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LA ÉPOCA, LA MÚSICA,
LO HUMANO
Jaime
Sarusky
Revolución y Cultura
entrevista a integrantes del mítico Grupo de
Experimentación Sonora del ICAIC. En esta ocasión,
Silvio Rodríguez rememora hechos y circunstancias de
aquellos ya lejanos años
Por supuesto que aquellos tiempos de fines de los
sesenta y principios de los setenta tenían los
elementos propios de cualquier década, anterior o
posterior. Hubo momentos fabulosos que nadie quisiera
olvidar, hubo otros que no se quisieran recordar. Y
mucho menos para creadores, como Silvio Rodríguez, por
ejemplo. Por el mundo andaban gravitando Los Beatles y
el rock mientras aquí, inmersos en la epopeya, a los
esfuerzos cotidianos de la gente hubo que añadir, en
cuanto al arte y la cultura, los enfrentamientos a
quienes pretendían imponer sus criterios desde
posiciones intransigentes, intolerantes. En medio de esa
atmósfera convulsa, con su profusión de
contradicciones, se fundaría aquel fenómeno de
excepción que fue el Grupo de Experimentación Sonora
del ICAIC, del cual fue Silvio uno de los pilares. De
esa experiencia, desde la perspectiva que da la
decantación en el tiempo, nos habla él ahora con
penetrante lucidez.
–¿Qué hacías cuando se funda el Grupo de
Experimentación Sonora del ICAIC?
–Era empleado del ICRT, entonces ICR. Ya había
tenido problemas allí. Habían terminado con
"Mientras
tanto", el programa que yo estaba haciendo. Me habían
botado del organismo.
–¿Por qué razón?
–Las razones que me argumentaron –puedo deducir
e inferir un sinnúmero de cosas– en la reunión,
donde se me separa del ICR –que después no se me
separó como te voy a explicar más adelante– fueron:
1) Que yo había dado unas opiniones acerca de Los
Beatles en la televisión.
2) Que yo andaba con un exrecluso de la UMAP.
3) Que yo me reunía en Coppelia con unos jóvenes
intelectuales de la Universidad medio sospechosos.
4) Que habían salido en un programa "Mientras tanto" dos
personas dándose un beso en la boca y eso no se hacía
en la televisión cubana. Se trataba de un trozo de
película que ilustraba una canción de amor. En ese
momento no salían besos en la televisión.
El problema es que hay que hacer memoria de todo ello
porque las cosas que sucedían en aquella época, o que
no sucedían en la televisión, hoy día pueden parecer
completamente risibles y absurdas.
Pero era la realidad cotidiana, como por ejemplo, que
las mujeres no podían salir en minifalda en la
televisión. Estaba prohibido. Los hombres no podían
salir con melena. A no ser los barbudos. Era la época
en que ni siquiera se podía hacer un tiro de cámara
donde se vieran las luminarias del estudio porque estaba
en contra de lo establecido para el buen quehacer de la
televisión.
Y así te sigo enumerando cosas. Era la época en que
prácticamente se seguían con microscopio los compases
de las canciones para ver si algunas tenían células
del rock, que a su vez eran interpretadas como células
de penetración y células proimperialistas. O sea,
había compases musicales imperialistas en esa época.
Hay que analizar todo eso en aquel contexto.
Y cuando me llaman –siempre he pensado que en realidad
lo hicieron para darme un par de cocotazos, para
regañarme–, no me quedo callado, rebato todo lo que
me están planteando, defiendo la amistad con mis
amigos, defiendo a Los Beatles, defiendo el beso,
defiendo todas esas cosas en una reunión que empieza a
subir de tono y yo a no retractarme de nada. Parece que
al compañero que está reunido conmigo no le queda más
remedio. Pienso que fue un exabrupto botarme de allí.
Recuerdo que yo estaba en el estudio dos, grabando la
música para el programa; bajo y le digo a las personas
que estaban allí: "Señores, esta grabación ya no
tiene objeto, Mientras tanto acaba de ser suspendido. A
mí me acaban de botar del organismo, así que me
voy."
Pero me niego a cobrar el sueldo y estoy cinco o seis
meses sin cobrarlo y me lo tenían allí todos los
meses. Yo quería que me dieran la baja y no me la
daban.
En ese Interín, a fines de 1968, llega Alfredo Guevara
de Brasil. Había ido a un festival de cine y estuvo en
contacto con lo que era la nueva canción brasilera.
