QUIERO
HACER MI ROL DE CINEASTA DE LA MANERA MAS ETICA
“Y
abordar temas siempre en el plano del respeto por el
cine, porque puede existir un hombre en Australia que
quiera hacer su obra de arte pero no le queda más
remedio que rodar una película comercial para poder
darle de comer a su familia, o para lograr con las
ganancias que obtenga eventualmente con esa película
secundar el proyecto que realmente es el de gran ambición
estética. Ese, afortunadamente, no es mi caso”
Entrevista realizada por Luis Ernesto Flores González
(Ediciones ICAIC, 2000), para el libro Tras las
huellas de Solás
Luis
Ernesto Flores González | La Habana
—Quisiera puntualizar cuáles serían
sus más importantes trabajos, tales como conferencias,
ponencias, prosa, poesía, ensayo u otros. Comente, por
favor, su reciente visita a los Estados Unidos.
—Bueno,
en realidad yo no acostumbro a hacer trabajos teóricos
—un poco por pereza y un poco porque no me considero
con la autoridad necesaria—; pero quizás con el
tiempo y si logro objetivos de consolidar, de plasmar
una idea que yo tengo al respecto del cine y me sienta
orgulloso y satisfecho de ella, pueda emprender un
camino teórico, porque eso significaría poder ayudar a
otras personas a desbrozar un camino, a no descubrir el
Mediterráneo como tuve que hacerlo yo al inicio de mi
carrera, cuando todos los días y a golpe de intuición
tenía que ir perfilando una caligrafía estilística y
un lenguaje. Pero lo hacía a ciegas, por cuanto no
existían en aquel entonces (principios de los años 60)
ni escuelas de cine ni la cantidad de material teórico
accesible hoy a los que quieran ser cineastas. He
escrito algún poema, pero aunque parezca
contradictorio, lo he hecho por razones pragmáticas. A
la hora de hacer el corto Simparelé
y el filme Cantata
de Chile me atreví a escribir algunos textos en una
poesía que no tiene ningún valor, salvo que me
sirvieron para ilustrar de manera literaria algunos
aspectos en que la imagen no era lo suficientemente rica
o no se permitía el derecho a abordar determinados
matices...
—¿Aparecen
esos textos en estos filmes?
—Sí,
yo tendría que revisar esas películas y ver dónde están
exactamente. Un poco me consideré poeta en aquellos
momentos, pero en realidad fue la necesidad lo que me
obligó a escribirlos. En función del cine todo; es
decir, yo sería capaz hasta de escribir música, sería
capaz de tararear —como he hecho a veces— para que
los músicos comprendieran qué es lo que yo quería.
Pero siempre todo en función del cine; extrapolado de
éste ni se me ocurre. Con relación a la visita a los
Estados Unidos, fui invitado por la Ford Foundation, que
organizó durante tres días un ciclo de conferencias
sobre la cultura cubana en todos sus aspectos, la
cultura científica, la cultura artística, etcétera.
Por razones que escapan a mi conocimiento, deberían
haber asistido siete personas, pero al final estuve yo
solo. Fue un trabajo muy interesante; me parece que había
una buena actitud, un deseo de hacer donaciones a las
instituciones culturales y científicas cubanas por
parte de la Ford Foundation. Parece que ellos no tenían
muy claros los mecanismos para realizar estas
operaciones con Cuba, pero yo tampoco les podía dar
consejos muy certeros al respecto. Hubo también una
conferencia aparte, donde se abordaron los problemas de
la cubanía, de la integración entre diferentes
factores de esa cubanía tomando en consideración la diáspora
que existe en el exterior; creo que se motivó la buena
voluntad de que se debe hacer algo interesante. Eso fue
en Nueva York. También estuve en Bowling Green, una
universidad en Ohio, donde se impartieron interesantes
conferencias sobre la cultura caribeña, en las que
participé por Cuba. Había allí delegados de varios
lugares, incluso un Premio Nobel de la isla de St.
Thomas. Fue una experiencia muy rica, aprendí mucho y
lo poco que yo podía aportar lo entregué al acervo de
ellos. Esas fueron las dos actividades fundamentales que
se realizaron en ese viaje, que duró un mes más o
menos. Trabajé en Nueva York, donde colaboré en el guión
de una joven realizadora chilena que quería hacer su
primer largometraje y estaba en la ciudad en ese momento
y le hice un trabajo de asesoramiento, como a veces
hago.
—¿Conserva
usted algunos materiales escritos de las conferencias
impartidas o los trabajos realizados?
—No,
yo generalmente imparto conferencias o hago talleres
sobre dos materias: una es dirección escénica y la
otra, dramaturgia cinematográfica. Sobre eso sí guardo
escritos inéditos que quizás se conviertan en un
futuro en la base de un trabajo teórico que podría
someter a la consideración de una editorial cubana;
pero en realidad en este momento no son más que notas
sueltas, un tanto caóticas, y solamente yo podría
vertebrarlas y organizar una conferencia con ellas. Por
ejemplo, iré el próximo sábado a la Escuela
Internacional de Cine de San Antonio de los Baños
a dictar una conferencia sobre puesta en escena, dirección
escénica. Una conferencia de hora y media o dos a las
que llevo notas que organizo en el terreno. Creo que
debo sistematizar todas esas cosas, porque aunque
algunas son acotaciones de prestigio que recogen mis
lecturas de textos de autoridades en la materia, hay
muchas que son personales, modestamente personales, que
quizás se podrían convertir con el tiempo, si no en un
libro docente, al menos en una reflexión teórica sobre
aspectos del cine en América Latina.
—¿Cuáles
serían los lugares de los visitados por usted que se
podrían señalar como los más importantes en su
trabajo?
—He
impartido talleres, conferencias en todos estos lugares
que me muestras en tu listado: España (varios lugares),
Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile, Costa Rica, Puerto
Rico, Estados Unidos. Países que podrían faltar serían:
la India, a donde he ido en tres ocasiones diferentes al
Festival de Nueva Delhi; desde luego, Francia, país con
el que me unen lazos muy fuertes de trabajo
—posiblemente mi próxima película sea una coproducción
cubano-francesa, la segunda—; Italia, que he visitado
en ocasión de semanas del cine. Me parece que, hablando
del continente americano, en Centroamérica me faltarían
por conocer Honduras, El Salvador, Guatemala, y del
continente del sur, creo que es Ecuador el único país
que no conozco. Ya sea por razones de semanas del cine o
de otro tipo he visitado una gran cantidad de países:
he visitado también Checoslovaquia, la antigua Unión
Soviética y algunos países del antiguo bloque
socialista.
—¿Retrospectiva
en Estados Unidos por el XL. aniversario del ICAIC?
Ese
fue un viaje anterior, como un mes antes de este último
viaje. En esa ocasión se hizo una exhibición de cine
cubano en el Lincoln Center, lugar muy importante dentro
de la vida cultural de Nueva York y de todo el
territorio norteamericano. Casi se diría que tener una
retrospectiva en el Lincoln Center es haber ido a la
Meca dentro de las instituciones culturales
norteamericanas; y fue una retrospectiva de mucho éxito,
las críticas fueron muy favorables a la muestra y creo
que era la primera vez que en los Estados Unidos se hacía
una retrospectiva tan amplia. No hubo ningún malestar,
no hubo los grupos que antes asistían a estas cosas y
creaban barullo, dificultades o ponían bombas. Por
ejemplo, estando allí vi un video de la primera
exhibición de Lucía
y hubo
amenazas de bombas, cordones policíacos... pero era
otra época. Ahora, aunque estábamos preparados por si
dentro del debate surgía algún incidente, realmente
todo fue, digamos, placentero, salió bien y las películas
gustaron. Hay una distribuidora de vídeos que es muy
fuerte, creo que se llama New York Video, que ya ha
sacado al mercado películas cubanas y las está
distribuyendo en formato de cassettes.
En fin, creo que ha sido interesante. De todas maneras,
tengo también un proyecto, del cual he hablado en otras
ocasiones, que se llama Havana-Broadway,
que es una película de ficción de muy bajo
presupuesto, como cine independiente, que ocurre en las
zonas de latinos de Nueva York y que pretende ser una
especie de testimonio de la vida de los latinos en la
gran ciudad. Este proyecto lo que pretende es dar una
imagen de dignidad del latinoamericano en la ciudad de
Nueva York; tú sabes que al latino generalmente se le
reduce a una caricatura y a veces hay intentos que son
menos caricaturescos, pero resultan también epidérmicos
por falta de conocimientos. No se ve el verdadero drama
del latino porque generalmente los autores no son
latinos. Entonces, como resultado de los talleres que he
impartido en Nueva York con alumnos que son latinos,
ellos mostraron interés en hacer una película entre
todos sobre el mundo latino en esa ciudad, el mundo de
los dominicanos, los portorriqueños, etcétera; pero
mostrando una cara muy verídica, es decir, tratando de
enfocar el asunto con intensidad y profundidad. Entonces
surgió esa idea, que sería una película de muy bajo
presupuesto, auspiciada y apoyada por la Casa de las Américas
de Nueva York y por muchas instituciones
latinoamericanas de esa ciudad, que son generalmente muy
progresistas, muy en defensa de los latinos en Nueva
York. Ese es uno de los cinco proyectos que tengo.
—En
este mismo contexto de los Estados Unidos, ¿a usted le
impresiona que el interés fundamental existente en ese
país por el cine cubano se circunscriba prácticamente
a la comunidad latina o ve también en el norteamericano
medio cierto interés por la temática latinoamericana,
cubana, en el cine?
