TRONO DE LUMBRE
Lucía
y Memorias del subdesarrollo fueron poetizadas,
profetizadas, en un año en que los estudiantes
parisinos tomaban las calles, los mexicanos eran
masacrados y comenzaban las decepciones con el discurso
de la utopía. De nuestras mejores utopías, empero, no
hemos tenido que abjurar, porque no fueron todo lo
evanescente que puede ser el ímpetu de la pubertad;
nuestras apuestas tuvieron otro vuelo, y corroboran
acaso su trascendencia en cada nueva lectura que
reescribe Lucía.
Rufo
Caballero | La Habana
¿Cómo
era posible, haciendo tanto tiempo que los hombres
piensan en ello, que no hubieran aún comprendido que la
belleza es incomunicable, y que ni los seres, ni tampoco
las cosas, pueden llegar a penetrarse?
Marguerite
Yourcenar, en «La primera noche» (1929)
Los
años sesenta de este siglo quedarán en la historia de
la humanidad —en el relato múltiple e intencionado
que a menudo se toma por tal— como una de las
transiciones epocales más complejas vividas jamás.
Justo cuando los jóvenes, los afanados jóvenes de
entonces, clamaban porque se encaramara la imaginación
al poder y se hiciera realidad la utopía (pedían lo
imposible), o esgrafiaban en las paredes de la
Sorbona que la vida está en otra parte,
Milan Kundera comenzaba a perfilar su obra de
derogaciones, Michel Foucault creía advertir «la
muerte del hombre», e irrumpía, en definitiva, una
nueva condición de los tiempos.
Allí
donde decenas de proyectos tardomodernos intentan aún
perpetuarse, emergen nuevas nociones de la economía y
la subjetividad que trastruecan los surcos del relato
histórico y fundan muy otras perspectivas de la
existencia. En los centros metropolitanos del
poder-saber, acordes con un diseño posindustrial donde
los árbitros ya no serán los dueños de los medios de
producción, sino los artífices fundamentales de la
información y su círculo difusivo, la cultura parece
desplazar de una vez a la economía política, la
historia empieza a leerse como texto, la omnipresencia
del poder foucaultiano cede lugar a la idea de
Baudrillard de un poder-seducción —a tenor del cual
el potencial fascinador de los media se vuelve
terrorista—, y la norma— mercancía que había
regido el discurso productivo de la modernidad muta en
la forma-signo, una formalización retórica que
extravía el extradiscurso del texto «autónomo» a
partir de considerar que el significado no será posible
sino desde la relación horizontal de los mismos
significantes, en un patrón de autoconciencia
interesado por aceptar sólo las modelaciones que
procedan de los propios atributos formales del vehículo.1
Cuando
el mundo empieza a hablar en términos posestructurales
y la vida misma se empeña en tejerse como una madeja
irremisible de intertextualidad, cuando la clausura se
difiere y la última palabra es para siempre denegada,
el cine experimenta también un excitante cruce, un
montaje de condiciones verdaderamente turbador.
Los
dos grandes emblemas de la irrupción posmoderna en el
cine, Jean-Luc Godard y Andy Warhol, seguidos bien de
cerca por Pier Paolo Pasolini, viven en sangre propia
esa tensión del montaje epocal. Ellos traen consigo un
nuevo concepto de la dramaturgia, en donde los valores
de distensión, desdramatización, extrañamiento,
parodia y constantes rupturas de sistemas lingüísticos,
obviamente perturban el ideal de identificación propio
del paradigma narrativo moderno; ellos traen para la
recepción un desafío visceral a la lectura del tiempo;
generan una relativización del valor que hace añicos
la prominencia de los proyectos totalizantes modernos;
sin embargo, ellos, llegue la paradoja, pueden
interpretarse, y a menudo así se veían a sí mismos,
como los más flamantes estandartes de la política del autor-Dios
que tanto molestaba a Roland Barthes.
Igual
ocurría con Michelangelo Antonioni, dotador de un
tejido dramatúrgico ya rabiosamente posmoderno, para
sostener de algún modo un corpus reflexivo sobre
la incomunicación en mucho todavía inspirado por la
categoría de fundamento. Es más, no pocos de
los ulteriores discípulos posmodernos, Greenaway el
primero, asimismo David Lynch o Pedro Almodóvar —por
no hablar del sutilmente recurrente Martin Scorsese—,
estarían conformando una sólida y consecuente poética,
cuyos megarrelatos discursivos se estructuran con atención
a la lógica moderna del autor-Dios: artistas todos
sabedores de que la creación se levanta por sobre la época,
quizá temprano comprendieron que no por gusto, o no por
mero gusto, cada buen escritor escribe no más, a lo
largo y ancho de su vida, un único libro; que, aun la más
resuelta dispersión centrípeta, conserva un centro
siquiera a nivel de la ilusión.
Por
el contrario, los claros pilares de un proyecto
tardomoderno desde el cine, de Andrei Tarkovski a Eric
Rohmer, de Akira Kurosawa a Ken Loach, para aludir a
cuatro latitudes y cuatro pulsos creativos absolutamente
dispares, no pueden, ni creo lo hubieren deseado,
renunciar a las relativizaciones posmodernas. ¿Hay
acaso película más abiertamente posmoderna, en su
raigal polifonía, que Rashomon? ¿El cine de la
transparencia rohmeriano, así como conecta por un lado
con el modelo moderno de la verosimilitud y la analogía,
de la «metafísica de la presencia», no entrampa por
el otro con el antitrascendentalismo y la pérdida de
gravedad alusiva que caracteriza al texto posmoderno? ¿Y
qué hacer con el caso mismo de Fassbinder, un hombre
que había urdido un susurro de hermosas contracciones
modernas, al modo de El comerciante de las cuatro
estaciones o El matrimonio de María Braun,
para concluir su vida con ese prodigioso vómito de
iconoclasias y entrañables confesiones que fue Querelle,
un filme que desconcertó al mismo Tarkovski, quien ante
él se las dio de moralista? —O pensándolo otra vez,
siempre lo fue, sólo que de mejor manera.
Evidentemente
el cine, tal vez como ninguna otra expresión cultural,
reproduce en forma locuaz esa tensa superposición de
condiciones en unos años tan perversos que alcanzaron a
contemplar, por igual, el ideario redentor del Che y la
euforia ante los primeros síntomas del deshielo en el
«socialismo real», con las advertencias a la historia
—a su tenacidad de modelos— que lanzara el XX
Congreso del PCUS. Y es que si otras manifestaciones de
la cultura artística habían perfectamente modelado su
concreción de modernidad (piénsese no más en la
arquitectura, cuyo geométrico «estilo internacional»
estableció una dictadura que pedía a gritos su
brutalismo), y por tanto hacen comprensible su espera
ansiosa de lo posmoderno, el cine comienza a participar
de la órbita posmoderna y sus herramientas morfológicas
justo en el momento en que pudiera densificar el propio
arribo a su modernidad; esto en el caso de no considerar
que el cine ya con Eisenstein era suficientemente
moderno, cosa en la que al menos yo creo con vehemencia:
o sea, con Eisenstein y con Welles, todo lo más.
En
ese sentido, en el sendero de los caminos que se
entrecruzan, el cine se parece muchísimo a América
Latina. Esta América nuestra, mestiza, híbrida,
inclusiva, fragmentaria, paródica de las culturas que
se quieren altas; esta América nuestra bellamente
tortuosa, que confirma su rareza, su irrepetibilidad al
remontar su posible ser posmoderno a una tradición atávica
que no sabe de modas ni cantos de última sirena; esta
América que todo lo subvierte y todo lo incorpora,
voraz matrona, pantagruélica mujer que todo lo devora y
lo regala obsceno, pletórico de gozo y de espesura;
esta América extraña, nada posindustrial, pero con medias
en muchos casos fascistoides, de escaso posfordismo y
antojadizos diseños urbanos al dorso de lo moderno,
donde por lo general el poder se vive como simulacro y
los referentes ofrecen una cadena textual que en el
tiempo se pierde y confirma, y regresa. Esta América no
ha dejado de producir una literatura, ni unas artes
visuales ni un cine que participen de la sensibilidad
universal de la época más allá de los designios del
«centro», pero sólo al tiempo en que esas
deconstrucciones se integran —para que sigan
las provechosas paradojas—, y se integran lo más orgánicamente,
a las empecinadas proyecciones de una perspectiva utópica
cada día más creciente, desde unas presunciones de
autoría que hallan en la individualidad del relato, en
la expresión, la contundencia de la apuesta épica.
