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NO
HAY QUE PEDIR DISCULPAS POR SER DIFERENTES
Según
Ignacio Ramonet "el cine latinoamericano y el festival de La Habana son
muy importantes. El festival es único
en América Latina y único por su originalidad prácticamente
en el mundo. La simple existencia de una
película latinoamericana es ya un acto de
resistencia". Reflexiones, en exclusiva para La Jiribilla,
del
director de Le Monde Diplomatique, quien
presentará próximamente un nuevo libro en La Habana.
Julio César Guanche |
La
Habana
"La
simple existencia de una película latinoamericana es ya
un acto de resistencia", afirma Ignacio Ramonet,
director de Le Monde Diplomatique y uno de los más
prestigiosos investigadores de la mundialización.
Libros suyos, La golosina visual y La Tiranía de la
Comunicación, por ejemplo, unidos al ejercicio
constante que hace del periodismo, demuestran en él un
hondo y creativo ejercicio del pensar, subrayado además
por una escritura con muy solvente imaginación. Las
analogías, los conceptos, y las imágenes presentes en
sus textos lo retratan como un intelectual rebelde y de
una frescura a prueba de dogmas. Inspirador y partícipe
de importantes eventos, organizaciones y espacios de
reflexión contra la globalización hegemónica, como el
Foro Social Mundial, ATTAC, o los Encuentros de
Economistas de La Habana, acudió a una nueva cita con
la que es capital del cine en Latinoamérica en los
primeros días de cada diciembre. Invitado por Alfredo
Guevara y por la UNESCO a participar en el Seminario de
Reflexión sobre medios audiovisuales, diversidad
cultural e identidad ante el reto de las nuevas
tecnologías,
espacio de análisis esencial dentro de la 23 edición
del Festival Internacional del Nuevo Cine
Latinoamericano, accedió a ser entrevistado, en
exclusiva, por La Jiribilla.
-Usted, durante el Seminario, habló de una
"hegemonía de rostro afable" ejercida por los
poderes capitalistas dominantes para controlar las
inteligencias y los corazones. Ahora bien, ¿no se
ejerce también una violencia desde la cultura?
-Evidentemente, la cultura puede ser uno de los
instrumentos de la violencia. El asunto está en cómo
se procede para sustituir una cultura por otra. En un
proceso de dominación, lo que primero se domina,
mediante el uso de la violencia, es el territorio. Luego
se someten los cuerpos, y en última instancia, los
elementos culturales. Se imponen la lengua, la religión
y los valores en que un pueblo cree sobre otros. Pero es
preciso distinguir entre el proceso de conquista
violenta de los cuerpos, de los territorios y riquezas,
y el proceso de dominación cultural. Mi criterio es que
este proceso puede hacerse sin violencia aparente, sin
violencia "violenta". Por ello se utilizan métodos
de seducción, de manipulación del espíritu. Se busca
que la persona, por sí misma, abandone su cultura y
adopte la cultura del dominador. Es más rentable
dominar sin violencia, porque esta suscita resistencias,
en cambio, si se hace de manera "afable", con
elementos que permiten seducir, manipular, conquistar
-como se conquista, digamos, en una relación amorosa-,
entonces en ese tipo de conquista la violencia no podrá
apreciarse, está camuflada. Evidentemente, el resultado
va a ser violento. Lo que se hace necesario hoy día es,
precisamente, poner de relieve que esa relación
seductora es una relación violenta.
-Esa relación, ¿cómo se ha puesto de manifiesto en
el tratamiento que la prensa le ha dado a la guerra de
Afganistán?
-La guerra de Afganistán se produce en un contexto muy
maniqueo, porque comienza por un crimen. No existe causa
alguna que pueda justificar la monstruosidad del 11 de
septiembre. Los EE.UU. recibieron automáticamente el
"buen papel" de manos de los autores de los
atentados. Ahora "le toca" a este país
defender el bien contra el mal, la civilización contra
la barbarie. Esa concepción maniquea hace que la guerra
de Afganistán también le confiera a los Estados Unidos
el papel de estar luchando contra las dictaduras, los
regímenes odiosos, es decir, de estar luchando por la
democracia, la libertad, por el ejercicio libre de una
cultura de tolerancia. Obviamente, esta guerra
contribuye a reforzar todos los parámetros que
presentan a Estados Unidos como el paladín de las
virtudes contemporáneas.
