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Entrevista
CUANDO MIRO MI VIDA
EDICION:
Manuel González Bello | La Habana
"Supongo que he tenido
todas las tentaciones, las de Cristo y las de Silvio
Rodríguez. Pero si uno no tuviera tentaciones sería
fácil, no existiría el mérito. El mérito es el
triunfo del espíritu sobre las tentaciones."
Fragmentos de conversaciones con el cantautor, especial
para este número
Por mucho que haya querido escapar a las trampas de la
fama, Silvio Rodríguez no ha podido lograrlo. Unos, la
mayoría, hablan de sus canciones, ya sea porque lo
odien o porque lo quieran; otros, de su persona; un
cuestionamiento puede abarcar desde el contenido de un
texto hasta si no saludó a alguien como se suponía
correcto. Tal vez sea el precio que paga por querer ser
él mismo.
Insertado para siempre en la cultura cubana, es la
máxima expresión de un movimiento original en la
música de la Isla: la Nueva Trova. Música y poesía,
cerebro y corazón, ideas y sentimientos, forman un solo
cuerpo en este cantor de la esperanza.
El poeta y narrador uruguayo Mario Benedetti ha dicho de
Silvio Rodríguez: "Curiosamente, su voz no es
cálida ni grave ni particularmente seductora, sino más
bien aguda, de un timbre casi metálico y sin embargo
frágil. Al escucharlo, uno llega a temer que en
cualquier momento se le quiebre, y ese riesgo ( que en
su caso no es deliberadamente buscado sino más bien lo
asume como algo irremediable) también forma parte de su
extraño atractivo. Con características que en
cualquier otro cantante serían anticarismáticas,
Silvio funda precisamente su carisma. Quizá el secreto
resida en que siempre transmite una gran sinceridad, una
honestidad a toda prueba, un no aparentar lo que no es,
y, en estos tiempos de famas prefabricadas, de engendros
de la machacona y mistificadora publicidad, esa actitud,
a la que el público accede sin intermediarios,
significa una bocanada de aire fresco en un ámbito,
como el del espectáculo, por lo común tan especulativo
como artificial."
La Jiribilla ofrece a sus lectores algunas
concepciones, reflexiones y criterios de Silvio.
—A pesar de que el público de la radio es más
local, y el del Internet es más universal, el tipo de
gente que está ahí es muy joven. ¿Pasa algo similar
aquí en Cuba? ¿Cómo es tu público aquí?
—Asombrosamente mi público receptor siempre ha
sido de jóvenes. Cuando empecé
—lógicamente—, yo
también era un joven, y en la medida en que me han ido
pasando los años, es como si ese público se hubiera
detenido: yo transcurro y el público no. El público
sigue siendo preferentemente un público de entre
adolescentes y jóvenes de veintitantos años. Pero eso
me pasa en Cuba, eso me pasa en Argentina, en Chile, en
España, en Colombia, en todas partes, y para mí es un
milagro ¿no? A mí me lo han preguntado: "¿Por
qué?". Yo mismo no tengo una respuesta certera,
verdadera ¿no? Yo puedo hacer conjeturas como
cualquiera, y deduzco que, en primer lugar, que yo he
procurado no abandonar la niñez, pero parece también
que la niñez de alguna forma ha procurado no
abandonarme a mí... y cuando te digo la niñez, te digo
la juventud, te digo la adolescencia, te digo esa etapa
de la vida en que uno mira asombrado al mundo y se hace
preguntas. (...) Yo creo que se debe a eso... se debe a
esa condición, que me parece que es más una condición
que una actitud; yo pienso que es una característica:
hay personas que somos así, hay personas que en eso no
cambiamos nunca y yo soy una de ellas, y me tocó hacer
canciones y me comunico a partir de esa característica
que tengo, y por eso lo que hago le interesa a la gente
—como yo— que casi siempre es gente joven.
