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LA
CONJURA DE LOS MEDIOCRES
Alejo
Carpentier
Unos
señores de Hollywood, de nombres tan poco llamados a
pasar a la posteridad que hoy mismo ignoramos, a ciencia
cierta, qué “obras” se deben a su talento; unos
fabricantes de celuloide enrollado, la tomaron ahora con
hacer la guerra al más alto valor del cine mundial; a
aquel que, desde hace cuarenta años, no ha acabado de
asombrarnos con su genio cómico... ¿He de nombrarlo
acaso? Me ha bastado con asociar a la idea de cine la
palabra “genio” para que todos hayan pronunciado,
maquinalmente, el nombre de Charles Chaplin.
Contra
Chaplin se ha armado, en estos días, la conjura de los
mediocres. Porque, como lo dijera cierta vez Jean
Cocteau en una charla: “Los hombres de verdadero
talento nunca molestan a los demás; quienes envenenan
el aire que los envuelve son los mediocres y los
malogrados”. Y los fabricantes de celuloide enrollado
no perdonan, presencia, permanencia y gloria de un
hombre que demuestra, con cada película, que la
calidad, la preocupación artística, el afán de hallar
algo nuevo, no están reñidos con la aceptación del público.
Cada película de Charles Chaplin es un mentís a
quienes proclaman que, por ser algo caro, muy caro, el
cine debe ser un negocio antes que un arte. Desde los días
de El chicuelo (con
la revelación de Jackie Coogan) y de
La avalancha del oro, la obra de Charles Chaplin es
un constante desafío a las reglas que el “cine
comercial” pretende erigir en axiomas y Tablas de la
Ley.
Pero
hay, además, en la personalidad de Chaplin algo que
molesta profundamente a los conformistas de toda índole,
aunque pertenezcan a los bandos más opuestos. Y es que
Chaplin es, en esta época, un auténtico hombre libre
—un hombre libre que tiene la osadía de proclamarlo,
y de demostrar, con cada gesto, que lo es. Los ataques,
guerras sordas, conjuras, que suscitan su vida y obras
no constituyen una novedad. Hace treinta años que se
asiste a ellos. Hacia el año 1927, la revista
Transition
de París (en la que James Joyce colaboraba asiduamente)
y los surrealistas franceses publicaban ya un manifiesto
titulado
"Hans of
love", para solidarizarse con el gran actor frente a
la campaña despiadada que ciertos mediocres de
Hollywood llevaban contra él, tomando por pretexto su
divorcio con una actriz que, se reveló, en el proceso
intentado, como una persona de absoluta mala fe. Más
tarde, cuando muchos vacilaban en pronunciarse contra la
hidra hitleriana, bien por cobardía, bien por simpatía
inconfesada, Charles Chaplin vino a arrojar un nuevo
adoquín en la charca de las ranas, con su El
gran dictador —película fallida, en parte, pero
que ofrecía dos caricaturas gigantescas, rabelaisianas,
de personajes que ensordecían el mundo con su vano estrépito.
Ahora,
una vez más, Chaplin ha suscitado una conjura de
mediocres, en torno a su nueva obra. Una vez más habló
el hombre libre, que no sabe de consignas ni de
limitaciones; que produce como quiere y cuando quiere;
que lleva sus amores, sus simpatías, su carrera, por
derroteros propios que a él sólo incumben; y los que
no dejarán un nombre, un recuerdo en la memoria de los
hombres, los que no escribieron un libro bueno, ni
sembraron un árbol frondoso, ni tuvieron un hijo
robusto, protestan, lo cumbren de invectivas y amenazan
con impedir la proyección de su nueva película.
Charles
Chaplin no se angustia ni se inquieta. Hace bien. Porque
lo que no le perdonan los mediocres, en realidad, desde
hace treinta años, es el hecho de ser la más alta
figura de la cinematografía mundial...
(El
Nacional, Caracas, 4 de febrero de 1953)
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