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PRISIONERO
DEL AGUA
"A bordo del Singleton los
recibirían", capítulo
de Prisioneros
del agua, ganadora del Premio de Novela
Alba/Prensa Canaria, 1998.
Alexis
Díaz Pimienta | La Habana
A bordo del Singleton los recibirían
siete pescadores, unos con curiosidad, otros con
verdadero entusiasmo, y el capitán con cierta
indiferencia. Los recibirían, los abrazarían,
cambiarían la ropa mojada y les darían de beber
poca agua, muy poca, apenas para mojarse los
labios y la lengua, además de untarles pomadas
para la insolación y decirles descansen,
descansen, después nos cuentan. Todos menos el
capitán, el dueño del camaronero, que los
seguiría mirando con indiferencia. Luego
comerían fritadas de bonito con galletas,
beberían un ron tonificante y reirían y
volverían a abrazarse con sus salvadores, todos
cubanos residentes en Miami, todos muy buenos,
gracias, gracias, todos menos el capitán, que
apenas habla. Por boca de ellos se enterarían que
ese mismo Singleton había estado en Cuba,
cuando lo del Mariel, en el 80, que por eso
a Luis, que era como se llamaba el capitán, ellos
no le hacían gracia: él estuvo en el Mariel y
hubo un naufragio a casi veinte millas de la
costa habanera, y (bajando la voz y mirando a los
lados) él había querido cobrarles quinientos
dólares a cada náufrago por el rescate, y los
cobró en definitiva, pero al llegar le hicieron
la denuncia y pasó un gran aprieto, casi pierde
hasta el barco. Por eso, no le simpatizan los
náufragos ni los balseros. Los recogimos gracias
al contramaestre, dijo un gordo de barbas, que se
secaba las manos constantemente en un delantal
sucio y que debería de ser el cocinero. Y luego
se enterarían de que sus rescatadores algún día
tumbarían a Castro y pasearían por Varadero y
Guanabo, como antes. Y luego sus rescatadores
sabrían que sus rescatados habían salido de La
Habana, de la costa de Cojímar, el sábado en la
noche, y hoy era lunes, llevaban más de dos días
bregando, ¡qué bárbaros!, a la deriva, ¡están
locos!, remando ya sin fuerzas y sin saber adónde
iban, iAve María!, y ellos improvisarían allí,
sobre cubierta, su primera rueda de prensa en el
exilio, con verdades y mentiras y exageraciones.
En Coral Gable los atendieron bien, y rápido:
iqué eficiencia, Dios mío, esto es capitalismo!
Un médico y una enfermera se hicieron cargo de su
salud maltrecha, aunque no tan maltrecha como
otros, hay que ver lo fuertes que somos los
cubanos. Claro que el asma de Enildo los
alarmaría, y las pomadas para la piel serian
obligatorias, pero la dulce enfermera había visto
a otros en peor estado, y ya quisiera ella ver a
algunos gringos pasando por todo esto, a los
mismiticos Stallone y Arnold, se descojonarían
con seguridad, concluyó Gibara.
Lorenzo al Cubo, y Gustavo estaban locos por
entrevistarse, por mandar saludos por Radio Martí
a su familia y a la gente del barrio, por
hablarles y narrarles a los reporteros del Miami
Herald los avatares de los héroes de
la última balsa. Reían, exageraban, decían
estupideces y falacias de moda, hablaban de
política y de economía y del pésimo desarrollo
social cubano, ellos que ni siquiera asistían a
las reuniones del Comité y que, cuando lo
hacían, eran un brazo más levantado por
mimetismo, aprobando por unanimidad cualquier
cosa. Ahora les gustaba tener importancia, tener
opinión, ser el centro de algo.
Enildo no: Enildo permanecía callado.
Cuando tocaron tierra cada uno había tenido
actitudes distintas. Gibara había reído
tontamente, mirándolo todo, saludando a todo el
mundo, caminando con más guapería y altanería
que nunca, como si hubiera acabado de bajar de La
Sierra. Enildo no. Lorenzo al Cubo había besado
la tierra de La Florida y había dado gracias a
Dios, thanks, my God, él que nunca había entrado
en una iglesia, que hasta sería capaz de masticar
la hostia incatequizable, excomulgable por tanto
gritar ¡me cago en Dios, coño! (o ¡me cago en
Diez, coño!, eufemismo barato, disfraz poco
confiable). Besaba la tierra y lloraba. de
emoción, lloraba de verdad, lagrimas de felicidad
y no de cocodrilo, lágrimas por haber llegado al
Paraíso, a La Tierra Prometida, la Yunai, coño.
Enildo no. Gustavo había estado todo el tiempo
peinándose, arreglándose la ropa que le habían
dado y envidiando, de pura y sana envidia, las
cadenas de oro, las sortijas y los dientes de oro,
los zapatos, los jeans y los pulóveres de todo el
que veía, diciendo yes, yes, okey, igual que un
loro, sin darse cuenta de que los que hablaban con
él habían nacido en Guanabo o en Rancho Boyeros
o en Holguin, quién sabe. Enildo no. Enildo pisó
tierra menos risueño que los tres, con menos
fuerza que los tres, atacado por el asma. y
desorientado ahora que sí había llegado, perdido
entre la sorpresa, el miedo, la nostalgia, las
premoniciones y el asma insoportable que lo
obligaba a darse continuos, aerosoles en la
enfermería del Centro.
Allí estuvieron dos días. Gustavo, Gibara y
Lorenzo alardeando de todo, cada uno a su manera,
y Enildo soportando el asma y la memoria. Los
trataban bien, y los demás cubanos en Coral Gable
parecían koalas adaptados a su cautiverio: el
lento caminar, la paciencia para comer, para
moverse, para mirar a quienes les dirigían la
palabra, paciencia traducible en apatía, o en
tranquilidad, o en desespero, tantos meses metidos
tras esas cercas, esperando a que alguien
reconociera sus rostros en los anuncios
televisivos y vinieran por ellos, oyendo por la
radio canciones de Celia Cruz y de Olga Guillot,
de Gloria Stefan y de Willy Chirino, escuchando de
los viejos guardianes del Centro sus alabanzas a
La Pequeña Habana, su orgullo de tener, ellos
también, una Antigua Chiquita, una Esquina de
Tejas, una tienda El Encanto, una Primera de
Muralla, todo, no les habían podido arrebatar a
Cuba, esa está aquí, mira, y se golpeaban con la
mano derecha el pectoral izquierdo varias veces.
