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SEMBLANZA SOLÁS
“Quiero
hacer un cine que no me permita prever las características
ulteriores de su confrontación con el público. Un cine
de liberación personal indiscutible, que ponga a prueba
si realmente puedo sentirme como un individuo con
verdadera identidad”
El
4 de diciembre de 1941 nace en La Habana Bárbaro
Humberto Solás Borrego, quien el destino convertiría
en uno de los más audaces exponentes de la vanguardia
artística de su país.
El
barrio de San Juan de Dios, en pleno corazón de La
Habana Vieja, le vio crecer, y en la cristiana Iglesia
del Ángel recibiría su bautismo de fe. Tremendas y
definitorias tienen que haber sido las constantes
experiencias visuales de su realidad en aquellos
primeros años: una fachada lateral de la Catedral, la
Loma del Ángel, el hálito de cubanía que se esconde
tras cada balcón, cada puerta o ventana enrejada, al
doblar de cada esquina, atmósfera toda inmersa en un
contexto de sugerencia y fascinación que le irá
permitiendo descubrir, admirar e interrogar el mensaje
de aquellas piedras, mudos testigos de un verdadero
hervidero de ideas y personajes que fueron, en su
momento, crisol de la identidad nacional.
Estudia
como todo muchacho de su clase y época, pero ya a la
temprana edad de catorce años vemos la primera
manifestación elocuente de lo que será esa mezcla de
un carácter inconforme y unas convicciones enraizadas
que lo acompañarán para siempre: interrumpe sus
estudios secundarios para incorporarse a la lucha
estudiantil y al movimiento insurreccional contra la
dictadura de Fulgencio Batista en una célula de acción
y sabotaje del Movimiento 26 de Julio.
Difícil
tarea la de desentrañar la madeja que lo acerca al
cine. Su vocación por el séptimo arte probablemente
brota en el marco de una lucha de elecciones. Mientras
la madre se inclinaba por las películas españolas, el
padre prefería las norteamericanas y, en el medio, un
joven que no acababa de encontrar su satisfacción como
espectador. Aún no había descubierto un cine con el
que se identificara plenamente cuando en esta inquieta búsqueda
surge, como un contundente golpe en la cabeza, Vittorio
de Sica con un filme titulado Umberto
D, adscrito a una desconocida corriente que algunos
llamaban neorrealismo italiano. Todo ello fue como una
revelación divina: sería cineasta. Comenzaban así los
conflictos entre la razón y el sentimiento. El propio
Humberto declara: «Caminar por una calle portando un
arma escondida era un travelling. La reunión clandestina era una suerte de mise
en scene de tintes grises y diálogos susurrantes.
Veía filmes y vivía. Surgía una interacción que me
ha acompañado siempre».
Su
descubrimiento del cine toca también otra fibra oculta
de sensibilidad artística: «Esos filmes transcurrían
en los ámbitos de una arquitectura que me fascinaba y
que también se exhibía a mi alrededor. Aquí se hacía
sentir lo universal; estaban los referentes para
desarrollar mi aspiración de cineasta o arquitecto».
Pero abandona lo segundo por amor a lo primero y así,
en el momento crucial de la explosión cultural, artística
e ideológica del neorrealismo italiano y la nueva ola
francesa, ingresa al Instituto Cubano del Arte e
Industria Cinematográficos (ICAIC) en 1960
al poco tiempo de crearse este instituto, como
secretario de la revista Cine
Cubano, publicación en la que trabaja
durante dos años; tiene entonces diecinueve. Entra al
mundo del cine después de realizar su primera producción,
La huida, con
recursos propios y la seria desventaja de no haber
estudiado cine, pero
lo salvan su vocación desde niño y un talento que más
tarde se revelará en todo su esplendor.
La
norma primordial del ICAIC en aquella época era
aprender haciendo cine. De este modo realiza labores de
productor, asistente de dirección de cortometrajes y,
además, dirige breves notas didácticas para la serie
Enciclopedia Popular (Casablanca,
Napoleón gratis). En 1962 rueda su primer
cortometraje en codirección: Variaciones; también en codirección, Minerva traduce el mar y el filme de ficción El retrato. En Crónica cubana
y En el club,
incursiona como asistente de dirección. Son los
primeros pasos, aún vacilantes, de un cineasta que va
descubriendo la técnica y sus posibilidades expresivas,
de un artista que va armándose de un instrumental que
sabe le resultará imprescindible.
En
1964, con 23 años, visita Europa en un viaje colmado de
dificultades y trascendentales revelaciones para un
joven, ávido de tocar con la mirada de las manos y el
tacto de la mirada, las grandes realizaciones del arte
universal que tantas veces había engullido con voraz
apetito en obras literarias, musicales y plásticas. «La
música de Bartok es una cortina que el viento mueve
furiosamente. Ravel es un lento dolly
por el pasillo de una vieja casa junto al mar... y así
siempre. Al punto de que un cuadro de Uccello, La batalla
de San Romano, será la invitación formal a un
filme». Paradójicamente, en el viejo continente el
contacto con la realidad europea le hace redescubrir la
verdadera imagen de una Latinoamérica que demanda una
aproximación cultural de nuevo tipo, firmemente
enraizada en seculares anhelos de liberación político-cultural.
Eran épocas de gran auge del cine europeo, cine de
arte, de autor y contestatario al de Hollywood. Épocas
también en que se estaban forjando los grandes
movimientos políticos, pictóricos y escultóricos en
los que se incluía un nuevo cine latinoamericano con
una hornada de promisorios realizadores.