—Puede
ser, pero no creo que sea una pasión o una curiosidad
muy extendida, porque el norteamericano es una persona
que vive convencido de que está en el centro del mundo,
de que esa sociedad y los parámetros que la organizan
son los únicamente válidos, desde el punto de vista
económico, cultural. Ellos manejan una cultura popular,
siendo Hollywood uno de los exponentes más fuertes de
esa dinámica; entonces todo lo que ocurra fuera de ese
macromundo —que es como una cosmogonía o un universo
para ellos— que es Norteamérica, son aves raras, son
como exotismos, como cosas que ocurren en otras
galaxias. Solamente los latinos sí tienen, por razones
de vivencia y de raíces, una conducta que pondera,
respeta o analiza una obra cultural cubana o
latinoamericana, ubicándola contextualmente, con una
verdadera dimensión; pero soy de la opinión que sí,
que en una ciudad sofisticada como Nueva York, que es
como un país aparte, como un principado dentro de la
nación norteamericana, un oasis cultural en que hay
acceso a todas las manifestaciones culturales del mundo,
es una ciudad que concentra todo eso. Ello no ocurre en
el resto del país, donde no creo que una película
cubana sea conocida, salvo Fresa
y chocolate, que fue un gran éxito, también como
resultado de la nominación para el Oscar. Fuera de eso
es muy difícil que una película cubana provoque el
interés en una población que yo diría que es como
autofágica, que devora sus propios mitos y que no tiene
gran preocupación (me atrevería a decir que ninguna)
por otro tipo de manifestaciones, salvo en dos o tres
grandes ciudades en las que la misma vida cosmopolita de
muchas etnias que se van integrando provoca de manera
casual, accidental y a veces muy justificada, ciertas
preocupaciones. Ahora, no hay que perder de vista una
cosa, y yo siempre hablo de esto: Estados Unidos muy
pronto tendrá que ser declarado (si no oficialmente, al
menos está a la vista) un país bilingüe. No hay
ciudad norteamericana en que no haya presencia latina de
emigrantes recientes que, por las razones que todo el
mundo sabe, van allá a abrirse paso. ¿Qué ocurre?
Ellos están tomando conciencia de eso, sobre todo el
grupo de los chicanos, que es el más consolidado y el
que tiene manifestaciones culturales más fuertes...
Ayer me decían que un señor de apellido Montezuma va a
abrir 19 salas de cine para exhibir cine latinoamericano
en Los Ángeles; y cuando se habla de cine
latinoamericano se incluye, desde luego, el cine cubano.
Pero, ¿por qué sucede esto? No sólo porque hay
necesidad de legitimar una presencia a través de los
productos culturales, sino también porque es un
mercado; usted va a Los Ángeles, la Florida o Nueva
York y no tiene que hablar inglés, en absoluto, siempre
hay a mano una persona que le puede responder su
pregunta en español. Ese es un mercado, un público que
eventualmente es un mercado para el cine latinoamericano
y lo que falta es explotarlo, lo cual contribuye a
consolidar la idea de Eduardo Galeano de que estas
langostas latinoamericanas van invadiendo ese gran
territorio y transformando esa realidad. Creo que ya muy
pronto, quizás para el año que viene, habrá muchas
salas de cine en todas las grandes ciudades
norteamericanas —y aún en ciudades pequeñas— que
se van a dedicar a exhibir cine latinoamericano y que
van a tener un público de guatemaltecos, peruanos...
personas originarias de todos estos países. Ya es una
nación que se está convirtiendo en mitad hispánica,
con poder económico, y esos grupos latinoamericanos
pueden devenir, con el tiempo, grupos de producción de
cine que narren la vivencia que a ellos les interesa
narrar, que es la vivencia autóctona de su inserción...,
o no, que pueden inclusive, con los capitales allí
consolidados, hacer gestiones para filmar en América
Latina sin la imposición rectora, formularia, de
Hollywood, que hasta ahora, no se ha interesado por
Latinoamérica, aunque ha dado cierto espacio a los
chicanos. Pero es nada más y nada menos que una
industria. El día que descubran que filmar películas
con espíritu autóctono, con espíritu de legitimidad,
es un negocio, ese día las van a producir, porque será
un negocio, como otro cualquiera. En ese sentido siempre
tengo esperanzas en que las rejas abiertas a América
Latina se complementen en la realidad. Quizás no lo vea
en mi vida, pero creo que en un futuro esa nación va a
dejar de ser lo que ha sido hasta ahora; es decir, es
una nación que ya es una fuerte dicotomía cultural. La
antigua dicotomía entre irlandeses y judíos ya está
siendo sustituida por una más avasalladora y más
fuerte, que es la protagonizada por los latinoamericanos
que, además, introducen en los Estados Unidos
determinados valores que parecían perdidos, o que están
perdidos, como es el espíritu de solidaridad familiar.
—¿Conoce de alguna otra obra hecha sobre su labor como cineasta además
de las ya conocidas El cine y la vida y
Una y otra vez?
—No,
que yo recuerde. Se han hecho documentales, pero no
sobre mí específicamente, sino en los que yo participo
como uno de los fundadores del cine cubano. Hasta ahora
lo que hay es eso. Una
y otra vez es una película muy bonita, muy
impresionista. Es como una especie de testimonio poético
de la filmación de Cecilia. Impresionista porque no hay una conceptualidad a la vista
—hay un discurso narrativo en primera línea— sino
que es más bien una sucesión de imágenes que se van
acumulando sobre el proceso de la creación de una película,
en este caso, de Cecilia.
Es un lindo documental.
—¿Podría
precisar cronológicamente algunos acontecimientos que
considere determinantes en su trayectoria vital y
creativa? Me interesaría, sobre todo, los vinculados a
su incorporación al movimiento insurreccional, al
ICAIC, su viaje a Europa en 1964 y finalmente, un
comentario sobre cómo influyó en usted lo sucedido con
Un día de noviembre
y la crítica a Cecilia.
—En
cuanto a mi vida insurreccional, que fue muy breve,
comenzó cuando yo tenía catorce años y duró hasta
los dieciséis. Me integré a la insurrección dentro
del grupo de acción y sabotaje, cuando era estudiante
nocturno del Instituto de Segunda Enseñanza de La
Habana, y ahí comencé a participar en ese tipo de
actividades. Primero más bien fueron labores
estudiantiles, pero
después pasamos ya a acciones más fuertes de guerrilla
urbana, de terrorismo... No me gusta mucho hablar de
esto, es un tema que no me gusta abordar demasiado. Hubo
experiencias muy dramáticas. Se constituyó un grupo
que básicamente era de jóvenes de La Habana Vieja que
participamos en esas actividades y que fue muy golpeado
por la dictadura; hubo compañeros que sufrieron
torturas. A mí de este tema no me gusta hablar mucho,
me afecta. Hace más de cuarenta años y todavía me
afecta, me emociona. Sobre la incorporación al ICAIC:
justamente por haber estado insertado en esta vida
insurreccional —no de la manera más heroica, pero en
la medida de mis posibilidades y de mi coraje— yo no
pude participar de actividades culturales que se
desarrollaron anteriores al triunfo de la Revolución y
que fueron la cantera que conformó el ICAIC. Es decir,
aquí existían dos cineclubes muy importantes: Visión
y la Sociedad Cultural Nuestro
Tiempo. Esta última cargaba su acción en la
actividad cinematográfica; de hecho, de ahí surgió El
Mégano, película que se considera prolegómenos
del cine cubano. Al yo estar en ese período de
clandestinidad no podía hacer esa vida cultural; no tenía
tiempo ni posibilidad. Cuando triunfa la Revolución no
tenía esos antecedentes de haber pertenecido a esas dos
instituciones o a otras que sirvieron de cantera; por
ejemplo, Nelson Rodríguez, Octavio Cortázar, y toda
una serie de jóvenes, que eran del cineclub Visión
y se integraron al ICAIC muy rápidamente. Tomás
Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa, que estaban en
Nuestro Tiempo,
también lo hicieron. Yo era un desconocido para ellos,
no tenía ningún pedigree, no tenía ningún contacto anterior y comprendí que lo
que tenía que hacer era una película para poder
demostrar ante las autoridades del ICAIC mi fe y mi pasión
por el cine. En aquella época trabajaba en el
Ministerio del Trabajo, directamente con el ministro.
Era mitad guardaespaldas, mitad mecanógrafo. Recuerdo
que vivía en La Habana Vieja e iba a mi casa nada más
que una vez a la semana y, cuando iba, mi madre me tenía
la ropa limpia y yo llegaba nada más que a recoger la
ropa. Estuvimos acuartelados en el Ministerio durante año
y medio, el primer año de la Revolución. Entonces
comencé poquito a poco a ahorrar centavos, medios,
pesetas y compré película Dupont
de 16 mm. Un amigo, que ahora trabaja en la Academia de
Ciencias y que es un magnífico fotógrafo submarino,
tenía una camarita de 16 mm y construí una pequeña
historia, una película de cinco minutos sobre el
momento final de la vida de un joven de la insurrección
en el momento en que la policía venía a apresarlo...
—Esa
es La
huida...
—Esa
es La huida.
Ahora eso no existe, porque estaba tan rudimentariamente
editado, con materiales tan obsoletos, tan pasados ya...
Yo creí que estaba bien pegado. Nunca lo había visto y
lo llevé al ICAIC, pero cuando lo proyectaron se
desbarató. No pudieron ver más que dos o tres planos.
Por ahí creo que tengo un pedacito que quedó de los
restos de aquello, la máquina lo destruyó. Y
evidentemente demostré que tenía pasión por el cine,
porque a nadie se le ocurría en aquel entonces hacer
una película amateur;
te estoy hablando de finales del 59 o principios
del 60. Así me dejaron entrar en el ICAIC, dentro de lo
que yo más o menos podía hacer, como mecanógrafo de
la revista Cine Cubano. Como tenía que pasar en limpio los materiales teóricos
de los primeros números de esta revista, ocurrió que
se convirtió en una fuente de conocimiento
extraordinario y comencé a reflexionar. Después la
revista Cine Cubano
se convirtió, gracias a mí, realmente, en un lugar de
tertulia, de reunión, por donde podía pasar un
director de cine que iba a hacer su primera película y
allí comentaba conmigo los problemas que tenía... o
era a propósito de que le habían hecho una entrevista.