Pero ellos no comentaban nada, no agregaban nada:
la tienda El Encanto para ellos era tan sólo una
lejana referencia histórica, el sabotaje aquel,
el gran incendio que le costó la vida a Fe del
Valle; y La Antigua Chiquita qué era, y en La
Primera de Muralla qué había, y la Esquina de
Tejas no dejaba de ser la sucia esquina de Monte e
Infanta, punto de referencia para apearse de la 10
las noches que se iban al Estadio.
Lorenzo al Cubo dijo, desde el primer momento,
que no se preocuparan, que su tío vendría a
buscarlos. Pero a Enildo no parecía importarle.
Seguía extraviado. Lo que más lo perdía era la
búsqueda infructuosa e inconsciente de Yindra, de
algún rasgo de Yindra entre los rostros. Tosía,
se mareaba. Todavía se sentía en alta mar. ?Era
eso lo que los marineros llaman "mareo de
tierra"? Todo se le movía ante los ojos: los
edificios, los árboles, los postes, los autos,
las personas detenidas, todo conservaba el mismo
vaivén, la insoportable inestabilidad de la balsa
sobre el agua. Y el pavimento se hundía como si a
cada paso cayera en un hueco. Y el chorro de la
ducha no encontraba a su cuerpo o su cuerpo no
encontraba el chorro de la ducha, la mano jabonosa
contra la pared, los ojos allende la ventana,
fijos en los contornos de la cerca, que también
se mueve. Los demás decían lo mismo. Gibara y
Lorenzo intentaban andar poco, sentados miraban
hacia un punto fijo del refugio hacia el
horizonte. Gustavo vomitaba a cada rato, nada,
agua, bilis, una simple arcada y un eructo
asqueroso. A Enildo la boca se le llenaba, de
saliva y escupía continuamente. Esto le recordaba
a Electra embarazada. Sacaba entonces la foto del
niño y le parecía irreconocible, feo y muy
rosado para ser su hijo. Se sentía todavía en
medio del océano, pero sin brújula, sin reloj,
sin nadie a quien decirle que tenia miedo. Pero
no. Estaba en Coral Gable, había llegado, se
había ido de Cuba para siempre. Le daban deseos
de gritar, no sabía qué pero de gritar tan alto
que se oyera en la calle Primera del Mirador del
Diezmero. Sentado en un rincón estrechaba, como
un zombi, las manos de los zombis que lo
saludaban, o miraba retorcidamente a los que lo
miraban a él, allí, acomodado en un rincón,
casi catatónico, contemplando con apatía a los
jugadores de dominó, que bebían, golpeaban la
mesa, alardeaban contando sin mirar las fichas y
exageraban sus historias. No había remedio.
Tenía que jugar su papel de recién rescatado, de
último prófugo del comunismo. Eso eran todos
ellos ahora: los rescatados, los salvados, los
prófugos de la tiranía de Castro. Y veían, y
hablaban, y tenían que admirar a sus
rescatadores, recibidores, salvadores, engordados
ya y suntuosos, la prueba testifical de la
promesa.
El aerosol había logrado sosegarlo un poco
pero no calmarlo. Seguía mareado, no veía claro
en aquella telaraña de rostros. Lorenzo al Cubo
seguía siendo el líder de la balsa, el timonel
experto que había guiado su pequeño Granma
hacia La Florida, y se pavoneaba abrazando aquí,
riendo allá, tirando besos con las manos como los
cantantes de moda, acercándose a los
rescatadores, congraciándose y piropeando a
algunas de las rescatadoras, sin darse cuenta de
que su olor a marisco molestaba a los gentlemen,
que su boca aún oliente a cigarro Popular
apestaba sobre los rostros de las ladies, sobre
sus narices de celofán y poliespuma. Enildo no.
Enildo los miraba e intentaba imaginárselos en un
trabajo voluntario, o haciendo la guardia. Las
miraba a ellas e intentaba imaginárselas
caminando por la Calzada de 10 de Octubre,
haciendo cola en la Casa del Pan de la Esquina de
Toyo, sencillas, cubanísimas, con sayas de
algodón a cuadros, blusas semiescotadas y
zapaticos de correas laterales. Sin duda, habían
tenido suerte estas señoras, vestidas con finas
telas, finos aretes, pelucas y esencias
carísimas, y modales de gente aplatanada a la
high life, gente sin una guagua llena en el
pasado, vanagloriándose de ello. Los trataban
bien, pero distinto. Al fondo de cada una de sus
frases había un "al fin", explícito o
implícito:
-¡Al fin se fueron ...!
-¡Al fin llegaron ... !
-iAl fin huyeron del comunismo...!
-¡Al fin... de Castro...!
-¡Al fin...!
-¡AI fin...!!
-¡Al fin ...!
Como si de veras les importara algo. Enildo
veía todo aquello como si fuera una obra teatral,
pero sin el distanciamiento brechtiano, al estilo
griego, con coro y todo. ¡Al fin se fueron ... !,
decía uno de los protagonistas y el coro repetía
los demás "al-fines", haciendo que el
recién llegado, recién rescatado, recién
poblador del Paraíso, creyese que al fin estaba
en casa, después de muchos años.
Enildo se había vuelto un ser de respuestas
lacónicas, de monosílabos, evasivas y
justificaciones asmáticas para no hablar:
silencio, silencio, pssst. Observaba a esa gente.
Le molestaban. Sin duda, los veían a ellos como
pobres diablos pescados de la corriente tragagente
del Golfo, y actuaban con una lástima y un asco,
solapados, atrayéndolos y a la vez
repeliéndolos, como si hubiera un imán en el
mar, en el musgo, en el salitre de los arrecifes,
y otro imán en los dólares, los grandes
edificios, la ropa buena, los automóviles; dos
imanes pero ninguno de los dos más fuerte que el
otro, un magnetismo equílibre para que ellos
flotaran en medio.
