Una mirada singular y polémica
en el cine cubano
Aquella Lucía
que imploraba, transida, una gardenia; la Sofía que se
inmola en nombre de un ideal difuso pero perceptible; el
Roberto en busca de la vía donde confluyen mieles y océano...
Todos ellos encarnan la perseverancia de un cineasta
empeñado en redactar su profecía personal sobre el
triunfo inminente de la inteligencia, la belleza y la
sensibilidad. Solás, ejemplo de fidelidad a una estética
personal devenida ética
Joel
del Río | La Habana
Para
acercarse a los derroteros y significados de los filmes
creados por Humberto Solás, son de imprescindible
valoración sus primeros cortometrajes, fechados a
principios de los años sesenta. Desde entonces, se
trasluce la voluntad de tanteo formal, característico
del autor en aquel momento, cuando intentaba dominar el
instrumental expresivo cinematográfico. En aquellos
cortos se insinuaban de manera más o menos diáfana las
constantes que animarían la obra posterior de Solás,
ejemplo casi único en Cuba de una fidelidad expedita,
confesa, a una estética personal devenida ética.
Minerva
traduce el mar, de 1963, exalta su linaje literario,
inmerso en la poética barroca, a la vez que trasmuta el
texto lezamiano en libérrima fuga, en asociaciones e imágenes
que metabolizaban el original, devenido de esta suerte
en juguete metafórico. Para recrear el texto Minerva...
se auxiliaba de la música y de una reconcentrada búsqueda
de la belleza formal, que le valdría de argumento a
cierto sector de la crítica para etiquetear al cineasta
como formalista y amanerado. La apropiación de los
valores semánticos, sintácticos y expresivos de la música
asistiría a toda la obra de Solás, desde 1963 hasta
los años noventa, con puntos cimeros en las partituras
de Leo Brouwer o José María Vitier para filmes como Lucía,
Un día de
noviembre, Amada,
El siglo de las luces y Miel
para Oshún, cuyas bandas sonoras incluyen algunos
de los momentos más brillantemente eclécticos de la música
cubana contemporánea. Minerva
traduce el mar recurría al raudal metafórico
lezamiano y también a la música, la danza y el teatro
en una suerte de performance interdisciplinario como
antecedente adelantado (muy adelantado) de lo que después
se conocería en nuestro medio con la clasificación
imprecisa de videoarte. A pesar de su formalismo
agresivo, y de un cierto aire de dilettantismo avant
garde, cuya insolente obviedad no volvería a formar
parte de los códigos expresivos solasianos, Minerva
traduce el mar destaca como una de las primeras,
esperanzadoras obras de un cineasta dotado para diseñar
y recrear atmósferas, más que para narrar historias,
un realizador capaz de poner al día nuestro cine valiéndose
de lo inmarcesible de la cultura nuestra y universal,
sometidas a un diálogo perenne, cartesiano. Los
primeros cortometrajes de Solás (Variaciones,
Minerva... y El retrato) pueden apreciarse como intentos por forjar vasos
comunicantes entre la avanzada del arte mundial y una
cinematografía nacional que se quería novedosa y
plural, y de aliento universal, sin limitarse al terreno
de la épica explícita ni al obstinado empeño por
trazar los incorruptibles perfiles del héroe positivo.
Para
una cinematografía que como la cubana (en los años
sesenta) se estaba rediseñando desde los cimientos,
Humberto Solás se transformó en sólida promesa. El acoso (1965) y Manuela
(1966) significaron la incursión definitiva del autor
en el filme de ficción narrativo. Los dos participan
con fuerza de la especificidad del cine cubano que
transfiere elementos documentales a la ficción y
viceversa. Además, se acercaba al pasado y a la
historia reciente desde un estilo más realista, directo
y nítidamente enfocado, a la manera de los
neorrealistas clásicos. A pesar de que casi toda la crítica,
nacional e internacional, pretende circunscribir al
autor en los grandes frescos histórico literarios que
después lo consagraran, Humberto concibió buena parte
de sus filmes atento a la contemporaneidad histórica o
al pretérito inmediato, desde El acoso (que instauró en Cuba una aproximación reveladora a la
otredad que disiente) hasta Miel
para Oshún, de 2000,
(donde la misma otredad se muestra en una
gama de matices que tal vez la confunden con el todo armónico),
pasando por Manuela,
el tercer cuento de Lucía,
Un día de noviembre y Cantata
de Chile.