Así,
resulta que nuestros más adelantados hombres de cine,
aquellos que sintonizan del mejor modo con lo mejor del
Posmoderno, son también, o primero, nuestros más
grandes y modernos autores-dioses: Tomás Gutiérrez
Alea, Arturo Ripstein, Paul Leduc, Jaime Humberto
Hermosillo, Francisco Lombardi, Fernando Solanas, Luis
Puenzo, María Luisa Bemberg, Eliseo Subiela (por más
que se abjure de su dudosa poetización, hay que
reconocer que ése, su kitsch, es muy interior,
demasiado «auténtico» para ser olvidado), Glauber
Rocha y Arnaldo Jabor, et al.
Entre
ellos, como el primero, el inmenso esteticista del
continente, el Visconti del mestizaje, Humberto Solás.
Humberto, que como Gutiérrez Alea, tiene el excedente
de virtud de haber brotado de un proceso social que
suponía, él mismo, el cruce fecundo de la paradoja
histórica: allí donde comenzaba a declinar el ánimo
fundador de la tradición emancipatoria moderna, luego
de un extenso e intenso arco que partiera del proyecto
ilustrador burgués de 1789,2
triunfa a los cuatro vientos una Revolución pertinaz en
su esfuerzo de razón libertaria y dignidad humana.
Canto del cisne del paradigma moderno, contracorriente
respecto de los signos del simulacro, la Revolución, y
Humberto, y sus Lucías, se quieren, se ven forjadores,
y encuentran en ese sentido de construcción, el
involucramiento más pertinente de sus emociones.
De
ahí que la poética de Humberto Solás se erija —deba
hacerlo, casi tenga que— como un proyecto totalizante
de carácter parabólico, como un megarrelato personal a
modo de metáfora del proceso mismo de las revoluciones:
de Lucía
(1968) a El Siglo de las Luces (1992) se
estructura un ciclo de reflexiones sobre la revolución,
la emulsión social y el trenzado de los destinos
nacionales e individuales, que comienza con un registro
más puntual, histórico, descriptivo, para culminar en
plena convocatoria a la metafísica, pues El Siglo de
las Luces ha de leerse como el tratado venturoso que
piensa el proceso y la urdimbre de la revolución, su
dramaturgia, su precio, su saldo. Humberto empezó
relatando lo que veía, contando cuanto vivía, hasta
terminar, con la madurez, explicándose, desde la
filosofía, aquellos sobresaltos, aquellas desmesuras
del alma. No en balde encuentra finalmente su espejo en
ese filósofo mayor, Alejo Carpentier, quien pensó la
cubanidad sometida al abanico relacional del universo,
allí donde la experiencia histórica brindaba asideros
para el fundamento, anteriores fogueos, precedentes
ejemplares de la edición.
Si
el cine de Humberto Solás está bañado de inteligentes
y singulares cláusulas posmodernas (la transgresora
dramaturgia de ciertos cortos de ficción, increíblemente
cercanos, en su lógica abstracta y su premisa
deconstructiva, al ulterior montaje del video-arte; el
precursor diseño intertextual de Un
día de noviembre, en donde el autor, temprano
sabedor de sí —el filme data de 1972—, se cita con
audaz complacencia; la coralidad performática de muchas
de sus películas, etcétera), se edifica sensiblemente,
alcanza su razón y su sentido, en el viaje abarcador de
la poética.3
Para entender esa avidez gnósica, habría que partir de
constatar una tríada básica en el protagonismo sémico
de su obra: la mujer-el eros-la nación. Es ése
un triángulo asistido por el peso del destino, la
fuerza de lo trágico,
y
la revelación de un centro temático en la figura de la
mujer: la mujer en Humberto será siempre arremolinada,
arrastrada, desvaída, motivada por una desazón de la
vida, por entuertos que la invaden y la retan.
Ello
se aprecia con particular elocuencia en el ciclo que
ofrece, de forma precoz, la misma Lucía: sus
primeras dos mujeres son atenazadas por las fuerzas de
la Historia (exactamente la primera es zaherida; la otra
es convocada y también de alguna manera traicionada),
para que, cuando en el tercer caso, la Historia misma
parezca mirar con júbilo a la mujer, ésta padezca
entonces la contrariedad de natura, aquella que
fija en la sublimación del pene la sicología
falocentrista de la penetración. Todavía resuena en la
memoria el latiguillo del último macho: «tú vas a ser
pa’ mí na’ ma’. Como yo quiero, coño».4
De la palmaria textura histórica a la densidad
existencial de la guerra de los sexos, sin alardes
feministas por medio, la mujer en Humberto es de siempre
dramatizada por la tragicidad de un fatum que
proviene de natura, de la sociedad o la cultura,
que la sume en una atmósfera de conflicto necesaria
para metaforizar la posibilidad contextual de su redención.
Hay,
entonces, dos fuentes textuales decididamente hacedoras
del humus solasiano: la tragedia clásica y la
literatura cubana del siglo xix.
En esta última, el adulterio, la perfidia, la vejación,
acompañaban por lo general a la imagen de la mujer, que
era presentada como epítome, sinécdoque o alegoría de
la Patria. No en vano se insiste tanto en la figura retórica
del incesto, metáfora literaria de una hipertrofia histórica
perfectamente demarcada: las violaciones en la relación
de dominación colonia/metrópoli. No es gratuito
tampoco el hecho de que Humberto Solás alcance su
excelencia más arquitectónica filmando justamente la
obra-ápice de esa tradición tropológica: la Cecilia
Valdés, de Cirilo Villaverde. Es tal la comprensión
de Humberto acerca de la importancia del incesto para
detonar profundos sentidos históricos, que lo
incrementa, lo especula, lo interpreta: en su Cecilia,
Rosa, la madre, desea a Leonardo, se tuerce de deseo
cuando percibe el torso desnudo y velludo del efebo
tentador; y también Leonardo, cuando se dispone a la
violación de sus víctimas de seducción, sucumbe a la
obsesión de su madre; ésta se le aparece alucinada y
regente, observadora como Dios. La Cecilia de Solás
es un ejemplo formidable de cómo debe mirar el cine a
la literatura, en la dirección de enriquecer, continuar
su textura simbólica, y no simplemente de intentar
reproducir sus conquistas. Villaverde (1812-1894) había
esbozado la tríada mujer-Patria-fatalidad en una
convergencia de destinos trágicos que encuentra en su
inexorabilidad su misma incitación al desborde,5
pero por razones de censura histórica y de comprensible
necesidad de satisfacer el gusto y ciertas expectativas
éticas no demasiado inspiradas en la sacarocracia de la
época, ese boceto se emboza en la trama tropológica
del pintoresquismo y el costumbrismo, en calidad de
matices funcionales que «protegen» la radicalidad del
realismo separatista que ya ostenta la versión
definitiva de Cecilia Valdés.6
En cambio Humberto, poseedor de otro instrumental
interpretativo de la Historia —cuya explicitud
retoriza en demasía ciertos diálogos— e inserto en
muy otras circunstancias, donde el ideal de soberanía
lejos de enmascararse se exaspera, es capaz de presentar
a una, otra Habana mucho más amarga, umbría, desolada,
menos entretenida en los tintes folcloristas de la
mulata y la contradanza, bien que la sicología del
mestizo y su cultura es respetada, sólo que en grados
menos epidérmicos.
El
arco de amor y patria fue y es mediatizado por el
anuncio de la catástrofe griega. Un destino superior,
que nace de la Historia, de la memoria, de los tiempos
perdidos de la memoria, engarza los rumbos singulares de
unas vidas advertidas en la tragedia especular de los
siglos. Tal en la tragedia, el amor, el encuentro físico
de los cuerpos como consumación de la pasión, es
posible sólo a condición del advenimiento de la catástrofe.
El eclipse conduce al enceguecimiento y la noche
cerrada. El roce de los astros produce dolor. En la
primera Lucía, y en Cecilia, el encuentro
de los criollos proespañoles con la cubana mulata está
captado con la ventolera devastadora de una tragedia
fecunda. Hay mentira, hay traición, hay doblez, y ese
conflicto de las almas no se limita a sus espacios de
nacimiento: alcanzan a dimensionar las tensiones en el
proyecto mismo de la nacionalidad, esa mujer mayor, ese
don abrasador, esa virtud necesitada de emancipación.