Enildo sospechaba que todo aquello era el gran
primer acto de una farsa mal escrita y peor
actuada, y veía cómo Lorenzo al Cubo aprovechaba
al máximo los buenos bocadillos, las lindezas de
su personaje. Gustavo estaba más narcisista que
nunca, y se reía imaginando cómo deberían de
estar los Boinas Rojas en La Habana, locos
buscándolo, y le lanzaba ya las primeras chinitas
a las cubanas recluidas en Coral Gable. Gibara era
más receloso, no confiaba mucho en los wellcome,
man, ni en los estrechones de manos y las
sonrisas; comenzó a andar solo, a mirar de medio
lado y a decirle a Lorenzo, "¿cuando coño va a
venir tu tío?" Y Enildo, que creía conocer el
desarrollo y el final de esa farsa mediocre, se
entretenía mirándole las piernas y las nalgas a
las ladies que pasaban allende las cercas y a las
cubanas de dentro, evaluándolas como en los
viejos tiempos, hembras de 3, de 4, de
4-, de 3-,
tratando de recuperar así la frecuencia y la
calma respiratoria.
Al otro dia —la noche llegó a parecerles
demasiado corta: ¡tantas horas había durado la
noche en altamar, al salir de Cojímar!—, Lorenzo
al Cubo apareció abrazado a un hombre de cara
bonachona, alto y fuerte, peinado con una raya
partida sobre la oreja izquierda, lo que le daba
un aspecto demasiado infantil a su cabeza grande,
puerilidad desentonante con aquella manaza que
ahora estrechaba Enildo y con aquel vozarrón que
decía: Mucho gusto, yo soy Walpi Lorenzo, para
servirle en lo que mande. A Enildo le dio risa ese
"para servirle en lo que mande", tan
propio de los guajiros de Cuba, y se dio cuenta de
que ese grandulón de dientes pequeñitos y
separados no era más que eso: un guajiro bien
vestido.
Walpi era tío paterno de Lorenzo al Cubo,
vivía en Miami desde el 79 y sí, estaba
esperándolo, pero le habían avisado demasiado
tarde. "Así que estaba esperándonos",
pensó Enildo, que no entendía por qué Lorenzo
al Cubo había mantenido esto en secreto. Walpi
era dueño de un pequeño bar en las afueras de
Miami, ganaba buen dinero y tenia fama de persona
honrada y guajiro "buenagente". Al
parecer, Lorenzo al Cubo le había avisado, de
alguna manera, el día y el lugar desde donde
saldrían, y luego habían calculado, cada uno por
su parte, cuándo llegaría la balsa a La Florida,
para que Walpi los sacara del Centro, son mis
sobrinos, son mis hijos, son míos, vamos. Enildo
sentía envidia de Lorenzo al Cubo. Miró al Walpi
bonachón y no pudo evitar pensar en Zoila. Al
pensar en su madre, por primera vez desde el
momento en que decidió irse, se le hacía un nudo
en la garganta y volvía el asma. En un tremendo
ahogo de tos y rostro colorado y venas del cuello
a punto de reventar, logró infiltrar dos
lágrimas por Zoila, por el vaguísimo recuerdo de
Zoila.
—Tiene asma
—le dijo Lorenzo al Cubo a Walpi, y
trató de apoyar a Enildo tomándolo del brazo.
Enildo lo repelió con suavidad y se alejó
tosiendo, lagrimeando por el esfuerzo. Pensándolo
bien, él también pudo avisar que vendría. Pero
es que todo había sido así, tan repentino. El
asma fue apaciguándose lejos del tumulto,
tranquilo, pensativo, hasta que Walpi Lorenzo
terminó el papeleo, sí, él se responsabiliza,
él se hace cargo de gastos, seguridad social,
alimentación y hospedaje, todo, y los sacó de
Coral Gable como si fueran presidiarios que iban a
ver al fin, de nuevo, el sol, la libertad, la
vida.
Los montó en su furgoneta y les prometió
llevarlos a beber y a comer algo. Quería que
conocieran Miami, que vieran bien la que seria su
ciudad a partir de ese momento.
—Tienen que olvidar La Habana grande
—dijo
Walpi sentado al volante, y señalándoles algunos
lugares de La Pequeña Habana—. Aunque bueno, a
decir verdad, esa nunca se olvida. Ni nosotros.
Todo lo que ven aquí es irónicamente nuestra
forma de olvidarla: copiándola, repitiéndola,
pero qué va, como la grande...
—y negó con la
cabeza repetidas veces.
Bajaban por la calle Ocho, la vía principal de
la Pequeña Habana y Walpi hablaba como un loro:
—Todo esto es el centro de la ciudad, entre
Flager y Ocho, y entre Avenida Octava y
Veintidós: todos esos son comercios de cubanos.
No podía disimular la emoción de estrenar a
"sus sobrinos" en el descubrimiento del
desarrollo, de las oportunidades. Lorenzo al Cubo
intentó decir algo, pero el tío Walpi volvió a
interrumpirlo.
—No, no, después me cuentan lo del viaje, ya
habrá tiempo. Ahora miren, esto es la sagüesera,
así le decimos al souvues o suwest yanqui, qué
sé yo. ("Southwest", pensó Enildo.)
Todos son comercios cubanos. Pero estos no son muy
ricos. Los ricos viven en Uecheste o Keibisken
("Westchester o Key Biscayne", pensó
Enildo), soleándose, dándose la buena vida,
¡ja!
Conducía y a la vez señalaba con una mano los
lugares. Y lo explicaba todo, como esos guías
turísticos a los que les importa un bledo si el
personal está o no oyéndolos.
Gustavo y Lorenzo miraban los sitios con suma
atención, tratando de grabar los nombres y las
direcciones.
—Miren, ese es el Versalles, mi restaurante
preferido, ¡después del mío, claro!, ja, ja, no
lo olviden, sobrinos, está en la calle Ocho y
Treintiseis, en la esquina, es un lugar precioso,
lleno de espejos y lámparas con canelones. Y se
come muy bien. Ah, y al frente, ¡cuidadito, eh!:
es el Huerjós (Warehouse, leyeron Enildo y
Lorenzo en el cartel lumínico), una discoteca
para maricones, jajajá.