Por
el nivel de calado en la subjetividad femenina puede
afirmarse que tanto en El
acoso como en Manuela
se instaura en el cine cubano la temática de la
mujer como núcleo desencadenante y protagonista
absoluta. En su filmografía posterior, sobre todo en Lucía,
Cecilia y Amada, el
personaje femenino se convierte en símbolo polisémico
y encarnación de la espiritualidad, la resistencia y la
delicadeza, más allá de cualquier propósito
coyuntural o vanamente polémico. Cuando el cine de la
Revolución todavía se caracterizaba por su carácter
abiertamente épico y afirmativo, Manuela
significó el surgimiento fílmico de una nueva
emotividad, que subsumía las grandes causas colectivas
en móviles personales. Este mediometraje reconciliaba
la fuerza y sinceridad del compromiso político con el
imperativo de testimoniar el impacto emocional y los
entresijos espirituales, emociones y espíritu cuyos
naturales impulsos reflejan la conmoción social que vivía
la Isla. Parte de la originalidad temática de Manuela
radica en los móviles absolutamente personales de la
protagonista (venganza, deseo de vivir una experiencia
diferente, superior) a partir de los cuales la muchacha
alcanza una dimensión más alta del amor universal y la
solidaridad humana, entendidos por el filme como ideales
capaces de trascender cualquier contexto específico.
Similar
hálito de trascendencia patentiza Lucía (1968)
clasificada hasta hoy como la consagración absuluta de
un cineasta y de toda una cinematografía nacional. En
una época cuando los filmes con temática femenina,
como tendencia, sólo se habían esbozado, los tres
segmentos de Lucía describen una línea dramatúrgica
ambivalente, aunque no paradójica. De un lado, está el
empeño consciente por atrapar los diversos tiempos históricos,
del otro, los altibajos y reveses que esa historia ha
marcado en el alma femenina. Ambas líneas ideotemáticas
se funden en un tríptico tan elocuente en lo íntimo
como aquellas pinturas góticas que ilustraban la vida
de la Virgen, y tan panorámico y ecuménico como
aquellos otros trípticos, del mismo período pictórico,
en que se describían batallas o alegorías de vicios y
virtudes. Las tres Lucías encadenan la épica personal
con el fluir y refluir de la epopeya nacional
emancipadora, emancipación que convoca y perturba a la
mujer cubana como ente participativo, definitorio. Lucía
constituye la primera mirada sagaz de nuestro cine al
devenir histórico visto como cámara de resonancia para
lo íntimo, sin que la descripción del alma femenina
impida aludir al entorno, ni asumir la simbiosis de
razas y pueblos acrisolados a la sombra de la ceiba y la
palma.
Se
ha insistido en la crispación neorromántica del primer
cuento, en la languidez pesimista del segundo, en la
efervescencia pop del tercero, pero muy poco se habla ya
de que Lucía describe la policromía, el enrevesamiento
y la complejidad de los procesos que favorecieron el
asentamiento de una conciencia y de una identidad
nacional. En este filme se asientan las coordenadas básicas
del cine solasiano; ese es el embrión y el eje
confluyente, crecido y ramificado después en numerosos
escorzos estilísticos, que siempre se relacionan intrínsecamente
con la multiplicidad fecunda del filme-matriz. El primer
cuento de Lucía se articula y converge con Cecilia y El
siglo de las luces, al menos en cuanto a la sublimación
del siglo en que ocurre el doloroso parto de la nación
cubana. El sino, el carácter y la sustancia de
personajes como la Sofía carpenteriana, la Lucía de
1895 y la Cecilia villaverdiana (que en polémica versión
de Solás se trasmuta en Oshún y se asemeja a la
Caridad del Cobre) pueden verse cual alusiones simbólicas
a la Isla, en ese centuria traumática y fundacional que
fuera el siglo XIX latinoamericano.
