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El
cuento de La Jiribilla
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EL BÚFALO
CIEGO
Mirta Yáñez
| La
Habana
Para Manuel Carralero
e Iván García
Durante mucho tiempo yo había llevado conmigo a todas
partes una moneda que era algo más que un amuleto. En
pueblo chiquito todo se sabía, pero el mío era un
secreto bien guardado. Me siento obligada a una confesión
inaugural: desde muy temprana edad me gradué de mosquita muerta. Y con altas calificaciones, que
conste. Porque las primeras nociones que no encontraron
acomodo dentro de mi cabeza fueron el hallazgo de esa
moneda y la facha de mi pueblo.
Por ese entonces, si alguien se ponía a hablar de lugares
lejanos, salían siempre a relucir varias casas y se decía
en casa
de yuca, en casa del demonio e incluso en
casa del carajo. No me voy a detener en los
probables orígenes de esos domicilios; más aún,
hablando del infierno, también era frecuente oír
aquello de donde el diablo dio las tres voces. O
se señalaba una zona ignota de la geografía como la Cochinchina
o las Quimbambas. Aunque lo más corriente
por esa época que cuento era declarar que mi pueblo,
Esmeralda, estaba en
el culo del mundo.
Estoy de acuerdo en que ello no puede catalogarse como una
frase muy bonita ni poética, mas tenía la ventaja de
que resultaba bastante gráfica para expresar la sensación
exacta que se derrumbaba sobre uno al recorrer los kilómetros
y kilómetros orillados de monótona caña que separaban
a Esmeralda de la ciudad cabecera. Y ni qué hablar del
quimérico camino que unía mi pueblo con la reluciente
Habana, apenas vislumbrada en sueños y en recortes de
periódico.
Esmeralda tenía nombre de joya verde, aunque en tiempos de
sequía se mostraba como un lugar polvoroso y, añadiría
yo, perdedor. El único sitio que operaba como claraboya
a la rutina era la estación de ferrocarriles. Las tejas
rojas de su techo enmarcaban con nitidez el apeadero que
yo estaba segura de haber reconocido en más de
dieciocho películas con indios y vaqueros. No faltaba
en aquel andén el matojo seco arrastrado por el viento.
Encima de todo, la estación se llamaba Woodin, lo cual
empataba a la perfección con la imagen de la
diligencia, el saloon, el letrero con su nombre
corroído por el aire de las praderas que llevábamos
inculcados hasta el tuétano gracias a la Metro Goldwyn
Mayer. Y a pesar de la ausencia en la tal Woodin de
emociones peliculeras, seguía siendo el paraje mágico
por donde llegaba la novedad. La casa de mis padres
apenas distaba unos cincuenta metros de la estación de
trenes, separada de ella sólo por una bodega de
aparatosas columnas dóricas, jónicas o corintias, no
podría precisar más. Así que mi entretenimiento
favorito, y nada original, consistía en vigilar las
entradas y salidas de los trenes o de toda cosa capaz de
moverse sobre aquellos rieles.
El vecindario me conocía bien. La hija única del notario
muerto de hambre, tampoco nada original que digamos. Una
niña del común, con inclinación a la torpeza de
movimientos, y de lazos, sin relumbrones escolares ni
reportes de mala conducta. Por la reputación de
silenciosa y casera mis tapujos con la moneda no
resultaban escandalosos. Yo, claro está, y vamos a
dejarlo dicho por escrito, me creía un ser de otro
mundo. En serio.
Cuando digo de otro mundo no quiero decir sólo
excepcional, o más inteligente que el resto, sino además,
al pie de la letra, llegada de otro planeta. Sin
comentarios al margen, por favor.