–El tropicalismo.
–El tropicalismo, claro. Pero no sólo el
tropicalismo, que es de Bahía y son los bahianos:
Veloso, Gil, todos ellos. En Río y en otras regiones de
Brasil también se estaba desarrollando un movimiento de
la canción con Chico Buarque, Gerardo Vandré, Sergio
Ricardo, que era nordestino. En realidad había un
fenómeno de Nueva Canción en todo Brasil que cobra
mucha fuerza. Y el tropicalismo porque estaba apoyado
por excelentes músicos aunque también por poetas,
ensayistas, periodistas que le daban una gran
divulgación a ese movimiento.
Alfredo nos invita a Leo Brouwer y a mí a la
conferencia que da en el noveno piso del ICAIC para
informar acerca de su viaje a Brasil que había tenido
lugar en plena dictadura, después del derrocamiento de
João Goulart.
Aunque Leo y yo éramos empleados del ICRT, estábamos
en las mismas condiciones. Allí no nos daban trabajo y
nos habían prohibido aparecer en la televisión y la
difusión por la radio. No nos soltaban para otro
organismo, pero no nos daban trabajo.
Después de la conferencia, Alfredo quiso hablar
personalmente con nosotros dos y nos dice que qué nos
parecía crear un grupo dedicado a la experimentación
sonora, a investigar nuestras raíces, es decir,
también la de los países que tienen los mismos
componentes étnicos, como Brasil, por ejemplo, y otros.
En general, hacer un estudio de la música en función
de la banda sonora del nuevo cine.
Imagino que Leo, que ya tenía cierta experiencia en el
mundo del cine, habrá tomado aquella propuesta con más
normalidad, pero para mí aquello fue una revelación
porque significaba sumergirme en el mundo del cine.
Además, no podía cantar en ninguna parte, salvo en
algunos lugares que me abrían las puertas, como
Teresita Fernández, que me dejaba cantar en El coctel o
Raquel Revuelta que me dejaba dar recitales en el teatro
Hubert de Blanck y, por supuesto, Casa de las Américas,
que empezaba ya también, una vez al mes, a hacer
aquellos programas donde nosotros nos reuníamos. Pero
eran contados los lugares donde podía expresarme.
Así empieza todo. Leo y yo fuimos los primeros que nos
trasladamos. Y mi carné del ICAIC está fechado:
primero de abril de 1969. Ya habíamos hablado de los
posibles integrantes del grupo: Pablo (Milanés), Noel
(Nicola), etc. Pero todavía quedaba hablarlo con
Alfredo. Todo eso ocurre en los primeros meses de 1969.
En esa espera se habían escogido algunos músicos que
estaban estudiando en la Escuela Nacional de Arte, como
Emiliano Salvador y Leoginaldo Pimentel. Al parecer
ellos tenían líos en la ENA. Incluso no tenían donde
vivir. Leoginaldo era de Camagüey y Emiliano de Puerto
Padre. Medio que los estaban sacando de la ENA. Se
decía que porque eran regados o algo así. Y entonces
fueron para el ICAIC.
También ingresaron Sergito Vitier, Leonardo Acosta,
Eduardo Ramos, Pablo Milanés, Noel Nicola, Pablo
Menéndez. Cuando entra Sara (González) en el setenta
ya el grupo tenía cierto camino recorrido.
–En 1967 se crea la Orquesta Cubana de
Música Moderna. Más de un año después arman ustedes
el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. ¿No ves
un vínculo entre ambos hechos?
–No, en lo absoluto. La Orquesta Cubana de Música
Moderna era un jazz-band con la tímbrica de ese tipo de
formación. No abarcaba todas las posibilidades con que
se podía tratar la música, tema que en ese momento era
motivo de muchas discusiones. En primer lugar, había un
celo terrible con todo lo que oliera a rock. Y fue
posible hacer el jazz band porque ya era una música de
viejo estilo, menos vigente.
–El formato era viejísimo.
–Exactamente. Entonces, como la gente no corría
peligro de escuchar esa música y de que se le pegaran
los microbios imperialistas, se permitió que se
hiciera. Pero ya, dentro de la misma orquesta, hay una
serie de gérmenes, de gente más joven que empieza a
pujar por hacer su propia música, su propia versión
del jazz, no una versión tan antigua. Y ocurre el caso
de dos destacados músicos cubanos a los que castigan
–a uno de ellos porque quería separarse de la
orquesta y crear su propio grupo– y los mandan a que
se pasen un tiempo dándole de comer a los leones en el
Zoológico.