Enildo escuchaba en silencio y miraba más a la
gente que a los edificios. Los veía pasar como
si él estuviera sentado en el cine, viendo el
último estreno de la Metro Goldwin Mayer, o
algún documental de Estela Bravo sobre los
marielitos. No podía evitar mirar con cierto
prejuicio, cierto recelo y ajenidad hacia todo
aquello. ¿Qué hacía él Enildo Niebla Freire,
dentro de la furgoneta de Walpi Lorenzo mirando y
admirando el centro de Miami? ¿Qué hacia él
entre tantos miamenses, marielitos, gusanos del
coño de su madre? Seguía turbado. Las mujeres
pasaban, evidentemente, como si estuvieran en un
filme, pero esta vez un filme de Gutiérrez Alea u
Octavio Cortázar producido por Spielberg o por
George Lucas: muchos efectos especiales de
perfumes y telas, tacones y peinados, Pero
demasiada voluptuosidad en la forma de andar, los
culos remeneándose, las caderas ocupándolo todo,
un boato y una sensualidad indisimulables,
realzados por tantos recursos de utilería y
maquillaje. Enildo se acordó de Yindra. La voz
del tio Walpi comenzó a sonar como una música
grotesca ante aquellas actrices, extras o
protagonistas en dependencia de lo cerca que
pasaran de la ventanilla, ante aquellos ojos,
cabellos rizos y maneras de andar que le
revelaban, al fin, la respuesta de su última
pregunta: claro, estaba ahi, en Miami, para buscar
a Yindra Skármeta, para rodar su propio filme, en
el que ella y él serían candidatos seguros al
Oscar, para rodarlo y que luego Alicia Pereyo los
viera desde una butaca de La Cinemateca, en Cuba.
Y aplaudiera su actuación de galán y el
vedetismo y la belleza de su compañera de
reparto; para que Electra los viera en La
Película del Sábado, y se emocionara ante su
capacidad de desdoblamiento, y se celara ante el
desnudo de su compañera de reparto; para eso y
por eso soportaba la cantilena del buenazo de
Walpi Lorenzo, que conducía por la calle Ocho
lentamente, más despacio que el carro del helado
por las calles rotosas del Mirador del Diezmero,
mostrándoselo todo.
—Y ésa es una librería
—decía Walpi como si
ellos no hubieran visto jamás una, como si las
vidrieras llenas de libros no delataran la
función de ese establecimiento—.
Es la mejor de Miami, hacen tertulias y todo
Aminoró más la marcha.
—Esto es la Royal Trust Tower, desde aquí se
transmite La Cubanísima. Y ése es un almacén de
santos y cosas de santos.
Doblaron por Avenida Diecisiete, a
la derecha,
y Walpi señaló La Ermita de la Caridad, una
especie de tienda de campaña hecha en
mampostería, que señala hacia Cuba, según
dicen.
Enildo, seguía buscando a Yindra. Ya no le
importaban La Ermita, ni los periodicuchos que
vendían en todas las esquinas, ni los comercios
de Avenida Dieciocho, ni le dio risa, como a los
otros, que a la esquina de Ocho y Dieciocho le
llamaran -la esquina del "pase", por lo de
la venta de cocaína; nada: él seguía ensayando
las futuras escenas de su filme con Yindra,
pensaba en los desnudos, en los diálogos, él
mismo haría el guión, sería una película de
actores, solos los dos, y en una sola locación,
un solo set: la cama. Comenzó a sonreír
tontamente. En la esquina de Ocho y Quince vieron
a unos viejos que jugaban al dominó, en
chancletas, con las camisas abiertas y el tabaco
en la mano, como en los portales de Luyanó y La
Víbora.
-Y allá abajo, dos cuadras más abajo, van a
ver el Monumento a Playa Girón, a los que cayeron
combatiendo.
Aqui Enildo se salió del set, corten, corten,
le soltó la mano a Yindra y miró con curiosidad
al Monumento. "Qué ironía", pensó,
"nosotros le hacemos monumentos a los
nuestros y ellos a los suyos"; pero
inmediatamente se dio cuenta de la vaguedad de los
términos nuestros/suyos, ahora que él estaba
ahora alli, dentro de aqueIla furgoneta
(¿suya/nuestra?). Volvió a extraviarse, ya no
escuchó ni entendió la explicación de que en
esa esquina se habían encontrado Howard Hunt y
"Macho" Barker, que allí había comenzado a
tejerse el Watergate y el fin de Nixon.
—Tengo hambre
—se atrevió a decir Pepe Gibara.
Había estado todo el tiempo en silencio,
llenándose de asombro, constatando que no era
mentira todo lo que decían de la Yuma en el
barrio.
—Ya, Ya, man —se rió Walpi—, vamos a parar
aquí mismo. Esto no es Cuba. Aquí comida
sobra. Mira, ese restaurante es La Esquina de
Tejas.... si, como en la Habana no me gusta
mucho, pero vamos a comer, man, yo también
tengo hambre.
Walpi comía, bebía cerveza y se reía como un
niño. Pidió bistecs para los cinco, grandes
bistecs de palomilla con muchas papas fritas, y
dos raciones de congrí para Pepe, tomate para
todos, cervezas para todos, menos para él, coman
sin pena, y no podía faltar el chiste, coman sin
vergüenzas. Luego pidió un hotdog para él, un
jot dog, man, sin mostaza pero con mucho kepchut,
y otra ración de papas fritas. Lorenzo al Cubo,
que ya estaba más suelto gracias a la cerveza,
pidió, para él también, otro perro caliente, y
masticaba groseramente, apurado, como si el perro
fuera a salir corriendo
Comían, y Walpi hacia cuentos sobre ese
restaurante. Insistía en que a él no le gustaba,
mucha politiquería, mucho chisme, aquí se tumba
a Castro todos los días, decía, por eso le
llaman El Pentágono. Y seguía haciendo cuentos
sobre la fama de La Esquina de Tejas, que,
comprobaban poco a poco, nada tenía que ver con
la mítica esquina de Monte e Infanta, cuentos
reales de personajes reales que se
habían hecho
famosos, años atrás, el restaurante: un hombre
que se paseaba todas las tardes con un retrato de
Batista en el pecho; o Kiko Prieto, que repartía
tabacos con anillos que tenían la foto de Fidel
impresa, cuando no andaba por las calles con un
cuadro de Stalin; o el loquito de la Calle Ocho,
que daba discursos más largos y más locos que el
mismísimo Castro, iah, si lo hubieran visto!,
decía que los Estados Unidos estaban controlados
por dos emisarios castristas: Jimmy Carter y
George McGovern; decía que Jimmy Carter era de
Santos Suárez y George McGovern de Luyanó, que
él los había conocido a ambos en La Esquina de
Tejas, la original, y que Fidel los había
infiltrado. Apenas podían comer de la risa.