Así como en ciertas películas de Andrei Tarkovski la
mujer encauza una cadena sémica de asociaciones de lo
femenino-la virginidad o fertilidad-el paisaje y la
patria recobrada, en las imágenes de Solás la
explosión de los sexos, la desmesura de la posesión,
metaforizan la implosión de la nación, en un proyecto
generalizador de estructurados
círculos concéntricos de crecimiento sémico.
Existe
evolución en la manera, en el alcance de ese conflicto,
en su conciencia: de la elementalidad furiosa y
entendible —a la luz, más bien a la sombra, de la época—,
humana en definitiva, de la primera Lucía, o de
la ingenuidad prejuiciada y autosometida de Cecilia con
su estentóreo y pueril grito de
«A ella, a él no»,7
que todavía parece retumbar en los machismos
prolongados de la tercera Lucía que prehistóricamente
aún se viven; de todo ello, a la decisión de Sofía en
el final de El
Siglo de las Luces (el parecido fónico de Sofía y
Lucía es un azar concurrente de la Historia, diría
Lezama), cuando se enternece y enloquece, a partes
iguales, con la sublevación de la España de 1808,
frente a la no menos incestuosa invasión napoleónica,8
cuando decide blandir su arma sin saber muy bien cómo
ni para qué, pero ya sí por qué, cuando Sofía sabe
que su suerte tiene que fundirse con ese coro enardecido
de la calle, majestuosamente simulado por la secuencia
operática de Solás; de una actitud a otra, median
definitivamente muchos crecimientos interiores,
demasiadas asperezas de la Historia.
Evoquemos
el convencimiento de Sofía ante el desconcierto de la
mirada de Esteban, en las postrimerías de El Siglo...: «¿Y vas a pelear por quién?» «¡Por los
que se echaron a la calle!», gritó Sofía. «Hay que
hacer algo.» «¿Qué?» «Algo.»9
En la misma y toda Lucía, de su segunda mujer,
asolada en la incertidumbre de su embarazo físico y
espiritual, sin respuestas posibles,
aunque ya con un manojo de interrogantes de su lado, a
la tercera fémina, batallando con su suerte que no
abandonada a ella, resuelta en su vocación de atentar
contra su fatum, hay un vastísimo trecho
recorrido, y no sólo porque ha triunfado una revolución.
No
puede ser más coherente, ni centrada, la fisonomía de
ese proyecto orbicular que se dibuja en la obra toda de
Solás. Las tres Lucías, y otras mujeres de Humberto,10
ofrecen más de una transición que tiende a la parábola:
la primera de ellas es una burguesa acaudalada en un
medio cuasirrural, provinciano, entregada al ocio, y
cuyo pensamiento le alcanza apenas para la venganza; la
próxima será ya una burguesa de clase alta, pero con vértigo
hacia la media, citadina, que llega a laborar en un
taller de despalillo de tabaco y se incorpora a las
revueltas urbanas contra Machado, como un puente
perfectamente transicional, tensado, entre los dos
extremos; y la tercera Lucía es completamente una
campesina desprovista de todo status y presunción,
en pleno fundida al flujo de la Historia en su espacio;
una mujer que encuentra en el entusiasmo de participación
su misma razón de existencia, su ontología. Es ésta
una travesía hacia la democratización y la liberación
de la imagen de la mujer, que a la vez epitoma un
proceso más general de crecimiento histórico, desde
las primeras luchas independentistas hasta la consumación
de la revolución, pasando por el segmento frustrante de
los años treinta, emblematizados del mejor modo con
aquel plano final del segundo cuento que se cierra en fade a negro sobre el rostro consternado de una Lucía
encinta, que espera no se sabe qué, pero que espera. La
arcada perspectiva se proyecta en el espacio como en el
tiempo: los tres relatos del filme acaecen en lugares
bien desemejantes de la Isla, en Trinidad, Cienfuegos y
Gibara, como si las locaciones pretendieran hablar,
desde el emplazamiento mismo, del sistema insular
que conecta todo él con la Historia. La ubicación del
inicial en Trinidad pareciera evocar la imagen más idílica,
distante, un tanto falsamente paradisíaca de la Isla,
mientras que la inserción del último en Oriente
confirma quizá el aserto del discurso que tiende a
focalizar en aquel extremo insular «la cuna de la
Revolución» o, en general, su histórica tendencia a
la rebeldía. Incluso de este modo se (re)estructura el
cuadro metafórico de
Lucía.
La
Lucía intermedia tiene una continuidad y una
profundización idóneas en la retoma que hacia 1983
ensaya el realizador con respecto al lugar de la mujer
en la República. En la película Amada,
protagonizada por la misma y siempre espléndida Eslinda
Núñez, basada en la novela La esfinge, de
Miguel de Carrión (vuelve Solás a quedarse a solas con
la literatura, para interpretar sus claves dramáticas e
ideológicas), la inercia de la mujer detenida en el
tiempo, como resguardada en los intersticios de la
Historia, es una alegoría casi escultórica del
estancamiento social de la Isla en la segunda década de
este siglo, y no sólo en ella. El tempo moroso,
lerdo, la dramaticidad de los claroscuros, la
expresividad del silencio —como «una paz de
monasterio» la define uno de los personajes—, la
tendencia introspectiva de la interpretación, ralentizan
y «ensimisman» una historia apresada en el
accidente y la regresión. La propia arquitectura
(literal) de Amada dice mucho sobre el claustro
de la mujer y su contexto: el portal deja de pertenecer
a la calle, la casa se hace rodear de una galería
porticada cuyos jardines la separan del gentío de
afuera, del vano mundanal, para cerrarse más sobre
sí, para enquistarse y contemplar su misma coraza.
Entre las imágenes del cine cubano que no se borran jamás
de la mente está ese paisaje interior de Lucía, perdón,
de Amada, aferrada, o apenas agarrada, no se sabe, a la
verja que la aísla, seculariza y detiene. Aunque al
final ella burla esas compuertas y, cual la Sofía, sale
furiosa a la calle a participar de la Historia, ese epílogo
no está suficientemente pensado ni bien filmado; es
harto retórico y como impuesto por la voluntad ideológica
de los realizadores, y, al cabo, lo que se recuerda de Amada
es aquella imagen del congelamiento, con una preciosa
Eslinda Núñez retirada a la baranda de la galería, en
medio de una lluvia impenitente y consoladora. Sólo
tres años después, en Un hombre de éxito, una
película tal vez concebida y filmada con excesiva
atención a los patrones de Hollywood, la mujer,
meretriz o amante de ocasión, esposa de lujo o juguete
esquivo, incluso madre vencida por la contumacia de las
desgarraduras sociales y filiales, es obscuro objeto del
deseo, observadora perpleja de una realidad que
involuciona de un retrato de presidente a otro, imágenes
todas que tienen en su recurrencia su unicidad y su caos
reproductivo; una aporía, una distopía que espera, que
sigue aguardando, ahora con más celo que nunca.