–Increíble.
–En esa época esas cosas pasaban. Se hacían esas
cosas. Nada, eran los castigos que te mandaban. Era una
cosa completamente loca.
–¿Cómo reaccionaron ustedes en el grupo ante esos
hechos?
–El grupo nuestro tenía otro conflicto porque a
no todos sus integrantes les gustaba el rock. Los había
que les gustaba el jazz, a otros el rock, o los pegados
a la cancionística como nosotros. Pero todos sí
teníamos interés en experimentar con libertad en
cualquier género que se nos ocurriera, sin
limitaciones.
Al ver que estábamos en un ambiente donde no se nos
coartaba ni se nos impedía la experimentación,
empezamos a montar canciones con distintas formas, desde
un rock a lo inglés como "Cuba va", hasta la
"Canción de la Nueva Escuela", que es un son
tradicional, o un guaguancó como "Los
caminos", etc. Empezamos a hacer de todo.
En septiembre de 1969, cuando se empieza a armar el
grupo con todos sus integrantes, yo llevaba meses
tratando de irme en un barco de pesca. Y justamente en
ese mes me confirman el viaje. Entonces estaba entre
quedarme desde el inicio con el grupo o hacer mi viaje y
al regreso incorporarme. Y eso fue lo que hice.
–O sea, te fuiste en septiembre y regresaste...
–El 28 de enero.
–¿Ya Leo tenía claro qué quería hacer con el
grupo, que no se limitara a hacer música para cine?
–La creación del grupo en parte fue un pretexto
para sacarnos a algunos de la vorágine. Nos era
imposible hacer solamente música para cine porque cada
uno de nosotros venía ya con su propia tendencia. Y al
tener la posibilidad de tocar en conjunto, la
creatividad no estaba esperando a que vinieran y nos
dijeran: haz la música para esta película. Todo lo
contrario. Por eso hicimos muchísima más música
espontáneamente que la que hicimos para películas.
Aquello fue un taller de experimentación desde varios
puntos de vista. En primer lugar porque recibimos
clases. Estaba Juan Elósegui dando solfeo; Federico
Smith daba armonía, contrapunto, composición. Las de
Leo eran unas clases muy amplias y muy abarcadoras:
Desarrollo de las formas. Contenían muchas materias y
muchos conocimientos también. Toda esa erudición de
Leo, que siempre la tuvo.
Por ejemplo, explicaba un fenómeno de desarrollo
musical dibujando una hoja en la pizarra, el tallo de la
hoja, luego las ramificaciones. Empezaba por el dibujo
de una hoja y por último dibujaba las formaciones del
ejército de Napoleón que él recordaba en una batalla.
Y decía: esto es arte también, la forma en que se
dispuso la artillería. Aquí hay un desarrollo de la
forma porque después la infantería avanzaba de esta
manera. Esto es desarrollo de la forma. Eran clases de
tal nivel que nosotros extrajimos mucha sustancia.
Por lo menos yo, te lo confieso que sí, eran las que
más entendía. Leo nos enseñó, por ejemplo, a
componer en colectivo. A estructurar una obra, a
repartir las partes bajo un mismo concepto y que en
determinado momento fuera una forma expresiva la que
predominara, que sucediera a otra, que hubiera un
puente, que hubiera una tercera, una cuarta, una quinta,
etc. Leo tenía una forma de enseñar que era muy
acelerada. Él siempre dijo que toda la música se
podía condensar muchísimo.
–Leo me contaba de los conflictos que tuvo entonces
con la dirigencia del Consejo de Cultura, que les
habían prohibido tocar no ya en la televisión o la
radio sino en cualquier parte. Que por ello ustedes
tenían que buscar la manera de dar algunos conciertos y
que algunos se dieron en el Chaplin.
–Incluso una vez fuimos invitados a hacer un
programa de televisión y cuando vieron nuestra estampa
se persignaron y exclamaron: ¡Vade retro! Aunque quiero
aclararte que nuestra relación con el ICAIC no era
contemplativa. Ni nosotros con el ICAIC ni el ICAIC con
nosotros. No era un lecho de rosas aquello. También
hubo discusiones allí. Nosotros, realmente, éramos muy
incendiarios en ese momento. Cuando digo nosotros me
refiero a los trovadores. Recuerdo que cuando llegó
aquí el grupo Quilapayún, que fue como un fenómeno,
que llegó con Isabel Parra, se presentaron en todas
partes, en la televisión, en la radio. Los periódicos
de la Juventud sacaban reportajes sobre ellos, El
Caimán Barbudo les hizo un largo reportaje donde se
decían cosas que estaban dirigidas a nosotros.