Enildo tosía poniéndose la mano en la boca, pero
sin poder evitar escupitajos. Lorenzo soltaba
trocitos de pan húmedo con sus carcajadas y
trataba de explicarle a Gibara quienes eran Carter
y McGovern para que él también pudiera entender
el chiste. Gustavo y Walpi bebían cerveza y se
reían, no se sabe cuál de los dos con aspecto
más infantil y franco. Walpi pidió otras
cervezas para ellos cuatro, él no, estaba
manejando.
Salieron a caminar un poco, a eructar el
almuerzo, a hacer la digestión mirando de cerca,
desde dentro, La Pequeña Habana. Enildo lamentó
no estar otra vez tras la cámara de la
ventanilla, pero sí le venía bien una caminadita,
sentir Miami, verla, tocarla, una ciudad que odió
durante tantos años y que ahora le había dado de
almorzar y le permitía acercarse a su Yindra. Se
sentía mejor.
Caminaron dos cuadras. En el fondo Gustavo y
Lorenzo al Cubo se sentían un poco
desilusionados: no hubo gran ceremonia, no hubo
procesión triunfal por el centro de Miami ni la
noticia de su llegada había sido lanzada al aire
por los canales televisivos. Todas sus
perspectivas de vedetismo social se habían
quedado, en los dos primeros días, como simples
ensoñaciones románticas, se habian reducido a
torpes charlas en Coral Gable, un buen almuerzo en
La Esquina de Tejas, y ahora esa caminata
relajante. Al rato, como quien no quiere las
cosas, Lorenzo al Cubo le preguntó a Walpi por
Radio Martí, y se desilusionó más todavía
cuando supo que se transmitía desde Washington.
-Pero... no te preocupes, mandamos la noticia,
y si quieres saludar a tu gente llamamos por
teléfono.
Pobre Lorenzo, pensó Enildo, se quedó con las
ganas de protagonismo. Pero tío Walpi cumplió la
promesa, y al tercer dia Lorenzo Lorenzo Lorenzo
hablaba en nombre de los cuatro para toda Cuba, y
Enildo imaginaba la clandestinidad de los oyentes
en el barrio, bajando el volumen de la radio para
oir las noticias en el intermedio de la
radionovela, y la alegría que deberían de sentir
sus amigos y parientes al pasar de la voz
maquiavélica del doctor Malabé, y de las
lágrimas de Esmeralda a saber que ellos estaban
bien, que habían llegado, Lorenzo al Cubo,
Gustavo Enriquez, Pepe Gibara, Enildo Niebla, y
escuchar que los cuatro les mandan saludos y
besos, antes de que comience otra vez la musiquita
que identifica a la emisora, la que obliga a todo
el mundo a bajar el volumen de la radio, por si
pasa cerca un policía, o alguien del Comité (que
debe de oir también Esmeralda, pero muy
bajito, sólo como estrategia, para comparar lo
que escucha en su radio con lo que escucha la
vecina de enfrente y poder descubrir quiénes oyen
la emisora enemiga en la cuadra).
Y al cuarto día hubo una escueta nota en el Nuevo
Herald, en un pequeño espacio intitulado
"Los balseros cubanos", en la página 8,
entre la continuación de un extenso
"Obituario" que venía de la pagina 4 y
una entrevista al champion hitter de la temporada.
Enildo tomó el periódico y constató, primero
con sorpresa y luego con una tristeza indefinible,
que el "Obituario" estaba lleno de
cubanos; había una mujer de origen español, un
estadounidense, y todos los demás eran muertos
cubanos. Tomó esa hoja, la doblé, y la guardó
en la chistera que le habia regalado el tio Walpi.
La guardó con cuidado entre las dos fotos de
Yindra, la de su hijo, sus papeles de
identificación y el tubo de salbutamol
inseparable.
Cinco dias más estuvieron unidos, en casa de
tio Walpi, viviendo de sus bondades y conociendo
más de cerca la ciudad, con su ayuda. Pero a la
quinta noche Pepe Gibara dijo que se iba, que lo
despidieran de Walpi Lorenzo, pero que él se iba,
sí, tenia el número de teléfono, los llamaría
alguna vez, y se alejó como un explorador curioso
a buscar nuevos mundos, con su vistoso paso de
guanabacoense, de guapo de barrio, volviéndose y
diciendo adiós cada dos o tres metros antes de
perderse en una esquina.
Gustavo y Enildo se quedaron junto a Lorenzo al
Cubo, apoyados por él, no se desesperen, tío
Walpi nos va a buscar alguna pincha, brothers, no
te desesperes, man, le insistía a Gustavo, que no
dejaba de llamar a New Jersey, a casa de sus
primos, para que vinieran a buscarlo. Lorenzo sí
estaba a sus anchas, felicísimo, con los suyos, y
ante ese argumento no podía decirle nada a
Gustavo Enríquez. Enildo se
mantenía callado, pasaba los días en un total
amodorramiento, sólo hablaba sobre Yindra Skármeta y sobre Manhattan,
mirando mapas, calculando distancias, pensando
como haría para llegar a ellas, a la ciudad y a
Yindra. Se distraía poco. Lo más que hacia era
leer: revistas y periódicos, y algunos párrafos
de una novela de Stephen King que alguien de la
casa había comenzado a leer, el marcador en la
página 28, el libro hinchado, entreabiertas las
páginas por el manoseo. Su. amodorramiento era
una mezcla de tristeza, impotencia, inutilidad,
nostalgia. Y contra esto luchaban, denodadamente,
todos: Lorenzo al Cubo, Walpi Lorenzo, Loida, su
esposa, y Jennifer, su hija, que era quien, se
enteraba ahora Enildo, estaba leyendo la novela de
Stephen King, pero no le gustaba, le parecía
truculento y peliculero, reía, echaba el cabello
hacia atrás, cruzaba una pierna, gesticulaba
histriónicamente, y hasta ensayaba flirteos y
poses, tal vez verdaderos, tal vez para alegrarlo,
pero en fin, inútiles
El asma aparecía con brutal puntualidad, al
caer el crepúsculo, y con el asma volvían sobre
él Yindra, Manhattan, Cuba, la tristeza. Gustavo
hacia dos días que se había ido a New Jersey,
con sus primos. Lorenzo al Cubo y Jennifer
deambulaban por la ciudad, paseaban, bebían, se
divertían Y dejaban por incorregible al huésped
asmático, melancólico y solitario que era Enildo
Niebla. él tampoco quería estropearles la noche.