La culpa de esa creencia estaba repartida entre las
transmisiones radiales que escuchábamos con ansiosa
fidelidad mi madre y yo, al mediodía o al atardecer,
sentadas en el portal, mientras se aguardaba la llegada
del correo o la prensa por la consabida terminal Woodin,
y las ínfulas que se me habían pegado desde que mi
padre me permitiera registrar a libre antojo su
abigarrada biblioteca. Allí trasteaba, mañana, tarde y
noche, sin límites de ningún tipo. En mis incursiones
por los libreros, vitrinas,
bargueños, rinconeras y armatostes, me
embelesaban por igual los novelones ordenados sin
ninguna lógica, emparentados gracias al polvo y la
humedad, como también aquellos libracos de lomo gastado
y temática saltimbanqui que se presentaban bajo el rótulo
de enciclopedia. Ni qué decir de una descomunal
tonga de revistas en colores e idioma extraño, repletas
con láminas de todo el planeta Tierra, ese mismo que yo
tenía apremio por conocer de la Ceca a la Meca. El
ritual se completaba con un globo terráqueo, desteñido
y abultado por lugares impropios, el tintero con cabeza
de fauno y la figurita de un Quijote de bronce, trofeos
de la carrera de mi padre por la Universidad.
Creo que el pobre notario de apellido Balboa y de bautizo
Silvestre, peliaguda broma o manía histórica de mi
abuelo que le hizo a papá muy poco llevadera la vida,
repito, creo que mi pobre notario no atisbaba peligros
en la plomiza chiquilla que yo daba a entender. Ya por
ese tiempo se me había revelado con claridad la
necesidad de mantener oculta mi condición planetaria.
Si los otros hubiesen llegado a descubrir mi verdadera
personalidad, habría estado perdida. Me remitirían sin
conmiseración a no se sabía qué calabozo o, peor, un
convento donde recluían a aquellas que osaban romper la
regularidad de Esmeralda. Al menos algo de eso había
ocurrido con una prima tercera, después de unos amoríos
con un desconocido, tal vez un marciano.
Mi intuición me advertía que lo distinto suele ser
castigado. Y yo era nada menos que una aborigen de otro
mundo.
Otro hecho a tomar en cuenta: por mi casa transitaban
personajes de variada naturaleza. Ya fuese por consultas
profesionales, por la cercanía de Woodin o por el café
de mi madre, los sillones de nuestro soportal
participaron de un desfile heterogéneo de posaderas. Y
había que oírles hablar. Alguno de ellos, no recuerdo
quién, ni ya importa mucho, me hizo la confidencia de
cierto dato. Se trataba de la existencia de una moneda
de cinco centavos, lo que se llama un nickel, con la
efigie del búfalo, normal y corriente. Nadie debía
saberlo, el asunto era encontrar la pieza sobreviviente
de una acuñación singular, con su búfalo a cuestas,
el nickel consuetudinario, pero fechado en 1914. Y ahora
viene lo mejor: tenía el valor de un millón de pesos.
El tono convincente y misterioso de mi
confidente, más la data histórica relacionada con la
Primera Guerra Mundial, dieron sobrados visos de
realidad a la narración. ¡Un millón de pesos! Sólo
mencionar esa cantidad daba vahídos. Era una cifra
astronómica y se equiparaba en mi fantasía con las
distancias años-luz entre las estrellas. Por cierto,
también a años-luz se situaba La Habana en ese
entonces. Ninguno de mis sueños se atrevía a abarcar
tanto. Miraba hacia la estación, pitaba la locomotora,
empezaban a moverse con lentitud los vagones, y mientras
contaba travesaños, traviesas, polines, durmientes,
hasta el infinito, calculaba convulsivamente todo lo que
yo sería capaz de hacer con una moneda como ésa. Y tenía
que parar, sentarme, pensar en otra cosa, en las musarañas,
porque me daba vértigo.
Un día que parecía otro de tantos, pero de esos que sólo
luego se clavan en la memoria, un fogonazo entre una
camada de jornadas semejantes, mamá me envió a la
bodega de columnas dóricas, jónicas o corintias, para
comprar algo tan vulgar como una peseta de alcaparras.
Pagué con un billete de a peso y al recibir el vuelto
lo sopesé en la mano por costumbre, sin mucha fe. ¡Caballeros!
¡Allí estaba mi moneda! Había caído en mi poder el búfalo
rotulado en 1914. De más está decir que aquella
sobrecogedora aparición entre soeces pesetas fue
recibida por mí como un anuncio del sitial al que
estaba destinada, lazos, uñas sucias y rodillas
despellejadas aparte.
