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DEL SILVIO POSIBLE,
NUNCA SE SABE DEMASIADO
Joel
del Río | La Habana
Apuntes sobre el cantor
más importante del siglo XX cubano, por riqueza
melódica y la trascendencia de sus textos.
Para empezar de
algún modo, se me ocurren, entre las muchas razones que
fundamentan la audacia artística indoblegable de Silvio
Rodríguez, mencionar sólo dos: aquella de convidarnos a
creer cuando ha dicho Futuro, y el episodio en el cual
se confesaba deudor de Los Beatles y Bob Dylan, en la
Cuba compleja de los años sesenta y setenta. Ambos
actos de fe significaron una apertura tanto espiritual
como universalista capaz de sustentar una obra poética
y musical trascendente más allá de los puntos y rayas
que demarcan cualquier frontera nacional o barrera
estilística.
La música
y los textos de Silvio se enraizaron en un sustrato de
auténtica cubanía, junto a Sindo Garay, Miguel
Matamoros y Manuel Corona, a la vez que se situaron
entre lo más significativo y valedero de la canción
hispanoamericana del siglo XX. Silvio Rodríguez ha sido
a la cancionística cubana lo que fuera Tomás
Gutiérrez Alea para el cine, Wifredo Lam en la pintura
y Alejo Carpentier para la novelística.
El propio
Carpentier consideraba a la música popular cubana como
"la mayor fuerza sonora del siglo XX", junto
con el jazz afronorteamericano. Sobre esa fuerza
descomunal que nos identifica ante al mundo como ninguna
otra manifestación artística, ha dejado Silvio su
impronta personal. Muchas veces ha protagonizado la
nunca difunta polémica entre música culta y popular,
elitista y masiva, extranjerizante y nacionalista, pero
decenas de sus canciones, sobre todo algunas de las más
conocidas, allanan tan inútil discusión. Si tales
extremos fueran irreconciliables ¿cómo explicar la
notable popularidad internacional de
"Unicornio", "Óleo de mujer con
sombrero", "La maza"? Algo ocurrió que
eliminó los argumentos para tan estéril discusión: o
los íconos de la élite cultural devinieron masivos o,
simplemente, Silvio nunca fue tributario de los
elitistas, entendidos estos como distanciados
torremarfilistas, exclusivistas sectarios, happy fews
vanidosos y afectados que necesitan reafirmar todo el
tiempo su presunta superioridad. Nunca se comprometió
tampoco con el equivocadísimo nacionalismo que se
abroquela en lo propio y se circunscribe al aldeanismo
de las fronteras. A la vista está,
expuesta al oído
medianamente agudo, la influencia innegable de los
cantores antiguos, los hacedores de la trova tradicional
y del filin. Pero tal vez no sean menos importantes sus
acercamientos al folk, el rock y el beat (Lennon y
McCartney, Bob Dylan, Joan Baez, Queen), el aporte
contagioso de lo caribeño (perceptible en sus fusiones
con Experimentación Sonora del ICAIC, en sus
innumerables dúos con Pablo Milanés, en los elogiados
vínculos con Los Van Van, Chucho Valdés e Iraquere y
AfroCuba.
Experimentación
Sonora y la Nueva Trova, con Silvio por delante, y fuera
de ellos, colocaron a la música de este país en el
cenit del mejor pop que triunfó entre 1969 y 1989.
