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Arreola y la esperanza

En Cuba Arreola vio a un pueblo similar al que protagonizó la revolución francesa, al de la revolución de octubre, se aspiraba el aura de lo epopéyico, y se preguntó por qué no podía sostenerse esa esperanza, esa fraternidad, por qué trataba de exterminarse todo lo que podía implicar un cambio verdadero y total para este mundo. 


Lisandro Otero |
México


En agosto de 1996 se ofreció en México un homenaje nacional a Arreola y fui invitado a Guadalajara para sumarme a la ofrenda amistosa. Él asistió a mi conferencia y al terminar mis palabras habló de su experiencia cubana. Refirió cómo fue invitado por la Casa de las Américas por un par de semanas. Conoció a Haydée Santamaría, a Alejo Carpentier y a Nicolás Guillén. Volvió, tiempo después, para una estancia más prolongada y organizar un taller de literatura.
En 1961 la Revolución Cubana enfrentaba los mayores peligros y suscitaba las más grandes esperanzas. En México le habían pedido la renuncia como director de la Casa del Lago, por un cambio de Rector en la Universidad. Entonces decidió llevarse a su familia. Pagó dos meses de
renta que tenía en deuda así como otros adeudos. Se llevó cuatrocientos libros y un aparato de sonido. En La Habana fue alojado en el hotel Rosita de Hornedo, mientras le hallaban apartamento. Arreola recordaba esa estancia en Cuba como el más grande regalo que le hizo a su familia, en su vida.
En su taller me acompañaron Ambrosio Fornet, Antón Arrufat y Edmundo Desnoes. Yo había publicado un pequeño libro de cuentos y me encontraba manoseando la idea de una novela. Arreola examinó los textos iniciales de aquel proyecto y me legó el más maravilloso instrumento disponible para un escritor: me enseñó a tachar. Suprimir, podar, aligerar no es fácil. Sobre todo para un escritor joven que, o bien estima cuanto ha producido como poseedor de la marca de una genialidad no descubierta, o puede irse al extremo opuesto y pensar que su producción no vale nada. En ese vaivén me hallaba y Arreola me demostró que ni tanto ni tan poco.
Arreola hablaba a diario en Radio Habana Cuba. Sentía que no le oían personas, declaró después, sino un cuerpo unánime. Salía a la calle y lo saludaban. Por todas partes le acompañaban los amigos más personales y queridos. Sentía la maravilla y el empuje de darse de cuerpo entero a una causa. En Cuba tuvo la posibilidad de incluirse en un movimiento popular.
Cuando ocurrió la invasión de Playa Girón pasaba todo el día ante el televisor, y vio a Fidel Castro cuando realizaba su confrontación verbal con los invasores.
Durante su primera estancia le tocó estar junto a Fidel en el entierro de las víctimas del sabotaje al vapor La Coubre. Allí se hallaban, también, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Fue esa tarde que el fotógrafo Korda tomó la foto inmortal de Che Guevara que ahora vemos reproducida en todas partes como un icono inagotable de las revoluciones.
Arreola era, entonces, aficionado a beber Calvados, el maravilloso aguardiente de manzanas destilado en Normandía. En ese instante del incipiente bloqueo contra Cuba, comenzaban a faltar algunos productos esenciales y desaparecía lo suntuoso y superfluo. Me di a la tarea de mantenerlo abastecido. En tiendas exquisitas, como el Carmelo de Calzada, quedaban algunas botellas. Adquiría botellas de Abadía de Cevenne y él dijo, años después, no haber vuelto a encontrar un Calvados de cinco estrellas como aquel.
El sábado 15 de abril desperté al amanecer con el estruendo de horrísonas explosiones. Estaban bombardeando La Habana. De inmediato pensé en Arreola. Me preocupaba su vulnerabilidad, su escasa aptitud para soportar la violencia. Vivía, con sus hijos Orso y Claudia, en un hotel de apartamentos junto al mar, denominado "Rosita de Hornedo". Cuando entré en su casa lo hallé muy excitado. Un avión agresor había cruzado, volando a baja altura, frente a su ventana principal, y vio como un miliciano, le disparaba con una metralleta. Mientras hablábamos, oímos el cadencioso rugido de un motor y un enorme helicóptero pasó ante el balcón.
Afortunadamente pertenecía a las fuerzas cubanas. Dos días después comenzó la invasión por Playa Girón y mantuve informado a Arreola de lo que sucedía mediante frecuentes llamadas telefónicas.
Para él, manifestó esa noche en Guadalajara, la revolución cubana significó la más personal, la más grandiosa de sus esperanzas. Su primer gran golpe en la vida, confesaba, fue la capitulación de la república española, lo cual consideró una derrota personal. En Cuba vio a un pueblo similar al que protagonizó la revolución francesa, al de la revolución de octubre, se aspiraba el aura de lo epopéyico, y se preguntó por qué no podía sostenerse esa esperanza, esa fraternidad, por qué trataba de exterminarse todo lo que podía implicar un cambio verdadero y total para este mundo, donde pudiese existir una auténtica comunicación de los seres y vivir en armonía. Le dolía mucho, dijo, dejar este mundo con esa indeterminación. Se sentía culpable por no haber escrito un libro que recogiera aspectos de esa historia portentosa vivida en Cuba. Así lo  confesó en Guadalajara la noche del cuatro de septiembre de 1996 y ahora, al ocurrir su muerte, he recordado aquella velada espléndida.

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