Regresé a mi casa temblando con catadura de pichón mojado
y mamá confundió mi frenesí con unas fiebres palúdicas
que andaban en boga. Decretó la alarma infecciosa y fui
metida bajo cinco colchas con una botella hirviente
arrimada a los pies. Después de tomar una asquerosa
tisana me quedé dormida, tenía todavía en mi mano la
moneda, brillosa por el lustre del tiempo y el churre de
montones de dedos.
Durante toda la semivigilia nerviosa de aquella noche,
percibía a mi madre como un conjunto borroso que se
acercaba y se alejaba de la cama, sin alcanzar a
penetrar en el hálito inefable que me rodeaba. Ya yo
había entrado en posesión del primero de los mensajes
de ese otro mundo, superior. A decir verdad, su imagen
se me confundía con las versiones que tan a menudo oía
repetir sobre La Habana.
Bajo la luz mañanera, ante la carencia de fiebres u otros
síntomas, mi madre dio el visto bueno sobre mi salud.
Como quiera que, de todas formas, yo continuaba bastante
rara, no dejaba de vigilarme constantemente con
curiosidad rayana en la nalgada. En el transcurso de ese
día vacilé tres o cuatro veces entre hacerla o no partícipe
de mi secreto. Mas preferí dejar a mamá en su
inocencia. Cómo hubiera recibido de sopetón la noticia
de que su hija era dueña absoluta de un millón de
pesos.
Cuando logré al fin quedarme sola,
verifiqué de nuevo la fecha troquelada en el borde de
la moneda. Comprobé con alivio que nada había cambiado
y allí seguía mi búfalo, con su perfil olímpico, un
portento que cabía en una rendija cavada por cualquier
comején y capaz de perderse por otros cuarenta años.
Llegó así el momento obligado de encontrarle un
escondite seguro. Lectora de episodios detectivescos,
sabía que lo más evidente era lo que menos se ve. Así
que en lugar de enterrar mi moneda según la tradición
pirática o de construir un cajón secreto y gótico
dentro del armario, la abrigué con papel de china
rosado y la guardé en el fondo de mi caja de talcos.
Ese búfalo bien se merecía todos los mimos
imaginables. Pues en él se albergaba mi futuro y ¡adiós
Esmeralda!
Cada noche, antes de dormir, desempolvaba la moneda, le
daba brillo, la colocaba unas veces sobre mi frente y
otras recostada al dedo pulgar. De tanto manosearla,
llegué a convencerme de que el búfalo de mi moneda no
andaba ajeno a lo que estaba sucediendo. Le dirigía,
pues, unas peroratas larguísimas, aunque su cabezota
nunca se dignó a darse vuelta para mirarme. Por ello me
afirmé en la convicción de que debía ser ciego. Si no
hubiera sido así, ya habría tenido tiempo de sobra
para reconocerme a mí, su dueña. Su ama.
Con todo y la ceguera de mi protector, el fondo de mi alma
había cambiado. Dejé de compartir los sufrimientos
económicos de mi madre y las zozobras de mi padre por
mi suerte. Yo poseía el mensaje. Además, siempre estaría
mi búfalo ciego para sacarme de apuros cuando yo lo
precisara.
En lo adelante hice caso omiso a los
programas de radio, ni tampoco prestaba atención a la
hasta entonces atrayente Woodin. Cada vez que tenía una
oportunidad, me encerraba a confeccionar listas de las
cosas que iba a hacer con la ayuda del búfalo ciego. No tengo más remedio que confesar, con una pizca de
vergüenza, el hecho de que en mis planes no entraba
ninguna labor caritativa: no iba a donar mi millón de
pesos para los niños huérfanos, ni a fundar una
asociación de damas contra la poliomielitis, ni tan
siquiera me proponía adquirir un banco de mármol para
el parque de Esmeralda, que diera lustre al apellido
Balboa. Nada de eso. Mis ambiciones eran de origen
libresco, aventurero, explorativo. Y tenían una
estrecha relación con la tonga de revistas, los
novelones húmedos, la enciclopedia y el desteñido
globo terráqueo. Mi búfalo ciego, pues, me llevaría
al Islam de Las mil y una noches; a Casablanca, a
un castillo medieval, en especial a aquél situado en el
Mont Saint-Michel con la marea baja; con él recorrería
el Palacio de Invierno, Baker Street y el terruño de
mis abuelos en Galicia; luego me retrataría junto a la
banderita del Polo Norte y al lado de un trineo de
perros en el Klondike; parrandearíamos por el carnaval
de Río de Janeiro, cruzaría el Sahara sobre un camello
y llegaría después a Tahití en un balsa parecida a la
«Kon-Tiki»; no faltaría la caza de leones en el África
y la de una ballena blanca también, por supuesto; daría
de comer a las palomas en la Plaza de San Marcos y oiría
el estruendo de las cataratas del Niágara; seguiría la
ruta de Marco Polo, navegaría el Amazonas y encontraría
El Dorado; me treparía a la pirámide de Teotihuacán y
a alguna que otra de las Siete Maravillas del Mundo;
visitaría, faltaba más, la cueva de Tom Sawyer y la
buhardilla parisina de Juan Cristóbal. Esto podría
parecer un programa amplio, pero un millón era un millón.