Después venían personalidades importantes del cine
mundial, como Joris Ivens, Gérard Philipe, Agnes Varda,
Chris Marker y pasaban por la revista. Yo les hacía
firmar un afiche
enorme que tenía, que después desapareció
desgraciadamente; tenía firmas increíbles en ese
afiche. Y esto me propició el diálogo, el intercambio,
con gente que tenía mucha más experiencia, o un poco más
que yo, que no tenía ninguna. En el caso de Eduardo
Manet, me brindó la oportunidad de que fuera asistente
de producción de un corto que se llamó Napoleón gratis, un corto agradable que hizo en esa época.
—Perdón...
¿Napoleón
gratis era parte
de la Enciclopedia Popular?
—No.
Por aquella época Octavio Cortázar me dio también la
posibilidad de hacer una nota para la Enciclopedia
Popular e hice una sobre Casablanca.
En fin, comencé a hacer diferentes actividades en el ámbito
del cine, justamente en lo menos apropiado para mí, que
era la producción; pero bueno, afortunadamente fueron sólo
documentales. Después, un buen día aparece Ugo Ulive,
director uruguayo que recién se había instalado en
Cuba e iba a hacer Crónica cubana y me pidió que fuera su asistente de dirección. A
ello se añadió que, con motivo de la visita a Cuba de
Joris Ivens, el gran documentalista holandés, que
realizó con nosotros —que no teníamos la menor idea
de lo que era el cine documental— un taller como los
que yo hago ahora. Se llevó a cabo un pequeño concurso
de proyectos para hacer un documental, en el que el
trabajo de Héctor Veitía y mío fueron seleccionados.
Fue el documental Variaciones,
sobre las escuelas nacionales de arte. Aquel documental
había despertado un relativo interés. Era un momento
fantástico, porque había recursos y todo estaba por
hacer. Entonces Oscar Valdés y yo presentamos un
proyecto, que se llamaba El retrato, un corto de ficción. Después hicimos Minerva
traduce el mar, donde contamos con un poema que
escribió Lezama Lima para el documental, evidentemente
porque no lo había visto. En ese momento viene un viaje
a Italia que hago en el año 1964 casi en status
de polizonte, no porque fuera ilegal sino porque me fui
con 25 centavos cubanos y regresé con los mismos 25
centavos y, eso sí, con 50 libras de menos, prácticamente
hecho un cadáver. Fue un viaje muy importante; estaba
apasionado por Italia más que nada, porque había visto
el cine neorrealista italiano y, por otro lado, toda esa
cultura barroca, clásica y renacentista era para mí la
gran pasión en aquel momento. Tenía deseos de ir y fui
prácticamente arriesgando mi vida, porque una de las cláusulas
de mi posibilidad de hacer ese viaje era que no podía
trabajar, no podía ganarme el sustento. A pesar de todo
me fui en el barco y, efectivamente, como no podía
trabajar no trabajé y el sustento no me lo podía
ganar... y realmente llegué a pasar hambre, un hambre
clínica, es decir, que me produjo hospital y todas esa
cosas. Pero de todas maneras, en un cierto período de
bonanza (a partir de amistades establecidas en una
primera parte del viaje) sí pude ver buenas películas,
fui a todos los museos, a la pinacoteca como cinco
veces. Claro, en aquella época había un día que era
gratis para los jóvenes: los domingos por la mañana.
Todo eso ha cambiado ahora, desgraciadamente. Fueron muy
importantes para mí las películas que se estrenaron
ese año en Italia. El neorrealismo había salido ya de
la escena; lo que quedaba eran los grandes autores.
Visconti estrenó ese año El
gatopardo; Antonioni, Desierto
rojo, y Pasolini, El
evangelio según San Mateo, que a mí me fascinó y
de cierta forma contribuyó a determinar, a perfilar, a
orientar en mí inquietudes que tenía al respecto de la
utilización de la cámara, del manejo con los
actores... Ese viaje fue muy azaroso y muy importante,
porque fue también al interior de mí mismo y en el que
me acerqué muy rápidamente —dentro de las
posibilidades de aquel momento de mi vida— a saber quién
yo era, mis límites y posibilidades, los valores éticos
perdurables en mí. Fue un aprendizaje, un viaje al
interior de mi personalidad, de mi espíritu, de mi
alma, a lo más esencial de mí mismo; fue una gran
contribución. La añoranza por Cuba... aún sabiendo
que yo regresaba ya, cuando me vi mal de salud pensé
que eso no iba a ser posible; hubo momentos en que pensé
que me moría, que me quedaba enterrado allá cuando veía
que me caía del hambre. Entonces, es cierto que cuando
uno viaja ve a la isla con una objetividad muy cariñosa,
muy amorosa, pero con una distancia muy fecunda, porque
le otorgué la verdadera dimensión que tenía para mí,
lo que significaba, en mis entrañas, qué quería decir
la cubanía, la nación, todas esas cosas, y también
desde ese punto de vista fue muy rico. Claro, antes de
ir a Italia yo estaba fascinado por ciertas aventuras
lingüísticas de la nueva ola francesa, del cine
experimental mundial; entonces, era un cine muy
extrapolado de la realidad y que quería forzar a la
realidad a que se convirtiese en lo que eran las
aseveraciones propias dictaminadas por el gusto; es
decir, yo quería transformar la realidad como tal
director había concebido o plasmado la realidad en
Holanda o en Francia o en Italia. Entonces, el viaje fue
muy desalienador en ese sentido. Fue una gran colaboración
a ajustar mi visión de Cuba, porque todos tenemos una
particular visión del contexto, seamos artistas o no.
En ese sentido fue una experiencia muy rica. Cuando
regresé, hice Manuela,
hice Lucía,
que es el momento más rico y más fructífero de mi
carrera por el momento.
—¿Es
la película de su filmografía con la cual está más
complacido?
—Bueno,
a mí no se me debe preguntar sobre lo que yo pienso de
mis películas, porque soy el mayor detractor de ellas.
Pero creo que Lucía
es una película muy irregular... dicen que es un clásico,
bienvenida sea la aseveración; la conciencia la tengo
porque me lo dicen. De todas maneras es una película en
la que, si yo la analizo con severidad y con una cierta
intensidad, descubro demasiados errores y hay cosas que
me gustaría hacer de nuevo. Es un momento de
cristalización... Pero esa insatisfacción no provoca
axiomáticamente que tú hagas una película mejor ni
peor, porque la vida no es así. Ojalá fuera así,
porque sería una buena fórmula: ¿estoy insatisfecho?,
quiere decir que la que viene ahora es mejor... y no ha
sido exactamente así. De todas maneras Lucía tiene momentos de los cuales estoy orgulloso, momentos,
secuencias, que realmente me sorprende que los haya
realizado. Se combinaron muchos factores que
favorecieron que la pudiera hacer y gracias a ello surgió
la película. También era el momento histórico, un
momento muy bonito, un momento en que surge también Memorias
del subdesarrollo.
—Una
de las grandes películas...
—Bueno,
en este caso yo no me veo como autor, sino como
espectador. Para mí una de las películas más
extraordinarias que se han hecho, inclusive a nivel
mundial, es Memorias... Ahora, hay quien dice que Lucía compite con ella... yo no sé... no lo puedo meditar. De
todas maneras, en esos dos años, 1967-1968, todo el
mundo realizó obras muy buenas. Massip hizo Nuestra
olimpíada en La Habana; Sara Gómez, una tríada o
cuarteto de documentales excelentes sobre Isla de Pinos;
Nicolás Guillén Landrián,
Ociel del
Toa, Coffea
arabiga; Jorge Fraga, La
odisea del General José, que fue un magnífico
corto dramático, con Miguel Benavides de actor; Manuel
Octavio Gómez hizo La
primera carga al machete un poquito después... En
fin, fue un momento florido y tengo que decir que después
del 68 el Congreso de Cultura estuvo muy mal
orientado... no sólo en el cine, en el teatro estaban
ocurriendo cosas fundamentales, de gran calidad. Una
especie de miopía o espíritu sectarista determinó que
el Congreso de Cultura minimizara el rol de la actividad artística, y que se sembraran prejuicios y tabúes,
lo que dio como resultado que se fueran al traste aquellos grandes logros que eran resultado de la política
revolucionaria. Gracias a la Revolución se hacía
teatro, mientras que cuando se realizaba en los años
50, era porque un pequeño grupo de personas lo amaba
tanto que estaban dispuestos a morir por hacer una obra
teatral. Pero en los años 70 todo cambió, intentándose
consolidar dentro
del ámbito de la cultura los presupuestos del realismo
socialista, y eso finalmente lo que hizo fue minimizar,
achicar, desterrar a determinados creadores, crear
divisiones en el seno de la cultura. Se lesionó el
teatro, que después, gracias a las gestiones de Armando
Hart al frente del Ministerio de Cultura, tuvo una etapa
de recuperación en los años 80; pero, realmente, en la
década del 70 se acabó con el mejor teatro cubano.
Otro tanto ocurrió con el cine, aunque con menos
virulencia, porque la dirección del ICAIC se mantuvo en
manos de Alfredo Guevara y, a despecho de que al menos
durante cinco o seis
años las películas no tuvieron la misma
calidad, seguramente no ocurrió la situación de caos
que primó en el teatro, donde grupos prácticamente
desaparecieron, fueron descabezados, y se perdió una línea
progresiva magnífica. Es en este contexto que surge Un
día de noviembre, que inicialmente se llamaba Hojas.
Esa película seguramente estuvo muy marcada por el
pesimismo transitorio de aquel período.
—¿Estamos
hablando aproximadamente del período de la zafra de los
diez millones?
—Sí,
es en ese momento. Es decir, alrededor de la situación
de la zafra se aborda el problema de la cultura y viene
todo este espíritu, a mi modo de ver, sectarista. Creo
que sobre eso hay ya un consenso general; aún los
mismos «maestros de ceremonias» de aquellos duros
acontecimientos —que ahora uno se ríe, pero que
fueron muy duros de vivir— están conscientes de lo
obtuso de aquellas ideas. Bueno, es en ese momento que
hago Un día de noviembre, cuando realmente hay un espíritu de desilusión,
no de derrotismo ni de renuncia, pero sí de desilusión...
como que las cosas no van como debieran ir... Es, un
poco, el espíritu que tiene esta película. Acudo al
referente de la enfermedad como un elemento alegórico
para provocar en el personaje y los que lo rodean
determinadas reflexiones sobre el valor del recorrido,
de la existencia, de la gestión social de cada uno de
ellos. Es una película que está medianamente lograda
desde el punto de vista de guión y de puesta en escena.