Quilapayún en ese momento no se acercó porque creyó
lo que les dijeron: que éramos un grupo de
indisciplinados, de desviados políticamente porque lo
que nos gustaba era el rock. También les dijeron que
éramos drogadictos. Eso ellos lo repitieron en terceros
países. Y de ahí salió que dijeran irónicamente de
que era curioso que algunos en Cuba hicieran canciones
con textos revolucionarios y con música imperialista;
que en vez de ser una cultura roja era una cultura rosa.
Cuando leímos aquello inmediatamente empezamos a
redactar una respuesta contundente, como derecho de
réplica, para que se publicara en el propio Caimán.
Esto llegó a la dirección del ICAIC. Y parecía que a
causa del conflicto se iba a desbaratar el grupo. No nos
amenazaron con hacerlo pero nos prohibieron responder
aquellas declaraciones. Y establecieron que las leyes
del juego las ponían ellos. Me deprimí tanto que
llegué a pensar que la fraternidad podía ser un
préstamo, que no era tan así tampoco...
Yo me imagino que el combate ideológico, en la
superestructura, que estaba llevando a cabo el ICAIC,
era lo suficientemente delicado como para que un
elemento sin control, como podíamos ser nosotros, de
pronto desbaratara aquel precario equilibrio que estaba
establecido. Con el tiempo me doy cuenta de que eso es
así pero en aquel momento estaba ciego de furia.
–Llama muchísimo la atención esa fuerza que les
tenía enfilados grandes cañones a ustedes que todavía
no eran ni remotamente lo que fueron después.
–No, si cuando fuimos lo que fuimos después, eso
se acabó... He ahí la cosa.
–Ahora, ¿quién lidereaba esa corriente tan
dogmática y tan intolerante?
–Yo creo que era mucha gente, en realidad. Uno
podría hacer memoria y acordarse de quién dirigía tal
organismo o el otro organismo, pero a mí me parece que
era una corriente que iba más allá de los dirigentes
de los organismos. Era un fenómeno que se daba producto
de la euforia revolucionaria, por una parte. Lo más
fácil de hacer siempre con lo que no te gusta, sin
haber profundizado en por qué te gusta o no y si tienes
razón o no, es eliminarlo, quitarlo de tu vista.
–También el oportunismo, como aquella actriz de la
televisión, medio española-argentina, que salía a la
calle con una tijeras a cortarle la melena a la gente y
a cortarle los bajos estrechos de los pantalones.
–Yo lo recuerdo. Además, se lo hizo a un amigo
mío que estaba de pase y era vanguardia de toda la Isla
de la Juventud, militante comunista. Él le tiró el
carné de la Juventud y le dijo: mire, este pase yo me
lo he ganado en la Isla de la Juventud y me gané la
militancia de la Juventud y estos pelos que tengo me los
he ganado ordeñando vacas allí durante años. Y ni
usted ni nadie me los va a cortar. Eso pasó y conozco
la persona y está ubicada perfectamente.
Yo pienso que todo parte de una interpretación
demasiado rígida de lo que es la sociedad o de lo que
es el socialismo, de lo que es la sociedad socialista.
Se trata de un purismo que en el trasfondo es muy
hipócrita, porque es: haz lo que yo digo pero no lo que
yo hago. Es también, sencillamente, abuso del que puede
determinar que las cosas sean de una forma y lo hace
porque sí.
Era inmadurez, falta de perspectiva. Es muy probable que
haya habido su elemento de oportunismo en alguna gente.
No lo dudo. Te empecé hablando de la euforia
revolucionaria porque todas esas medidas son a las que
las multitudes sin cabeza responden a veces con
prontitud.
¿Tú has leído Masa y poder de Elías Canetti? Lo que
es capaz de hacer una masa cuando se embulla de pronto,
de las atrocidades que es capaz de hacer. Yo pienso que
es parte también de una especie de euforia que cuando
las masas no están bien encaminadas, no están bien
esclarecidas en una dirección, pueden llegar a cometer.