Si
este decurso fija la narrativa que va conduciendo al
sismo, a la consumación del ideal, la mujer de El
Siglo..., con su no menos agudo levantamiento
interior, supone el repaso, el pensamiento de la
revolución, ya con otra distancia después de la
operatoria y su fragor. Y es que El Siglo... en
el cine y la poética de Humberto, en los perfiles de su
mirada a la realidad, entraña la culminación (¿y
nuevo comienzo?) de muchas líneas referativas o de
expresión; así, por ejemplo, el tratamiento del
erotismo vinculado a la mulatez, la identidad de la nación
y la lascivia del sudor en la contienda, cual si el
poeta advirtiera que es el momento de la batalla la
realización máxima del eros, el orgasmo restallante de
la Historia. En la Lucía genésica hay un pasaje
hermosísimo en el que la caballería de negros desnudos
arremete contra los españoles, en el sentido de que su
desnudez encarna, simboliza, la fuerza fálica de su
emprendimiento patriótico. En secuencias como ésa es
que confirma Solás todo lo artista que es, todo lo
sensual y estética que es su visión de la Historia,
todo lo que su cine incita al descubrimiento de nexos
metafóricos sutiles que otros relatos descuidaron.11
En ese cuento está, además, la graficación de la
violación a la Fernandina, filmada con una veracidad
cercana al espíritu indagador y poético del Cinema
Novo, en una atmósfera surreal, rabiosamente
expresionista —de sonido ahogado, manipulado, para más
intensidad—, de muy alto contraste lumínico, que
contrastará luego, de manera subrepticia, en otro fino
guiño solasiano, con el erotismo límpido, claro,
natural, si no menos intenso, con que se ama la pareja
de la tercera historia. Toda la película uno se la pasa
activando las «señales orientadas» (Brecht) que insinúa
el autor, completando sus sentidos, articulando los
arcos semánticos que el artista apenas sugiere. Luego
en El Siglo..., Solás no se permite soslayar una
tenaz, densa descripción de Carpentier precisamente
sobre el encuentro del eros, el desnudo, la cópula
interclasista, el aliento sexoerótico, la orgía misma,
con los ánimos redentores. Fabulaba entonces el
escritor
que
rodeadas de una codicia agresiva, llegaron las primeras
negras, llorosas, suplicantes, acaso realmente
asustadas, pero sumisas a quienes las arrastraban hacia
los matorrales cercanos. Nadie hacía caso a los
oficiales, aunque éstos hubiesen desenvainado los
sables... Y, en medio del tumulto, llegaban otras
negras, y otras negras más, que echaban a correr por la
playa, perseguidas por los marinos. (...) Una sola cosa
valía esta noche: el Sexo. El Sexo, entregado a sus
rituales propios, multiplicado por sí mismo en una
liturgia colectiva, desaforada, ignorante de toda
autoridad o ley...12
Sexo
e Historia, cópula y batalla, orgía y realización,
son valores que se identifican allí donde lo favorece
con perversidad el espacio de lo carnavalesco, que en
efecto no sabe, en sus días, de autoridad o ley alguna.
Si Mijail Bajtín había precisado que es en la
confluencia de la plaza pública —contexto que brinda
al carnaval su alcance popular y universal— donde
todos los seres comulgan en una equidad ilusoria que
desatiende las jerarquías de cualquier orden,13
no es ocioso reparar en que el primer relato de Lucía
empieza y culmina en la plaza, en la centralidad de la
plaza, en el jolgorio de la plaza, en su circularidad
dramática: esa plaza es al principio escenario del ocio
pudiente, de las frivolidades de los españoles y
criollos acaudalados, al tipo Fulana que acaba de llegar
de París, su vestido y su marido, Lucía que no te has
peinado bien, en fin; pero al cabo, esa propia plaza es
el espacio de un furibundo carnaval político del
pueblo, también con sus pordioseros, desvalidos, seres
«laterales», «otros» al margen de la opulencia, en
un carnaval con centro en la representación de la
venganza de Lucía. Por eso este cuento requiere tanto
de la teatralidad, del tono entre ampuloso y operático,
porque necesita afianzar la conciencia de la
representación. Semejante círculo cerrado, esa otra
parábola consumada, teje una alegoría de la subversión,
de la crisis del orden y la transgresión posible del
poder. Es una vieja desaliñada, de aparición
antojadiza, colocada allí «para eso», como llegada de
ultratumba, contratada por el destino para ofrecer un
dictamen o avisar de la fatalidad, quien se hace cómplice
de Lucía, a sólo segundos del asesinato, y le informa
que el traidor «está en la plaza». La Lucía
película es un portento de observación antropológica,
paralela a la perspicacia de un García Márquez a la
hora de entrever, o traducir, el infierno y las fuerzas
ocultas de la aldea. Ello alcanza incluso, qué digo
incluso, sobre todo, al último relato, donde la
mentalidad pueblerina funde y confunde hasta lo íntimo
y lo profesional, donde unas infernales vecinas
—deliciosamente «interpretadas», al punto de que uno
se la pasa clamando porque vuelvan, que regresen las
vecinas— comentan, interceptan, se inmiscuyen todo el
tiempo en la historia, un poco a la manera del coro
griego, pero con la obscenidad adicional de la
incultura.
Ciertamente
padece Solás un vértigo extraño hacia esas
conciencias obscuras, esos personajes laterales que
en su crudeza encubren la lucidez, su hablar claro y
pronto ante el simulacro compartido por los demás. Tamañas
encarnaciones del demonio-Dios en elocuentes figuras retóricas,
constituyen uno de los principios fundamentales del
texto carnavalizado. Lucía tiene mucho de esa
figura dramática que presiente el destino de los demás
—¿del paisaje nación?— desde el silencio y el
margen. Su reina mayor y destronada es sin duda la
Fernandina, un personaje sobrenaturalmente interpretado
por Idalia Anreus, como asistido de veras por Satanás,
o salido de alguno de los rabiosos lienzos
expresionistas que en los días de la película solía
pintar la inmensa Antonia Eiriz.
La
Fernandina es la continuidad de la Dolores Santacruz de Cecilia
Valdés, y de algún modo significa el doble —en
la acepción bajtiniana— de Lucía. Desde el enfoque
orbicular que en este ensayo propongo, la Fernandina es
la verdadera Lucía, la Lucía esencial, recóndita,
sumida en la penumbra de la Historia, en su teatro, pero
asimismo brutalmente reveladora, portadora de los más
cruciales sentidos. Ambas son las dos caras, más
acicalada o nada, más encubierta o nada, más o menos
cualificadas en la textura social, de una misma y
ultrajada moneda: la mujer en la Colonia. El periplo
vital de la Fernandina, como el de Lucía (acaso más)
es un viaje traumático, de continuas vejaciones. De
monja a loca vagabunda, otra posible concreción metafórica
de la mujer-nación, la Fernandina fue violada por el
costado demencialmente maléfico del sexo («el diablo
la agarró por las caderas», se escucha), hasta
enloquecer. En su caso el eros no es feraz, sino feroz
accidente que a la locura y la muerte conduce; es otro
incesto histórico, otra apropiación forzosa, en una
nueva remisión solasiana a la configuración
literario-tropológica de la cultura cubana del xix.
Pero
como en el carnaval todo fenómeno, figura o proceso
comporta la posibilidad de su contrario, es esa locura
la que pronunciará las verdades más lacerantes de la
calle rural: si en las casas las mujeres musitan tácitamente
determinados acuerdos con la condición de lo cubano y
su indocilidad, por la calle se pasea a sus anchas la
Fernandina gritando, vociferando: «Despierten, cubanos»,
en actos de ilusiva libertad que sólo el margen goza.
El simulacro se había consumado antes con el supuesto
de «Viva España» por la Fernandina, mas luego, entre
tanta doblez, tanto discurso de apariencias, es una
maravilla de subversión ese grito de «Despierten,
cubanos»; sólo un maestro de la estatura de Humberto
Solás podía camuflar de manera tan convincente la
observación contraria al panfleto, una facultad de
ciframiento y escamoteo, o mofa de la evidencia, que en
verdad más tarde en su filmografía se le escurrirá, y
no poco. Son estas elaboraciones las que hacen de Lucía
definitivamente una obra mayor, las que le insuflan esa
grandeza que la convierte en un, ¿cómo dirían los críticos?,
en un clásico, está claro.
Incluso,
el espejeo de los dobles entre sí, el intercambio de
identidades y de roles, se hace palmario en el hecho de
que la crisis (literal) de la Fernandina llega a
anunciar la de Lucía: después que conocemos, por las
beatas, que el novio de la segunda ha recibido una carta
de su esposa, desde España, y que, obvio, la
aldea-infierno no hablará de otra cosa en mucho tiempo,
las suertes, las miradas, las voces, las identidades de
ambos personajes se cruzan, y es la Fernandina quien
advierte a Lucía: «no se vaya con él», porque ella
sabe (¿quién se lo dijo?, ¿el destino?, ¿Solás?)
que el novio la traicionará y abandonará. Sin embargo,
avanzado el argumento, con la vieja que azuza el deseo
de venganza de Lucía, la voz del pueblo se verticaliza
y deja de ser mero alerta. Pero cuando Lucía da tumbos
entre los mambises muertos en la dramatizada campiña
cubana, ya burlada por el peor y más ominoso de los
escarnios, es la Fernandina que vaga, y parece repetir:
«Despierten, cubanos.» Cuando al final Lucía parece
enloquecer, luego del homicidio y presa de los españoles,
se ha mirado en el espejo, y la imagen devuelta es el
contoneo trágico, el escorzo violento, las convulsiones
tristemente danzarias de la Fernandina. Entonces ésta
la acaricia, en uno de los momentos más tiernos y
sublimes que el cine cubano conociera jamás: la
identidad se reconoce en su otro, en su escisión, en su
contraparte negadora, purificadora, vindicadora.