Si un mérito excepcional tiene es que testimonia la
tristeza que imperó en aquel momento. Es decir,
realmente se opacó el panorama cultural: mucha gente de
talento, por razones de su vida personal o de sus
preferencias sexuales, fueron apartadas y cayeron en la
derrota; ahí sí hubo casos de hechos lamentables y se
perdieron, verdaderamente, gentes muy talentosas. No es
que hayan muerto ni que se hayan exiliado —en algunos
casos ocurrió
la idea del exilio, que fue minoritaria nada más...
Pero sobre todo porque perdieron fe en ellos
mismos y quizás era un momento...
toda una generación, jóvenes que estaban en los
treinta años; era un momento de plenitud y eran golpes
muy duros de superar para poder recuperarse después.
Pero bueno, no vamos a hablar de esto mucho tiempo. Un
día de noviembre, estuvo seis años sin exhibirse,
y después se estrenó en un circuito de segunda...
cuando ni quería que la mostraran, porque me había
dado tantos dolores de cabeza y, además, como no era la
película más defendible, desde el punto de vista estético
...
Otro
momento dramático de mi carrera es cuando hago Cecilia, que significó lo que todos sabemos: una versión libérrima
de la obra de Cirilo Villaverde. Se me ocurrió basarme
en el texto del prólogo que el propio Villaverde hace a
la última edición de su novela en Nueva York, donde
dice que, con motivo de la censura imperante en Cuba, él
había recortado pasajes y situaciones que revelaban
aspectos decisivos de la vida nacional. Y supuse que
aquellos aspectos decisivos eran, justamente, la
conspiración de La Escalera, la conspiración de los
Rayos y Soles de Bolívar, los aspectos de la cultura
afrocubana, que estaban en un proceso franco de
sincretismo con la cultura hispano-ibérica. Entonces me
di a la tarea de imaginar qué era lo que él había
escamoteado, qué era lo que él había autocensurado y
lo introduje en la película. Eso fue considerado un
acto sacrílego, ¿comprende?... que puedo entender...
con los años uno puede entender muchas cosas... como
que la gente tenía la expectativa de ver la novela clásica.
No me arrepiento de lo que hice, aunque sea una película
muy irregular... Bueno, yo me pregunto: ¿qué es hacer
una película sobre un clásico de la literatura? Lo que
es cierto es que uno nunca puede hacer un proceso de ósmosis
con el otro autor. Carpentier estaba en eso muy claro,
muy lúcido; él decía que la obra cinematográfica
inspirada en el hecho literario tenía que ser, a su
vez, portadora de una nueva dinámica, de un nuevo espíritu
creativo, y que él apoyaba las versiones, porque era,
justamente, la conducta que se veía en la historia de
la literatura. Inspiradas en Antígona,
en Medea, hay tantas versiones; inclusive el teatro cubano tiene muchas
versiones de los clásicos griegos: Medea
en el espejo, Electra
Garrigó, por citar dos obras muy conocidas. Y en el
caso de Cecilia, lo que pretendí fue hacer una interpretación muy personal
inspirada en un hecho cultural notable de aquel siglo,
pero partiendo de las premisas que condicionaran mi
existencia en ese siglo, mi visión de autor. Y fue muy
polémica... fue muy polémica y seguirá siendo polémica;
pienso que muchas personas la pueden ver ahora e
igualmente desatarse en ellos una cierta furia en contra
de lo que se hizo, mientras que otras pueden sentirse
satisfechas. De todas maneras, hice algo distinto, que
no era la novela, y eso provocó, realmente, una crisis.
Claro, era un momento especialmente crítico porque,
evidentemente, entre bambalinas se estaban orquestando
otras cosas, que no podría definir a ciencia cierta
porque pertenece al campo de lo críptico. Es decir,
evidentemente, por parte de algunas personalidades de la
cultura nacional hubo un interés en que la dirección
del ICAIC fuera suplantada por otra persona: y así
ocurrió, y Cecilia
fue también un vehículo, un pretexto, para una operación
política que trascendía la película en sí. Por lo
tanto, ahí queda como un área de misterio. Finalmente
el ICAIC no dejó de existir tal como había sido
concebido; algunos matices transformaron su espíritu,
porque vino la gestión de Julio García Espinosa, que
finalmente era compañero de ruta con Alfredo Guevara y
con todos nosotros. Se transformaron algunos aspectos de
la producción. Las modalidades de Julio, que son
extremadamente susceptibles a polémica... Es decir, se
planteó ampliar la producción, no consagrar los
esfuerzos y los recursos del cine cubano a dos o tres
películas, sino a diez. Claro, eso fue en detrimento de
algunos proyectos de más ambición y calidad, pero si
bien es cierto que este período no es muy rico en títulos
de calidad artística, sí fue un momento en que el cine
cubano ancló en la memoria colectiva porque, al
ampliarse la producción, surgieron figuras artísticas,
actores, actrices, que se consolidaron. Ya no era la
televisión la que creaba las figuras, que después son
tan necesarias para la vida nacional.
Uno encuentra en una actriz o en un actor
determinados un sustrato, una especie de consolidación
de afinidades, analogías, y ahí se forma una relación
que puede explicar el star
system: el icono que significa el actor de gran
popularidad, porque representa cualidades, grupos y
sectores de la población. Según los personajes que va
realizando, emblematiza aspiraciones, y hasta
frustraciones colectivas. Entonces el cine cubano logró
una Isabel Santos, un Luis Alberto García, por sólo
citar a dos actores que no habrían salido de la
experiencia teatral o televisiva; el cine los convertía... como pasó
después con Thais Valdés, con Beatriz Valdés (La
bella del Alhambra) y con algunos actores y
actrices. Es decir, qué bonita etapa desde ese punto de
vista. Claro, no es que abunden buenos títulos; se podría
decir que la mejor película de ese período es Papeles secundarios, de Orlando Rojas. Creo que Un
hombre de éxito trató de hacer algo diferente en
ese marco; es una película con una ambición estética,
un propósito conceptualista. Sin embargo, no puedo
dejar de apreciar las comedias de Juan Carlos Tabío: Se
permuta, Plaff,
que me parecen excelentes. Y surgió Fernando Pérez,
que hoy es el cineasta más importante en el cine cubano
de todo este grupo, de esa generación. Y surgió también,
con una película interesante, Gerardo Chijona, cuando
hizo Adorables
mentiras. O sea,
no todo fue chapucerías, populismo, comedias
intrascendentes, sino que realmente, de aquellas
cuarenta películas que se habrán hecho, por lo menos
hay seis o siete que tuvieron un saldo muy positivo.
Nunca a la altura de la década de los 60,
desgraciadamente.
—¿Recuerda
en qué momento regresa Alfredo Guevara al ICAIC?
—Bueno,
Alfredo, que fue el fundador por excelencia de la línea
cultural más válida de la Revolución irrumpió en
esta ocasión prácticamente de apagafuegos en la época
de Alicia en el
pueblo de Maravillas. Esa película desató una de
las crisis más intensas. Y más allá de la virulencia
temática que pueda tener o que le han querido atribuir,
es de muy poco interés artístico. Pero provocó una
intensa polémica y coincidió con el momento en que
sobrevino la desaparición del bloque socialista, el período
especial. Por tanto,
no se pudo en esta década realizar una gestión que
tuviera gran significado, porque no hubo títulos
significativos. Estuvimos
hasta un año sin una sola película.
—¿Por
qué en Cecilia
se decidió por Imanol Arias para un papel que
supuestamente era tan cubano?
—Ese
fue uno de los errores de la infancia de un cineasta,
aunque ya yo tenía 40 años. El problema es que las
coproducciones significan un camino peligroso, que hay
que saber sortear. Y ya he tenido alguna que otra
experiencia negativa al respecto. Una experiencia
negativa fue esa...
—Hay
que hacer lo que se puede y no lo que uno quiere; algo
de eso.
—Hay
que hacer alguna que otra concesión, pequeñas
maniobras de concesión que a veces tienen consecuencias
catastróficas. Y, en el caso de Cecilia...
ya en esa época no se podía hacer una película como
esa con los recursos nacionales y entonces viene la
trampa... Es decir, necesitas una productora
internacional y esa productora internacional te va a
decir que uno de los protagonistas, ya sea ella o él,
tiene que ser de España y, desde luego, en este caso
era preferible que fuera Leonardo que, como quiera que
sea, era pichón de español. Ahora voy a realizar una
coproducción, pero es con otro espíritu. Aprendí que
lo que tú no puedes aceptar en una coproducción es una
selección del reparto que dañe la historia; entonces,
en la coproducción que estoy preparando ahora el cubano
es cubano y el francés es francés. En esa película
cubano-francesa, El pasado cubano de Line Borges, no hay espacio a dudas: no es una
cubana que va a encarnar a una francesa ni viceversa.
No, es una historia que ocurre en ambos países, y los
actores deben ser los óptimos para cada personaje de
acuerdo con las etnias y las idiosincrasias.
—Algo
que usted pudiera recordar sobre su participación como
jurado en festivales internacionales.
—He
sido jurado en muchos festivales: en Berlín en dos
ocasiones y en muchos otros festivales de distinto
rango, así como en el importante festival de La Habana.
Esa es una actividad que a mí no me gusta, pero la hago
porque soy consciente de mi ética como jurado. He visto
en algunos cineastas y críticos importantes —y me
reservo los nombres— un espíritu tan manipulador a la
hora de asumir estas funciones... Y esa es una labor de
árbitro. Preferiría que no existieran jurados ni
festivales con premios, pero ya que existen, entonces,
cuando me lo ofrecen, generalmente digo que sí. Ahora
me voy a Santa Clara de jurado, a un festival de cine amateur.