Mi búfalo ciego lo podría todo.
Es de suponer que mientras más pasaban los días, menos
ganas sentía yo de revelar a mis parientes que tenían
una millonaria en la familia. No estaba dispuesta a
provocar un alboroto en Esmeralda ni tampoco a que
comenzaran a tratarme, desde tan temprana edad, con la
deferencia que me merecía. Ya habría tiempo para ello.
No quería abochornar a mis padres ni romper el plácido
discurrir de Esmeralda.
Otro suceso vino, por esos tiempos, a provocar la ruptura
de la tranquilidad pueblerina.
Enfrente de mi casa vivía un clan de
ringorrango. Por lo que yo podía captar, la parentela
estaba compuesta por un número indeterminado de
ancianos, tíos, abuelos, cuñados, y además, dos jóvenes
casaderas. Mis dos vecinas rondaban la veintena larga y
a mí me parecían también un par de vejestorios, no sólo
por lo lejos que andaban los treinta años para una
chiquilla que no rebasaba los diez, sino por sus
vestimentas claustrales, los ojazos trancados detrás de
la tiránica reja patriarcal y el pausado andar en el
recorrido hacia la misa de los domingos, única caminata
permitida a las señoritas Saínz. Se llamaban Silvina y
María Isabel, aunque yo nunca anduve muy clara de cuál
era una y cuál la otra.
Un día como otro, a las dos hermanas les
entró la ventolera de largarse para La Habana. Un rumor
chisporroteó como pólvora por toda Esmeralda. El escándalo
explotó con fuerza sólo comparable al adocenado
discurrir de la vecindad. ¡Semejante desacato a las
leyes del comportamiento femenil, unas muchachas
solteras que espantan el mulo, como suele decirse, sin
que nada las detenga! No valía el llanto de tías y
primas políticas, la indignación paterna, el
desconflautamiento moral de cuñados y abuelos. Ni tan
siquiera la «ninguna dote» que pendía sobre sus
cabezas vírgenes. Era una vergüenza, comentaban mis
padres en voz baja a la hora
del almuerzo. Una horrible vulneración de las
tradiciones más sagradas. ¡Esas señoritas Saínz
estaban echando demasiado en cara!
Se anunció la partida, el sanseacabó, la
cruz y raya, el apaga y vámonos, y la tarde de marras,
un viernes de Pascua, salieron muy dispuestas con unos
chulos sombreritos y unas maletas antediluvianas de
color café, aunque algo sobrecogidas por la mirada
condenatoria de todo el poblado de Esmeralda que se había
dado cita para sancionar con la vista al par de réprobas.
Caminaron la cincuentena de metros que separaba la reja
patriarcal de la estación de ferrocarriles donde allí,
una vez a la semana, se detenía el tren que entroncaba
en Santa Clara con el anhelado convoy que llegaba a La
Habana, la misteriosa y, según apuntaban, depravada
Habana.