—Se habla de que el período de los finales de los
60 y los 70 estuvo matizado por diversas pugnas y
hostilidades hacia los trovadores y su obra. Con algo de
mito y varios algo de verdad, usted ha trascendido como
uno de los que más sufrió esa hostilidad. ¿Cuáles
eran esas fuerzas o personas hostiles a los trovadores?
¿Por qué esa hostilidad si los trovadores, incluso
cuando abordaban la crítica, no se manifestaban en un
sentido de ruptura u oposición hacia el proceso social
cubano?
—Es cierto que hay anécdotas más o menos tristes en
nuestro repertorio. Y digo nuestro porque en aquella
época, desde que agarrabas una guitarra y decías
cualquier cosa que no se entendiera, podías estar en la
mirilla. Esa mitología con visos de "leyenda
negra" de la que hablas, plantea que entonces
éramos políticamente diferentes. Los que se oponen
abierta o veladamente a la Revolución lo han repetido
para desacreditarnos. Otros también lo han hecho. Lo
cierto es que si nosotros protestamos por algo fue
justamente porque no había toda la revolución que nos
hubiera gustado.
—Su forma de vida, de un tiempo a esta parte, ha
cambiado, en cuanto a carencias materiales se refiere.
¿Es posible que haya caído en la tentación de
acomodarte mentalmente?
—Supongo que he tenido todas las tentaciones, las
de Cristo y las de Silvio Rodríguez. Pero si uno no
tuviera tentaciones sería fácil, no existiría el
mérito. El mérito es el triunfo del espíritu
sobre las tentaciones. Pero el hombre tiene memoria, y
habrá que ser un desmemoriado, pero no todos los
hombres lo son. Si yo estuviera interesado en
convertirme en un beneficiario absoluto de mis
conquistas, no viviría en Cuba, y he tenido la
posibilidad de ganar mucho dinero, pero tengo otras
cosas en las que pienso, por las que siento, con las que
estoy comprometido.Yo no puedo echar mi vida por la
borda haciendo todo lo que me da la gana, porque
carecería de significado todo lo que hasta ahora he
vivido, y para mí eso es inconcebible. En los años
sesenta, una época tan chocante y tan jodida, varias
veces me sorprendí dándole vueltas a la idea de irme de Cuba,
entre otras cosas, porque me botaron. A mí me botaron
del país.
—¿Le dijeron que se fuera?
—Me dijeron que no podía trabajar en nada que tuviera
que ver con la Revolución. Y cuando protesté
("Pero si aquí la Revolución lo es todo"),
con la mejor de las sonrisas me dijeron que lo
interpretara como quisiera. Con esas palabras, a mí me
botaron de Cuba. Pero ni siquiera en ese momento tan
nefasto, la tentación fue irme para cantar y hacerme
rico, sino por apartarme de aquellos hombres tan
imbéciles, despreciables y absurdos. No me cabe la
menor duda de que, aun dentro de Cuba, yo podría vivir
muchísimo mejor que como vivo. Y si no lo hago es por
vergüenza.
—En esos años difíciles, ¿llegó a hacer
canciones para molestar?
—Si... "Debo partirme en dos", por ejemplo,
fue una canción hecha para joder, o "Resumen de
noticias", una canción muy desgarradora. Yo estaba
suspendido por la radio y la televisión, con toda la
mitología de un niño malo detrás. Era algo que me
dolía muchísimo, que me laceraba realmente.
—De la música cubana que se hace en el exilio de
Miami... ¿hay alguna que prefiera, que le guste
escuchar?
—Siempre he admirado a Celia Cruz. Me parece una
cantante tremenda. Me gusta Gloria Estefan, tiene una
voz muy linda y es una mujer hermosa. Willy Chirino es
un buen sonero, autor de excelentes canciones, aun
cuando en algunos casos yo no coincida con sus
contenidos. Y Carlos Gómez, que vive allá, siempre he
pensado que es un gran trovador, un fino guitarrista y
un hombre de espíritu exquisito.