Lucía
1895
requería de ese tono entre pantagruélico y
objetivista, para registrar una realidad decimonónica y
finisecular que repite la gesta independentista con
enormes bríos, pero que es en definitiva desvirtuada
como farsa por una restitución del poder-dominación
encargada de perpetuar el incesto colonial. El
expresionismo más declarado tenía que ser el código:
la equivalencia insular de El grito, de Munch; es
más, la Fernandina pareciera aquel personaje del
puente, acaso travestido. Por otro lado, la mirada debía
participar de algún modo de la filosofía positivista y
su presunta objetividad descriptiva; es así que la
narrativa se reserva la omnisciencia y cuenta el
autor-Dios desde su mirada cenital, que no por gusto
tampoco la descomunal fotografía de Jorge Herrera
—con un siempre intencionado trabajo lumínico;
funcionales emplazamientos de la cámara, al punto de
que cada ángulo o encuadre se convierte en colaborador
activísimo de la dramaturgia; y un magistral
aprovechamiento de las cualidades dramáticas de los
espacios y atmósferas— insiste en las tomas picadas
que metaforizan esta distancia perceptiva, este cosmos
alusivo. Ya en el segundo relato, a tono con el avance
en la proyección de la protagonista y su contexto, el sujet
adquiere voz discursiva y no simplemente diálogos «otorgados»:
es él mismo, o ella misma, quien asume la narración.
La mirada se subjetiviza entonces, se hace más
interior, y si en el cuento que antecede lo prevalente,
a nivel de lenguaje fílmico, era la fotografía, sin
renunciarse aquí a los picados, será ahora el montaje
el que construya dramáticamente y aporte una decisiva
carga de sentidos a la historia.
El
genial montaje de Nelson Rodríguez, convocado a un
intenso y también parabólico flash-back, ensaya
decenas de fragmentaciones tempoespaciales, de juegos
objetividad/subjetividad y contrapuntos con las voces,
en uno de los ejercicios deconstructivos más audaces
del cine latinoamericano contemporáneo, temprana conexión
con todos los problemas culturológicos en torno a las
disyuntivas interiores de la identidad y la
subjetivización del relato fílmico. La memorable osadía
del (des)montaje que consigue Nelson con Lucía es
un precoz anuncio de los muchos conocimientos de cine
del gran editor, quien pronto se apropiaría aquí, de
una forma enteramente personal, de las conquistas de
edición que había presentado, unos pocos años atrás,
la Nueva Ola francesa, con los filmes de Godard, Resnais
y Truffaut como paradigmas, en respuesta a la teoría
baziniana del «montaje prohibido»; justo con su
posibilidad de activación contraria, es decir, el «montaje
productivo», muy dador de sentido dramático y no
interesado en distraer al espectador de la textura de
artificio o convención fílmica de manipulación,
otra idea de la edición que partiera de Eisenstein,
cuando no de Griffith, y que halla perfiles de verdadera
excelencia en la balcanización discursiva que resuelve
Nelson al fragor mismo de una era experimental en los
cauces del cine cubano y latinoamericano. Nelson Rodríguez
se mantuvo luego realizando efectivas operatorias de
montaje, pero después de los dos colosos del 68 (el
otro es, quién lo duda, su extraordinario
ensemble de rushes y conceptos en Memorias
del subdesarrollo), yo precisaría su próxima obra
mayor dos décadas después, a la altura del año 1988,
cuando consigue en Papeles
secundarios, de Orlando Rojas, una indescriptible
maestría en la dinámica segmentación/fluidez
discursiva.14
Claro,
esa fluidez, me gustaría antes llamarle fluencia,
estaba ya en el último capítulo de Lucía,
donde Solás vuelve a encontrar un perfecto acople de
significado y significante,15
pues esta historia de máximo involucramiento y
actualidad necesitaba vibraciones muy auténticas, pero
además muy conectadas con la sensibilidad estética de
la época. Retorna la distancia del punto de vista
autoral —que todo es ciclo, cosmos centrado, último
aleph—, mas no se enruta entonces hacia arriba, sino
hacia los laterales, por medio de un extrañamiento irónico
y paródico susceptible de ser asociado a la condición
posmoderna que por estos años irrigaba muy otros
sentidos y modos de expresión en el mundo entero. Yo
delimitaría, como mínimo, tres accionadores dramáticos
de esa ironía; primero que todo la música: los
comentarios oblicuos de la Guantanamera, con su
codificada historia de crónica roja, al menos a nivel
de la manipulación de la que fuera objeto su formato
original en algún programa radial (perversión a la que
se prestó su autor musical, que todo hay que decirlo),
introducen un importante «ruido de sistema» en una ética
que se desea como fragua del «hombre nuevo». Luego, la
desdramatización por contraste suscitada con la
incorporación de músicas codificadas en caracteres
bien dispares con respecto a los vectores dramáticos de
la secuencia; por ejemplo, en el recordado acoso de Lucía
por el macho en la salina, cúspide dramática en donde
un realizador menos ta-lentoso hubiera avistado pábulo
para cacofónicos
subrayados wagnerianos, pero donde finalmente la música
que se escucha remite a los sonidos incidentales de la
comedia, prácticamente de la comedia de entuertos, «dorada»,
de Hollywood, en atrevidísimo contrapunto que sólo un
gran artista, atento al pulso estético de los tiempos,
podía permitirse.
Después,
los elementos paródicos que nacen de los mismos diálogos,
y que liberan a Lucía de cualquier sospecha de
complacencia; antes bien, son tempranamente críticos,
distantes, a ratos hasta sarcásticos en relación con
la retórica al uso: digamos, cuando el macho (no hay
otro modo de llamar al personaje tan bien interpretado
por Adolfo Llauradó, porque es virtualmente un marrano)
le espeta al «responsable de la repartición doméstica
de los alfabetizadores», que Lucía será víctima
del imperialismo y todo eso, pero el muchachito de
La Habana no va a dormir en mi casa... Esa suerte de
irreverencia genuina engarza a Lucía con los
desafíos paralelos que lanzaban desde su arte riesgoso
pintores como Raúl Martínez, Umberto Peña o la misma
Ñica Eiriz, y que llegarán al paroxismo en los años
ochenta con la llamada «nueva intelectualidad cubana»
y la efervescencia de las artes visuales en la catálisis
social, preciso cuando Solás se había parapetado ya en
la Historia por razones que no vienen aquí al caso16
y que, todo lo más, tendrían que ver con el fiasco, a
nivel de recepción, de Un día de noviembre, esa
relevante película que a la altura de 1969 marca
decenas de umbrales semánticos y expresivos para el
ulterior cine cubano: la posible espesura de un cine de
circunstancias que más tarde se entregaría a la
chatura;17
la profundización ontológica en los dilemas
existenciales del ser ante el espacio de una
cinematografía sólo excitada por los bosquejos
contextuales; la condensación metonímica del tiempo,
en veloz aprehensión del experimento de Agnes Varda
cuando Cleo de cinco a siete, película que
anuncia a Un
día... en lo dramatúrgico y hasta en lo anecdótico.18
Por
último, hay otro resorte de extrañamiento que refrenda
la actualidad, y futuridad, lingüística de la tercera
y todas las Lucías:
la figura postrera de esa niña que sonríe cuando la
protagonista la emprende contra las contumaces ataduras
del marrano. Me parece fundamental que la niña sonría
y se vuelva, porque esa actitud salva al recurso del
habitual símbolo de porvenirismo barato que suele
recurrir a la niñez como metáfora Reader’s Digest
de resolución, de un futuro mejor, y toda esa calaña.
Contundentes películas han sido malogradas en el cine
contemporáneo, y particularmente en el latinoamericano,
por esa figurita kitsch que pareciera una
publicidad eclesiástica; recuérdese si no un título
tan valioso como Malayunta, de José Santiso, que al final se permite el
golpecito de efecto de una niña que se vira al
espectador, como inquiriéndolo. ¿«Como»?, ¡no!:
obvia y retóricamente inquiriéndolo, melodramática e
ingenuamente inquiriéndolo, en un filme que hasta
entonces se había distinguido por su austeridad
expresiva, su contención y su buen gusto. Que eso pase
en las películas de Barbra Streisand me parece divino,
pero que se lo permita nuestro cine, un cine que ha
decidido andar por otros rieles, ya se me antoja una adúltera
atrofia.