Vayan ustedes, no tengan pena, Yo me quedo
leyendo. De nada valían tampoco las
conversaciones domésticas de Loida, las
anécdotas de Walpi, las ofertas de televisión
tan alabadas por ambos pero tan sosas para Enildo.
Miraba los partidos de béisbol de las Grandes
Ligas, todo un sueño entre la gente de su barrio,
por si en las gradas encontraba a Yindra. Miraba
los programas de participación por si en el
público encontraba a Yindra. Los miraba, pero no
los veía, ni los oía, ni le interesaban. Home
rum to right centerl, gritos, aplausos y
chiflidos, pero esa rubia a la que casi golpea la
pelota no tiene el pelo rizo ni los ojos azules.
Mucha risa y aplausos en el plató, alguien ha
dicho una burrada y se han reído todos, algunos
enseñando dientes de oro, o colmillos de oro,
pero ninguno tiene la dentadura, tan blanca y tan
pareja, nadie los labios tan sensuales, basta ya
de paneos, basta ya de zoom in y de zoom back, que
mierda de programa, Yindra.
Una noche, Walpi Lorenzo invitó a cenar en el
restaurante Tropical. -pero por qué siempre dirá
Trópical?-, pensó Enildo, -¿por qué le
forzará el acento de esa forma, si se escribe
igual?-, pensó Enildo, "no es como el caso
de los pescadores del Singleton que
alardeaban de haber hecho con nosotros la mejor
pesca de la season", pensó Enildo, -en ese
caso estaba más justificado; ¿por qué Walpi, y
los demás, todos no dirán Tropical en vez de
Trópical"- se remordía los sesos Enildo,
¿y por qué usarán el vocativo man en cada
frase? Bueno, son muchos años viviendo aquí, eso
de man se pega, nuestro como el asere en el
Diezmero; Pepe Gibara, por ejemplo, dentro de poco
no dirá asere, broder ni monina, dirá man, choca
esos cinco, man, vamos a echarnos un litro, man,
pero eso si, seguramente no dirá nunca Trópical,
seguramente no-"’, seguia pensando Enildo.
Fueron a la cena todos: el matrimonio Lorenzo,
la hermosa Jennifer, Lorenzo al Cubo y el afligido
Enildo Niebla. Enildo, en realidad, ya era como de
la familia. Lorenzo al Cubo, a sus espaldas,
había contado su historia de niño huérfano, de
niño abandonado por la madre, de niño criado por
su abuela que había muerto hacia poco, un buen
muchacho, un buen amigo, inteligente y buena
gente, y está solo en el mundo, tio Walpi, está
solo de veras, tía Loida, y triste, Jennifer,
hasta la mujer que ama lo ha dejado. Y no era
lástima lo de la familia Lorenzo. Era
solidaridad, algo que Enildo jamás hubiera
pensado encontrar en Miami.
El Tropical era un restaurante espacioso, con
comida, criolla, y contaba con un grupo de poetas
repentistas que amenizaba la cena con sus
décimas. Enildo recordó a La Abuela. Le
sorprendió que en Miami, en Estados Unidos,
hubiera algo tan rústico como el punto guajiro.
La comida, otra vez, era exquisita. Pidieron
churrascos, aguacate, congrí plátano chatino,
cervezas. Y a Lorenzo al Cubo se le escapó un
coñó, que grande!, cuando vio el churrasco,
ornado con rodajas, de cebolla blanca, humeante,
desparramarse por los bordes del plato. lCoñó,
qué grande!, y hasta Enildo tuvo que reírse, el
comentario llegó a las otras mesas, y la camarera
dijo, como en Cuba, no?, sonriendo, y Lorenzo al Cubo se apenó de veras,
había sido una imprudencia suya, pero comenzó a
reírse él también, como en Cuba, ¿no?, y le
hizo un guiño cómplice a la camarera, que se
iba.
Comieron bien, conversaron sobre Cuba y sobre
el viaje y sobre el Periodo Especial y sobre
Castro, decía Walpi, sobre Fidel, decía Lorenzo,
que pese a estar en Miami ya no sabía que decir
contra el Fifo, y sobre la vida cotidiana en Cuba,
ya había repetido todos sus argumentos, ahora se
limitaba a decir que si, a mover la cabeza
afirmativamente como prueba de apoyo a los
argumentos de su tio. Luego Enildo dijo, si, pero
que va, estos aguacates no saben como en Cuba, les
falta sabor, vaya. Y Walpi Lorenzo, como siempre
que alguien le decía esto mismo, contestó lo
mismo, con el mismo tono justificativo, con los
mismos gestos de hombros y ojos:
-Es la tierra, man, les falta el sabor de la
tierra.
Continuaron conversando, bebiendo cerveza. Era
esta la primera vez que Enildo soltaba la molicie,
el ensimismamiento.
Los músicos tocaban y los poetas seguían
enfrascados en la controversia. Sus décimas eran
todas de tono nostálgico, hablaban de La Habana,
del Malecón, del arado, la carreta y las palmas
guajiras, lanzaban saludos y referencias a los
comensales, y a veces elogiaban puerilmente a
algunos con metáforas exageradas y melosas.