Yo también me atrincheré en la ventana
de mi casa y las vi pasar. Mi corazón las acompañaba
en aquel desafiante recorrido, y dentro de todas las
rogativas de fortuna que cruzaban por mi cabeza en ese
momento, no dejaba de exigirle al búfalo ciego que les
diese un poco de suerte. Qué bien les hubiese venido al
menos una quinta parte de mi millón de pesos. Se me
ocurrió esa idea mientras subían la escalerilla, y
sobre el andén dejaban atrás una turba de chiquillos y
unas cuantas personas con expresión hosca y dolida. Pitó
la locomotora, ¡qué podía hacer! Salí corriendo como
un bólido con mi moneda en la mano, llegué hasta el
pie del vagón y allí descubrí la mirada anhelante de
María Isabel, o sería Silvina, que se escapaba por la
ventanilla y parecía encaminarse a un sitio muy lejano.
Luego escuché un alarido, una especie de gorjeo agudo
como si algo se hubiera quebrado en mil pedazos. Dos
segundos más tarde, bajaba del coche Silvina, o sería
María Isabel, con la cabeza encorvada sobre el pecho;
en tanto, su hermana sostenía aquellos ojos ávidos,
clavados en un punto distante.
Ante el asombro de todos, recorrieron el
trillo de vuelta hacia la casa. Cuando la reja se cerró
detrás de Silvina y María Isabel padecí, por vez
primera, un inaguantable sentimiento de frustración.
Claro está que en ese entonces yo no usaba tales
palabras, apenas acertaba a pensar que me habían
arrebatado algo muy valioso, y juzgué duro, con la
crueldad de la niñez, a esas infelices que no podían
romper con todo aquello que yo resumía en una sola
palabra: Esmeralda.
Esa misma noche, con la moneda escondida
entre pecho y pijama, tomé una decisión: yo me iría
para La Habana por encima de los huesos de Mazantín el
torero, estudiaría arqueología y sería famosa. De mi
parte jugaba el búfalo ciego.
La barahúnda en torno a Silvina y María
Isabel no terminó ahí. A partir de aquel negro día,
las dos hermanas regresaban al andén cada viernes de
todas las semanas, con los dos sombreritos poco a poco más
ajados y el par de maletas color café, desconchadas de
tanto lleva y trae. Subían al coche, se acomodaban en
dos asientos, los mismos siempre, y allí esperaban a
que la locomotora pitara para descender y retornar tras
la reja hogareña. Semana tras semana, que fueron después
meses y meses. La gente empezó por tomarlo a pecho, más
tarde a risa, y finalmente la indiferencia cubrió el
trayecto semanal de Silvina y María Isabel, travesía
que tenía una pizca de Sísifo, otro poco de Tántalo y
un bastante de quién sabe qué.
Pasaron los años
y nada variaba en la vida de mis vecinas, aunque la
historia cambió mucho en lo chiquito y en lo grande.
También sonó la hora para mí y fue en forma de una
beca de estudios en un instituto para niños sabelotodo.
¡Me tocaba al fin el turno de montarme en el tren con
rumbo a La Habana! Por ese tiempo ya no me acordaba
mucho del búfalo ciego, ni de la tarde aquella en que
choqué con la mirada hambrienta de María Isabel, o
quizás Silvina, dándose a la fuga por una ventanilla
del vagón detenido en la estación Woodin. Además, me
había olvidado un poco de mi origen lunático.
Al despedirme con un abrazo de mis padres,
miré sin tristeza hacia el oscuro pasillo de mi casa, a
sabiendas de que ése era mi último día en Esmeralda.
Pero ocurrió un suceso que empañó mi alegría. Al
subir la escala del tren, me di de bruces con Silvina, o
tal vez María Isabel; llevaba la cabeza gacha y la
ojeada polvorosa de la sequía. Murmuró apenas unas
palabras: «Nunca llegaría a nada». Esa frase, que no
iba dirigida ni a mí, ni a nadie, me sacudió el corazón,
y lo tomé como si hubiera sido un segundo mensaje de
aquel otro mundo.
La historia que viene a continuación
comparte la trivialidad de lo muy frecuente. Estudié
con ahínco y bajo una remota reminiscencia de ese espíritu
que me creía una elegida saturnal. Mis calificaciones
fueron todas de sobresaliente, acumulé premios, honores
y cargos. Seguía siendo una mosquita muerta, mas
declaro en mi favor que no me faltaban talento,
esfuerzo, un aire amable. Debo agregar que la época fue
muy generosa conmigo y de vez en cuando me venía a la
mente la guajirita de Esmeralda, ahora convertida en
doctora en ciencias, jefa de un departamento técnico,
con una casona de dos plantas en Miramar y otras yerbas
que no vienen al caso.
