Aqui Enildo se salió del set, corten, corten, le soltó la mano a Yindra y miró con curiosidad al Monumento. "Qué ironía", pensó, "nosotros le hacemos monumentos a los nuestros y ellos a los suyos"; pero inmediatamente se dio cuenta de la vaguedad de los términos nuestros/suyos, ahora que él estaba ahora alli, dentro de aqueIla furgoneta (¿suya/nuestra?). Volvió a extraviarse, ya no escuchó ni entendió la explicación de que en esa esquina se habían encontrado Howard Hunt y "Macho" Barker, que allí había comenzado a tejerse el Watergate y el fin de Nixon.

Tengo hambre se atrevió a decir Pepe Gibara. Había estado todo el tiempo en silencio, llenándose de asombro, constatando que no era mentira todo lo que decían de la Yuma en el barrio.

—Ya, Ya, man —se rió Walpi—, vamos a parar aquí mismo. Esto no es Cuba. Aquí comida sobra. Mira, ese restaurante es La Esquina de Tejas.... si, como en la Habana no me gusta mucho, pero vamos a comer, man, yo también tengo hambre.

Walpi comía, bebía cerveza y se reía como un niño. Pidió bistecs para los cinco, grandes bistecs de palomilla con muchas papas fritas, y dos raciones de congrí para Pepe, tomate para todos, cervezas para todos, menos para él, coman sin pena, y no podía faltar el chiste, coman sin vergüenzas. Luego pidió un hotdog para él, un jot dog, man, sin mostaza pero con mucho kepchut, y otra ración de papas fritas. Lorenzo al Cubo, que ya estaba más suelto gracias a la cerveza, pidió, para él también, otro perro caliente, y masticaba groseramente, apurado, como si el perro fuera a salir corriendo

Comían, y Walpi hacia cuentos sobre ese restaurante. Insistía en que a él no le gustaba, mucha politiquería, mucho chisme, aquí se tumba a Castro todos los días, decía, por eso le llaman El Pentágono. Y seguía haciendo cuentos sobre la fama de La Esquina de Tejas, que, comprobaban poco a poco, nada tenía que ver con la mítica esquina de Monte e Infanta, cuentos reales de personajes reales que se habían hecho famosos, años atrás, el restaurante: un hombre que se paseaba todas las tardes con un retrato de Batista en el pecho; o Kiko Prieto, que repartía tabacos con anillos que tenían la foto de Fidel impresa, cuando no andaba por las calles con un cuadro de Stalin; o el loquito de la Calle Ocho, que daba discursos más largos y más locos que el mismísimo Castro, iah, si lo hubieran visto!, decía que los Estados Unidos estaban controlados por dos emisarios castristas: Jimmy Carter y George McGovern; decía que Jimmy Carter era de Santos Suárez y George McGovern de Luyanó, que él los había conocido a ambos en La Esquina de Tejas, la original, y que Fidel los había infiltrado. Apenas podían comer de la risa. Enildo tosía poniéndose la mano en la boca, pero sin poder evitar escupitajos. Lorenzo soltaba trocitos de pan húmedo con sus carcajadas y trataba de explicarle a Gibara quienes eran Carter y McGovern para que él también pudiera entender el chiste. Gustavo y Walpi bebían cerveza y se reían, no se sabe cuál de los dos con aspecto más infantil y franco. Walpi pidió otras cervezas para ellos cuatro, él no, estaba manejando.

Salieron a caminar un poco, a eructar el almuerzo, a hacer la digestión mirando de cerca, desde dentro, La Pequeña Habana. Enildo lamentó no estar otra vez tras la cámara de la ventanilla, pero sí le venía bien una caminadita, sentir Miami, verla, tocarla, una ciudad que odió durante tantos años y que ahora le había dado de almorzar y le permitía acercarse a su Yindra. Se sentía mejor.

Caminaron dos cuadras. En el fondo Gustavo y Lorenzo al Cubo se sentían un poco desilusionados: no hubo gran ceremonia, no hubo procesión triunfal por el centro de Miami ni la noticia de su llegada había sido lanzada al aire por los canales televisivos. Todas sus perspectivas de vedetismo social se habían quedado, en los dos primeros días, como simples ensoñaciones románticas, se habian reducido a torpes charlas en Coral Gable, un buen almuerzo en La Esquina de Tejas, y ahora esa caminata relajante. Al rato, como quien no quiere las cosas, Lorenzo al Cubo le preguntó a Walpi por Radio Martí, y se desilusionó más todavía cuando supo que se transmitía desde Washington.