Innumerables
canciones suyas influyeron y determinaron en los
movimientos musicales y artísticos de países con
tradiciones tan fuertes en el ramo como España,
Argentina, México, Colombia y Chile, aparte de la
propia Cuba, por supuesto, donde se erigió como ideal
estético, punto de confluencia o inspiración para
otras artes como el cine, la danza, la plástica, el
teatro y la literatura, por no hablar de su influencia
en términos estrictamente musicales. Al igual que en
Estados Unidos o Brasil, en la Isla se verificó el
prodigio de que alcanzara la adoración multitudinaria
una música de indiscutible ascendencia popular y
altísimo en sus búsquedas artísticas, poéticas e
incluso sociales. Tal milagro fue propiciado en Cuba, a
partir de una importante tradición, sobre todo con la
Nueva Trova, que Silvio ha encabezado siempre, al menos
en un sentido espiritual y estético. Otro paralelismo
con Brasil y Estados Unidos (que ha sido pasto de mil
incomprensiones fuera y dentro de la Isla) se registra
en cuanto a la gradual urbanización de géneros
originalmente rurales. Si el son, el blues, la samba, la
cumbia y el merengue adoptaron sin violencia mayor un
modo citadino de expresarse, no veo por qué la trova
tendría que conservarse ajena a tales metamorfosis,
pura y aferrada a lo campesino o a lo urbano. Intentar
negarle méritos a la obra del trovador a partir de
circunscribirlo a un entorno particular me parecen
disparos erráticos de un francotirador con
astigmatismo. Baste recordar que el
"guajirismo" o el "siboneísmo"
fueron corrientes típicas de la primera mitad del siglo
XX impuestas artificialmente por la burguesía o la
clase media blanca, para desconocer la fuerza y el
empuje de lo afrocubano en nuestro panorama musical. La
Nueva Trova en general, y Silvio en particular, no se
desgastó en rendirle culto a semejantes etiquetas y
prejuicios. Simplemente se asumió por primera vez, y de
manera natural, lo bucólico al lado de lo citadino, la
tradición hispánica sincretizada con lo africano, de
acuerdo con la sensibilidad, posibilidades y libre
albedrío de cada autor. Así, temas decididamente
urbanos como "En mi calle", "Esto no es
una elegía", "Flores de Quinta Avenida"
coexisten con otras variantes de inspiración para nada
opuestas, sino complementarias, al estilo de
"Camino a Camagüey", "Tren
blindado" y muchas otras que se acercan sin
servilismos a la égloga, a la temática pueblerina o
paisajística. No hace tanto, escribió el mismo Silvio
en La Gaceta de Cuba: "...siento algo especial por
la Casbah —o sea Centro Habana—. Y no creo que este
sentimiento sea solo porque allí transcurrió buena
parte de mi niñez y toda mi adolescencia, en San
Leopoldo, colindando con Cayo Hueso y Dragones. Es que
toda esa zona es muy característica y siempre me ha
parecido la parte más ciudad de la ciudad. Esté donde
esté, cuando pienso en La Habana lo que veo es todo
aquello llegando al Malecón. (...) En mi cabecita de
niño de pueblo con río, lo que simbolizaba a la ciudad
no era la extensión de sus piedras sino de sus aguas.
Por eso Centro Habana fue la primera ciudad que tuve y
la conservo bastante salvada en mi memoria, pero eso,
afortunadamente, no me basta".
Me atrevo
a puntualizar e intento explicar ciertas recurrencias de
sus canciones, a pesar de que el autor también ha dicho
alguna vez que su obra no se atiene a ninguna
continuidad temática o estilística. A pesar de ello,
en el océano de sus canciones aparecen esquinas,
significados y motivos que reaparecen, como en toda
creación artística ofrendada por cualquier talento
sincero y responsable. ¿Acaso no están a la vista los
vasos comunicantes que entrelazan "La era está
pariendo un corazón", "Cuando digo
futuro", "El reino del todavía"? ¿No es
evidente el parecido esencial, visceral, entre
"Óleo de una mujer con sombrero",
"Ojalá", "Con diez años de menos"
y "Tu fantasma"? Pero a tales reiteraciones
suele llamárseles voluntad de estilo, variaciones
respecto a un tema, si se quiere obsesiones
concurrentes, pero hay que ser muy ciego, es decir, muy
sordo, para percibir aquí limitación o hábito
repetitivo.
No existe
ningún otro compositor de este país donde prevalezcan
con semejante plenitud e igualdad el poeta y el músico.
Como en los rapsodas griegos, los trobadours
provenzales, los minnesänger alemanes o los griot
africanos, en la obra de Silvio se reconcilian la
melodía y el verso, tanto tiempo divorciados a partir
del Renacimiento. De acuerdo con semejantes ancestros,
no es de extrañarse que al trovador en Cuba también lo
acompañe, ocasionalmente, la infausta acusación de
elitismo, eclecticismo excesivo, ausencia de
nacionalismo real y otra sarta de prevenciones
similares. En nuestro medio, se le imputó falta de
cubanía en tanto su obra apenas participa de lo cubano
bullanguero y carnavalesco. Los acusadores al parecer
ignoraban (ignoran) que el bolero y la canción se
aplatanaron en la Isla hasta fundirse con las mismas
raíces que parieron el son, la rumba, el mambo y el
chachachá. Cubanísima es la obra de Silvio, pero en un
sentido más amplio y fundamental. Si nos atenemos a sus
canciones solamente en términos de texto poético,
algunas comparten las paradójicas características que
delineara Cintio Vitier en el imprescindible ensayo
"Lo
cubano en la poesía". En ocasiones se acoge al arcadismo
del culto a la naturaleza, a la inocencia y la
ingenuidad de lo primigenio ("Hoy no quiero estar
lejos de la casa y el árbol",
"Mariposas", "¿Adónde van?",
"El vigía", "Esto no es una
elegía", "Gaviota", "En el claro de
la luna"...), y en otras evidencia la lejanía, el
despego que confiere la nostalgia, la imagen mítica de
la Isla, la falta de arraigo último, la soledad del
creador o la no coincidencia radical consigo mismo y/o
con el entorno ("Viven muy felices", "Y
nada más", "Días y flores",
"Testamento", "Canción de la
silla", "Lo que quisiste ser"...).