Por
el contrario, Humberto tuvo el tino de desdramatizar la
posible gravedad del símbolo, restarle
trascendentalismo y solemnidad alusiva, al punto de que
nos preguntemos si en realidad la niña puede tomarse
como símbolo, siquiera del mañana mismo de la mujer.
En todo caso, sería un «símbolo vaciado», que sirve
de contracara dramática, de protagonismo invertido, a
la Fernandina del primer relato: la infancia y la
vetustez, la inocencia y la decadencia, el aura mítica
y la lateralidad. ¿Quién sería hoy esa última niña
de Lucía: una jinetera que cree que luchar la
vida es hacer la calle, una maestra de escuela que
soporta con dignidad los rigores del «período especial»
u otra niña que a la Historia se vuelve? No son
siquiera interrogantes, son señales, signos difusos (la
atmósfera de la salina es neblinosa, difuminada de
siluetas y contornos) que lanza la poderosa intuición
de Solás, que no un imaginario excesivamente retorizado
ni ideologizado sin medida.
Una
metáfora bellísima de la grandeza de la Lucía
película está en el hecho de que la tercera
protagonista siga «fajada». El filme se acaba y Lucía
continúa fajada, pasan los años y Lucía sigue fajada,
hoy y mañana Lucía está fajada. El estar «fajada»
implica un estado de movimiento, de perenne búsqueda y
transición, que aleja a la cinta de las soluciones
facilonas del realismo socialista que de todas maneras
por aquellos años acechaba a la cultura artística
cubana.19
No hay solución rotunda, simplista ni aventurada para
una mujer-gesto que no es culminación, sino
emprendimiento y aviso. El cuerpo a cuerpo de Lucía la
aísla del didactismo y del ghetto feminista
(aprendan, chicas militantes) para lanzarla a la
inmensidad de la vida con un grado elevadísimo de
problematización, de la problematización que es propia
del arte menos dócil, más inspirado.
Lucía
y Memorias del subdesarrollo fueron poetizadas,
profetizadas, en un año en que los estudiantes
parisinos tomaban las calles, los mexicanos eran
masacrados y comenzaban las decepciones con el discurso
de la utopía. De nuestras mejores utopías, empero, no
hemos tenido que abjurar, porque no fueron todo lo
evanescente que puede ser el ímpetu de la pubertad;
nuestras apuestas tuvieron otro vuelo, y corroboran
acaso su trascendencia en cada nueva lectura que
reescribe Lucía.
Ésta
ha sido, no más, una de ellas, una de las tantas
posibles. Ésta ha sido mi escritura de Lucía,
de un milagro que es todo eso que los críticos gustan oírse:
una obra maestra, un clásico imborrable, un hito, una
obra de arte. Al cabo, a mí me gustaría decir algo
menos rimbombante y menos tópico: si tal advertía
Woody Allen —otro director enamorado de la mujer como
sujeto dramático—, el cine es el privilegio de
constatar la certeza de las emociones, todas las veces
de mi vida en que me he acercado a Lucía, que no
son sino las primeras aproximaciones a un texto infinito
abierto a los tiempos, he sido un afortunado, un tipo
con la suerte de que su cerebro se enardezca y su corazón
se dispare, transido de emociones y de certezas que me
devuelven a la vida desnudo y desasido de respuestas.
Ésta ha sido entonces la sencilla huella de un peregrinar
mayor, que no acabará ni con mi muerte.
Rufo
Caballero
Junio
y 1º, de 1998 (sí, exactamente
treinta años después), en La Habana.
NOTAS
1
Para
abundar en una epistemología de la condición
posmoderna, que iría del diseño posindustrial a la forma-signo,
la concentración del texto en los atributos del vehículo
y no en el referente, la «ética» del simulacro y el
rescate de lo real, sugiero al lector las lecturas críticas
de dos excelentes ensayos que aparecen antologados en Modernidad
y Posmodernidad, un libro compilado por Josep Picó
y editado por la Alianza Editorial, S.A., Madrid, 1988 y
1992. En la reimpresión del 92, y en las páginas 263 y
293, irrumpen los ensayos
de Alex Callinicos y Arthur Kroker, «¿Posmodernidad,
posestructuralismo, posmarxismo?», y «El Marx de
Baudrillard», respectivamente. En puridad los autores,
y el mismo Baudrillard, operan sobre todo con la
convención de la «norma-signo», que prefiero
sustituir por la de forma-signo, no únicamente
en vista del alto índice de formalización retórica de
los pastiches y simulacros «posindustriales», como
signo asimismo de una era vectorizada por la
subjetividad cultural, sino en razón del fuerte carácter
reactivo que espetan los principales paladines de la
nueva condición frente a la sola idea de «norma», o
cualquier regencia didascálica que persiga mediatizar
los designios del «discurso autónomo», o «leer», de
manera altamente centrada, su heterogénea producción
de sentidos.
2
A pesar de que la literatura sobre la modernidad es todo
lo abundosa que el lector imagine, de sus denostadores a
sus apologetas, de Marx a Marchán Fix, de Weber,
Nietzsche o Adorno, y sus visiones críticas, a las
honduras de Benjamin o después Habermas, al menos yo no
he encontrado un análisis tan nítido, cartesiano (¡justo
hablando del Moderno!) y tan lúcidamente racional; tan
organizado, convincente y demostrativo como el
que emprendiera el filósofo y crítico Adolfo Sánchez
Vázquez, quien ha llegado a perfilar como nadie los
raseros, rubros o perfiles que especifican y «engloban»
ese gran arco que discurre aproximadamente entre 1789 y
1959. Véase una síntesis de su mapa en la revista
cubana Casa de las Américas, no. 175, pp.
137-145.
3
Aunque diversos estilemas e ideologemas (éstos menos)
de lo posmoderno pueden rastrearse perfectamente, sin
demasiado esfuerzo, en el cine de Humberto Solás, por
distintas declaraciones de éste comprobamos que su
conciencia de la condición es bastante fragmentaria y
polémica. Así, en una entrevista aparecida en la
revista Cine Cubano (no. 133, nov.-dic. de 1991),
luego de una capciosa pregunta del diestro entrevistador
sobre las ideas de Solás acerca del posmodernismo y el
neobarroco, leemos consideraciones que si en el caso del
neobarroco y el barroco mismo resultan acertadas,
inteligentes y bien informadas –Solás, desde luego,
es otro afiliado a la concepción eóntica del barroco
–, a propósito de la posmodernidad y su impronta en
la cultura artística devienen francamente discutibles.
El realizador arremete contra la condición desde
argumentos harto personales:
Creo
que la posmodernidad, como concepto, es un tanto
ilusoria. En la historia del arte, siempre que las
formas se estrechan, se hacen ortodoxas y las escuelas
se encasillan en definiciones terminantes, sobrevienen
las rupturas, que bien les llamemos cubismo, dadaísmo o
surrealismo, son expresiones del barroco, que nunca podrá
verse como un estilo cerrado, sino como la necesidad de
la liberación permanente. (...) Si la posmodernidad se
entiende como una visión crítica e irónica del pasado
o el presente, de hecho debemos reconocer que existía
ya con Godard, con Glauber Rocha. Siempre ha existido.
Desde esa interpretación, Orson Welles fue un
posmoderno, porque hizo trizas con soluciones estéticas
liberadoras, los esquemas tradicionales del cine
norteamericano de los años cuarenta. Es decir, que
resulta muy axiomática (¿?, sic) la definición
de posmoderno, corriéndose el riesgo de caer en
escolasticismos de nuevo tipo. (pp. 7-8).
Solás
como que aplica a la dinámica modernidad/posmodernidad
la apertura de la concepción eóntica (no le basta el
espíritu barroco) y, en ese sentido, pudiera entenderse
su visión de lo posmoderno como un segundo momento en
un ciclo de recurrencias históricas de lo moderno/lo
posmoderno. No es que me parezca improbable esa noción,
ese ensanchamiento (ha dicho Peter Greenaway que el
Manierismo es, totalmente, el primer estadio de lo
posmoderno), pero en cualquier caso, las reglas genéricas
o particularizantes de los estamentos del ciclo tendrían
que definirse más allá de las rupturas de sistemas o doxas
estéticas, porque lo que sí es inadmisible es la
idea de lo posmoderno asociado tan sólo a un par de
clichés, que se limitan por lo general a la fragmentación,
la iconoclasia y la cesura. Tal hiciera Wölfflin con el
barroco y el clasicismo, o después el mismo Severo
Sarduy, para no ir a Eugenio d’ Ors o el propio
Carpentier, el supuesto de otro ciclo suprahistórico
moderno/posmoderno tendría que caracterizarse mejor.
