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SOSTENIDO POR LA CUBANIA

El filme se erigirá en punto de referencia en los aspectos formal, visual y de diseño de producción, para una cinematografía cubana.

Luis Ernesto Flores González  | La Habana

Siempre que nos enfrentamos a una cinta del director cubano Humberto Solás, lo hacemos condicionados para sentir y disfrutar de un hecho notable por la historia que cuenta, sublimado en la creatividad de los sentidos por la extraña y, a menudo, inapresable cualidad que denominamos talento, alertados además de la vocación universal y dialéctica de este realizador. En tal caso esta predisposición no es en modo alguno gratuita para los que, sobrecogidos y renovados en la capacidad de asombro, consiguieran asir sus años de pasión por el cine a cintas que como Manuela y Lucía  —ante todo por su frescura y cubanísimo hálito— erigiéranse en prolegómenos que anclaran en la memoria colectiva sin reclamar permiso de nadie, para convertirse con el tiempo y su propia luz, en clásicos.  

Desde Un día de noviembre (1972), incomprendida entonces y, tal vez, todavía por algunos, o más recientemente en su proyecto original Mujer transparente (1990), realizado a cinco manos y donde descollara el quinto cuento Laura —de la realizadora Ana Rodríguez— no abordaba Humberto una película con temática abiertamente contemporánea, mientras hallamos en otras de sus cintas reflexiones históricas a destiempo, como probada herramienta para mejor aquilatar la contemporaneidad.  

En Miel para Oshún no descubrimos comedia o drama estériles, sino la atomizada vida de un joven cubano-americano (Roberto), quien fuera ilegalmente arrancado de Cuba a principios de los años sesenta cuando apenas tenía siete años, separándolo de su tierra y de su madre. Transpirada de espíritu documental, de una dinámica que nos regresa al cine que lo definiera  treinta y cinco años atrás, precisamente valiosa por sus subtextos, retruécanos, y aun incontinencias verbales. Claro que esta cinta conmueve desde los primeros planos en los que la banda sonora deviene soporte esencial, cuando ya nadie puede evitar evocaciones, obligados casi por una cámara en mano inquieta e inquietante, que no cesa de escudriñar los diversos estados emocionales. Tales son los materiales que nutren la más reciente entrega fílmica de este realizador cuya exquisita estética ha penetrado desde hace mucho el selecto grupo de los imprescindibles del séptimo arte. 

Ningún artista vivo, realmente vivo y artista, puede sustraerse a la tentación que representa provocarse y provocar, con la íntima intención de conmover con el humor, la angustia, el relato de una historia imbricada a lo que se nos hace entrañable, o definitivamente la ruptura de cánones tan sólidamente establecidos, aún por sí mismo —el artista— que se torne una herejía amada imperdonablemente. 

Amalgamado de drama, comedia, sincretismo religioso, étnico y racial y road movie, truécanse por momentos tonos y caminos en evidentes alegorías dentro de una historia muy bien fotografiada y donde Jorge Perugorría, Isabel Santos y Mario Limonta arrojan lo divino y lo terrenal para colorear de verdad sus personajes a contrapelo del talón de Aquiles del filme: la reiteración explícita del conflicto, en cierto momento casi tremendista. 

Filmada por primera vez en Cuba con la novedosa técnica digital —en apenas seis semanas y en disímiles locaciones— permitió abaratar ostensiblemente los costos de producción, aún cuando sin detenerse en la ambientación, se aprecia un denso entorno como telón de fondo, emitiendo a ratos mensajes contextualizantes. Irónicamente, el filme deleita por las composiciones visuales y el delirio —contenido al comienzo o galopante al final— dejándonos disfrutarlo en su desconcertante simplicidad, sospechosa de una maestria mal disimulada que en cada nueva obra, mejor sería catarla, como al buen  vino, con el tiempo. 

Un apunte sintomático lo es que uno de los dos fotógrafos, el español Tote Trenas, fue hace muy poco responsable de retratar la película gallega Erase otra vez, primera  hecha en la península ibérica siguiendo los cánones de Dogma ’95. 

Solás ha declarado su interés por la renovación que puede representar esta iniciativa danesa, que sin inventar nada realmente nuevo, diera a la luz títulos tan comnotados como Los idiotas y La celebración, dentro de un cine moderno, espontáneo, informal y extraordinariamente más barato.  

Una cosa puede asegurarse: el filme se erigirá en punto de referencia en los aspectos formal, visual y de diseño de producción, para una cinematografía cubana que no transcurre por un momento extremo, aunque sí por una etapa —tan cubana— de replanteo, búsquedas y germinaciones, conminada al resurgimiento impuesto por la necesidad de trascender en un entorno global desproporcionadamente desventajoso.  

Viaje a la semilla, Miel ... es un filme sostenido por el canto a lo más entrañable de la cubanía, un acercamiento a la contemporaneidad y a la escindida sociedad, una obra de sencilla apariencia, donde varía la perspectiva del punto de mira, más inquieto, más cerca de la tierra, del hoy mismo. Como lo veo yo —ignorando a los puristas— la miel de Oshún exhala sensaciones ajenas a las películas del momento, medianas y simplistas.

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