¿A ti no te ha pasado un camión lleno de hombres por
el lado? ¿Tú no has visto como se van metiendo con
todo el mundo? Seguro que cada uno de esos hombres,
solo, si va a pie por la calle, no hace eso. Es un
efecto de estar en grupo. Y pienso que algunos excesos
que se le atribuyen a la masa tienen su origen también
en esa psicología de las multitudes.
Había alguien que de pronto venía y te enardecía con
algunas palabras: porque esto es lo revolucionario,
porque esto es lo que hay que hacer, porque a estos hay
que pisotearlos. Y bueno, acababan, no sé, pelando a un
muchacho, rajándole los pantalones, como acababan
haciéndole un mitin de repudio a los marielistas, a
quienes fueran, tirándoles tomates o pedradas a las
casas. Ese tipo de cosas.
Es una manipulación que puede estar dada –yo nunca
pienso que por la mala fe– por equivocación, por un
error de concepción, por darle cabidas a sentimientos
que no son los mejores, ni los más humanos, ni los más
solidarios, que no son los más altruistas, ni son los
más dignos de un ser humano. No son los que hubieran
apoyado Martí ni el Che.
En esos momentos, a veces pequeños grupos, pequeñas
masas, respondían a ese tipo de provocación,
aparentemente con buena intención. En aquella época,
uno de los lugares de donde más gente salía a pelar y
todo eso era de la beca de 25 y G, que era de Medicina.
Y otro de los lugares donde hubo procesos espantosos fue
en la CUJAE. Yo me negué a ir a cantar en la CUJAE,
nunca canté en la CUJAE en esa época. Y se lo dije a
los dirigentes que me vinieron a ver: no, no, no, cuando
ustedes quiten esos métodos que tienen ahí, con los
que no estoy de acuerdo, yo voy y canto, pero no voy a
cantarle a gente que son capaces de hacer esas cosas, de
emplazar a una persona porque se mueve así o porque
pone un dedo de una manera, degradarlo ahí, delante de
todo el mundo y expulsarlo sin haber atendido si tiene
talento, si no lo tiene, si tiene condiciones humanas,
si no las tiene, si va a ser útil a este país, si no
lo será.
Pienso que es un fenómeno que fue como la cola de
aquella euforia revolucionaria de la década del
sesenta, alimentada en gran medida por la enorme
necesidad de defensa que tenía la Revolución en ese
momento y por la realidad incuestionable de los ataques
y del acoso directo que tenía en aquel momento. Todo
eso se mezcló.
–En el año sesenta y ocho empieza uno de los
primeros líos, cuando Padilla gana el Premio de poesía
de la UNEAC.
–Pienso que eso se pudo haber evitado. Hubo gente
que alimentó eso y los mismos que lo alimentaron
después se fueron.
–Exactamente.
–Es increíble que los que llevaban la batuta
después se fueron. Y Padilla, sí, es verdad, escribió
una serie de poemas bastante duros, pero poemas. No eran
panfletos, era poesía lo que estaba escribiendo y
excelente poesía, además. Bueno, sí, bastante duros.
Pienso que con Padilla quizás lo que se hubiera tenido
que hacer era acercarse a él, darle mejores ejemplos,
no ponerlo en la disyuntiva de la rivalidad, de la
competitividad aquella que había entre tres o cuatro en
aquel momento y de quítate tú para ponerme yo. Todo
eso fue muy mal manejado.
–Volviendo al Grupo de Experimentación Sonora,
¿para ti o para los que lo integraban, aquella
experiencia tenía un carácter de permanencia o de
provisionalidad, como cuando se juntan los músicos para
una descarga?
–Yo pensaba que sí, que quizás en el futuro
iría a otro sitio, pero no suponía el futuro de esa
forma. O sea, yo estaba muy concentrado en aprovechar lo
que tenía en ese momento porque fue mi primera gran
oportunidad de hacer música con muy buenos músicos,
aprender mucho de todo el mundo.
Fue la segunda, en realidad, porque anteriormente
Martín Rojas y el Grupo Sonorama 6, en el que también
estaba Eduardo Ramos, hicimos algunas cosas que quizás
fueron el preludio de lo que fue el Grupo de
Experimentación Sonora desde el punto de vista
experimental, aunque para ello no había espacio en ese
momento. Martín tenía su grupo y trataba de hacer
música que se acogiera bien en los cabarés, en los night
clubs, porque eran los lugares donde lo empleaban.