Digo que sí porque, aunque no tenga una
superautoestima, creo que he tratado de ser un jurado
justo y, cuando no lo he logrado, cuando se me ha
impedido, me he retirado sencillamente, y se han hecho
negociaciones para que por lo menos se afecte la menor
parte de las obras de calidad que están en
concurso. Un ejemplo como ese ocurrió en el
Festival de La Habana, donde yo consideraba que había
que premiar la película de Arturo Ripstein, Principio
y fin, pero era un grupo tan contradictorio que hubo
que negociar.
—¿Podría
hacer un recuento, breve de su infancia?
—Nací
el 4 de diciembre de 1941 en el barrio San Juan de Dios,
una zona intermedia entre la Plaza de la Catedral y el
Palacio Presidencial, actual Museo de la Revolución.
Era como un triángulo y yo estaba en el medio. También
estaba la Iglesia del Ángel, donde es ultimado Leonardo
Gamboa a manos de Pimienta. Está la Loma del Ángel,
donde se encuentra la Iglesia del Ángel Custodio, lugar
donde fui bautizado. Como nací un 4 de diciembre, el día
de Santa Bárbara, mi verdadero nombre es Bárbaro, y
las últimas sobrevivientes de la esclavitud que vivían
en el barrio, todos los años entregaban una canastilla
al niño que naciera el 4 de diciembre; yo me gané la
canastilla ese año. Dice mi madre que ellas hacían un
ritual, con cantos africanos —autorizado por el párroco
de la iglesia— a los niños que le daban esta
canastilla.
—Entonces,
¿usted se llama Humberto Bárbaro o Bárbaro Humberto?
—Me
llamo realmente Bárbaro Humberto; inclusive, cuando era
niño me decían Barbarito. Ese es el barrio maravilloso
en que nací. Estudié muy cerca, en una pequeña
escuela privada que se llamaba Ramírez de Mendoza. Después fui a pasar estudios en La
Salle, en las calles Tulipán y Lombillo, pero ya no
era lo mismo porque me sacaban del barrio para ir a
estudiar. Y ese barrio para mí significó mucho, porque
es una zona donde está todo el enclave más importante
del patrimonio cultural de La Habana Vieja. Es decir,
para mí la ciudad era atravesar la Plaza de la
Catedral, la Plaza de Armas. Ese era mi barrio, por ahí
yo me movía; no concebía el mundo como no fuera ese
mundo barroco. Creo que no por gusto La Habana Vieja ha
producido muchos escritores, muy buenos pintores, sobre
todo en las últimas generaciones. Es como un órgano de
contracción: la gente se va y regresa, o los que nunca
han estado en ella pero la visitan, tienen su
aprendizaje allí. Hay una energía cultural muy fuerte;
parece que tanto patrimonio, tanto acervo, tantos
siglos, tanta dinámica... y la belleza de los buenos
arquitectos que supieron hacer plazas, lugares bellos...
para mí seguramente fue determinante en la decisión de
devenir realizador cinematográfico, porque el contexto
era muy sugerente... todos los estilos que se pueden
ver: el barroco, el neoclásico... No puedo vivir sin La
Habana Vieja; vivo un poco lejos de ella y es como si
viviera en otro país; la visito todas las semanas y mi plan sería
—ya en la longevidad extrema, que pronto
llega— irme
a pasar allí los últimos momentos de mi vida. Quiero
retornar a esa Habana. Y aprovecho para decírselo a
Eusebio Leal.
—Durante
muchos años se vio en usted una marcada preferencia por
determinados actores y actrices. Por ejemplo, Raquel
Revuelta y Eslinda Núñez son actrices que prácticamente
siempre están en sus películas, sean estas o no sobre
temas femeninos. Si en estos momentos tuviera que
escoger entre los más jóvenes, ¿a quién seleccionaría?
—Entre
mis actores preferidos en este momento (hay muchos) están:
Luis Alberto García, Jorge Perugorría, Isabel Santos,
Thais Valdés, Beatriz Valdés; creo que ya los he ido
mencionando a todos. Están Vladimir Cruz, Jacqueline
Arenal (que habría que retomar el espíritu con que
hicimos El siglo de las luces), Mijail Mulkay, que es un magnífico actor...
Hay muy buenos actores jóvenes y descubro en la
televisión nuevos rostros no tan jóvenes, pero
es ahora que
han surgido; los nombres se me escapan, desgraciadamente.
—Aquí
teníamos una pregunta que se imbrica con esto. ¿Qué
hace en la actualidad? ¿Cuáles son sus proyectos? Y,
como segunda parte, ¿qué visión tiene usted. del cine
cubano actual, cuáles son las influencias que están
primando, qué va a pasar en el futuro inmediato, cuáles
serían las nuevas figuras que le gustaría mencionar,
no sólo actores, sino directores?
—Bueno,
yo creo que el cine cubano en estos momentos se ha
ocupado básicamente de que debuten algunos directores
que habían pasado la escuela de cine y que no hubieran
tenido otra posibilidad. Tal es el caso de Arturo Sotto,
que hizo Pon tu
pensamiento en mí y después, Amor
vertical. La
primera me parece una película muy irregular y poco
lograda. La segunda una comedia bastante acertada, con
acento de cierta inventiva, y
con elementos que van en contra de ella, como
cierta concepción visual...
—Perdón,
¿qué le parece la actriz
Silvia Águila?
—Diría
que es una gente potencialmente con calidad. Quizás en
la película hay una cierta composición del personaje
que no le favorece, no hay a mi modo de ver, una
adecuada progresión de su personaje. Pero es una actriz
que tiene talento, tiene fuerza. Creo que es muy difícil
encontrar en las películas cubanas grandes defectos en
la actuación, porque como son actores que surgen del
Instituto Superior de Arte (ISA), de otras escuelas de
arte, pues generalmente tienen una larga trayectoria,
son gente muy bien entrenada. Una de las características
del cine cubano es esa: que los actores de esta generación,
que han tenido una formación tan intensa, tienen mucha
calidad, porque tienen años de dedicación; es decir,
no es Miss Universo que deviene actriz ni el cantante de
moda, que nunca imaginaba actuar y deviene protagonista
de una película. Son muchachas y muchachos, hombres y
mujeres ya, que han estudiado y realmente son muy
diestros, muy aptos, que pueden asumir un rol
en una película y garantizar una filmación de ocho
semanas, o de siete o de seis: por ellos no fracasa la
empresa. Es una pena el período especial, entre otras
cosas por el cine y por esos actores que ya podrían ser
figuras mundiales casi.
—Su
última película fue hace mucho, en 1992. ¿Por qué
tanto tiempo?
—Bueno,
creo que más que nada, por el período especial. Me
acostumbré a una estructura de trabajo en la cual tenía
una especie de turno de filmación cada dos años y
medio o tres. Digo tres años desde la película ya haciéndose;
estaba la etapa del guión, había a veces largas
esperas porque había películas que se estaban
realizando. Es decir, había una conducta paternalista
del cine cubano y todavía no me he podido adaptar a la
nueva realidad; quizás me cogió un poco viejo esto.
Ese era el mundo en que me formé como cineasta. Cuando
tú analizas, en los años 80 tengo tres títulos: Cecilia, Amada
y Un hombre de éxito. Ese era el camino que nos llevaba, era la
forma, la manera de hacer cine. Y eso desaparece cuando
sobreviene la crisis económica. Realmente, al inicio no
sabía cómo hacer para encontrar un proyecto que fuera
susceptible de ser rodado. Por otro lado sabía que había
directores jóvenes que tenían que debutar y había un
mínimo de recursos: una película al año, dos cuando más.
Había directores que tenían una sola obra. Yo, por lo
menos, tenía ya seis o siete películas hechas. Orlando
Rojas había hecho una gran película, Papeles
secundarios, y no había filmado nada más; Chijona
ahora es que realiza su segunda película. Otros
directores no habían rodado nada. En fin, ¿qué hacer?
Y realmente sobrevino un vacío que sólo fue llenado
relativamente con la actividad docente que he ido
realizando. Porque además, vamos a decirlo con toda
claridad, estamos en medio de años muy difíciles para
la sobrevivencia, y desde luego, para poder equilibrar
un poco el nivel de vida que uno tenía anteriormente en
la década de los 80 con el de la década de los 90, había
que hacer actividades docentes fuera de Cuba. Desde
luego, creo que también significó mucho para mí el
hecho de que en la producción internacional y nacional,
salvo alguna excepción muy notable, no veía que era un
buen momento para la ejecución de películas; sentía
—y en gran medida siento todavía— que hay un
empobrecimiento de la facultad del cine de incidir en la
vida social y en la vida individual de los espectadores
con la fuerza que tuvo en los años 60 y 70. De cierta
manera ello es resultado del predominio de la televisión.
Y, realmente, sí necesito un poco del contagio, de la
euforia de los demás; necesito sentirme que estoy
inmerso en una hazaña que no sólo es individual, sino
que es de un grupo. Creo que esto fue lo que justificó
que sacara fuerzas, que no creía ni siquiera poseer, en
la década del 60; era tal la fe en la capacidad del
cine de ser un elemento transformador de la sociedad,
interactivo en la sociedad, en el alma de la gente, de
las costumbres, que uno se crecía. Eso hay que
entenderlo. Nosotros no hemos sido ni seremos nunca
directores tipo Hollywood, que hacen las películas por
ganar dinero o por divertirse en una filmación. Esa
nunca ha sido la motivación, porque realmente nadie se
ha hecho rico haciendo películas; era únicamente, por
la gran satisfacción de poder hacer el oficio que querías
realizar y porque sentías que tenías un espacio, que
tu obra podía ser, en el peor de los casos, altamente
polémica, como fue el caso de Cecilia. Pero cuando sientes que todo eso se va desvaneciendo por la
vulgaridad a nivel planetario, porque entonces la
telenovela se convierte en el referente de comunicación
y de comentario y de discusión popular en torno a lo
que es el arte, sientes un empobrecimiento. Coincidieron
muchas cosas; de cierta forma no ocurren los
acontecimientos de inicios de la década del 90 por
gusto: es también un resultado de todo esto. Esa
banalidad generalizada es lo que provoca también que
desaparezcan ideales, ilusiones, proyectos sociales
grandes, utópicos o no; quizás llenos de errores...
pero necesarios que se esfuman como si nunca hubieran
existido. Pero es parte del empobrecimiento espiritual
que hay en estos momentos, la falta de fe en el hombre,
en su capacidad. Entonces claro, todo eso en mí tuvo
consecuencias un poco traumáticas. Por otro lado, no
sabía insertarme dentro de estos mecanismos... aunque
yo había hecho coproducciones, pero realmente de esto
se ocupaba el ICAIC. Yo no tenía nada que ver con estos
mecanismos de incentivar un productor extranjero. Veía
a mis colegas latinoamericanos que me decían: vengo de
hablar ahora con no sé quién en Francia o en Italia... y yo decía: bueno, realmente de eso se ocupa el ICAIC, que
es quien llama, habla y organiza todas esas cosas, y
después lo que hago es la película. Me di cuenta de
que estaba
obligado por la realidad a buscar yo mismo producción
en otros países. La primera gestión fue por Miel
para Oshún, un guión escrito por mi hermana Elia
que me gusta mucho, sobre la visita de un
cubano-norteamericano a Cuba en la búsqueda de su madre
y que permite una reflexión sobre la nación, sobre los
aspectos que nos identifican a todos.