También
pueden descubrirse analogías formales y expresivas,
similitudes de significación y postulados recurrentes
sobre la relación historia/individuo entre el segundo
cuento de Lucía y el docudrama Wifredo Lam, Amada o Un
hombre de éxito, todas referidas a la etapa
seudorrepublicana. Ya hemos aludido a los múltiples
nexos entre la tercera Lucía, Manuela, Un día de
noviembre y Miel para Oshún, ya directamente
relacionadas con el reordenamiento de las conciencias
que significó la contienda e instauración
revolucionaria. Así, Solás ha categorizado
temporalmente sus personajes y anécdotas. Sin dejar de
revisar, evaluar y compendiar virtudes y desmanes de
otrora, intenta aprehender la inmanencia, la sustancia
común que en todos los tiempos ha distinguido a los
pobladores del archipiélago cubano, particularmente a
las mujeres. Su revisión evocadora trasluce en
ocasiones una perspectiva metafísica y escéptica: el
amor por verdadero o desinteresado que sea, regularmente
culmina en oscuridad y frustración, la verdad y los
valores casi siempre fenecen ante la incomprensión
generalizada, la excepcionalidad altruista es pasto de
la intolerancia. La insistencia en las constantes que
definen lo romántico es otra de las apelaciones
reiteradas en su filmografía. Así había de ser, pues
ya se sabe que la conciencia de nación y el sentimiento
de independencia se consolidaron en el mismo período en
que ocurría la eclosión romántica de la literatura y
el arte occidentales.
Un
perceptible halo romántico y trágico caracteriza a un
cúmulo de personajes solasianos arrebatados,
pasionales, quijotescos o atrapados en convenciones éticas.
Obviamente románticas parecen las rebeliones de las dos
primeras Lucía y también la negativa de la tercera a
convertirse en mero objeto de uso y servicio, según
establecía la tradición. El destino trágico, el énfasis
y el afán maximalista también late en Amada y Cecilia,
así como en todos los papeles secundarios que
interpretara Raquel Revuelta en el cine de Solás. La
muerte, el sufrimiento o la locura también corona la
vehemencia fervorosa de Lucía I, de Sofía, Amada,
Cecilia y de la Carmen fantasmagórica, imagen ideal de
la madre sufrida y añorada en Miel para Oshún.
Debilidad, impotencia, frustración, ineptitud para el
combate, autoconvicción de derrota conforma la médula
romántica que también yace en la matriz tipológica de
casi todos los personajes masculinos de su cine, desde
los dos Esteban (el de El siglo de las luces y el de Un
día de noviembre) hasta el Leonardo de Cecilia, el
grupo familiar pisoteado por Un hombre de éxito, y el
Roberto desarraigado de Miel para Oshún, todos rendidos
de buscar ideales como el amor, la justicia y la
libertad, y hartos de constatar en la práctica la
imposibilidad perentoria de materializarlos.
De
acuerdo con todo ello, parece lícito afirmar que su
cine deriva de génesis romántica para cimentar un
cauce expresivo propio, una coherencia de temperamento y
afinidades electivas que eluden la tipicidad y el tópico
tanto del romanticismo a ultranza como del realismo
socialista encartonado e inflexible. De esta manera, sus
filmes trazan el contorno de una realidad escurridiza,
un mundo desmesurado e inconmesurable, un país
recorrido por indómitas y barrocas exuberancias.
La
recreación del período esclavista o del componente
africano en nuestra cultura e idiosincrasia puede
distinguirse también en significativos pasajes de Lucía,Cecilia,
El siglo de las luces y Miel
para Oshún, amén de que se explaya en
documentales como Simparelé,
Wifredo Lam y
Obatareo. La sola enumeración hace tambalear el prejuicio de
clasificar al cineasta cubano como sucedáneo de
exclusivista de prolegómenos europeos. Si algo sustenta
su filmografía ha sido precisamente la visión sincrética,
cosmopolita e integracionista que cuenta, por supuesto,
con la herencias de occidente y de Africa, pero jamás
se atrinchera en prejuicios primermundistas ni facciosos
ni filorracistas. Sus filmes definen y recapitulan la
mezcla resultante de razas y culturas, más que exaltar
en su estado virgen los factores integrantes, mucho
menos ha pretendido determinar el peso específico de
cada elemento conformador en la mixtura resultante de
pueblos y culturas.
