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MI REGISTRO PREFERIDO ES EL CINE CUBANO

Jorge Perogurría,  protagonista de Miel para Oshún, confiesa que intenta ampliar su registro y hacer películas de todos los géneros. “Siempre me intereso por un cine comprometido socialmente, no solo el cubano, sino también ese tipo de proyectos cuando me llegan desde otros países. Así se alimenta mi ilusión de estar haciendo algo por los demás, no solo entreteniéndolos”

Joel del Río  | La Habana

El protagonista de la película cubana más popular (internacionalmente) de todos los tiempos, el actor de este país más buscado y mejor cotizado por el cine latinoamericano y europeo, confiesa que la fama no es otra cosa que el resultado del trabajo, tal vez por eso se "somete" a la entrevista con una suerte de resignada profesionalidad. Tampoco intenta ocultar, en ningún momento, al ser humano sencillo y accesible que sigue siendo. Como su carrera ya es lo suficientemente larga y marcada por proyectos de sumo interés, preferí ahorrarme la pregunta sobre lo que significó Fresa y chocolate —todo el mundo se sabe la historia del éxito mundial, desde La Habana hasta el Oscar, pasando por un premio máximo en el festival de Berlín— y comencé a conversar con Perogurría a partir de lo último, preguntándole cómo surgió su más reciente filme:

—La más reciente película que rodé se titula Nowhere, o sea A ninguna parte, o más bien En ninguna parte. Es una película creada por el chileno Luis Sepúlveda, muy conocido como escritor y que hace aquí su debut como cineasta. Lo conocí durante el rodaje del filme de Miguel Littín Tierra de fuego, del cual él era el guionista. Establecimos una amistad que continúa hasta ahora, y en el festival de Gijón me propuso hacer esta película, que fue una coproducción entre Chile, Argentina e Italia, con actores de estos países y también españoles. Me di también el lujazo de actuar junto a ese gran maestro que es Harvey Keitel.

¿Y quién es tu personaje en Nowhere?

—Un obrero ferroviario que se llama Pedro Riquelme, un sindicalista que lucha en contra de la dictadura militar en un país de ficción, imaginario, sin nombre. Mi personaje es uno de cinco que están vinculados a esta lucha contra los militares y son secuestrados por ellos y llevados a un campamento militar en el desierto. La historia lo que cuenta realmente es la lucha de esta gente tratando de fugarse de ese lugar. Realmente es una especie de canto a la libertad.

¿Cómo Papillón?

—Tal vez parecida, pero con un compromiso ideológico. Antes de la película con Sepúlveda, hice una coproducción franco-italiana, llamada El Bayón, dirigida por Renzo Martinelli. El título se refiere a una catástrofe que ocurrió en Italia en el año 63, cuando construyeron un dique que en su momento era el más grande del mundo, y se desprendió una montaña, que hizo una ola gigante provocando más de 2 000 muertos. Es una película sobre la memoria, pues intenta trasmitir la verdad: no se trató de un desastre natural, sino el efecto de los intereses económicos desbordados.

Luego de todo ello, ¿qué te propones?

—Estamos en la fase de buscar preproducción y no tengo fechas ni títulos determinados. Tengo algo pensado por Brasil, otro dirigido por Manuel Gutiérrez Aragón y guión de Senel Paz. Los tres ya trabajamos juntos en Cosas que dejé en La Habana, y me hace mucha ilusión repetir la experiencia. Se va a llamar Una rosa de Francia, se rodará aquí en Cuba y ocurre en los años cuarenta.

¿No existe ningún filme que lamentes profundamente no haber interpretado?

—Julio Medem (el autor de Ardilla roja y Vacas) me ha llamado para dos de sus películas recientes en el momento en que estaba comprometido en otras cosas. A la tercera va la vencida. Trabajé con Titón en sus dos últimas películas, y él me hablaba de un proyecto titulado Homo sapiens. Me quedé con los deseos de hacerlo porque para mí resultaba muy interesante la visión de Titón sobre un hombre expuesto. Ese es un fenómeno del mundo mediático de hoy, ahorita estamos todos expuestos los unos a los otros. Yo trataré de realizar este proyecto de alguna manera.