—¿Miel
para Oshún,
es un proyecto de qué año más o menos?
—Del
93 o el 94. Ese proyecto estuvo casi a punto de
realizarse. Yo iba a producir, nada más y nada menos
que desde Estados Unidos, Alfonso Arau, que como había
ganado mucho renombre y dinero con Como agua para chocolate, surgió en él un espíritu filantrópico
y dijo que iba a producir seis películas en el
continente con directores destacados. Aproveché un
viaje a los Estados Unidos, le llevé este guión y le
interesó. Después sobrevino la crisis del 94 que enfrió
estas posibilidades de convenios culturales en que
Estados Unidos tuviera alguna presencia, y como Arau
vive en ese país, aún siendo ciudadano mexicano, él
mismo consideró que no era el mejor momento y este
proyecto se desvaneció. Comencé entonces a escribir
varios guiones. Horcón,
que obtuvo el premio de guión inédito en el Festival
de La Habana, el pasado diciembre, fue un trabajo de
profesión, de encargo, en el que un señor llamado
Rodrigo Gonçalves, que es cineasta —porque ha hecho
documentales— pidió a un amigo que me localizara para
que yo le escribiera un guión. Después me gustó tanto
la idea que lo empecé a asumir como un proyecto
personal y fue el que obtuvo el premio al guión inédito.
El pasado cubano de Line Borges, que es un proyecto que ya venía
caminando desde hacía tiempo y que inicialmente se
llamaba Dèjá,
que quiere decir «ya» es anterior a Miel para Oshún. En el año 91 vino un productor francés llamado
Claude Nedjart a proponerme que dirigiera esta película
inspirada en una novela que había escrito Paula del
Sol. Él quería financiar la película con Cuba, pero
no teníamos recursos económicos en aquel momento, y
fue un guión que escribí
y se quedó en el tintero. Después este hombre enfermó
muy severamente y abandonó. A pesar de aquella primera
negativa como resultado de la falta de recursos, lo
retomó Jackie Ouaknine, que es el productor actual. Se
nos ocurrió, después de varias versiones de guión,
hacer una adaptación de la historia y traerla a Cuba,
de modo que es también un proyecto, bastante cercano a
su ejecución. Estamos esperando que determinada actriz
francesa, cuya presencia significa que surja un
presupuesto, confirme su participación. Luego, está Horcón,
esta película y Havana-Broadway,
que es de muy bajo presupuesto, muy independiente, y que
posiblemente sea rodada en video digital. Hablando de
este formato, uno de los elementos que ha ayudado a que
me apasione el cine nuevamente es haber visto algunas
películas danesas, que son realmente duras, como Rompiendo
las olas (Breaking
the Waves)
y Celebración.
Son cintas donde hay otra vez en el cine un espíritu
iconoclasta, experimentador, de pasión, como un arte
fuera de todo compromiso comercial, y eso me ha devuelto
la fe. Las cosas que están haciendo ellos ahora
nosotros las hacíamos en los años 60. Pero todo eso
fue paralizado más o menos en la época en que surgen
Coppola y Spielberg, y Hollywood se convierte otra vez
en el lugar que hegemoniza la producción mundial, y las
escuelas desaparecen: la del cine checo, la del húngaro...
Usted sabe que los 70 fueron una década desastrosa para
la humanidad: en primer lugar, mirando a América
Latina, las dictaduras y todas estas cosas provocan que
el cine brasileño desaparezca, el chileno, el
argentino, todos. Entonces, es el momento en que
Hollywood otra vez, después de un breve pestañazo,
triunfa sobre todo aquello con El
padrino, con Tiburón,
con Lucas, que hizo La
guerra de las galaxias... que es un cine de mucha
calidad artesanal y a veces muy logrado artísticamente,
pero que no sobrepasa los límites de un Disney, un
espectáculo, con una anécdota realmente a nivel de
primera lectura; ahí no hay ningún conflicto, ningún
esfuerzo intelectual para el espectador... Entonces, decíamos,
Hollywood triunfa sobre todo aquello; incluso se
aprovecha de lo que está ocurriendo en el mundo y
asesta un golpe demoledor a todas las cinematografías
nacionales, que estaban poco a poco ganándose un
espacio en Europa y hasta en Estados Unidos. Pero se
aunaron muchos factores, y aquellas ilusiones de los años
60 sucumben en los 70 y en los 80, y casi llega hasta
los 90. Lo que sucede es que ahora, con todo este
movimiento de cineastas nórdicos, de nuevo se está
observando que hay productores que hacen inversiones en
películas que no son de mercado, en que a los que
queremos hacer un cine diferente se nos ofrece
un pequeño espacio; eso viene ocurriendo desde
hace ya algunos años. Si no, cómo explicar que puedan
rodar películas, Ripstein o algunos directores en
Francia, Italia, España. Entonces existe como un aire
nuevo, renovador, que habría que saber aprovechar, y
por eso vuelvo a sentirme entusiasmado. Porque le voy a
ser muy franco: podría no hacer más películas, no soy
un hombre ambicioso. Puedo hacer labores docentes y con
eso continuar lo que me queda de vida. Pero algo me
faltaría; amo el cine y con esa pasión, me han surgido
varios proyectos.
—De
esos proyectos que ha hablado ¿cuál ve más realizable
en un futuro inmediato?
—Todos
se hallan en el mismo nivel de inmediatez. Digo siempre
que son como cuatro aviones que están pidiendo pista
pero hay una tormenta y se ponen a dar vueltas hasta que
puedan aterrizar. Entonces... el primero que llegue.
—¿Cuál le gustaría concretar antes?
—En
orden, me gustaría realizar la película chilena Horcón y después la francesa El
pasado cubano de Line Borges.
—¿Tendría
que hacer nuevamente en ellas, el tipo de concesiones
del que hemos
hablado?
—No,
porque como ya le expliqué, la película chilena es con
actores chilenos. En la película cubano-francesa el que
es cubano lo es y el francés es francés; entonces no
hay lugar a equivocaciones, esa lección la aprendí
amargamente.
—Entonces, coménteme algo del tema de las ofertas
rechazadas.
—Bueno,
eso me da algo de pena. Es que hay personas que, con muy
buena fe (y quizás otras con no tan buena fe), me han
ofrecido trabajos. Es cierto que en la época de la
Guerra Fría, cuando estaba todo aquello de la
disidencia de los directores soviéticos, me daban
vueltas, con ciertas formulaciones que consideraban iban
a ser tentadoras
para mí. Pero desde luego que no me iban a tentar. Me
prometían abrirme un espacio dentro de la Meca del
Cine, en fin... todas esas cosas que les pasan a los
directores de cine y que imagino le habrán ocurrido a
Titón... me han pasado a mí también; en un momento
determinado... ofertas esas de: «Venga para acá, que
yo dirijo la fotografía de la película esa que usted
quiere hacer...» y el millón de siempre... siempre hay
como un millón por delante. Realmente nunca me ha
interesado.
—¿Con
qué director de fotografía ha disfrutado más
trabajar?
—Con
Livio Delgado y Jorge Herrera, con los dos. Jorge
Herrera falleció. Me agradaría trabajar con Raúl Pérez
Ureta, que es un tremendo director de fotografía. También
hacerlo con Ángel Alderete; pero con estos dos no he
trabajado. Creo que según las características de la
película, voy a ir maniobrando para trabajar con cada
uno de estos tres.
—¿Sería
siempre cubano el director de fotografía?
—A
mí me place que sea cubano. Los técnicos cubanos son
extraordinarios, técnicos-artistas, como en el caso del
montaje... hay excelentes editores, excelentes fotógrafos,
maquillistas, luminotécnicos..., aunque a veces las
exigencias de coproducción plantean que el fotógrafo
sea del otro país. Y si es bueno debes hacer la película.
—Nelson Rodríguez es muy buen editor.