Parcialmente su obra se ajusta al frío de la distancia
crítica ante la realidad, de la insuficiencia para la
comunión humana profunda ("Debo partirme en
dos", "Esta canción", "Hoy mi deber
era", "Sueño con serpientes", "Ya
no te espero", "La maza", "Oda a mi
generación"...) o se sumerge en la fe renacida y
en la vocación por lo amoroso, por el cariño, por el
círculo abrigado de la familia, los amigos, el hogar,
la mujer, los ideales preñados de eternidad pero libres
de optimismo irreflexivo ("Unicornio",
"Rabo de nube", "Pequeña serenata
diurna", "En estos días", "El
problema", "Yo digo que las estrellas",
"Te doy una canción", "Venga la
esperanza", "Río"...). Me refiero a todo
ello soslayando voluntariamente otras distinciones
claves de su obra, como el regusto mordaz, irónico de
ciertos temas ("Fábula de los tres hermanos",
"La primera mentira") o el empeño sostenido
por la hibridación estética, conceptual y la métrica
absolutamente irregular de sus versos que individualizan
su aporte y lo separan de cualquier influencia entendida
como imitación. Claro que tanto la hibridación
consciente y la ironía como la multiplicidad de
influencias no socavan el fondo apropiadamente solemne,
el trascendentalismo siempre asequible ni la ingente
voluntad metafórica que lo sitúan, insisto, como el
autor de canciones más importante que ha dado Cuba en
el siglo XX. Semejante afirmación no parece desmesurada
si se tiene en cuenta la inagotable riqueza melódica y
de significados que evidencia una lista de títulos
demasiado numerosa para ser acometida en este espacio.
Cintio
Vitier afirma en el ensayo citado sobre la
caracterización de lo cubano en la poesía que
"estas categorías son útiles únicamente si
comprendemos la artificialidad de su separación. Los
elementos registrados se completan, se rectifican, se
matizan mutuamente y aparecen fundidos de modo
inextricable". Así operan también a lo largo de
toda la poesía con música creada por Silvio, una obra
cuyas raíces literarias principales se afincan,
primero, en la poesía cubana: Martí, Heredia, Villena,
Sindo, Lezama, Wichy Nogueras, Fayad Jamís, y después,
en autores hispanoamericanos como César Vallejo, Pablo
Neruda, Vicente Huidobro, Antonio Machado y Miguel
Hernández. Desde su adolescencia de lector voraz fue
"contaminado" por las vanguardias del siglo
XIX y XX: el simbolismo, el surrealismo, el modernismo,
el ultraísmo ("Del sueño a la poesía",
"En el jardín de la noche",
"Casiopea", "Del sueño a la
poesía", "Jerusalén año cero"), pero
ninguna de estas influencias, ni siquiera la
originalidad de una mezcla tan dispar y desconcertante,
se convirtió en yugo o grillete, gracias sobre todo a
su pertinaz propósito por vincular tales tendencias o
imaginerías con una sencillez coloquial, muchas veces
rayana en la antipoesía. En cualesquiera de las
canciones mencionadas, y en otras como "Playa
Girón", "Aunque no esté de moda",
"Con diez años de menos", "Resumen de
noticias", el creador se mueve con absoluta
libertad entre lo presuntamente altoculturista y lo
cotidiano en busca de preguntas con sentido, más que de
respuestas.
Pero
intentaré no derivar hacia la misma trampa de
sobreponer el Silvio poeta por encima del músico. Él
también se aplicó a viajar a la semilla, adentrándose
en las raíces de la música nacional, como mismo lo
hacían paralelamente músicos de Brasil, Argentina o
Estados Unidos. Si en Norteamérica renacía el folk y
fructificaba el soul, en Iberoamérica se retornaba a
los elementos típicos del cancionero popular,
ancestral, antes preterido: Víctor Jara, Violeta Parra,
Ataualpa Yupanqui, Chico Buarque, Vinicius de Moraes,
Caetano Veloso... Le tocó a Silvio Rodríguez el
privilegio de convertirse en uno de los artífices
principales en la revitalización de la trova y del
trovador, no sólo en su faceta de cantautor
comprometido con su tiempo y su gente, sino que en su
rescate y continuidad también se valió de vincular
indisolublemente la apasionada crónica de los tiempos
(a la manera de Sindo, Rosendo Ruiz, Carlos Puebla) con
el trazado de los relieves íntimos, personales,
amorosos, de acuerdo con el aporte de Manuel Corona,
Martha Valdés, José Antonio Méndez, Teresita
Fernández o César Portillo de la Luz. Como él mismo
reconoce en una canción, "soy como soy y a casi
todo el mundo le pedí prestado".
