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LA HABANA REVERENCIA AL BUEN CINE
Sí, el Festival de Cine de La Habana es una especie de apoteosis que signa la ciudad cada diciembre a través de un ciclo misterioso y divino que sólo cesa cuando el último de los espectadores se rinde a la evidencia de que ya todo terminó.
Mario Vizcaíno Serrat |
La
Habana
Como suele ocurrir en estos días de benigno invierno cubano, el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano se adueñó ya de los espectadores que esperan ansiosamente esta época del año. Desde el lunes pasado, La Habana es una ciudad con rostro de cine.
La muchedumbre empezó tempranamente a exhibir su sed de buena filmografía, en medio de un ambiente inconfundible. Es impresionante cómo una urbe de más de dos millones de habitantes adquiere cada diciembre una pose como de gran espectador, y lo logra aun antes del comienzo de este maratón cinematográfico de 10 días.
Justamente cuando el principal encuentro fílmico de América Latina ha agotado la mitad de su tiempo, los cubanos persisten en alargar cada día en su empeño inalcanzable por ver todas las cintas, tanto las que pugnan por los premios Coral como las de la muestra internacional. Por eso, hasta las salas más apartadas de la ciudad, tranquilas desde enero hasta noviembre, están siendo prácticamente asaltadas. Como cada edición, los espectadores entran y salen de los cines con apuntes y cuentas sobre las obras candidatas a premios, y dejan entusiastamente su opinión en las boletas que recogen en la taquilla antes de comenzar la película.
Los periodistas aprovechan el privilegio del oficio para conversar con figuras del cine o la literatura que suelen llegar a La Habana para este espectáculo. A medida que avanza el encuentro, se agazapan en el Hotel Nacional, sede habitual del centro de prensa, en busca de estrellas, cuya presencia distingue al festival y dignifica a La Habana. Posiblemente sean estos días los más tensos para los trabajadores del hotel, porque el batallón de reporteros lo revuelve todo.
El Festival, a pesar de su desventajosa posición económica respecto a Hollywood o a Europa, que además disponen de un aparato publicitario sólido, sigue siendo un espacio que estimula el buen cine, incluso en aquellos países donde el apoyo económico al séptimo arte es apenas simbólico. En Cuba, donde la producción de películas pugna por recuperar el ritmo de otros tiempos, la cita es una gran fiesta de la cultura: hay conferencias de prensa, conciertos, exposiciones de pintura y dibujo, homenajes. Casi toda la ciudad da vueltas alrededor del festival, y poco del espíritu social queda al margen. En cualquier sitio, a cualquier hora, hay directores tensos soñando con las premiaciones, actores en busca de contratos, cientos de miles de espectadores que abandonan sus casas hasta que cae la ultima cortina, como felices rehenes del cine.
Mientras dura esta fiebre de la imagen, la pregunta ¿qué viste anoche? baila inquieta en los labios del público, que nunca comprende, por más que se acostumbre a los festivales, que es imposible contemplar la lista completa de filmes que los organizadores logran traer a La Habana, tras una suerte de embrujo mundial.
Muestras de cine holandés, danés, suizo, italiano, francés, español, norteamericano, pasan por el ojo crítico de los habaneros,
y de quienes viven en las provincias subsedes del
Festival, que, tras 10 días de intenso ajetreo de una sala en otra, confunden tramas y títulos, y al final, pierden la cuenta de las películas que vieron. Es tanto el delirio cinematográfico, que cuando los amigos se reúnen, compiten para determinar quién entró más veces a un cine.
Las imprentas disponen de un espacio en las tiradas de los periódicos para armar diariamente una cartelera con las películas en todas las salas de la capital cubana. Esta programación se encuentra con seguridad en el Hotel Nacional y detrás de los cristales de los cines. Al terminar la noche, los cristales están empañados de tanta huella de espectador que pasó por allí durante el día.
Alfredo Guevara, presidente del Festival, se vio radiante en su primera aparición televisiva, al comenzar el maratón, y no dudó que este año, también, la cifra de cinéfilos supere el medio millón.
Sí, el festival de cine de La Habana es una especie de apoteosis que signa la ciudad cada diciembre a través de un ciclo misterioso y divino que sólo cesa cuando el último de los espectadores se rinde a la evidencia de que ya todo terminó.
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