De
ahí la coincidencia ideoestética de Solás con
creadores y pensadores emblemáticos de este país
cuando se acercaron a esta miscelánea infinita de la
que somos resultado en trance de mejoramiento. Lezama y
Lam, Varela, Villaverde y Martí, Fernando Ortiz y
Miguel de Carrión, Moreno Fraginals, Gutiérrez Alea y
Carpentier, operan como una suerte de dúctil sustrato
de apoyo sobre el cual opera la especificidad del
lenguaje que Humberto Solás domina. Así, su cine
explica y reinterpreta el proceso de intercambio de
valores y esencias que ha dado lugar a lo cubano, a la
vez que describe el espesor de esta amalgama étnica y
cultural, y se concentra en ilustrar el proceso de
recodificación (llamado sincretismo) en términos de
religión, costumbres, vestuario, artes.
Afirmaba
Carpentier que “toda simbiosis, todo mestizaje
engendra un barroquismo”. El colorismo exacerbado y la
antinomia ceremonial yoruba-católica Cecilia,
la religiosidad difusa y el panteísmo de Miel
para Oshún, las danzas africanas pasadas por
Maurice Bejart en Simparelé,
los asiático mixturado con la jungla tercermundista y
con la Europa picassiana en Wifredo Lam, la santería racionalista de El siglo de las luces, traslucen una intención globalizadora y ecuménica,
al mismo tiempo que enciclopédita y detallista, en
tanto se conformaron como filmes permeados por los muy
dispares arquetipos que en Cuba confluyeron y desde aquí
irradiaron al mundo. La tensión y distorsión
atribuidas al neobarroco, entendido como estilo
sustentado en las acumulaciones desmesuradas y polifónicas,
son recursos cardinales en estos filmes. Tensión dramática
expresada en situaciones sin salida y personajes patéticos,
condenados de antemano a la desintegración; distorsión
que proviene de acentuar la colisión pasional de
ascendencia melodramática, operística. Los violentos
contrastes de iluminación, la vitalidad de los
movimientos de cámara, lo abigarrado y prolijo de la
escenografía, la explosividad del montaje, así como la
coloración intencionada, el subrayado obsesivo de los
histriones y la plasticidad del encuadre permiten
afiliar los filmes de Humberto Solás al cine neobarroco
en el cual clasifican también, con diferente grande de
pertenencia, contemporáneos como el polaco Andrzej
Wajda, el italiano Bernardo Bertolucci, el alemán
Werner Herzog, el ruso Nikita Mijalkov y el
norteamericano Martin Scorsese, en otras palabras, los
mejores directores del cine realizado durante las tres décadas
sucesivas a 1965.
Luego
de un receso de diez años sin filmar, Humberto Solás
dirigió Miel
para Oshún. Su trabajo aquí remite, por lo
directo, sencillo y expresamente comunicativo a su
primera época de cineasta, aquella cuando sorprendió
con el vigor naturalista y desembarazado de Manuela,
o del tercer cuento de Lucía,
cuya algazara y aire farsesco son recuperados, de alguna
manera, en este filme de carreteras, entrañable
homenaje también a lo mejor de esos seres llamados
cubanos promedios, hombres y mujeres de pueblo, de a
pie.
La
película cuenta el retorno de un cubanoamericano (Jorge
Perugorría) en busca de su madre y de sus orígenes. La
simpleza anecdótica aparece apuntalada, complementada
por el propósito alegórico, generalizador. Muchas
secuencias parecen originadas en la pura añoranza del
protagonista por afectos, sonidos y colores familiares,
casi íntimos. El filme se sostiene sobre dos pilares:
la oda noble a lo más valioso de la cubanía, y la
sutil voluntad alusiva, por momentos incluso lírica.
Ambos presupuestos le permiten rebasar la categoría de
road movie, a ratos simpática y siempre costumbrista.