Vestían guayaberas blancas, algunos con sombreros
y otros no. Enildo bebía lentamente su cerveza y
se quedaba embobecido escuchando el punteo
familiar del laud y el tres, el raca-raca del gui
de santos ro y el tap-tap de las claves. Nunca
pensó que aquella guajirada le estremeciera
tanto. Ahora recordaba a Electra, las visitas a
Matanzas y los guateques en casa de sus primos,
sus burlas descorteses frente a los poetas. Los
repentistas eran cuatro, pero destacaba un tal
Pablo León, un guajiro alto, de cara triste, voz
de falsete y tonada melancólica. Era el más
famoso, le gritaban y aplaudían mucho, pero,
Enildo no recordó haberlo visto nunca en Palmas y
Cañas. Comenzó a deprimirse. Era demasiado
fuerte el ambiente criollo, la comida, la cerveza,
la voz melancólica y las décimas tristes de
aquel Pablo, su cara de guajiro extraviado entre
aquel lujo. Enildo comenzó a mirarlo como a un
espejo que le improvisara: ese Pablo era él
mismo, esa voz falseteada era su voz, ese aire
compungido era su aire, y esos versos de total
desarraigo eran los versos que alguna vez tendría
que cantar en el futuro. Estaba callado, y cuando
Lorenzo al Cubo reparo en él se dio cuenta de que
estaba llorando.
-¿Qué pasa, Enildo? –dijo jennifer, al otro
lado, poniéndole una mano inocentona sobre el
muslo. Y Walpi Lorenzo pidió más cerveza. Y
Loida Lorenzo dijo, dejenlo, dejenlo, que se
desahogue. Y Enildo sintió que la frase era
exacta: si, se estaba ahogando, tenia que sacar la
cabeza de aquel charco nostálgico, turbio y
borrascoso, para desahogarse. Walpi Lorenzo llamó
al mejor poeta y le puso un pie forzado: -La
llegada de un amigo-, señalando a Enildo, que
estaba en pleno acto de desahogo. El poeta
regresó hacia el grupo e hizo una seña al
laudista para que cambiara, el tono. Comenzó
entonces una melodía suave, más triste aun, más
lenta. Pablo León le daba vueltas al cable entre
las manos y movía, pensativo, el zapato derecho
sobre el suelo. Ahora todos hacían silencio, lo
miraban. Cerró el punto:
Siempre que llega un cubano
de Pinar o de La Habana...
Hizo una pausa, recomenzó la música, y todos
los ojos se clavaron en él, y en el laudista que
tocaba haciendo movimientos extraños con la cara
y los hombros. Cerró otra vez el punto y volvió
Pablo, ahora dando un paso hacia el frente:
Siempre que llega un cubano
de Pinar o de La Habana
trae olor a palma cana
y a guateque en cada mano.
Se hizo silencio, solo los instrumentos
llenaban todo el salón del Tropical, las calles
aledañas, las memorias. Los dependientes se
habían detenido y escuchaban también, con
expectativa, al repentista. Volvió su voz, con
énfasis:
Yo que vivo tan lejano
y apenas vivir consigo...
Calló el poeta, cerró un poco los ojos,
volvió la música, hubo murmullos, sonrió el
laudista, y Walpi Lorenzo miró a Enildo con
rostro de satisfacción, como si fuera él quien
cantara la décima. Ahora Pablo León pareció, de
pronto, despertarse, se adelantó un. poco, hacia
Enildo, abrió mucho los ojos y extendió la mano
en un gesto ambiguo, languideciendo todavia más
el timbre de la voz:
Cuando converso conmigo,
nazco, canto, crezco y lloro,
porque en tu voz corroboro
la llegada de un amigo.
Los aplausos fueron estruendosos, acrecentados
por la buena acústica del restaurante, y Enildo
sonrió, sonrió de veras, emocionado,
aplaudiendo. Los instrumentos se callaron de golpe
y en medio del silencio musical, entre la bruma
acústica de los comentarios y los ruidos de la
cubertería, sorprendió la voz borrosa de Enildo
Niebla:
-Quiero que cante
otra... -dijo, alzando la mano como si estuviera
en una reunión o en un aula-. Quiero que ahora.
termine... "Por una mujer ausente".
Walpi y Loida aplaudieron entusiastas, pero
Lorenzo al Cubo y Jennifer se miraron y miraron
a Enildo, como bus cando la punta. de aquella
madeja de sentimientos ebrios.
El laúd volvió con más fuerza que antes, a
introducir el punto, y casi de inmediato se
sumaron el tres, la guitarra, las claves y el
güiro, y aquello parecía una orquesta guajira,
acrecentado el efecto sonoro por las palmadas de
algunos comensales. Se oyó otra vez la voz
triste, nasal, interrumpir la música:
La enfermedad del amor
es tan dolorosa y grave
e hizo una pequeña pausa, miró a Enildo
fijamente a los Ojos, y continuó, acelerando el
ritmo:
que el que la tiene no sabe
si es alegría o dolor
Algunos comensales aplaudieron y otros
continuaron mirando al poeta, corno esperando la
continuación de la estrofa. Enildo estaba
embobecido entre el punteo del laúd y la mirada
absorta, en éxtasis, del tal Pablo. Volvió a
escucharse su voz lánguida:
La distancia es la peor
enemiga de la mente..
Y el laudista rompió de nuevo el punto,
estremeciéndose todo, haciendo muecas de placer
musical.
-Ya lo tiene! -susurró Walpi, acercándose
a] oído de Lorenzo al Cubo. Loida y Jennifer
asintieron risueñas y Enildo siguió mirando a
Pablo, sin moverse. Pablo tenia otra vez la
mirada fija en el suelo, frente a él, y movía
el pie como si aplastara algo sobre el suelo,
concentrado, sosteniendo el micrófono con la
mano derecha:
Y el amante, lentamente,
si el amor no lo consuela...
Y ahora hizo mayor énfasis, abrió los
brazos en gesto teatral, mirando a Enildo:
se gasta como, una vela Por una mujer
ausente.