-Pero... no te preocupes, mandamos la noticia, y si quieres saludar a tu gente llamamos por teléfono.

Pobre Lorenzo, pensó Enildo, se quedó con las ganas de protagonismo. Pero tío Walpi cumplió la promesa, y al tercer dia Lorenzo Lorenzo Lorenzo hablaba en nombre de los cuatro para toda Cuba, y Enildo imaginaba la clandestinidad de los oyentes en el barrio, bajando el volumen de la radio para oir las noticias en el intermedio de la radionovela, y la alegría que deberían de sentir sus amigos y parientes al pasar de la voz maquiavélica del doctor Malabé, y de las lágrimas de Esmeralda a saber que ellos estaban bien, que habían llegado, Lorenzo al Cubo, Gustavo Enriquez, Pepe Gibara, Enildo Niebla, y escuchar que los cuatro les mandan saludos y besos, antes de que comience otra vez la musiquita que identifica a la emisora, la que obliga a todo el mundo a bajar el volumen de la radio, por si pasa cerca un policía, o alguien del Comité (que debe de oir también Esmeralda, pero muy bajito, sólo como estrategia, para comparar lo que escucha en su radio con lo que escucha la vecina de enfrente y poder descubrir quiénes oyen la emisora enemiga en la cuadra).

Y al cuarto día hubo una escueta nota en el Nuevo Herald, en un pequeño espacio intitulado "Los balseros cubanos", en la página 8, entre la continuación de un extenso "Obituario" que venía de la pagina 4 y una entrevista al champion hitter de la temporada. Enildo tomó el periódico y constató, primero con sorpresa y luego con una tristeza indefinible, que el "Obituario" estaba lleno de cubanos; había una mujer de origen español, un estadounidense, y todos los demás eran muertos cubanos. Tomó esa hoja, la doblé, y la guardó en la chistera que le habia regalado el tio Walpi. La guardó con cuidado entre las dos fotos de Yindra, la de su hijo, sus papeles de identificación y el tubo de salbutamol inseparable.

Cinco dias más estuvieron unidos, en casa de tio Walpi, viviendo de sus bondades y conociendo más de cerca la ciudad, con su ayuda. Pero a la quinta noche Pepe Gibara dijo que se iba, que lo despidieran de Walpi Lorenzo, pero que él se iba, sí, tenia el número de teléfono, los llamaría alguna vez, y se alejó como un explorador curioso a buscar nuevos mundos, con su vistoso paso de guanabacoense, de guapo de barrio, volviéndose y diciendo adiós cada dos o tres metros antes de perderse en una esquina.

Gustavo y Enildo se quedaron junto a Lorenzo al Cubo, apoyados por él, no se desesperen, tío Walpi nos va a buscar alguna pincha, brothers, no te desesperes, man, le insistía a Gustavo, que no dejaba de llamar a New Jersey, a casa de sus primos, para que vinieran a buscarlo. Lorenzo sí estaba a sus anchas, felicísimo, con los suyos, y ante ese argumento no podía decirle nada a Gustavo Enríquez. Enildo se mantenía callado, pasaba los días en un total amodorramiento, sólo hablaba sobre Yindra Srmeta y sobre Manhattan, mirando mapas, calculando distancias, pensando como haría para llegar a ellas, a la ciudad y a Yindra. Se distraía poco. Lo más que hacia era leer: revistas y periódicos, y algunos párrafos de una novela de Stephen King que alguien de la casa había comenzado a leer, el marcador en la página 28, el libro hinchado, entreabiertas las páginas por el manoseo. Su. amodorramiento era una mezcla de tristeza, impotencia, inutilidad, nostalgia. Y contra esto luchaban, denodadamente, todos: Lorenzo al Cubo, Walpi Lorenzo, Loida, su esposa, y Jennifer, su hija, que era quien, se enteraba ahora Enildo, estaba leyendo la novela de Stephen King, pero no le gustaba, le parecía truculento y peliculero, reía, echaba el cabello hacia atrás, cruzaba una pierna, gesticulaba histriónicamente, y hasta ensayaba flirteos y poses, tal vez verdaderos, tal vez para alegrarlo, pero en fin, inútiles