—En la década 1960 y 1970, usted fue parte de lo
que se llamó la canción protesta. ¿Contra qué era la
protesta? ¿Por qué dejó de usarse ese término entre
los compositores de su generación?
—Es obvio que se nos etiquetó como
"protesteros" por aparecer convocados
por el Centro de la Canción Protesta de la Casa de las
Américas —conste que gracias a Haydée Santamaría—.
En verdad, en ese momento nuestras canciones
consideradas "de protesta" se movían más o
menos en las temáticas reconocidas: la guerra contra
Vietnam, la discriminación racial y el
antiimperialismo. Pero a nosotros nunca nos gustó el
término de cantores de protesta porque era muy
estrecho, porque no reflejaba, en un amplio y más
profundo sentido, lo que queríamos, lo que
intentábamos y, por supuesto, lo que creíamos hacer. Y
esto no era otra cosa que seguir la tradición
trovadoresca cubana en su diversidad de formas y
contenidos. El término cantores de protesta nos
parecía chato, incluso hasta burdo, porque nosotros
sentíamos, además, un fuerte compromiso con toda la
trova, con la libertad de la poesía y la belleza, y nos
parecía que esa aspiración no se podía encasillar,
que no tenía límites, que estaba mucho más allá de
un slogan circunstancial. Por otra parte, la Casa de las
Américas, durante un tiempo, fue casi el único lugar
donde podíamos exponer los fuegos iniciales. Allí
tuvimos lo que necesita un joven: comprensión y
respeto, sentirse atendido y apoyado. Pero nosotros
jamás usamos el término de cantores de protesta para
autodefinirnos. Siempre hemos dicho que somos,
sencillamente, trovadores. O sea que fueron otros los
que nos llamaron cantantes de protesta y también fueron
otros los que así nos dejaron de llamar.
—Una generación de cubanos vio en su imagen y en
sus canciones una respuesta a la oficialidad. ¿Usted se
considera ahora parte de la cultura oficial, reconocida?
—Creo que mis canciones, en cierto sentido, siempre
han sido una especie de grito —con pocos decibelios,
porque la bulla no me gusta—. Creo que todo el que
tiene algo que decir, lo hace desde su propia
conmoción. Casi todas mis canciones llevan implícita
alguna queja y creo que no hubieran podido ser de otra
manera. Querer atrapar la vida conlleva una angustia
tremenda y estoy seguro de que los que hicieron las
pinturas rupestres la sintieron. En mi caso, ser parte
de un país y una época como en los que transcurrió mi
adolescencia y luego mi adultez (a regañadientes),
también fue experiencia poco ordinaria. Aquella etapa,
la primera, fue la de darle nombre al mundo. Yo estaba
ensimismado entre el asombro y los signos con que
dibujarlo. No era fácil, era una realidad vertiginosa,
por momentos caótica, y yo llevaba en mí mismo mucho
de vértigo y de caos. ¿Qué era "la
oficialidad" por entonces sino puros proyectos,
tanteos, búsquedas, caídas y puestas en pie? Pero para
mí la Revolución no era quienes desacertaban con
nosotros, aún cuando errar es humano. Entonces todo lo
veía más drásticamente, más contrastado, y para mí
la Revolución la representaban los revolucionarios
comprensivos, que sí, discutían con nosotros, pero nos
escuchaban sin querer taparnos la boca. Aquellos años
fueron, en definitiva, los de aprender que la
Revolución estaba hecha por hombres y mujeres, y que
algunos podían tener defectos —a veces bastante feos—,
y que aquello era así porque algunos seres humanos eran
así, no porque la Revolución lo fuera. Se dice
rápido, pero esa simple ecuación que he formulado a
veces hay que aprenderla a sangre y fuego. Sin embargo,
ni entonces ni ahora he pensado en "la
oficialidad" para hacer o para dejar de hacer.