Aun así, varias preguntas nos asaltan: ¿a qué
relacionar con el Posmoderno el cubismo o el
surrealismo, que contribuyen, por el contrario, y en
mucho, al diseño y los designios de la «alta
modernidad»?, ¿sólo por las rupturas?: recuérdese
que el mayor paradigma de la estética y la ética modernas
era precisamente la ruptura, el ideal de lo nuevo,
el progreso y el crescendo histórico, el mito de
la originalidad sublimado en la quema futurista de los
museos como monumentos arqueológicos en desuso. El crítico
y teórico italiano Bonito Oliva llegó a proponer la
frase categorial de «darwinismo lingüístico» justo
para ironizar con la ansiedad de superación moderna, y
sobre todo altomoderna. Pero además, ¿cómo
mezclar con el cubismo y el surrealismo al dadaísmo,
que sí podría significar, de forma más substanciosa,
un umbral de lo posmoderno en la zona transicional, en
el montaje o superposición que también comporta la
alta modernidad? Porque está claro que, en cuanto al
surrealismo, si su propensión a legitimar la visión
estética y el discurso del otro (fue la
alternativa más valiente a la exposición fascista de
«arte degenerado» en los treinta) permite escrutar
premisas del Posmoderno, todo su alegato en pos de la
secularización de la subjetividad y el automatismo psíquico
no hace sino llevar a sus últimas consecuencias –en
realidad las últimas se darían con el expresionismo
abstracto de los cincuenta– el ideal moderno de
reemplazamiento de la analogía y el verismo por la
libertad subjetiva del autor,
modelo que tuvo en el romanticismo su primer vértice
de estimación. Luego, esa idea de la «visión crítica»
del Posmoderno es ya definitivamente controversial
cuando sabemos, por cientos de textos, artísticos y teóricos,
que en el posmodernismo la historia se deja de restaurar
como arqueología y el pasado se visita, aleatoriamente,
por medio de una «recuperación estética» y una
ludicidad que vacía no pocos sentidos. En el propio
cine podemos reconocer múltiples ejemplos: American
Graffiti, Peggy Sue se casó, Días de
radio, La vida de Bryan, El reino de la
bestia, El día de la bestia, etcétera.
Entonces lo posmoderno se confirma como un rebajamiento
o desdramatización de la jactancia crítica de la
modernidad, sea ello más conveniente o no, más
compartido o menos. Después, ¿cómo puede Solás
suponer problemática la inserción de un autor como
Godard en la órbita dramatúrgica y conceptual del
posmodernismo?, ¿acaso no es él una de las figuras «axiomáticas»
de la emergencia de tal condición en el cine, en torno
a lo cual existe ya no consenso, sino cerrada
unanimidad, en vista de la inclinación del autor a la
no-historia, la distensión de todos los centros climáticos
o de énfasis sémico, la entera dislocación
tempoespacial, la estética de la discontinuidad, la
deconstrucción de cada rubro lingüístico, su sorna
con la retórica antirretórica de cierta izquierda; en
fin? Lo que sí nos parece atendible es el planteo de
Humberto acerca de la posible posmodernidad en Welles,
quien, como Joyce o el mismo Duchamp, aportan lo más
acabado de la modernidad desde los primeros indicios, no
menos verticales, de lo posmoderno, en una tensión o
superposición de condiciones que sólo los genios
pueden contener, saben resolver, osan anunciar. Esos
tres baluartes de la cultura artística en la alta
modernidad son, a un tiempo, culminación y umbral,
partida y arribo. De cualquier modo, habría que
considerar que la citada entrevista a Solás aconteció
en el año 91, cuando el realizador se hallaba por demás
inmerso en la vorágine de producción de una obra tan
difícil como El Siglo de las Luces. Estoy seguro
que de entonces a la fecha, siendo Humberto un hombre
tan actualizado como a no dudarlo lo es, su conocimiento
y enfoque de la posmodernidad se ha complejizado más y
debe haber sabido de estas y aun otras precisiones.
4
Ahora que cito un diálogo, en otro orden de cosas
reflexivo, quisiera introducir una apreciación. Es muy
posible que en el transcurso de la lectura del guión de
Lucía, que sólo en unas páginas aparecerá, y
cuyo trabajo de ulterior revisión y reescritura técnica
se ha cuidado de no alterar, en nada, en una preposición
siquiera, «lo que se dice» en la película tal quedara
finalmente, el lector experimente la sensación de estar
leyendo unos diálogos pedestres o poco elaborados. En
ese caso, habría que tener en cuenta dos elementos:
primero, la importancia que reviste en el método de
filmación de Humberto, la improvisación. A Solás le
interesa muchísimo la espontaneidad, la frescura de la
proyección actoral, explotar el caudal de vivencias con
que el actor puede colaborar hacia la dramaturgia; por
consiguiente, sus guiones no son «de hierro», ni
inflexibles en modo alguno con la creatividad, incluso
dramática, del intérprete, que para él es un hacedor
más de la misma historia que su cuerpo encarna y
cuenta. Entonces, toda una serie de interjecciones,
ocurrencias eventuales, inflexiones, frases
entrecortadas, se hacen perfectamente legítimas y hasta
necesarias, caras al estilo de filmación del autor, y
permanecen en la textura final del diálogo, en la «escritura»
múltiple de la película. Es muy curioso el hecho,
fuertemente paradojal, de que el más recio constructor
de atmósferas, el estilista más iluminado del
cine cubano, sea justamente quien labore con un método
de filmación menos férreo, más «suelto» o
comportador de las soluciones que el azar o la
improvisación pueden reportar. (En cambio, Gutiérrez
Alea solía trabajar con mucha más fijeza a la
planificación inicial, y luego, a nivel de resultados,
la impresión que su cámara produce es
tremendamente «espontánea», sinuosa, como no
ensayada. Gajes del oficio.) Por otro lado, no puede
perderse de vista que Humberto Solás es, ante todo, un director
de imágenes, un hombre que tiene el don de pensar
en cine y que, por lo mismo, la lectura de sus
guiones sólo puede tomarse como la incitación ordenada
a pensar imágenes, a fabular edificaciones
audiovisuales, y jamás, de veras jamás, a tomar la
palabra «al pie de la letra». No en vano se ha
afianzado tanto el lugar común de que lo mejor en su
cine es la dirección de los movimientos de masas, las
zonas operáticas. (Lo que no me explico muy bien es cómo
todavía Humberto ha podido contener la vocación de
simultanear, tal un Franco Zeffirelli, por ejemplo, la
dirección de ópera y cine. Allí sería igualmente
estelar; bueno, sí que pudiera explicármelo: con la
fragilidad de la ópera en Cuba.) Es por todo lo
anterior que colocamos hacia el final del libro un anexo
con la escritura genésica de uno de los cuentos, la Lucía
1932, como pudo escogerse igual a cualquiera de los
otros dos, a fin de que el lector compruebe, primero, la
integridad y el rigor de la primera escritura con
independencia de la jerarquía de la improvisación
después, y también, para invitar al cotejo de una y
otra composición dramática, tras el propósito de que
se constate la magnitud de las variaciones del tema para
su autor, cuando el proceso de creación se asume como
un parto inacabado siempre, de perenne sometimiento a
los matices que la propia vida va decidiendo,
sugiriendo, exigiendo, en la confrontación del empeño
colectivo que es el cine, una perspectiva «repartida»
que en mucho Solás respeta.
5
El triángulo mujer-Patria-fatalidad tiene en la
Colonia cubana una contracara de tipologización en la
gráfica de las marquillas de tabaco, en donde la figura
de la mujer ciertamente alcanza a emblematizar el
alcance de la Patria, pero esa mulata jocunda, que no es
cualquier mujer cubana, tendía a expresarse desde la
turgencia del eros insular y mestizo, en un folclorismo
paradisíaco acaso más cercano a la visión
fragmentaria de Víctor Patricio de Landaluze que al
cosmos trágico y sustantivo de Villaverde. Algunos
siglos después, el artista cubano Elio Rodríguez
ensayará deconstrucciones fruitivas, graciosamente paródicas,
de ese patrón estereotípico (obstinado, perpetuado por
la propia realidad), con obras como las que integran la
serie Mulatísimas, de variaciones en «El rey
del Caribe», «La tentación», «Tropicalísima», etcétera.