El asma aparecía con brutal puntualidad, al caer el crepúsculo, y con el asma volvían sobre él Yindra, Manhattan, Cuba, la tristeza. Gustavo hacia dos días que se había ido a New Jersey, con sus primos. Lorenzo al Cubo y Jennifer deambulaban por la ciudad, paseaban, bebían, se divertían Y dejaban por incorregible al huésped asmático, melancólico y solitario que era Enildo Niebla. él tampoco quería estropearles la noche. Vayan ustedes, no tengan pena, Yo me quedo leyendo. De nada valían tampoco las conversaciones domésticas de Loida, las anécdotas de Walpi, las ofertas de televisión tan alabadas por ambos pero tan sosas para Enildo. Miraba los partidos de béisbol de las Grandes Ligas, todo un sueño entre la gente de su barrio, por si en las gradas encontraba a Yindra. Miraba los programas de participación por si en el público encontraba a Yindra. Los miraba, pero no los veía, ni los oía, ni le interesaban. Home rum to right centerl, gritos, aplausos y chiflidos, pero esa rubia a la que casi golpea la pelota no tiene el pelo rizo ni los ojos azules. Mucha risa y aplausos en el plató, alguien ha dicho una burrada y se han reído todos, algunos enseñando dientes de oro, o colmillos de oro, pero ninguno tiene la dentadura, tan blanca y tan pareja, nadie los labios tan sensuales, basta ya de paneos, basta ya de zoom in y de zoom back, que mierda de programa, Yindra.

Una noche, Walpi Lorenzo invitó a cenar en el restaurante Tropical. -pero por qué siempre dirá Trópical?-, pensó Enildo, -¿por qué le forzará el acento de esa forma, si se escribe igual?-, pensó Enildo, "no es como el caso de los pescadores del Singleton que alardeaban de haber hecho con nosotros la mejor pesca de la season", pensó Enildo, -en ese caso estaba más justificado; ¿por qué Walpi, y los demás, todos no dirán Tropical en vez de Trópical"- se remordía los sesos Enildo, ¿y por qué usarán el vocativo man en cada frase? Bueno, son muchos años viviendo aquí, eso de man se pega, nuestro como el asere en el Diezmero; Pepe Gibara, por ejemplo, dentro de poco no dirá asere, broder ni monina, dirá man, choca esos cinco, man, vamos a echarnos un litro, man, pero eso si, seguramente no dirá nunca Trópical, seguramente no-"’, seguia pensando Enildo.

Fueron a la cena todos: el matrimonio Lorenzo, la hermosa Jennifer, Lorenzo al Cubo y el afligido Enildo Niebla. Enildo, en realidad, ya era como de la familia. Lorenzo al Cubo, a sus espaldas, había contado su historia de niño huérfano, de niño abandonado por la madre, de niño criado por su abuela que había muerto hacia poco, un buen muchacho, un buen amigo, inteligente y buena gente, y está solo en el mundo, tio Walpi, está solo de veras, tía Loida, y triste, Jennifer, hasta la mujer que ama lo ha dejado. Y no era lástima lo de la familia Lorenzo. Era solidaridad, algo que Enildo jamás hubiera pensado encontrar en Miami.

El Tropical era un restaurante espacioso, con comida, criolla, y contaba con un grupo de poetas repentistas que amenizaba la cena con sus décimas. Enildo recordó a La Abuela. Le sorprendió que en Miami, en Estados Unidos, hubiera algo tan rústico como el punto guajiro. La comida, otra vez, era exquisita. Pidieron churrascos, aguacate, congrí plátano chatino, cervezas. Y a Lorenzo al Cubo se le escapó un coñó, que grande!, cuando vio el churrasco, ornado con rodajas, de cebolla blanca, humeante, desparramarse por los bordes del plato. lCoñó, qué grande!, y hasta Enildo tuvo que reírse, el comentario llegó a las otras mesas, y la camarera dijo, como en Cuba, no?, sonriendo, y Lorenzo al Cubo se apenó de veras, había sido una imprudencia suya, pero comenzó a reírse él también, como en Cuba, ¿no?, y le hizo un guiño cómplice a la camarera, que se iba.