-Se aprecia en los grandes medios una comunión de
intereses, de objetivos, entre el gobierno
norteamericano y los grandes medios, en apoyo de la
guerra. Dentro de esa circunstancia, ¿qué espacio le
queda al pensamiento crítico?
-El pensamiento crítico se encuentra maltratado desde
la caída del Muro de Berlín. Muchos intelectuales críticos,
poco a poco, han sido ganados por el pensamiento
ultraliberal de la mundialización. Hoy es crucial
reconstruir un pensamiento crítico, ofrecer una lectura
diferente de la situación del mundo. Estamos trabajando
en extender el concepto de industria cultural al sector
comercial, a aspectos que aparentemente no podían
contemplarse en ese término; en lo que es el
pensamiento único; en la posibilidad de rearmar al
movimiento social a escala internacional con eslóganes
o argumentos creativos. Sería una manera de refrescar
el pensamiento crítico.
-Uno de los temas a los que está dedicado el
festival es el de la diversidad. Muchos piensan que el
poder hegemónico actual, en alguna medida, instrumenta
este concepto buscando atomizar a los sujetos sociales.
De hecho, existe un umbral de permisibilidad para
ciertas diversidades habilitado por el poder, a quien le
interesa que los actores sociales se encuentren bien
separados, en las llamadas "subculturas". ¿Cuál
es la diversidad que usted defiende?
-La diversidad es sin dudas importante. La
independencia, por ejemplo, es la defensa de una
diferencia. La diversidad es el derecho a poder ser
diferentes, a pensar de manera diferente, a poder tener
un sentido crítico, a tener referencias a una atmósfera
cultural diferente sin que eso constituya una culpa, sin
que haya que disculparse por ello.
Hoy día esta diversidad cultural se encuentra, a su
vez, muy defendida y muy hostigada. Se defiende en un
plano teórico, formal, pero ¿qué diversidad se
defiende normalmente? El sistema comercial, el sistema
económico dominante de la mundialización, defiende la
diversidad en el sentido del derecho de algunos de
nosotros a tener T-shirts, zapatos o lugares de
veraneo diferentes. Es un concepto muy formal de
diversidad. Estas narraciones apuntan, en definitiva, a
que tenemos que consumir para ser libres. Hay que
consumir y hay que producir. El que lo hace está dentro
del sistema y puede ejercer su diversidad y ser libre
según los criterios del mercado. Pero si usted quiere
ser libre criticando estas cuestiones, diciendo lo que
yo estoy comentando aquí, eso ya es mucho más
complicado. El sistema no acepta la crítica, el sistema
no acepta que se desmonte el aparato intelectual con el
que defiende su práctica de la diversidad. Si usted
quiere ser comunista, anarquista, revolucionario, o
talibán, por decir algo, entonces el sistema no lo
acepta. No es tan fácil aceptar las diferencias de tipo
político ni las de tipo socio- económico.
-Usted hablaba de que la hegemonía se basa en el
control de la producción de sentidos. El cine actual
que se genera en Latinoamérica, ¿contribuye a una
emancipación de los sentidos, de los puntos de vista y
de los conceptos impuestos por el capitalismo
nortecéntrico?
-El cine latinoamericano y el festival de La Habana son
muy importantes. Es capital que exista un evento como
este. Estamos hablando de Nuevo Cine Latinoamericano, un
cine normalmente avasallado, aplastado, por la ofensiva
comercial norteamericana. La simple existencia de una
película latinoamericana es ya un acto de resistencia.
Es muy importante que todos los cineastas del
continente, el público latinoamericano y la crítica,
tengan un lugar donde se puedan ver todas estas películas
y se pueda apreciar la defensa de un imaginario
diferente. Esta es la causa, el origen, el fundamento,
del Festival de la Habana. Dentro de él, y por voluntad
de Alfredo Guevara [Presidente del Festival], se han
organizado seminarios de reflexión, que obligan a
interrogarse sobre la dimensión política, cultural e
ideológica de lo que significa producir una cultura
diferente.
-La batalla por la cultura es siempre una batalla ideológica.
En las formas está también la ideología. No se puede
ser primario, pero tampoco se puede ser ingenuo. La
lucha por la cultura es la lucha por la ideología, es
la lucha por un modelo social. Y aquí, bajo el ambiente
tan agradable de un festival, de la fiesta que es el
festival, estamos en un frente de lucha ideológica
extremadamente importante y que es además único. Único
en América Latina y único por su originalidad prácticamente
en el mundo.
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