La heredad
de todos esos paradigmas fue conscientemente acatada por
el cantautor, quien nunca descartó vigorosos elementos
de modernidad y puesta al día, asumidos desde la época
alucinante del Grupo de Experimentación Sonora del
ICAIC, un hito en la cultura cubana por fusionar el
complejo sonoro de la rumba y el son con el rock y el
jazz, a contrapelo de la "estética" oficial
propugnada por algunos burócratas de paso. Con Leo
Brouwer, Pablo Milanés, Eduardo Ramos, Noel Nicola,
Sergio Vitier y Emiliano Salvador, el Grupo de
Experimentación Sonora fue el primero en transformar y
actualizar la manera de componer y orquestar canciones
en Cuba, confiriéndole a los textos, entre otras cosas,
un lirismo insospechado a la matriz rítmica cubana.
Desde entonces, ciertas canciones de Silvio parecerán
más visiblemente deudoras de la música clásica o de
concierto, del jazz latino y de sonoridades
latinoamericanas, en particular, las de ascendencia
andina o brasileña.
En 1970
escribió Leo Brouwer, conductor por entonces del Grupo
de Experimentación Sonora: "Nuestro país necesita
música aplicada a los medios masivos, música
electrónica, música popular de consumo diario (entre
otras, canciones con textos que hagan pensar), música
de concierto con perspectivas de desarrollo (...) usemos
nuestros elementos musicales transformados en un
lenguaje coherente con el momento histórico que nos
toca vivir (...) La solución para un país colonizado
está en suprimir rasgos definidores de la cultura
opresora y no los rasgos comunes a la cultura
universal".
En medio
de tal hervidero de ideas, de la cuales fue
probablemente cómplice, Silvio componía canciones
febrilmente, en contacto con la inmediatez de las
inmensas transformaciones, muy cerca de la épica
cotidiana y de los sentimientos comunes de la mayoría
de los cubanos. Al mismo tiempo, respondía a la
necesidad medular, cultural y existencial, de crear un
universo sonoro novedoso, distinto, al unísono con la
nueva manera de ver la vida que se abría paso a todo
tren.
Cuando
abandona el Grupo de Experimentación Sonora se
instituye la Nueva Trova como movimiento que funcionó
entre 1972 y 1985. Silvio era otra vez una de las
piedras angulares de un colectivo artístico destinado,
entre otros propósitos, a enfrentarse estéticamente a
tanta banalidad, intrascendencia y cursilería. Es el
tiempo en que son considerablemente acogidas "Fusil
contra fusil", "El rey de las flores",
"Canción del elegido", "Santiago de
Chile" o "El Mayor", coreadas por
multitudes en Cuba y en otros muchos países como
símbolos preclaros de muchísimas personas
comprometidas con la historia, con los desposeídos y
con el futuro del mundo. En rigor, las coreaban desde el
corazón y la inteligencia la mayoría de los
hispanohablantes interesados en ver reflejado en música
y letra su presente, su diario decursar edificado sobre
el pasado siempre pujante, para mejor atisbar en lo
porvenir.
No ha
permanecido su obra inmóvil ni atrapada por los
hallazgos de los primeros tiempos. Desde finales de los
años setenta y principios de los ochenta su música
evadió el estricto formato trovadoresco (guitarra,
texto y voz) en busca de arreglos orquestales más
completos, sinfónicos y complejos. Es el tiempo en que
aparecen álbumes como "Unicornio", "Oh
Melancolía", "Tríptico", a la vez que
avanzaba en su integración al complejo sonero caribeño
y se acercaba otra vez a géneros como la guajira y la
décima. No obstante, en ningún momento le fue infiel
al regusto intimista, de descarga altamente poética y
autoconfesional. A esos cauces retorna con la trilogía
de discos Silvio, Rodríguez y Domínguez, una suerte de
autobiografía musical matizada por la crónica y la
narración sin antecedentes en la discografía cubana.
Descartes, su último disco, se añadió como nueva
comprobación del poder de seducción y convocatoria, la
altura de miras, la versatilidad, agudeza y sensibilidad
a toda prueba de este pintor que compone en enérgicos
trazos, este poeta que ha pintado con voz trémula
(suficiente) el espanto y la ternura, el deber, la
verdad y la esperanza, entre muchas otras cosas posibles
e imposibles, de las cuales nunca se sabe demasiado.
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