Comieron bien, conversaron sobre Cuba y sobre el viaje y sobre el Periodo Especial y sobre Castro, decía Walpi, sobre Fidel, decía Lorenzo, que pese a estar en Miami ya no sabía que decir contra el Fifo, y sobre la vida cotidiana en Cuba, ya había repetido todos sus argumentos, ahora se limitaba a decir que si, a mover la cabeza afirmativamente como prueba de apoyo a los argumentos de su tio. Luego Enildo dijo, si, pero que va, estos aguacates no saben como en Cuba, les falta sabor, vaya. Y Walpi Lorenzo, como siempre que alguien le decía esto mismo, contestó lo mismo, con el mismo tono justificativo, con los mismos gestos de hombros y ojos:

-Es la tierra, man, les falta el sabor de la tierra.

Continuaron conversando, bebiendo cerveza. Era esta la primera vez que Enildo soltaba la molicie, el ensimismamiento.

Los músicos tocaban y los poetas seguían enfrascados en la controversia. Sus décimas eran todas de tono nostálgico, hablaban de La Habana, del Malecón, del arado, la carreta y las palmas guajiras, lanzaban saludos y referencias a los comensales, y a veces elogiaban puerilmente a algunos con metáforas exageradas y melosas. Vestían guayaberas blancas, algunos con sombreros y otros no. Enildo bebía lentamente su cerveza y se quedaba embobecido escuchando el punteo familiar del laud y el tres, el raca-raca del gui de santos ro y el tap-tap de las claves. Nunca pensó que aquella guajirada le estremeciera tanto. Ahora recordaba a Electra, las visitas a Matanzas y los guateques en casa de sus primos, sus burlas descorteses frente a los poetas. Los repentistas eran cuatro, pero destacaba un tal Pablo León, un guajiro alto, de cara triste, voz de falsete y tonada melancólica. Era el más famoso, le gritaban y aplaudían mucho, pero, Enildo no recordó haberlo visto nunca en Palmas y Cañas. Comenzó a deprimirse. Era demasiado fuerte el ambiente criollo, la comida, la cerveza, la voz melancólica y las décimas tristes de aquel Pablo, su cara de guajiro extraviado entre aquel lujo. Enildo comenzó a mirarlo como a un espejo que le improvisara: ese Pablo era él mismo, esa voz falseteada era su voz, ese aire compungido era su aire, y esos versos de total desarraigo eran los versos que alguna vez tendría que cantar en el futuro. Estaba callado, y cuando Lorenzo al Cubo reparo en él se dio cuenta de que estaba llorando.

-¿Qué pasa, Enildo? –dijo jennifer, al otro lado, poniéndole una mano inocentona sobre el muslo. Y Walpi Lorenzo pidió más cerveza. Y Loida Lorenzo dijo, dejenlo, dejenlo, que se desahogue. Y Enildo sintió que la frase era exacta: si, se estaba ahogando, tenia que sacar la cabeza de aquel charco nostálgico, turbio y borrascoso, para desahogarse. Walpi Lorenzo llamó al mejor poeta y le puso un pie forzado: -La llegada de un amigo-, señalando a Enildo, que estaba en pleno acto de desahogo. El poeta regresó hacia el grupo e hizo una seña al laudista para que cambiara, el tono. Comenzó entonces una melodía suave, más triste aun, más lenta. Pablo León le daba vueltas al cable entre las manos y movía, pensativo, el zapato derecho sobre el suelo. Ahora todos hacían silencio, lo miraban. Cerró el punto:

Siempre que llega un cubano

de Pinar o de La Habana...

Hizo una pausa, recomenzó la música, y todos los ojos se clavaron en él, y en el laudista que tocaba haciendo movimientos extraños con la cara y los hombros. Cerró otra vez el punto y volvió Pablo, ahora dando un paso hacia el frente:

Siempre que llega un cubano

de Pinar o de La Habana

trae olor a palma cana

y a guateque en cada mano.

Se hizo silencio, solo los instrumentos llenaban todo el salón del Tropical, las calles aledañas, las memorias. Los dependientes se habían detenido y escuchaban también, con expectativa, al repentista. Volvió su voz, con énfasis:

Yo que vivo tan lejano

y apenas vivir consigo...

Calló el poeta, cerró un poco los ojos, volvió la música, hubo murmullos, sonrió el laudista, y Walpi Lorenzo miró a Enildo con rostro de satisfacción, como si fuera él quien cantara la décima. Ahora Pablo León pareció, de pronto, despertarse, se adelantó un. poco, hacia Enildo, abrió mucho los ojos y extendió la mano en un gesto ambiguo, languideciendo todavia más el timbre de la voz:

Cuando converso conmigo,
nazco, canto, crezco y lloro,
porque en tu voz corroboro
la llegada de un amigo.