Ahora los aplausos eran mayores, Pero Enildo
sonreía menos y aplaudía menos. La cera
derretida le corría por la frente, por los
pómulos, iba goteando y manchando la mesa, el
restaurante. Ahora su cabeza estaba Ilena de
recuerdos incoherentes y desordenados, Yindra,
La Abuela, La Parranda. de Radio Rebelde,
Manhattan, Palmas y Cañas, Jeffrey
O'Neil, Fiesta Guajira de Radio Progreso,
los guateques con Electra en Matanzas. Ahora su
corazón estaba muy lejos del Tropical, también
derritiéndose. Tomó la copa con una mano y la
mano de Jennifer con la otra, apretándola sobre
su muslo.
-¿Qué pasa, man? -repitió Walpi Lorenzo
palmeándole con cariño y brusquedad el hombro.
-Está borracho -dijo Lorenzo al Cubo viendo
como Jennifer, con la mano que tenia libre, le
secaba las lágrimas.
Enildo se levantó, fue al baño, y al pasar
junto a Pablo, León le dio la mano, agradecido,
pero, no le dijo nada. Al regresar, vio como
Walpi Lorenzo le metía un billete en el
bolsillo de la guayabera al viejo poeta que
había dicho por él aquellos versos. Se sentó,
tomó la copa, se acercó al oído de Lorenzo al
Cubo y le dijo lo mismo que le había dicho la
noche anterior antes de acostarse:
-Yo tengo que ir a Manhattan, Loren
-tomándole la cabeza con la mano-, tengo que ir
-pegándose tanto que ensalivaba la oreja de
Lorenzo al Cubo-, tengo que hallar a Yindra,
díselo al tío, Walpi, díselo -soltándole la
cabeza y separándose.
Lorenzo no contestaba. Ahora era él quien
ponía la mano sobre el muslo de Enildo y le
daba palmaditas persuasivas, suaves.
-Que me preste dinero, Loren –volvió a
decir Enildo desde su asiento, sin acercarse
tanto esta vez-. Yo se lo levuelvo en cuanto...
-Okey, okey -se apuró en decir Lorenzo al
Cubo, como para que los otros no se dieran
cuenta, y volvió a prometer, como la noche
anterior, que hablaría con Walpi, -cuando
llegaran a la casa, cuando no estuvieran
bebiendo.
Pero era demasiada la. cerveza, demasiada la
nostalgia, demasiadas las ansias contenidas.
Enildo esperó un monento en que Lorenzo al Cubo
había ido al baño, se aceró a Walpi
Lorenzo y le habló claro: él se había ido de
-Cuba solo por eso, solo para eso, él tenia que
encontrar a Yindra, que ir a Manhattan, Walpi
tenia que ayudarlo, por favor, please. Walpi
Lorenzo estaba también ebrio y se echó a reir,
~pero eso es todo, man?, riendo y abrazándolo,
apartándose con él hacia detrás de las
últimas mesas. Enildo insistió, insistió,
quiso' explicarle y enternecerlo con la palabra
amor, con la palabra soledad, con la sonoridad
del nombre Yindra. Skarmeta Llorenz, con la
voluptuosidad y la belleza de aquellas dos fotos
que guardaba como una reliquia, pero Walpi
Lorenzo estaba ebrio y llevó su propia copa de
cerveza a los labios de Enildo y casi le gritó
en la cara, okey, man, no hay, problema, no
problem, man, y le ordenó -le dijo: -fijate: te
lo ordeno-- que nunca más se hablara del
asunto.
Walpi Lorenzo estaba ebrio, demasiado ebrio.
Por eso a Enildo Niebla le parecía mentira que
a los tres días de aquella conversación en el
Tropical él estuviera acomodado en uno de los
asientos del vuelo Miami-New York, asiento
24-1), fasten seat belts, no smoking, él solo,
feliz, cruzando, sobrevolando las nubes y los
rascacielo de la ciudad más cosmopolita de
Estados Unidos, la vista aérea más famosa del
mundo, acordándose una vez más de La Película
del Sábado. Le parecía mentira que en tan poco
tiempo, como en el clásico abrir y cerrar de
ojos, estuviera, él, Enildo Niebla Freire,
mareado, con un pequeño repunte de asma, bajo
el desconocido cielo de Manhattan, junto a los
ultramodernos hangares del aeropuerto Kennedy,
atravesando viaductos y túneles, entrando al
puente Triboruogh, mirando embobado la papada
del taxista, de perfil, mientras éste paga el
peaje para entrar a la ciudad, ¿todos los
neoyorkinos serán así, papudos?, mirando los
semáforos de Primera Avenida como si en Cuba no
hubiera semáforos, como si fuera la primera vez
que una luz roja hiciera intermitencias delante
de sus ojos, ¿todos se parecerán tanto al Papa
O'Neil?, mirando las escalas mecánicas para
casos de incendio, los porches de Harlem, el
caminar lento de los portorriqueños, la
elegancia barroca de Quinta Avenida, las luces
del Central Park, el fresco Riverside-Drive, y
sintiendo el olor penetrante del Hudson, y los
rascacielos, oh, los rascacielos, a qué poca
distancia estaba ya de Yindra.
*Alexis Díaz Pimienta es
narrador, poeta, investigador y repentista. Con
esta obra, en proceso editorial en Cuba, obtuvo el
Premio de Novela Alba/ Prensa Canaria (1998).
Posee la Medalla por la Cultura Nacional.
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NOTAS AL
FASCISMO CORRIENTE
Saltan las liebres
Desde que apareció la primera edición de La Jiribilla,
muchos son los mensajes enviados para solicitar nuestras
actualizaciones. Algunos se ofrecen desde Miami, Madrid y
otras partes del mundo como colaboradores voluntarios. Y
otros, nos envían su aliento en el proyecto y hasta un poema.
Y obviamente, saltan las liebres heridas, expulsan veneno,
lloran insultos, muestran su estupor. Un plumífero corrió la
voz de que La Jiribilla es una publicación oficial del
gobierno cubano. Este señor, aunque lo niegue, sabe bien que
en Cuba todos somos gobierno. Es preferible tener gobierno a
tener amo. Un amo tan generoso como el yanqui, que se hace el
de la vista gorda cuando le paga a la misma gente, ya sea en
Radio Martí o en su recién aparecida versión digital. Y algunas
cifras son públicas, otras no. El Nuevo Herald
admitió sin pudor que solo para esta versión en Internet
entregó 250 000 dólares. ¡Oh, Jesús! |
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