—Nelson
es magnífico; también Lina Baniela que aprendió con
él. Entonces, hay complicidades que solamente se pueden
tener entre nosotros, entre cubanos. Con un director de
fotografía extranjero, creo que sería muy difícil,
porque ahí sí tiene que haber una complicidad de
miradas. En la mirada hay un patrimonio común, una vida
común, un sentido común de la imagen. También en la
película chilena puedo trabajar con mi equipo. Además,
no es porque ellos benévolamente me lo sugieran, sino
es que yo lo establezco. Para hacer películas lo ideal
es trabajar con un equipo afín, con el cual haya tenido
años de labor o la certeza de que pueda lograr un buen
resultado, como en el caso de un Pérez Ureta o un
Alderete, con los cuales no he filmado todavía, pero
veo sus obras. Pienso
que lo que me queda de carrera va a ser fructífero,
porque los golpes enseñan. Uno no aprende en la
felicidad, aprende en el sufrimiento. La gran fuente
—no vamos a decir que por desgracia, fortuna o
suerte— de aprendizaje está, justamente, en la
reflexión que provoca el sufrimiento. A veces este
tiene más significado para uno, y se aprende mucho más,
ante un fracaso que ante un éxito, donde puede haber
elementos de azar que hayan condicionado la existencia
de ese éxito. Y en este sentido, pienso que estos ocho
o nueve años, en
los que he estado fuera de la profesión como tal, han
sido una cantera. Porque
se han sufrido colectiva e individualmente las
vicisitudes que ha atravesado y sigue atravesando el país;
y creo que ha servido para conocernos mejor, porque
solamente así es que se llega al conocimiento de uno
mismo. Por eso pondero el viaje que hice a Italia en el
64; fue importante, porque aprendí muchas cosas de mí
mismo, ya que por esa conducta de una vida tranquila,
apaciguada, en la que los problemas materiales estaban mínimamente
satisfechos no podía ni siquiera imaginar cuál era la
vida de las personas que sufrían el hambre, la miseria
mayor, entonces, como las vivencié por un breve período,
pero que fue lo suficientemente demoledor como para
poner mi vida en peligro, tuve que hacer un gran
aprendizaje. Era como si hubiera experimentado otras
vidas en ese breve período, que no correspondían a lo
que por razones históricas o contextuales había
vivido. Entonces,
este período especial ha servido para definirnos mucho.
La gente ha tenido que hacer un recorrido muy dramático.
Muchos han claudicado, desgraciadamente; pero si no
tienen la oportunidad de claudicar, no la tienen tampoco
de saber cuáles son sus límites. Otros hemos
encontrado fuerzas inimaginables donde uno suponía que
no estaban. Todo esto, si químicamente da un buen
resultado, seguramente que va a garantizar más madurez
en la ejecución de las películas que haga. Tengo que
tener mucha severidad a la hora de hacer el casting,
los repartos, no dejarme influenciar por ninguna
obligatoriedad extraartística. En ese sentido creo además
que uno también ha crecido conceptualmente, se ha
multiplicado, ve la vida con más profundidad. La
intensidad de tanta situación difícil, dificultosa, ha
provocado replanteamientos, me parece que muy justos,
del orden que sean.
—¿Qué
le gusta además del cine: la música, la literatura, la
plástica?
—Me
apasionan la pintura y la música, básicamente, más
que la literatura. Me inquieta la música; sigo muy de
cerca las cosas que pasan aquí, sobre todo en el espíritu
de la vanguardia, amén de todo el patrimonio musical.
—¿Wifredo
Lam,
lo hizo por una preferencia especial hacia el pintor?
—Sí,
en aquel momento sí. Yo tenía un gran deseo de rendir
homenaje a Wifredo y eso coincidió con que él apoyó
la idea de que se le hiciera un documental desde Cuba. Y
me quedan tantos documentales por hacer sobre pintores
cubanos... Me encantaría hacer uno sobre Servando
Cabrera Moreno, que lo conocí; sobre Amelia Peláez, a
quien no conocí; sobre el movimiento actual de pintores
cubanos, las diferentes generaciones, sobre Nelson Domínguez,
Moisés Finalé, López, Fabelo, sobre tantos buenos...
porque realmente la plástica cubana es impresionante.
No por gusto están remodelando el Palacio de Bellas
Artes, porque realmente hay mucha obra que exhibir y de
mucha calidad. Y la música, que me interesa mucho,
aunque soy un poco ortodoxo y me aferro demasiado a lo
que prefiero. Me interesa la ópera y me interesa la música
clásica en general, los grandes movimientos, los
nacionalistas, los románticos, los barrocos. Me doy
cuenta que cuando viajo y hago una pequeña inversión
en algo que me produce placer, siempre es música... y
artes plásticas; busco
libros de arte, me interesan mucho las artes plásticas,
que es mi trabajo también, es mi profesión.
—¿Y
de la arquitectura qué le ha quedado?
—De
todos aquellos que yo consideraba grandes héroes de mi
niñez, como Niemeyer, Le Corbusier, Van der Rohe, Alvar
Alto... lo que me queda es un saldo de frustración,
porque he visto cómo han empobrecido la imagen de las
ciudades, cómo han despersonalizado, enfriado el espíritu
de comunicación con todas estas moles de cristales y de
acero, con esta urbanística de la despersonalización y
del individualismo más feroz.
—Cuando
mencionó la palabra «frustración» pensé que iba a
decir que se consideraba un arquitecto frustrado.
Supongo que no es así, para nada.
—No,
me siento frustrado con la obra de los arquitectos.
—Porque
en determinado momento de su vida usted mismo fue un
proyecto de arquitecto...
—Sí,
quería ser arquitecto, pero lo que le digo es: gracias
a que no produje en la arquitectura, por muchos motivos,
porque cuando veo el resultado de aquellos que yo
consideraba los maestros, cuando después se impusieron
aquellas obras de vanguardia que ellos hicieron y se
convirtieron en los referentes o los ejemplos a seguir
en todas las ciudades del mundo uno se da cuenta de la
catástrofe que ha sido la arquitectura de la segunda
mitad del siglo. Cuando se ven las ciudades
norteamericanas, la periferia de las ciudades europeas,
el hibridismo, la falta de calor de esas ciudades, la
falta de un entramado que contribuya a la comunicación,
la ausencia de plazas, de cafés, la banalidad de este
ritual del hierro y el cristal, del concreto y el
acero... creo
que todo eso es una etapa que se va a superar y volverá
otra vez la
idea de la ciudad como un ámbito de comunicación, un
espacio, como dices tú, acogedor.
—¿ Ha hecho siempre la película que ha querido hacer en
cada momento? ¿Piensa que en lo que le resta, esto se
va a mantener?
—Creo
que sí, que a despecho de obligatoriedades como
resultado de realidades económicas, he ajustado todas
esas circunstancias que podrían ser obstáculos para
conformarme dentro de un proyecto que ha sido el vital
para mí en ese momento. Hay películas que no he
realizado. Me pregunto hasta qué punto era una pasión
tan grande como para que no hubiera logrado
desembarazarme de los obstáculos o haber irrumpido
contra ellos con verdadera pasión. Realmente no tengo
una respuesta muy sólida para eso; porque siempre hablo
de Océano,
pero es que realmente nunca pasé de un esquema
argumental de cinco ó seis páginas, y cuando he
querido hacer una película, cuando he tenido la
verdadera pasión por hacerla, la haya hecho o no, he
escrito el guión. Ahora, realmente no soy el caso de la
gente que tiene guiones censurados...
—No,
me refería al caso de que dicen: «bueno, he hecho
siempre lo que he querido hacer, pero a veces he tenido
que hacer cosas para vivir, para comer».
—Pero
eso es básicamente en Estados Unidos, en Hollywood, en
el mundo capitalista. Yo no me he sentido obligado a
hacer películas para comer.
—¿Por
ninguna circunstancia?
—No,
por ninguna. Eso no es lo que caracteriza el cine
cubano, porque con una película muy comercial o una muy
artística siempre hubiera recibido el mismo salario; es
decir, ventajas económicas, ventajas extraartísticas
no existían. En todo caso, el que ha hecho en Cuba una
película comercial es porque esa ha sido su vocación.
—En
el caso de Cuba no me refería tanto al aspecto
comercial, como a una película que estuviera a tono con
la realidad del momento, con el contexto.
—Bueno,
ahí tampoco. Tengo que confesar, sinceramente, que esa
pregunta me la hacen mucho los periodistas en el
extranjero, porque quieren que les diga: «Miren soy una
víctima del socialismo establecido por Fidel Castro en
Cuba...» No es ese mi caso; si yo fuera ese tipo de
persona no viviera en Cuba. A veces me he autocensurado,
pero es que he considerado que, efectivamente, las
condiciones no han sido las idóneas. En eso he sido
consecuente, no he pretendido engañar a nadie ni engañarme
a mí mismo. He hecho el cine que he querido hacer y me
he movido dentro de las dificultades que he considerado
las menos ásperas para mi carrera. Afortunadamente no
me he tenido que mover en la tensión de que hay que
hacer películas para comer y podría decir que me he
visto, en los últimos años, cerca de ciertas tensiones
de ese tipo. Mejor dicho, no me he visto inmerso, sino
que podría estar insertado dentro de ellas; pero no me
ha interesado... realmente no. Soy consecuente con un
proyecto cultural, y el proyecto cultural mío es el del
ICAIC. En esto vamos a estar clarísimos y convencidos,
me siento axiomático. Creo en el espíritu
trascendentalista del proyecto cultural del ICAIC, en
aquel espíritu remodelador de la sociedad, en el carácter
conductor que puede tener el cine para la consolidación
de un proyecto colectivo; son valores en los cuales creo
y persevero. No creo en el arte como una explosión del
individualismo más feroz, no me interesa; que otros lo
hagan, lo puedo celebrar, puedo decir que está muy
bien, pero no es mi patrimonio el que me conduce a eso.
Rufo Caballero me preguntaba por qué el cine cubano era
incapaz de hacer una película como La
mujer de al lado, de François Truffaut, donde se
contaba una simple anécdota de carácter existencial
e individual, y yo le decía: es que es imposible
en el contexto nuestro, que es resultado de una
historia, de una coyuntura. Entonces, ese carácter
trascendentalista que tiene la mayor parte de los
cineastas cubanos no es una imposición, es una
necesidad, un reflejo de la historia, y a eso unimos una
tradición iberomediterránea, que no tiene el espíritu
anglosajón de extrapolarse de la realidad y crear
abstracciones existenciales con sus personajes, como es
sin dudas la fórmula que predomina en el cine
norteamericano. Porque cuando uno analiza el cine
europeo, el español, el italiano, siempre hay como un
deseo de historicidad, es decir, los personajes son
resultado de un contexto, de una coyuntura histórica,
están expresando categorías, sentimientos, objetivos,
ambiciones de esa época determinada.
—¡Y qué lucha hay en este momento entre esas cinematografías
europeas —muchas de ellas muy serias—
y Hollywood!