Aparte de la odisea medio farsesca de los personajes, el
filme asume, con diversos grados de profundidad, la
tragedia de la división familiar, el insoslayable
peregrinar en busca de lo auténtico, se dibuja el
retrato comprometidamente afectivo de realidades
complejas y a veces dolorosas, además de que se intenta
comprender pasado y presente de este país con tan
nobles propuestas como pueden ser la comprensión y la
solidaridad a todo trance. Miel
para Oshún resulta mucho más entrañable que
cualquier otro de los filmes cubanos habituales que se
hacen en busca de cuatro sonrisas. Sus reencuentros y
puntos de partida describen una odisea más espiritual
que física. Y a pesar de la sensibilidad del tema, el
director se las arregló para distanciarse del teque que
a veces acompaña a nuestras películas
“necesarias”. Puede ser comprendida a manera de
esbozo, de propuesta fílmica radicalmente ética,
aplicada a describir la búsqueda y el hallazgo de
valores comunes y amores inmarcesibles, usando como
pretexto el accidentado periplo de los personajes por
las entrañas y la matriz de la Isla. El drama del
desarraigo del protagonista deja de ser privado y
personal, desde el momento en punto en que aterriza en
La Habana, al principio del filme, hasta la eclosión
final, operística y desmesurada (como buen Solás) en
uno de los mejores epílogos del cine cubano, brillante
definición en celuloide del sempiterno llanto-carcajada
que nos caracteriza como pueblo.
Imposible
no admitirlo: se trata de la obra de apariencia más
sencilla y expresamente comunicativa de Humberto Solás.
Su perspectiva ha variado ligeramente en cuanto al punto
de mira, en esta ocasión tal vez más pegado a la
tierra y al presente, más atento al universo de lo
popular. El final de Miel
para Oshún deja en los ojos, y también más
adentro de la piel, un no sé qué de luz danzante y de
reconciliación de todos con todos. Ignoro cuán
extraordinaria pueda parecerle a los puristas, pero
estoy seguro que promover tales sensaciones son logros
ajenos a las películas simples, medianas y oportunas.
La
urgencia de transformación mediante el conocimiento (el
viaje) y la búsqueda de verdades esenciales son
pilares, motivos dominantes de la obra más reciente
firmada por Humberto Solás, autor que retorna evadido,
por ahora, de su explícito regusto por concentrarse en
la literatura y el pasado cubanos (El
siglo de las luces, Un
hombre de éxito, Amada,
Cecilia, Lucía). Pero
tal vez se han trazado con demasiada premura las líneas
demarcadoras entre las obras anteriores de Humberto y
esta nueva película suya. Los personajes de Perogurría
e Isabel Santos atraviesan algo así como una crisis de
inspiración vital, de autoconfirmación, que los
compulsa a replantearse sus añoranzas e ilusiones
mediante el viaje, la búsqueda y el reencuentro.
Similar al protogonista de Un
día de noviembre, Roberto trata de acercarse a un
modo de vivir auténticamente paroxístico, intenta domeñar
toda catarsis a fuerza de racionalismo. A lo largo de
todo el filme su cartesianismo correrá riesgo de parálisis
y será doblegado finalmente por una realidad que rebasa
sus mecanismos de inmunidad. ¿Pueden “curarse” el
desarraigo y la inadaptación mediante la recurrencia al
instinto desatado, a lo ancestral, a ese fondo intocado
que yace en algún resquicio de nuestra memoria
afectiva? Si el Esteban de Un
día de noviembre, y el de El
siglo de las luces vagaban en busca de asideros
espirituales, siempre inasibles, el Roberto de Miel
para Oshún es menos escéptico y lánguido,
reconoce atribulado las mentiras en que se fundó su
existencia, pero se rebela, no se resignam, y se lanza
en busca tal vez de algún ideal, corre detrás de la
verdad huidiza, difuminada y remota, pero la única que
puede regalarle un gesto permanente más allá de sus
propios, engañosos recuerdos. Roberto es uno de los
personajes masculinos más significativos, equilibrados
y conmovedores en la filmografía solasiana, en la cual
no faltan, por cierto, pormenorizados retratos de la
sicología viril, pero están diseñados por lo regular
como seres activos, orgullosos, intransigentes y
arrasadores (para mejor establecer el contraste con las
protagonistas femeninas): aparecen el iluminista
devenido tirano en El
siglo..., el primo empeñado en seducir de Amada, los hermanos enfrentados en Un hombre de éxito, los dos Llauradó de Manuela y Lucía. Roberto
está menos alejado de su prima y de su madre, es más
sensible y equilibrado que los demás protagonistas
varones pintados por Solás. Miel para Oshún trasunta una nueva correlación de fuerzas entre
los sexos. Las mujeres del filme podrán sentirse
heridas y frustradas, pero se mantienen inconmovibles
como raíz, tallo y fruto de toda realización. La
prima, la madre y media docena de mujeres (papeles
secundarios de una brillantez insospechada) insinúan
historias en las que fueron víctimas y a la vez heroínas,
destinos paralelos a los de Lucía, Sofía al final de El
siglo..., Cecilia, Amada y Lucía. Casi ninguna de
ellas se abandona a la inacción y la desesperanza,
muchos menos esa madre nutricia e ideal, la Carmen/Lucía
a la que mil infortunios no alcanzaron a doblegarla.
