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COMIENZA UN LUNES

La eternidad por fin comienza un lunes
y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, al abolido.
Y en él se apagan todos los murmullos
y aquel rostro qua amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.
La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.

Nombre y fecha tú grabas en un mármol,

los roza displacente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.
Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo
en plena oscuridad: aquí he vivido.

EL GENERAL A VECES
NOS DECÍA


El General a veces nos decía
extendiendo sus manos transparentes:

«así fue que lo vimos aquel día
en la tranquila lluvia indiferente
sobre el negro caballo memorable».

Suavizaba la sombra del alero
su camisa de nieve irreprochable
y el arco duro del perfil severo.

Y mientras en el patio de azul fino

cercana renacía la tristeza
del platanal con sus nocturnos roces,

más allá de las palmas y el camino,

limpiamente ceñida su pobreza,
pasaban en silencio nuestros dioses.

NO ES MÁS

por selva oscura...

Un poema no es más
que una conversación en la penumbra
del horno viejo, cuando ya
todos se han ido, y cruje
afuera el hondo bosque; un poema

no es más que unas palabras
que uno ha querido, y cambian
de sitio con el tiempo, y ya
no son más que una mancha,

una esperanza indecible;

un poema no es más
que la felicidad, que una conversación
en la penumbra, que todo
cuanto se ha ido, y ya
es silencio.

RETRATO CON
LA PRODIGIOSA BANDA


La prodigiosa banda en la glorieta
levanta de pronto el aire del año veinte
y sopla entre las cintas blancas
de la esbelta muchacha por la que no [pasa el tiempo.

Y taciturna, inmóvil, agradable, diferente,
con vagos y bellos ojos mira
la primavera de otro año
—lejano ya, lejano el año veinte.

No mires, no, mi cuarto, mira la glorieta,
no mires, no, la página vacía?
vuélvete al músico, a la brisa
moviendo el empolvado telón de los [laureles.

Por ti no pasa nunca el tiempo.

EN EL MEDIO MISMO DEL DÍA

(fragmento)
En medio de una rugiente avalancha de [luz está mi padre.
La luz arranca destellos, no, saltos de [furiosa nieve
a la pequeña escalinata que mi padre [diseñó
desde un humilde orgullo, y vuelan
en astillas de luz los troncos de las [palmas.
Cómo sus ropas arden en blanquísimas [ascuas
que le abrasan la cara traspasándola y [fundiéndose
al fuego de una felicidad que es tanto, [tanto
más que la consumación de su proyecto, [más
que su fiera estatura iluminada.

LA JOVEN EN EL TEATRO

(fragmento)
Y mientras te inclinabas
Impaciente al vacío,
interrogando

la polvorienta púrpura,
vi el sesgo valeroso de la boina,
tus ojos serios y veloces,
el liviano

pelo lacio, al desgaire, oh cazadora,
y me tocó el terror de lo tremendo sobre

[tus hombros frágiles:
caía

la mañana en diluvios, oh luz,
en fugas y murmullos,
y ya nada

podría ampararte de tu juventud.


EN PAZ

El gato duerme en la cocina
mientras la lluvia corre afuera.
Cien y mil años de penumbra.
La tarde solo un soplo afuera.

El gato duerme desde cuándo,
la lluvia es otra y otra, afuera.
El gato en paz, en paz el sueño,
y el agua hacia la mar
[—afuera.

ASOMBRO

Me asombran las hormigas que al ir vienen
tan seguras de sí que me dan miedo porque están donde van sin más [preguntas
y aunque asomos de vida son perfectas
si minúsculas máquinas que saben
el dónde y el adónde que les toca
y a la muerte la ignoran como a nada
si no fuese tan útil instrumento
con que hacer de lo inerme nueva vida.

Pero aunque agrande su minucia viva
el azoro redondo en que las miro
y me apena que no se sepan nunca
tal como son en su afanarse oscuro
ya tan inmemorial como la Tierra

más me asombra mi pena y me convence
de que saberse el ser bien que la vale
aun cuando el precio sea tan alto como
el enorme silencio de allá afuera.


DAGUERROTIPO DE MI ABUELA

Mi abuela está sentada: es una joven
de esbelto rostro frágil
sobre el altivo cuello: miro inmóvil
la pupila en tinieblas que la mira
desde un abismo: si volviera
no más los ojos a la barba triste
del padre sonriente, se animara.
Pero mi abuela sigue inmóvil, joven.

Se ha de poner en pie muy pronto. El día
la arrastrará consigo hasta el zaguán mientras la calle vibra al choque cósmico
de casco y casco. Se ha perdido. Cuando la vuelva a ver, será una anciana.

Pero en tanto, serena, inconmovible, sigue mirando hacia la sombra inmensa, su esbelto rostro frágil
sobre el soberbio cuello. Es una joven. Está, sencillamente, allí sentada.

CANCIÓN PARA TODAS LAS
QUE ERES


No solo el hoy fragante de tus ojos amo
sino a la niña oculta que allá dentro mira la vastedad del mundo con redondo azoro,
y amo a la extraña gris que me recuerda en un rincón del tiempo que el invierno ampara.
La multitud de ti, la fuga de tus horas, amo tus mil imágenes en vuelo
como un bando de pájaros salvajes.
No solo tu domingo breve de delicias sino también un viernes trágico, quien sabe,
y un sábado de triunfos y de glorias
que no veré yo nunca, pero alabo.
Niña y muchacha y joven ya mujer, tu todas,
colman mi corazón, y en paz las amo.

TESTAMENTO

Habiendo llegado al tiempo en que
la penumbra ya no me consuela más
y me apocan los presagios pequeños;

habiendo llegado a este tiempo;

y como las heces del café
abren de pronto ahora para mí
sus redondas bocas amargas;

habiendo llegado a este tiempo;

y perdida ya toda esperanza de
algún merecido ascenso, de
ver el manar sereno de la sombra;

y no poseyendo más que este tiempo;

no poseyendo más, en fin,
que mi memoria de las noches y
su vibrante delicadeza enorme;

no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;

decido hacer mi testamento.

Es este:
les dejo

el tiempo, todo el tiempo.

*Ambas versiones, en castellano y en inglés, pertenecen a Eliseo Diego. Los textos son una selección del libro Aquí he vivido, Ediciones Especiales, Instituto Cubano del Libro, 2000

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