A partir de qué elementos eliges tus papeles: el director, el guión o tu personaje.

—Todo eso es muy relativo. No hay ningún requisito de obligatorio cumplimiento para que yo elija un papel u otro. Soy fácil de entusiasmar. No siempre es el director la motivación principal, porque a veces he participado en óperas primas de cineastas, y las sigo haciendo, ahora mismo pienso hacer una en Madrid con un director joven. Mi intención es apostar por quienes serán los directores del futuro. Se arriesga mucho pero es una experiencia bonita participar en la primera obra de alguien.

"También me puedo encontrar con un guión de Senel, y eso es algo en lo que siempre me veré comprometido. (Senel Paz fue el guionista de Fresa y chocolate). Me llama Juan Carlos Tabío o Bigas Luna, que son directores con una obra, con los que tengo un vínculo, o porque su obra me interesa, y esas son motivaciones para enredarme en sus proyectos. A veces me enseñan un guión, no conozco a nadie de los autores, pero el personaje me gusta, y eso determina que yo esté en la película. A veces hala más una cosa que otra".

A partir de todas estas experiencias recientes, incluidas Lista de espera y Miel para Oshún, ¿prefieres el registro dramático o el cómico?

—Mi registro preferido es el cine cubano, obviando los géneros. Por lo demás, no tengo prejuicios. Intento ampliar mi registro y hacer películas de todos los géneros. Siempre me intereso por un cine comprometido socialmente, no solo el cubano, sino también ese tipo de proyectos cuando me llegan desde otros países. Así se alimenta mi ilusión de estar haciendo algo por los demás, no solo entreteniéndolos. Nada me da más placer que creerme que estoy haciendo algo por nosotros, trasmitiendo reflexiones o sentimientos sobre lo que vivimos. Me parece también maravilloso que la gente vaya al cine y se ría, o que se le salga una lágrima, que me parece también dificilísimo. Así puedo llegar a sentirme más o menos complacido conmigo mismo.

¿Es cierto que a veces los compañeros de reparto pueden ayudarte a sacar una escena?

—Es fundamental la interrelación de los actores en una escena. A medida que las personas con que trabajas estén en sintonía, o participen de la misma química de creación pues el resultado es mucho mejor. Es más cómodo cuando tienes delante otro artista en la búsqueda de crear una situación, y de creer en esa situación. Eso es una ayuda básica, y todos los actores lo sabemos. El trabajo se enriquece en dependencia de la persona que tengas delante.

¿Nunca alguien te estropeó una escena, ya sea actor o director?

—Yo prefiero culparme a mí mismo cuando no sale una escena. Puede ser que un compañero de reparto no dé lo que esté esperando de él, o que un director no entienda la escena como yo la entiendo. Pero creo que el actor obedece al director, y es parte del trabajo entenderlo y brindarle los resultados que él quiere de ti. Ningún actor tiene derecho a estar pensando en los resultados de una escena y uno tiene que estar en función de servir a ese señor, de interpretarlo y de dar la nota que él te pide.

¿Me estás hablando tras la cortina de la modestia o es que tienes hábito de solidaridad?

—Culparme es la única manera de hacerlo mejor la próxima vez. Uno tiene que trabajar con los demás, pero igual te digo que el actor debe tener capacidad para resolver una escena cuando los demás no te dan las cosas por sí solos. A eso yo le llamo madurez, no modestia. En Cuba esa interrelación entre los actores es la costumbre, y proviene de Stanislavsky, de la esencia misma de la actuación. Pero eso tiene mucho que ver también con la solidaridad del cubano a la hora de trabajar, de hacer relaciones, de vincular el trabajo con la vida afectiva y todo ese rollo de la creación. He tenido experiencias donde la gente trabaja muy sola, donde cada uno va y hace su parte, te sientes totalmente solo, pero tienes que estar preparado también para eso.

Hablando de madurez ¿qué crees haber ganado y perdido, luego de todos estos últimos años de fama internacional?

