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CUENTO
De Jacques
Llueve en finísimas flechas aceradas sobre el mar
agonizante de plomo, cuyo enorme pecho apenas alienta.
La proa pesada lo corta con dificultad. En el extremo
silencioso se le escucha rasgarlo.
Jacques, el corsario, está a la proa. Un parche
mugriento cubre el ojo hueco. Inmóvil como una figura
de proa sueña la adivinanza trágica de la lluvia.
Oscuros galeones navegando ríos ocres. Joyas cavadas
espesamente de lianas.
Jacques quiere darse vuelta para gritar una orden, pero
siente de pronto que la cubierta se estremece, que la
quilla cruje, que el barco se encora si encallase. Un
monstruo, no, una mano gigantesca alcanza el barco
chorreando. Jacques, inmóvil, observa los negros vellos
gruesos como cables.
«¿Este?» «Sí, ese» —dice el niño, y envuelven
al barco y a Jacques en un papel que la fina llovizna de
afuera cubre de densas manchas húmedas. El agua chorrea
en la vidriera, y adentro de la tienda la penumbra
cierra el espacio vacío con su helado silencio.
«De Jacques», relato
perteneciente a su libro Divertimentos, 1946
FRAGMENTOS DE ESTUDIOS
Secretos del
mirar atento: En torno a Hans Christian Andersen
Es con asombro, pena, terror, con lágrimas y
alabanzas y un enorme desconcierto que volvemos a
contemplar la niñez de Hans Christian Andersen. Pues si
nos inclinamos, dolorosos, a la minúscula habitación
que era toda su vida, a los mugrientos remiendos de los
muebles y los harapos de la penumbra, una voz vibrante
nos interrumpe y advierte: «Pero de las paredes
colgaban cuadros, sobre la cómoda había hermosas tazas
y estatuillas de vidrio... Pero la pequeña habitación
me parecía grande y rica.» Y si esa ráfaga de
ilusión nos consolase, y si nos convenciera el poderío
del deseo, la propia voz vendría a sacudirnos, seca
ahora y sorda cuando nos diga de cierto juglar
miserable: «Un día oí que los muchachos de la calle
lo seguían, gritando y burlándose de él ruidosamente.
Atemorizado me escondí detrás de una escalinata para
esperar que pasaran. Porque yo sabía que era de la
misma sangre y de la misma carne que aquel loco.»
Y si luego, alzando la vista a su heroica escapada a
Copenhague, y como para olvidarnos de esta carne y de
esta sangre demasiado sombrías, intentamos distraernos
viéndolo, desmesurado niño de doce años, saltando y
trastabillando y enredándose entre sus remos en exceso
largos, mientras declama y danza ante Madame Schall
seguro de conmoverla, hasta que la actriz lo pone en la
puerta fríamente, convidándolo, para consuelo, a una
cena que no ha de comer nunca, y nos parece que tocamos
ya la piedra monda de la tristeza; a poco, cuando lo
miremos marchar por la más mezquina de las calles del
más corrupto de los barrios, va a herirnos el júbilo
de las transfiguraciones: ¡allí, a grandes trancos, en
su raquítico traje de la confirmación, pasa el
Inocente!
(Ensayo «Secretos del mirar
atento: En torno a Hans Christian Andersen», recogido
en sus Prosas Escogidas, Letras Cubanas, Cuba,
1983, p. 338)
William
Faulkner
No es William Faulkner por tanto un simple
novelista, un creador literario siquiera excepcional. De
sí mismo no dijo nunca sino que era uno más de los
granjeros del Sur. Huraño y solitario, rehúye toda
contemplación de las letras, toda meditación o
comunicación en torno a las sagradas escrituras del
artista. Con una tozudez de ciego, desde el principio
tiene el oído puesto a los misterios poéticos del
idioma —del idioma como salmodia mágica, como
encarnación para conjurar los terrores y el secreto
último de su país—. Está así junto a Melville, el
otro gran americano —americano en el sentido absoluto—
que no rehuyó, que no se atrevió con los registros
más graves del órgano del maestro William Shakespeare.
La cuestión del instrumento y de su deuda con James
Joyce creo que queda zanjada con lo que va dicho. Si la
invención de Joyce hubiese sido menor de lo que fue, si
hubiese sido solo una manera o quizás aún un estilo
individual, y no un desquiciamiento, un empuje
tectónico, un nacimiento idiomático del que fueron
preludio las grietas de fuego que cruzan los poemas de
Gerard Manley Hopkins, por ejemplo; si la invención de
Joyce, digo, no hubiese sido más que un instrumento, el
granjero del Sur se lo habría apropiado sin un
escrúpulo para hacerlo sonar con el estruendo de su
propia sangre. Pero puesto que fue más, la cuestión se
reduce a la respiración natural de la poesía en el
tiempo: no podía hoy expresarse de otro modo quien iba
a enfrentarse, no con la gran novela de una región,
sino con todo un mito americano.
(«William Faulkner»,
conferencia pronunciada en la Biblioteca Nacional
«José Martí», recogida en sus Prosas Escogidas,
Letras Cubanas, Cuba, 1983, p.312)
La
insondable sencillez
Cierta noche del año 1891 José Martí reúne a un
grupo de amigos para leerles por primera vez sus Versos
sencillos. El globo de gas no alcanza sino para
iluminarle las manos y la blancura de las páginas —el
pequeño volumen acaba de salir de las prensas—; los
otros quedan en la penumbra, donde no podemos
distinguirles los rostros ni, por tanto, saberles los
nombres. Extraña, absoluta, inconcebible soledad la de
quien está así leyendo sus versos. Un abismo lo separa
esta noche de sus oyentes —un abismo tan negro como el
vacío de sus nombres—. A la orilla del círculo de
luz, el precipicio que se abre es justo al de la
posteridad sin medida. Esos rostros vagos, confusos,
¿serán quizás los nuestros? Apenas podemos percibir
al que lee, de tanto como se adensa la penumbra de los
años. Y cuando la lectura acabe tendrá que
contentarnos, de respuesta, el torpe balbuceo con que el
coro de las sombras aprueba, como puede, lo que no le
estaba destinado, lo que no entiende. Esa noche José
Martí está solo como nunca. Solo en alma.
(Ensayo «La insondable
sencillez», recogido en sus Prosas Escogidas,
Letras Cubanas, Cuba, 1983, p. 424)
A través de
mi espejo
Increíble felicidad sería que la vida y la obra de
un poeta formasen un cuerpo solo. Pero si los versos es
él quien los escribe, ¿quién, en cambio, va
haciéndose la vida? Porque si a su mano estuviese, no
hallaríamos sino azul y rosas frescas, enseñándonos
muy al revés la experiencia que a menudo acaba todo en
un horror de melancolía o en un terciopelo de infierno.
Digamos entonces que son el azar y la voluntad quienes
hacen con vida y obra lo que buenamente pueden, y
resignémonos a esta como a otras tantas tristezas.
Aparte estará además la cuestión de hasta qué punto
difieren ambas, de si la poesía compuesta por el hombre
es o no gratuita obra suya que acrece el mundo, o bien
simple expresión de una realidad que, como el ser a la
imagen, infinitamente lo trasciende. Mayor o menor que
la vida, su continuación en el espíritu o su reflejo
pálido, cómo saberlo. Yo echo los ojos bien adentro de
mí mismo, cruzo el espejo, y lo sé ya de una vez por
todas: poesía y vida comienzan para mí en una sola
visión de dicha.
(Ensayo «A través de mi
espejo», recogido en sus Prosas Escogidas,
Letras Cubanas, Cuba, 1983, p. 466)
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