De vez en cuando, en ocasiones de limpieza
o traspapeleo, me tropezaba con mi búfalo ciego,
relegado al traspatio de los desvaríos infantiles,
despojado para siempre de aquel poder sin fronteras que
le otorgara antaño la niña que una vez fui. Su estampa
desentonaba entre mis razonables útiles de escritorio,
pero me daba no sé qué botarlo, así que pasaba de un
rincón a otro de la gaveta de cachivaches.
La semana pasada asistí a un congreso en
la ciudad de Camagüey. Al regreso, no pude resistir el
impulso de desviarme con el automóvil y cruzar por
Esmeralda. En dos décadas mucho había cambiado. En
pocas palabras, ajetreo de progreso. Mi casa ya no existía,
aunque sí seguía allí la imbatible bodega con sus
columnas dóricas, jónicas o corintias. La estación de
ferrocarriles de madera y tejas, la sonora Woodin,
dejaba ahora lugar a un edificio de mampostería. Sin
darme a mí misma tiempo de recapacitar, eché a andar
hacia el portalón de las hermanas Saínz.
No me sorprendí demasiado cuando divisé
a Silvina y a María Isabel sentadas en sus balances de
cedro, tras la reja, una de ellas con la cabeza
inclinada sobre el escote de muselina negra y la otra
con aquella mirada abarcadora, las dos hermanas
detenidas para el recuerdo como en un daguerrotipo.
Haciendo gala de una confianza que estaba lejos de sentir,
empujé la cancela y me senté sin pedir permiso en el zócalo
del rancio zaguán de las señoritas Saínz. No mencioné
el apellido Balboa, ni las historias de veinte años que
habían transcurrido sobre el resto de las gentes, ni
tampoco pronuncié muchas frases en la conversación que
por más de cinco horas deshilé con María
Isabel, o tal vez Silvina, mientras su hermana
seguía el curso de la plática con la cabeza quebrada
sobre el pecho, marcando penosamente el ritmo de las
palabras con un movimiento de derecha a izquierda leve,
derrotado.
Por primera ocasión en tantísimos meses,
me descuidé de apuros y de agendas. La voz timbrada de
María Isabel, supongo sería ella, relataba con vivos
tonos correrías de trotamundos, de andarina fogueada,
peripecias de pasajera ducha en todas las rutas, veredas
y océanos del globo terráqueo. De su palique, que
sonaba tan natural a mis oídos, fluía un torbellino
con el derroche y la pasión que no se exhumaba de
ninguna enciclopedia, ni siquiera de aquella tonga de
revistas geográficas. Su mirada anhelante parecía
venir de vuelta de todos los recovecos de la tierra, y
una felicidad esencial brotaba por los poros de esa
viajera varada en su cartuja de Esmeralda.
En el camino de retorno me pregunté si
todavía continuarían acudiendo a sus puestos en el vagón
del tren, semana tras semana, y al instante me di cuenta
de que eso ya había dejado de tener importancia.
Cuando llegué a la casa tuve tiempo de pensar dos cosas más.
Ésta es una de ellas: en una escala del tren, veinte años
atrás, no fui capaz de aprehender el mensaje correcto.
Y ésta es la otra: me había pasado embistiendo la
vida, sin verla. Estuve en un cónclave científico en
Canadá y no escuché las cataratas; cuando visité París,
olvidé la buhardilla de Juan Cristóbal; en Leningrado
no me alcanzó el plan para recorrer el Palacio de
Invierno; prefería mi automóvil a las balsas, los
trineos y los camellos; en cuanto a las palomas de la
Plaza de San Marcos, reconozco que me dieron bastante
quehacer para evitar que mancharan mi vestido nuevo. Fui
a la gaveta de los cachivaches y el pobre búfalo ciego
se vio comprometido a oír unas cuantas malas palabras
que no pienso repetir aquí y que estaban dirigidas,
como es de suponer, a mi propia persona. Entonces su
cabezota se volvió hacia mí y abrió de par en par los
ojos. Debe ser el principio de la arterioesclerosis.
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