Los conocí a él y a Eduardo en Varadero en un impasse
en que estuvo sin trabajo. Los invito a que me
acompañen en algunos temas para salir en
"Mientras
tanto". Ellos acceden y nos ponemos a grabar y a
divertirnos y de pronto empezamos a hacer cosas que para
ese tiempo resultan interesantes.
Luego, en el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC,
tuve el status de plantilla, con una seguridad, incluso
laboral. A nosotros nos estaban pagando realmente para
que estudiáramos y para que creáramos. ¿A qué más
puede aspirar un artista?
–Y siendo joven.
–Exactamente. En esa época hice cientos de canciones.
–¿Se produjo acaso un cambio entre tus canciones
anteriores a tu pertenencia al Grupo y las que vinieron
después?
–En mí ese proceso se fue dando por su propio
peso. Lo que me incorpora el Grupo fundamentalmente es
un sentido más orquestal. El concepto de cámara, el
concepto sinfónico. O sea, la posibilidad de ampliar lo
que yo hacía. Y, por supuesto, de ampliar
enriqueciendo, no de pegar una cosa encima de la otra.
El fenómeno de la extensión, de estructuras más
largas y anchas, más complicadas, son aspectos que
están debajo de las canciones, que están en su
morfología. Esto es enriquecedor, pero hay otra zona
que me parece fundamental y es la experiencia con cada
uno de los músicos que estaban allí.
Por ejemplo, oír tocar el piano a Emiliano Salvador con
la armonía que uno le daba, aunque a él se le podían
ocurrir mil melodías que no eran las que se te
ocurrían a ti. Eso te amplía el horizonte. O si no,
darle un papel de bajo a Eduardo Ramos con un cifrado y
de pronto ver que él a veces no hace lo que tú le
pones sino una cosa mucho mejor, eso también te
enriquece.
Estar al lado de compositores como Pablo (Milanés),
como Noel (Nicola), que enfocan un tema no como lo
enfocas tú sino desde otro ángulo, y que te hace
meditar, tú dices: coño, qué interesante, qué bien,
eso también te enriquece. Tuvimos experiencias
colectivas de composición, como por ejemplo el caso de
"Cuba va", en que sólo nos dimos una
tonalidad: "vamos a hacer esta canción en la mayor
y vamos a hacer una estrofa cada uno".
–Una especie de cadáver exquisito.
–Un cadáver exquisito. Entonces nos fuimos a
nuestras casas y cuando regresamos al día siguiente
cada uno tocó su parte y, por lógica, todos supimos
qué orden tenía que tener cada parte. Empezamos con la
de Pablo, seguimos con la de Noel y terminamos con la
mía que tenía un aspecto un poco más conclusivo. Y
nada, las pegamos y parece una canción hecha por una
sola persona. Fíjate tú qué compenetración teníamos
en ese momento. Estábamos muy juntos, muy
compenetrados, escuchando la misma música, tocando
juntos todos los días las canciones del otro.
–En aquel momento, sobre todo Noel, Pablo y tú.
–Inicialmente nosotros tres. También Eduardo,
pero él siempre hizo menos canciones que nosotros y
nunca le ha gustado cantar. Luego se incorporó Sara.
Además del Grupo de Experimentación Sonora, en otros
lugares había trovadores. En Santiago estaba Augusto
Blanca, en Cienfuegos, Lázaro García, etc. En la misma
Habana había muchísimos trovadores que no
pertenecieron al Grupo. Estaban Martín Rojas, Vicente
Feliú, Carlos Gómez y otros.
–¿Cómo ves ahora tu experiencia musical y
personal en el Grupo de Experimentación Sonora?
–Como experiencia musical podría decir que fue mi
primera escuela. Después he tenido otras de las que me
he enriquecido. Y antes también, pero ninguna tan
abarcadora, ninguna me dejó tantas huellas. Creo que
fue mi primera escuela musical importante. Y desde el
punto de vista humano, enorme. O sea, yo venía de una
experiencia humana colectiva que era el ejército. Y
ahí se aprende mucho, de la convivencia. Reaprenderme
el asunto de la convivencia, de los caracteres, de las
diferencias, de las similitudes, de lo que se puede
hacer en colectivo y de lo que no, de lo que otros
admiten y no admiten, de lo que tú mismo admites y no
admites. Yo creo que todo eso como experiencia humana
también es muy enriquecedor.
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