Muchas de las canciones que por algunos fueron vistas
como "sospechosas", luego fueron editadas.
Personas, de aquí y de allá, que antes me creían de
una manera, ahora me creen de otra. Y yo soy el mismo
—hasta cierto punto, porque nada es lo mismo ni
siquiera de un segundo a otro—. Por último me permito
agregarle que eso de cultura "oficial
reconocida" es ponerle apellidos a lo que no lo
merece: la cultura. Y, sinceramente, yo me siento
premiado tan solo porque se me considere como parte de
ella, a secas.
—¿Qué papel ha jugado la Revolución en su obra?
—Creo que esta es la pregunta más ardua de todo el
cuestionario, porque, cuando trato de ver —suelo ver
las ideas antes de ser palabras—, mis ojos se
enfrentan a una vastedad, y describir esas dimensiones
de pronto parece trascender las posibilidades de una
explicación. Habría que empezar por discernir el papel
que ha jugado en mí, porque sin hombre es difícil que
haya obra; y, ya empezando, cabe decir que me creo mejor
persona que la que fuera de no haber existido la
Revolución. La Revolución, como se sabe, no es solo
asunto de convicciones, sino también de fe. Cuando miro
a mi vida, con sus altibajos, sus sombras y sus
luminosidades, la distingo, casi en su totalidad,
envuelta por la Revolución. Cuando miro a mis canciones
y percibo a este hombre imperfecto, asediado por
demonios externos e internos —los peores—, no puedo
dejar de ver una correspondencia entre lo que soy, lo
que canto y la Revolución. Creo que hay un interminable
juego de espejos en ese triángulo que menciono, el que
conforma un ademán de estrella, un íntimo, modesto
resumen de grandezas, iluminación y muerte que a cada
uno, a su manera, puede corresponder. No hace mucho vi a
Fidel, en la televisión, diciéndole a los jóvenes que
cada cual podía llegar a sentir que era, en sí mismo,
la Revolución. Para mí no fue revelación sino
memoria, porque la fe que reconquisté por sobre la
agonía la adquirí una joven noche, a principios de
1968, cuando la ignorancia me desterró de mi pasado y
mi futuro, o sea de mi vida, de mi Revolución,
abandonándome en el presente más desesperado de mi
existencia. Salí de aquel recinto con la cabeza en
brumas y caminé en silencio hasta mi casa, presintiendo
lo que aquel extraño juez ignoraba y yo tampoco
conseguía atrapar, allí en la punta de mi espíritu.
De pronto, tocado por un rayo, me detuve y grité, en
medio de la calle: "Y ¿quién coño le habrá
dicho a ese que la Revolución es propiedad privada de
nadie? ¡Yo soy la Revolución!" Así de simple.
—¿Su obra ha sido censurada alguna vez en Cuba?
—Ocasionalmente he sido censurado en Cuba, en España,
en Chile, en Argentina y en otros países, pero nunca
tanto como en Miami. Tengo entendido que en Miami mi
música se vende bastante, pero en secreto, y que
quienes la escuchan lo hacen con audífonos o muy
bajito. Me han dicho que a quienes me oyen los pasan
automáticamente a la lista roja. En Cuba, con los
artistas de allá, incluso con los que hablan mal de la
Revolución, no pasa igual. Quizá no los pongan en la
radio, pero en sus casas la gente pone a toda voz la
música que prefiriere, sea cual sea.
—¿Ha valorado alguna vez presentarse para el
público cubano y latinoamericano de Miami? ¿Aceptaría
una invitación para actuar en Miami?