Corría
el año 1965 cuando regresa a Cuba con la cabeza
rebosante de ideas, entre las que el tema de la mujer
destaca por su sugerencia y valores plásticos. Era éste
un territorio muy fértil para hacer una autopsia de la
sociedad, de su psicología, de su conducta. Tras la
pequeña obra de ficción El
acoso, realiza lo que él mismo califica como su
verdadero primer filme: Manuela, mediometraje sobre una guerrillera campesina, que alcanza
un rápido reconocimiento en el país y en el extranjero
y que fuera calificada por el crítico francés Marcel
Martin como «una pequeña obra maestra». Importante
cinta esta en la filmografía del realizador, quien a
pesar de tener ya en su curriculum
los filmes antes mencionados, nunca llegó a reconocerse
en ellos o como él observara, «no me encontraba
presente».
Después
de dirigir el documental Pequeña
crónica, realiza Lucía,
tríptico de acento épico y construcción barroca donde
consolida el camino iniciado y consigue su obra más
galardonada, considerada como un verdadero clásico del
cine latinoamericano, «un debut
tan importante como el de El
ciudadano Kane», según el crítico Geoffrey
Minish.
En
la década del 70 rueda el documental Crear
2, 3... y su muy polemizado filme de ficción Un
día de noviembre, estrenado varios años después
de su terminación como consecuencia de carestías y
diversos problemas existenciales surgidos tras la Zafra
de los Diez Millones. Las amargas experiencias vividas
por Solás después de Un día..., lo sumieron en un período de inactividad que sólo
lograría romper dos años más tarde con el documental Simparelé, apasionante corto de la historia del pueblo haitiano.
Luego realizaría el largometraje Cantata
de Chile, moderna pieza coral en la que el cineasta expresa sus
inquietudes con respecto al cine como aglutinación y síntesis
de las artes; más tarde, los documentales Allá
lejos, como coguionista; La
sexta parte del mundo, obra colectiva por el 60.
aniversario de la Revolución Bolchevique; Nacer
en Leningrado y Wifredo
Lam, esta última un sugerente y delicado fresco
sobre el insigne pintor cubano.
A
inicios de la década del 80 filma Cecilia,
versión libre de la novela Cecilia
Valdés, de
Cirilo Villaverde, fustigada por una crítica que tendría
en algún momento que revisar sus motivaciones de
entonces, sin lo cual no se explicaría por qué, a
pesar de toda la campaña desatada, es esta —según
Nelson Rodríguez en El
cine y la vida—
la película cubana más vista en el extranjero
después de Fresa
y chocolate. Inspirada en La
esfinge, de Miguel de Carrión, Amada
es la historia de una mujer acosada por los prejuicios
morales de su época y clase. En ella fue decisivo el
trabajo de Nelson, quien por muchos años ha sido el
editor y colaborador inseparable de Solás. Un
hombre de éxito, que recibiera el Gran Premio Coral (compartido) en el
VIII Festival Internacional del Nuevo Cine
Latinoamericano, es una pintura de la sociedad cubana en
el período comprendido entre las décadas de los años
30 y 50, a través de la trayectoria política y social
de un oportunista, y una película que demostró que se
podía hacer un filme aparentemente costoso con pocos
recursos. Los documentales Obataleo
y Buendía
cierran la filmografía del realizador en la década.
En
1990, mientras dirigía uno de los tres grupos de creación
en que se estructuró la producción del ICAIC, se filma
Mujer transparente,
obra a cinco manos como proyecto original de Solás. Dos
años más tarde realiza El siglo de las luces, uno de sus trabajos más monumentales, en
coproducción con Francia y Rusia, basada en la obra homónima
de Alejo Carpentier, de la que también surgió un
serial para la televisión.
A
finales de la década incursiona en el mundo de la
publicidad, y realiza los cortos promocionales Retrato de La Habana y Gran
Caribe, donde por primera vez utiliza las nuevas
tecnologías del vídeo digital .
En
el umbral mismo del nuevo milenio dirige su más
reciente largometraje de ficción Miel
para Oshún, también con el revolucionario formato
digital, en una realización que de algún modo, cierra
el ciclo iniciado con Manuela,
en cuanto a tratamiento de la fotografía, movimientos
de cámara, dirección actoral y realismo insuflado por la cinta.
Humberto
Solás, uno de los artistas más sensibles y talentosos
del cine latinoamericano, cuenta en su filmografía con
obras de gran valor artístico y social, acreedoras de
premios y distinciones en Cuba y el extranjero, que han
participado en selecciones oficiales de certámenes
cinematográficos tan prestigiosos como los de Cannes,
Venecia y San Sebastián. Ha asistido en calidad de
jurado a importantes festivales y
ha representado a Cuba
como miembro de diversas delegaciones. También ha sido
invitado a una gran cantidad de países a impartir
conferencias, charlas y seminarios. Sus filmes se han
apreciado en múltiples retrospectivas por todo el mundo.
Galardonado
con la Distinción por la Cultura Nacional, las medallas
Raúl Gómez García y Alejo Carpentier, la Orden Félix
Varela de Primer Grado, máximo reconocimiento de la
cultura cubana, así como con la Medalla de Combatiente
de la Clandestinidad, es Miembro de Mérito de la
Asociación de Cine, Radio y Televisión de la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
Artista
comprometido con su época y circunstancias, este
talentoso intelectual es, con certeza, uno de nuestros realizadores más
brillantes.
(Del
libro Tras
las huellas de Solás, de Luis Ernesto Flores González.
Ediciones ICAIC, 2000.)
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