Los aplausos fueron estruendosos, acrecentados por la buena acústica del restaurante, y Enildo sonrió, sonrió de veras, emocionado, aplaudiendo. Los instrumentos se callaron de golpe y en medio del silencio musical, entre la bruma acústica de los comentarios y los ruidos de la cubertería, sorprendió la voz borrosa de Enildo Niebla:

-Quiero que cante otra... -dijo, alzando la mano como si estuviera en una reunión o en un aula-. Quiero que ahora. termine... "Por una mujer ausente". Walpi y Loida aplaudieron entusiastas, pero Lorenzo al Cubo y Jennifer se miraron y miraron a Enildo, como bus cando la punta. de aquella madeja de sentimientos ebrios.

El laúd volvió con más fuerza que antes, a introducir el punto, y casi de inmediato se sumaron el tres, la guitarra, las claves y el güiro, y aquello parecía una orquesta guajira, acrecentado el efecto sonoro por las palmadas de algunos comensales. Se oyó otra vez la voz triste, nasal, interrumpir la música:

La enfermedad del amor
es tan dolorosa y grave

e hizo una pequeña pausa, miró a Enildo fijamente a los Ojos, y continuó, acelerando el ritmo:

que el que la tiene no sabe

si es alegría o dolor

Algunos comensales aplaudieron y otros continuaron mirando al poeta, corno esperando la continuación de la estrofa. Enildo estaba embobecido entre el punteo del laúd y la mirada absorta, en éxtasis, del tal Pablo. Volvió a escucharse su voz lánguida:

La distancia es la peor
enemiga de la mente..

Y el laudista rompió de nuevo el punto, estremeciéndose todo, haciendo muecas de placer musical.

-Ya lo tiene! -susurró Walpi, acercándose a] oído de Lorenzo al Cubo. Loida y Jennifer asintieron risueñas y Enildo siguió mirando a Pablo, sin moverse. Pablo tenia otra vez la mirada fija en el suelo, frente a él, y movía el pie como si aplastara algo sobre el suelo, concentrado, sosteniendo el micrófono con la mano derecha:

Y el amante, lentamente,

si el amor no lo consuela...

Y ahora hizo mayor énfasis, abrió los brazos en gesto teatral, mirando a Enildo:

se gasta como, una vela Por una mujer ausente.

Ahora los aplausos eran mayores, Pero Enildo sonreía menos y aplaudía menos. La cera derretida le corría por la frente, por los pómulos, iba goteando y manchando la mesa, el restaurante. Ahora su cabeza estaba Ilena de recuerdos incoherentes y desordenados, Yindra, La Abuela, La Parranda. de Radio Rebelde, Manhattan, Palmas y Cañas, Jeffrey O'Neil, Fiesta Guajira de Radio Progreso, los guateques con Electra en Matanzas. Ahora su corazón estaba muy lejos del Tropical, también derritiéndose. Tomó la copa con una mano y la mano de Jennifer con la otra, apretándola sobre su muslo.

-¿Qué pasa, man? -repitió Walpi Lorenzo palmeándole con cariño y brusquedad el hombro.

-Está borracho -dijo Lorenzo al Cubo viendo como Jennifer, con la mano que tenia libre, le secaba las lágrimas.

Enildo se levantó, fue al baño, y al pasar junto a Pablo, León le dio la mano, agradecido, pero, no le dijo nada. Al regresar, vio como Walpi Lorenzo le metía un billete en el bolsillo de la guayabera al viejo poeta que había dicho por él aquellos versos. Se sentó, tomó la copa, se acercó al oído de Lorenzo al Cubo y le dijo lo mismo que le había dicho la noche anterior antes de acostarse:

-Yo tengo que ir a Manhattan, Loren -tomándole la cabeza con la mano-, tengo que ir -pegándose tanto que ensalivaba la oreja de Lorenzo al Cubo-, tengo que hallar a Yindra, díselo al tío, Walpi, díselo -soltándole la cabeza y separándose.

Lorenzo no contestaba. Ahora era él quien ponía la mano sobre el muslo de Enildo y le daba palmaditas persuasivas, suaves.