—No es la primera vez que dialogo con "la cultura
oficial" de Miami, para usar su lenguaje. Recuerdo
que cuando terminaron las dos horas que le dediqué a
Openheimer, apagó la grabadora y me dijo, ante
testigos: "Me cuelgan, si publico esta entrevista
allá". Usted me hace ahora esta pregunta sin el
más mínimo compromiso: qué haría yo. Cabría
preguntarle qué haría usted, qué escribiría, cuán
profundamente sentiría la responsabilidad de su
influencia en lo que hagan otros, en el mal o en el bien
que liberen sus comentarios. Siempre he sentido una gran
curiosidad por Miami y estoy seguro de que algún día
haré esa visita. De hecho Pablo y yo estuvimos tratando
de ir, en 1979, cuando hacíamos conciertos por ciudades
de la costa del este, pero la brigada Venceremos,
nuestra anfitriona, nos dijo que el Departamento de
Estado no lo permitía. Ya habíamos tenido amenazas de
bombas; nuestra presencia agregaba trabajo al diario
fogueo de la policía norteamericana. Hace algunos años
dormí una noche en el aeropuerto de Miami, en tránsito
hacia Puerto Rico, y al día siguiente mi guitarra, que
llevaba en el forro una pegatina donde se veían Fidel y
la bandera cubana, llegó destrozada a su destino (eran
coterráneos los del aeropuerto). La Eastern tuvo que
pagarla. Ya en Puerto Rico, escuché un día por la
radio a un comentarista que acusaba a la
contrarrevolución de floja y decaída, ya que en otros
tiempos, según él, hubieran barrido las calles de
Miami con nosotros. Esa y otras anécdotas, así de
pintorescas, me inspiraron más tarde "El
Necio". Tiempo después, cuando canté con
Juan Luis Guerra en Montecristi, conmemorando el
encuentro de Martí y Gómez, fui testigo de las
injurias y amenazas que sufrió Juan Luis, desde Miami,
por atreverse a subir al mismo
escenario que yo (ni siquiera juntos), en su propio
país, República Dominicana. Hablaban de quemar sus
discos y hasta un supuesto apartamento que tenía en
Miami. A Rosa Fornés, una señora que es una
institución en el mundo de las tablas, la que jamás ha
estado vinculada, que yo sepa, a lo político, por el
único delito de vivir en Cuba, la amenazaron con
bombas.
Pero voy a agregar tan sólo lo ocurrido hace poco, en
Puerto Rico, con Andy Montañez, y que ha despertado una
cabal respuesta de los artistas puertorriqueños. Parece
que algunos en Miami ni siquiera admiten que otros me
saluden en su propia casa. Y vuestros divulgadores
tienen bastante responsabilidad en ese y en muchos otros
atropellos. Yo sé que todo Miami no es así. Y sé
también que incluso la mayoría no es así. Sé, por
ejemplo, que los pequeños grupos que fomentan el odio
lo hacen por su poder económico, porque controlan los
medios de difusión en español y por su capacidad de
aterrorizar a la gente. Sé que en Miami no se pueden
expresar con libertad algunos sentimientos y opiniones.
Pero sé que, incluso en la Calle 8, hay quienes piensan
que de dar un concierto habría mucha concurrencia
favorable. Sé que los artistas que llegan a Miami, para
que no les cierren las puertas, tienen que pagar el tributo de "las
declaraciones". Y sé que hay quienes tienen la
suficiente entereza como para no hacerlas. Sé, además,
que algunos muy afamados dicen una cosa públicamente, y
que en privado se portan como son y no como los obligan
a ser para sobrevivir. La doble moral, como se ve, no es
patrimonio del socialismo. Cabe preguntarse ¿qué
necesidad hay de todas esas máscaras? ¿Qué tipo de
"dirigentes" pueden ser los que alimentan el
odio y la falsedad? ¿Es esa "la oficialidad
cultural" que merece la comunidad cubana de
Miami?"
Este texto fue conformado por respuestas de Silvio
aparecidas en el libro La canción de la Nueva Trova,
de Antonio López; entrevista publicada en el periódico
mexicano La Jornada, domingo 5 de enero de 1997;
conversación con Eduardo Valtierra Torres en la Habana
y entrevista (nunca publicada) para El Nuevo Herald,
de Miami, también en 1997.
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