—Después de todo este período de trabajo... Prefiero referirme al trabajo como lo que al final te aporta, la fama es algo de lo que intento escapar, no solo yo, sino todos los actores. La fama es parte o resultado del trabajo. Después de este período, me he enriquecido como creador y como ser humano. Tener la posibilidad de andar por el mundo y conocer es algo enriquecedor, todo eso permanece ahí, en mi memoria emotiva y mis vivencias ayudándome a componer mis personajes. Todo lo que me ha ocurrido ha sido a favor, y me ayuda a entender la vida, que es algo tan difícil de comprender. En la medida que uno avanza en realidad vas complicándote más, pero por ahí van las cosas.

¿Pérdidas no ha habido ninguna entonces?

—No. Tal vez pierdo tiempo para algunas cosas. Trato de sufrir la menor cantidad de pérdidas en el sentido afectivo: familia, amigos, barrio, ciudad, país, todas esas cosas que me llenan. A veces hay que sacrificarlas por andar por ahí. Pero las sustituyen otras que uno va descubriendo. Es un dar y tomar. En general, conservo la necesidad de regresar siempre al lugar de donde salí, y así sufro menos esas pérdidas. Es un problema de tiempo, del tiempo que quisiera tener para estar tranquilo, en mi casa, pensando en las musarañas, que me encanta.

¿Cuando formabas parte del grupo de teatro El Público, alguna vez imaginaste que ibas a llegar tan lejos y tan alto?

—Jamás me pasaron por la cabeza tales sueños o aspiraciones. Tenía muchas inquietudes, trataba de descubrir el mundo, de entenderlo. Intenté pintar hasta que apareció el teatro. Me encaramé en un escenario y me sentí feliz cuando tuve que gritar, con un dolor de muela tremendo, pero estaba gritando no solo por mi dolor, sino también por el dolor de quien estaba al lado mío, gritaba por los dolores todos. Y descubrí así mi camino. Aspiraba a lo mismo que aspira toda persona con algo que decirle a los demás.

Se te ve muy relacionado con el ambiente musical cubano. ¿Qué opinión te merece la música cubana contemporánea?

—El universo, la riqueza musical de la Isla tiene todas las posibilidades por primera vez, en los últimos treinta o cuarenta años, de ser conocida y comercializada en el extranjero. Ojalá podamos aprovecharlo y no le pase como al cine, que no supo explotar el boom comercial de Fresa y chocolate. El ICAIC no pudo aprovecharlo porque ocurrió en el peor momento de crisis económica, pero no sé si será que soy demasiado exigente, pero creo que se podía hacer más, no solo mayor cantidad de películas sino también mejores. Desde Compay Segundo hasta los Orishas, pasando por todos los géneros y sonoridades, contamos con una potencia musical y una cantidad de posibilidades que me permiten asegurar lo mucho que nos queda por hacer todavía".

"Tengo una vinculación con la música proveniente de mi gusto por la Nueva Trova. Soy un fanático de Silvio, de Pablo, de Pedro Luis Ferrer, y ahora soy amigo y fanático de artistas de mi generación continuadores de aquellos: Varela, Polito, Santiago, Gerardo. Esa gente no son solo parte de la música que oigo, sino de mi vida."

Quienes te han tratado de cerca, tal vez con la intención de contribuir al mito, afirman que eres rebelde, inconforme, difícil...

—Lo de rebelde e inconforme es casi un síntoma general de mi generación. Fuimos criados en la rebeldía y la inconformidad, y a eso no se renuncia nunca. De rebeldía e inconformidad nos hemos alimentado, y un fuego así no se apaga, es parte del fuego que nos hace creadores y ser como somos y lo que somos. No creo que yo sea difícil a la hora de trabajar. Mi vida y mi trabajo están muy mezclados, y por eso trato de pasarla bien mientras trabajo. Si alguien opina que es difícil trabajar conmigo será que me habrá topado en un momento de cansancio.

Hablamos hace un rato de la fama, de la sensación de estar expuesto constantemente... ¿qué te provoca el asedio de los medios y de la gente?

—La sensación de estar dentro de un zoológico, por no decir en una pecera.

¿Así de triste?

—Y de maravilloso también.
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