-Que me preste dinero, Loren –volvió a decir Enildo desde su asiento, sin acercarse tanto esta vez-. Yo se lo levuelvo en cuanto...

-Okey, okey -se apuró en decir Lorenzo al Cubo, como para que los otros no se dieran cuenta, y volvió a prometer, como la noche anterior, que hablaría con Walpi, -cuando llegaran a la casa, cuando no estuvieran bebiendo.

Pero era demasiada la. cerveza, demasiada la nostalgia, demasiadas las ansias contenidas. Enildo esperó un monento en que Lorenzo al Cubo había ido al baño, se aceró a Walpi Lorenzo y le habló claro: él se había ido de -Cuba solo por eso, solo para eso, él tenia que encontrar a Yindra, que ir a Manhattan, Walpi tenia que ayudarlo, por favor, please. Walpi Lorenzo estaba también ebrio y se echó a reir, ~pero eso es todo, man?, riendo y abrazándolo, apartándose con él hacia detrás de las últimas mesas. Enildo insistió, insistió, quiso' explicarle y enternecerlo con la palabra amor, con la palabra soledad, con la sonoridad del nombre Yindra. Skarmeta Llorenz, con la voluptuosidad y la belleza de aquellas dos fotos que guardaba como una reliquia, pero Walpi Lorenzo estaba ebrio y llevó su propia copa de cerveza a los labios de Enildo y casi le gritó en la cara, okey, man, no hay, problema, no problem, man, y le ordenó -le dijo: -fijate: te lo ordeno-- que nunca más se hablara del asunto.

Walpi Lorenzo estaba ebrio, demasiado ebrio. Por eso a Enildo Niebla le parecía mentira que a los tres días de aquella conversación en el Tropical él estuviera acomodado en uno de los asientos del vuelo Miami-New York, asiento 24-1), fasten seat belts, no smoking, él solo, feliz, cruzando, sobrevolando las nubes y los rascacielo de la ciudad más cosmopolita de Estados Unidos, la vista aérea más famosa del mundo, acordándose una vez más de La Película del Sábado. Le parecía mentira que en tan poco tiempo, como en el clásico abrir y cerrar de ojos, estuviera, él, Enildo Niebla Freire, mareado, con un pequeño repunte de asma, bajo el desconocido cielo de Manhattan, junto a los ultramodernos hangares del aeropuerto Kennedy, atravesando viaductos y túneles, entrando al puente Triboruogh, mirando embobado la papada del taxista, de perfil, mientras éste paga el peaje para entrar a la ciudad, ¿todos los neoyorkinos serán así, papudos?, mirando los semáforos de Primera Avenida como si en Cuba no hubiera semáforos, como si fuera la primera vez que una luz roja hiciera intermitencias delante de sus ojos, ¿todos se parecerán tanto al Papa O'Neil?, mirando las escalas mecánicas para casos de incendio, los porches de Harlem, el caminar lento de los portorriqueños, la elegancia barroca de Quinta Avenida, las luces del Central Park, el fresco Riverside-Drive, y sintiendo el olor penetrante del Hudson, y los rascacielos, oh, los rascacielos, a qué poca distancia estaba ya de Yindra.

*Alexis Díaz Pimienta es narrador, poeta, investigador y repentista. Con esta obra, en proceso editorial en Cuba, obtuvo el Premio de Novela Alba/ Prensa Canaria (1998). Posee la Medalla por la Cultura Nacional.

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Saltan las liebres


Desde que apareció la primera edición de La Jiribilla, muchos son los mensajes enviados para solicitar nuestras actualizaciones. Algunos se ofrecen desde Miami, Madrid y otras partes del mundo como colaboradores voluntarios. Y otros, nos envían su aliento en el proyecto y hasta un poema. Y obviamente, saltan las liebres heridas, expulsan veneno, lloran insultos, muestran su estupor. Un plumífero corrió la voz de que La Jiribilla es una publicación oficial del gobierno cubano. Este señor, aunque lo niegue, sabe bien que en Cuba todos somos gobierno. Es preferible tener gobierno a tener amo. Un amo tan generoso como el yanqui, que se hace el de la vista gorda cuando le paga a la misma gente, ya sea en Radio Martí o en su recién aparecida versión digital. Y algunas cifras son públicas, otras no. El Nuevo Herald admitió sin pudor que solo para esta versión en Internet entregó 250 000 dólares. ¡Oh, Jesús!


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