Tanto o más fuerte que el enfoque sicosexual, resalta
la voluntad panorámica del filme respecto a la emigración
y sus consecuencias. Si algún apunte aparecía en Un
día de noviembre a ese respecto, aquí se explayan
los más diversos puntos de vista, todos gravitando
hacia la necesidad de la reflexión y la reconciliación.
En el filme cohabitan e intentan comprenderse el que se
fue y regresó (en las antípodas de la visión maniqueísta
que subrayaba Lejanía), los que se alejaron replegados en sí mismos, y los que
se quedaron luchando por el espacio de realización que
les correspondía, gente en busca de un cauce, tal vez
errático, pero para ellos propicio. El filme recurre a
la exposición de tales actitudes solo con la voluntad
de trascender cualquier esquematismo, tan socorrido en
el cine cubano que intentara abordar el tema. Para
imprimirle a su película esa atmósfera de medular
trascendencia, Humberto exalta la fidelidad de todos sus
personajes a ciertas esencias iluminadoras,
profundamente humanísticas, cubanísimas y universales,
esencias con las cuales concuerdan los mejores actos,
premoniciones y remembranzas.
Toda
revisión seria, toda reivindicación del cine cubano ha
de pasar, necesariamente, por la reconsideración del
cine de Humberto Solás y del sitial que sus filmes
ocupan en nuestra historia fílmica. Apasionado por la
aventura estética de asumir códigos universales (románticos,
neobarrocos, melodramáticos) siempre como alternativas
a la ortodoxia irreflexiva, el autor hereda sin
complejos toda esa genealogía de pluralidades estéticas,
tamizándolas con la singularidad de lo cubano. Su
filmografía, mayormente significativa e incitante,
aparece marcada por el riesgo y la insatisfacción con
los dogmas y los mensajismos obvios. Distinguibles por
su insolencia y galanía, media docena de sus obras
marcaron hitos en la historia cultural de este país. ¿Acaso
Lucía no es producto acabado de la atmósfera creativa
típica de los años sesenta? ¿La serie infausta de
dilaciones que rodeó el estreno de Un día de noviembre
no fue también la propia de aquel decenio gris, de
contracción cultural y reflexiva? ¿No fue Cecilia el
filme que abrió una polémica nacional sobre los
derroteros deseables para el cine cubano en los años
ochenta?
Mucho
hizo Humberto Solás por el reciclaje de nuestro cine a
partir de pensarlo como arte, como producto estético y
alimento espiritual. No quiso converger con los
supuestos coyunturales ni pretendía ganar prebendas o
mecenazgos, porque el artista que en cada nueva obra
recree la historia nacional escribirá, necesariamente,
un testamento perturbador para sus contemporáneos. La
agitación dionisiaca, la fascinación paroxística de
sus películas, nos hablan de un pueblo que ha podido
salvarse del contagio mortal con la domesticación, una
nación que ha sabido sortear el rutinario ajetreo de la
intolerancia. Aquella Lucía que imploraba transida una
gardenia, el Esteban de ojos abiertos a la duda escéptica,
la Sofía que se inmola en nombre de un ideal difuso
pero perceptible, el Roberto en busca de la ría donde
confluyen mieles y océano, encarnan la perseverancia
fructuosa de un cineasta empeñado en redactar su profecía
personal sobre el triunfo inminente de la inteligencia,
la belleza y la sensibilidad.
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