—El
problema es que Hollywood es una fábrica. Ellos
producen mayoritariamente según fórmulas determinadas
que están sobre todo en un librito que se llama Cómo
hacer un guión de cine, que lo escribe Syd Field.
Él le dice que en las primeras diez páginas debe pasar
tal cosa, en la página veinticinco la otra, y así se
hacen las películas americanas, la gran mayoría. Hay
directores en Hollywood que se respetan, y también
algunos independientes, sobre todo en Nueva York, que
tienen una visión diferente. Pero el autor europeo y el
latinoamericano desean escapar de esas reglas
formularias, entonces quieren hacer
un cine de más ambición intelectual y dramatúrgica
sin seguir esas reglas de oro de manera tan pusilánime
y claudicante. Entonces surgen esos desajustes en la
relación con el espectador, porque el espectador está
acostumbrado a un formulario y a una progresión dramatúrgica
que lo conduce a mas cuál estadío. En ese sentido en
el cine francés, para citar un ejemplo —y a pesar de
que tiene un sector de cine comercial— realmente hay
una producción bastante amplia de autores que quieren
escapar al sometimiento de estas reglas formularias.
Desde luego, no tienen los recursos ni el poder como
para poder divulgar su obra de la manera más adecuada y
el cine americano, con su creciente banalidad, controla
la distribución y todas esas cosas. Entonces, este tipo
de experimento, intermitente e interminable, que es
hacer un cine fuera de las reglas del juego, no tiene
los espacios económicos ni de distribución adecuados.
Pero todo eso va a terminar, algún día la verdad se
impondrá. Lo que pasa es que en la efímera existencia
que uno tiene piensa que el arco dramático de la
historia termina, pero eso será progresivo y la «meca»
del cine se tambaleará para su propio bien. A la larga,
los latinoamericanos tenemos que sacarles el dinero que
nos quitan en las taquillas. Y al estilo Galeano ir
cambiando las reglas del juego. Pero, a pesar de que
todo ese formulario funciona en el público, espero que
llegue un momento de agotamiento.
—A ese bombardeo de Hollywood no escapa nuestro país. Nuestro público
también lleva muchos años sometido a ese bombardeo,
que es también una
realidad mundial. Ahora, ¿cree que la audiencia de la
Cuba de fines del siglo xx
está
más o menos preparada para películas del corte, por
ejemplo, de Lucía, de lo que estaba en el 68, cuando fue acogida con tanta
preferencia?
—¿Si
yo hiciera una película con el mismo calibre?
—Una
película, al menos, con tantas inquietudes
intelectuales...
¿Si
yo la hiciera ahora? Iba a provocar lo mismo. Porque la
gente consume lo que tiene a mano. De cierta forma, soy
muy crítico con la telenovela, pero a mi modo de ver
también la telenovela latinoamericana —cuando hay
buenos ejemplos, o digamos, menos mediocres— es una
alternativa de detención, de defensa contra la
embestida de ese cine de Hollywood; porque si le
pregunta ahora a un cubano medio: ¿qué prefieres ver,
el último episodio de la telenovela o una película
americana?, seguramente te van a decir que el último
episodio de la telenovela. Y ya ahí, por lo menos de
manera bastarda, está asumiendo un papel de defensa
cultural, eliminando la indefensión cultural y el
sometimiento a determinados códigos de lenguaje. Pero
creo que Lucía
es el resultado de una época y toda una espiritualidad
y de un deseo de renovación dentro del cine
latinoamericano, de un cine cubano que no existía, pero
que tenía la necesidad de irrumpir de manera muy
vigorosa y novedosa.
—¿Usted
cree que es el mismo público de entonces?
—A
despecho de diferencias secundarias, es el mismo público
en el sentido de que cuando tengan algo de verdadera
calidad, de verdadero respeto a ellos como espectadores,
que las exigencias que se hagan resulten un per
se para esa colectividad, para ese público, creo
que sí, que van a ser sensibles a lo que tenga calidad,
que sea renovador, que sea hermoso, que esté hecho con
un espíritu tan noble, tan benévolo, tan generoso.
Creo que no hay que tenerle miedo a eso. Lo que pasa es
que la gente es víctima de la pobreza espiritual, de la
falta de fe de los productores, de los propios
directores, de los caminos trillados, pero ese mismo público
se renueva cuando hay una película como Lucía, como Rocco y sus
hermanos, como Memorias...
Esa misma gente, que son de otra generación, desde
luego, es como cuando tú despiertas después de un
largo sueño y te incorporas a lo que tiene calidad...
¡claro que sí! Lo que pasa es que no está ocurriendo,
pero el día que ocurra van a reaccionar igual, más allá
de políticas educativas a través de la televisión, de
la radio, es la necesidad que tiene la gente de sentirse
respetada como espectador. No es una visión
optimistoide o voluntarista de lo que puede ser el público.
Es que existe mucho prejuicio; el público es lo que vas
creando, es decir, el público no se convierte en lo que
creas a partir de los mecanismos de distribución que
sabes que puedes ejercer, sino que se hace más chato, más
opaco, cuando no tiene la oportunidad de ponerse en
contacto con obras de más ambición, pero tan pronto
aparecen esas obras seguramente se vincula a ellas.
Claro, que a veces va a significar un esfuerzo, porque
de verdad que son demoledoras las consecuencias de tanta
telenovela y de tanto cine de acción malo. Cuando se
hicieron Lucía
y Memorias...
y tuvieron esa gran acogida por parte del público, ¿de
qué venía acostumbrado el espectador cubano? De ver
las peores películas mexicanas, argentinas,
norteamericanas, y
supo apreciar en su momento la calidad de aquellas
obras; es como cuando uno está acostumbrado a leer
novelas mediocres y de pronto te aparece Thomas Mann y
descubres un universo y amplías tus posibilidades. No,
no tengo ningún pesimismo al respecto. Claro, aquí se
conserva a través de dos o tres programas de televisión
la costumbre de mantener viva esa llama de la educación
cinematográfica. Por ejemplo, Enrique Colina hizo un
desmontaje de Titanic
del cual me quedé boquiabierto, que de verdad lo logró.
Todos los que vieron Titanic
después de ese programa ya no eran inocentes, sabían
que se estaban divirtiendo con una película que era
manipuladora, esquemática, donde el malo era malo y el
bueno era bueno y todo eso. Siempre que se mantenga esa
política de educación la gente va a seguir esperando
que llegue otra vez la gran eclosión de un cine cubano
o mundial de gran calidad, lo que en estos momentos no
ocurre.
—Sin
poder responder a la interrogante de cuánto puede
prolongarse el período especial, pero ¿estamos lejos
todavía de que el cine cubano regrese otra vez a
determinados planos preeminentes?
—Es
difícil, porque habría que saber articular muy bien
esas coproducciones de manera que significaran una
inyección económica al cine cubano e ir prescindiendo
de modo gradual de ese espíritu de coproducciones, para
abordar las temáticas nacionales sin hacer esos
compromisos, que no tienen que ser claudicadores, pero
que, finalmente, hay tantos temas nacionales, puramente
nacionales, que uno quisiera abordar y que tienen que
dar paso a otros temas, de igual importancia, que no
representan en realidad aquel vigor que uno suele tener
cuando aborda el tema absolutamente nacional. Esta película,
El pasado cubano
de Line Borges, es una película de gran ambición
estética, filosófica, humanística; es decir, que
la hago convencido de la justeza de su discurso y
de los retos lingüísticos que supone. Pero no es menos
cierto que si puedo abordar un tema nacional al cien por
cien, es posible que resulte algo mucho más placentero,
más rico, más emotivo, una vinculación más fuerte
con el tema; aquí tengo que realizar ciertos ejercicios
imaginativos fuertes para poder entrar en la piel de
personajes de otros contextos, hacer un esfuerzo doble
en el caso de los personajes que no son de mi contexto.
Esa es mi forma de conocimiento, pero bueno,
indiscutiblemente que si pudiera consagrarme a temas
nacionales... A mí me apasiona la película chilena, Horcón, porque es una historia muy común, latinoamericana; por
muchos motivos me vinculé a la historia de Chile y es
cierto que escribo esa película con toda la pasión,
toda la entrega y toda la honestidad, pero me pregunto:
¿si en vez de esa película yo abordara un tema
nacional? Al menos sería más fácil esa entrega, sería
más instintiva, más espontánea, menos elaborada
intelectualmente.
—Le
hacía la pregunta de si
siempre ha realizado la película que ha querido
no por gusto, sino porque en el contexto en que vivimos,
hay que buscar eso que me dice: una fórmula de
compromiso, y cuando uno está en una coproducción
tiene que hacer dejación de lo que uno quisiera, ante
lo que uno puede realmente hacer.
—Sí,
pero dentro de las dificultades que puede tener un
artista cinematográfico esa es la menos perjudicial; le
voy a explicar por qué. Ni Horcón
ni El pasado cubano de Line Borges son películas para comer, para
vivir. Es decir, dentro del ámbito de proyectos de valía
cultural es abordar temas que quizás no son con los que
tú puedes tener una vinculación o una pasión mayor,
pero siempre en el plano del respeto por el cine, porque
puede existir un hombre en Australia que quiera hacer su
obra de arte pero no le queda más remedio que rodar una
película comercial para poder darle de comer a su
familia, o para lograr con las ganancias que obtenga
eventualmente con esa película secundar el proyecto que
realmente es el de gran ambición estética. Pero ese,
afortunadamente, no es mi caso... es otro; es decir,
cumplimentar tu rol de cineasta de la manera más ética,
es una posibilidad que no es quizás tan atractiva como
la que se te ofrece cuando tú puedes abordar los temas
más personales, más contextuales. Eso es cierto, pero
hay que saber establecer esa diferencia, conciliar
intereses. A veces descubres que lo que tú consideras
que no es exactamente lo más íntimo, lo más personal,
donde te vas a proyectar con mayor eficacia resulta
infinitamente superior como provocación a la
creatividad. Esas son sorpresas que uno tiene siempre.
—Y
que vale la pena experimentar.
—¡Sin
dudas!