6
No sería ocioso destacar las diferencias de pensamiento
y ética que median entre la aparición del primer tomo
de Cecilia Valdés en 1839 (entonces, en
realidad, todavía un relato breve, modesto), y su versión
definitiva publicada hacia 1882. Éste es un tópico
sobre el que la literatura ha abundado lo suficiente: en
los años treinta, el abogado, periodista, ensayista
Cirilo Villaverde hace parte de la opción reformista en
cuanto a las alternativas de soberanía para la ínsula;
un reformismo preñado de –lo requería–
costumbrismo, tintes románticos y pintoresquismos
superfluos al modo de la «antropología aparencial» de
Landaluze. Andando el tiempo, conocida por Villaverde la
obra de Víctor Hugo y la de Balzac; habiendo vivido las
experiencias definitorias del exilio; habiendo
colaborado con los patriotas de la Guerra de
Independencia; regresando de la desilusión frente al
anexionismo, la prosa del escritor se hace a un resuelto
realismo que enarbola el credo independentista con todo
lo que entrañaba éste de separatista y abolicionista.
Sin la comprensión de dicho puente ideológico, es prácticamente
imposible el entendimiento de la riqueza, los matices y
a menudo las tenues contradicciones con que Villaverde
dibuja ese impresionante fresco de la vida social cubana
entre 1812 y 1831. Repárese en que el argumento de la
novela-Patria y el nacimiento mismo de la Cecilia
personaje, coinciden con la venida al mundo del propio
Villaverde: estamos, es obvio, ante una sutil cadena
metafórica, facilitada por la retroacción que recoge
el aprendizaje del autor, toda su experiencia en el
conocimiento de la sociedad habanera. La literatura
sobre el tema suele enfatizar que, en puridad,
Villaverde colora más que dibuja ese fresco, y
no se olvide que el autor se graduó en la Academia San
Alejandro, no precisamente con resultados mediocres en
dibujo, algo que anuncia su denodado interés plástico-escritural
por la paisajística. Pero, más que ello, el flanco débil
del narrador era la endeblez en el perfilamiento sicológico,
o caracterológico en general, de los personajes,
grietas que Solás aprovecha para introducir sus
completamientos e interpretaciones. Del mismo modo, es
en esa última convicción de Villaverde sobre la
identidad de lo cubano, la interacción racial, la
sicología del mulato y sus conspiraciones oblicuas pero
firmes en pos de la conciencia de nación que se cuece,
o sobre las crudezas del despotismo político; es en esa
hondura postrera en el autor decimonónico que Solás se
apoya para encauzar su interpretación marxista del
asunto, algo que, como vemos, era absolutamente lícito
y hubiera resultado eficaz y hasta lúcido, de no
explicitarse en unos parlamentos que, en efecto, parecen
fotocopiados de El capital. Con esto lo que deseo
potenciar es el hecho de que la pieza de Villaverde
invitaba a, clamaba por su continuidad, su
reelaboración; convocaba a una reescritura sumamente
activa de sus contornos y sus ideas. Eso pedía, eso
merecía, y no otra cosa tuvo.
7
Cf. Cirilo Villaverde. Cecilia Valdés.
Editorial Arte y Literatura. La Habana, 1977, p. 734.
(Con diseño de Raúl Martínez.)
8
La rebelión española de 1808 fue inmortalizada primero
en el imponente cuadro de Francisco de Goya y Lucientes,
Los fusilamientos del 3 de mayo, el cual ha
suscitado más de un siglo después infinitas
variaciones, en forma de homenaje o parodia, por las
perversas apropiaciones que gravitan en la órbita
posmoderna. Entre ellas, cabe destacar la
recontextualización tropical del artista cubano
Reinerio Tamayo. Pero antes, a finales de los cincuenta,
Alejo Carpentier tomó los ímpetus libertarios de los
patriotas madrileños contra las huestes napoleónicas
como motivación argumental postrera de su descomunal
novela El Siglo de las Luces.
9
Cf. Alejo Carpentier. El Siglo de las Luces.
Ediciones Unión, 1993, p. 415.
10
Es interesante reparar en cómo desde los años
sesenta, década en que irrumpe la condición posmoderna
con toda su inclinación a la voz y el discurso de los
tenidos por «otros», se sistematiza, además de la
regular emergencia de directoras de cine (Agnes Varda,
Martha Mezaros, Vera Chytilova, Larisa Shepitko, Pilar
Miró, María Luisa Bemberg, Barbra Streisand –mejores
o peores, que no hablo de calidades–, Randa Haines,
Jodie Foster, Jane Campion, Iciar Bollaín, et. al.)
interesadas en recrear sus atributos de género, tanto
en lo estrictamente sexual como en lo más relevante: lo
cultural, pues la altísima frecuencia también de
realizadores «de mujeres», adentrados con gran agudeza
en el universo síquico y cotidiano de la mujer, vista
no como «otro», sino como genuino sujeto dramático y
voz de plena identidad. Aunque antes los hubiera, ahora
son comunes los buceos en el alma femenina de directores
como Michelangelo Antonioni, el mismo Ingmar Bergman,
Rossellini, Woody Allen, Pedro Almodóvar, y tantos
otros. Sin excesos de moralina ni remilgos de prurito
masculino, Humberto Solás viene a ser el gran «hombre
de mujeres» del cine latinoamericano contemporáneo.
Toda su obra es una sola y hondísima sumersión en los
abismos íntimos de la mujer, en sus mundos creados o
intervenidos. Tanto, que en ocasiones su enfoque de los
personajes masculinos no escapan al estereotipo; en la
misma Lucía, los dos últimos coprotagonistas «se
refugian» en la bebida ante la problematización de sus
vidas; el segundo, ante la imagen frustrada de la
revolución, que genera la propia decadencia del
personaje, mientras que el tercero sucumbe al alcohol
por no saber resolver las tensiones frente al conflicto
de emancipación de su compañera...
11
Uno de los nodos que enlazan a Humberto Solás y Gutiérrez
Alea –existen, por explorar, muchos más de los
sospechados, que siempre se insiste en lo contrario, en
lo que los aparta– radica precisamente en la densidad
sensual con que ambos tratan determinados pasajes históricos
o de notable consistencia dramática; una voluptuosidad
que coquetea con la lujuria, la salacidad y la más
declarada impudicia como resorte metafórico de osadía
y otras rupturas. En mi libro inédito Rumores del cómplice
(en edición por estos días), especulo el abordaje
lascivo y su sentido en alguna secuencia medular de Una
pelea cubana contra los demonios, a mi juicio la más
compleja e inteligente película de Alea, en donde el
fariseo padre es incapaz de contener su deseo oscurísimo,
en un desbordamiento terrible de la risa carnavalesca y
sus revelaciones.
12 Cf. Alejo Carpentier. Op. cit., pp. 224-225.
13
Para profundizar en la teoría culturológica del
carnaval, sus implicaciones semióticas, derivaciones
sociológicas, procesos de inversión y transgresión,
usuales figuras retóricas, y la carnavalización misma
de los textos culturales con atención a disímiles
funciones dramáticas, es obligada la remisión a la
biblia del particular, el ensayo de Mijail Bajtín Problemas
de la poética de Dostoievski. De su edición de
1993 (reimpresión colombiana de la primera edición en
español, hacia 1986), por los Breviarios del Fondo de
Cultura Económica, recomiendo en específico el
segmento que va de la página 171 a la 189, donde quedan
condensadas las principales, casi inobjetables,
verdaderamente verdaderas, definiciones del científico
de la cultura al respecto. Otros conocidos culturólogos
contemporáneos han incursionado con suerte en el tema,
pero en el libro de Bajtín sigue estando la médula de
los hallazgos.
14
Si bien ya era conocida, y hasta estaba por entonces
–1988– bastante retorizada, «gastada», con las
mejores obras del cine universal, la técnica del corte
en movimiento resuelve como ninguna la dinámica
fragmentación/movilidad en el discurso de Papeles
secundarios, película que tiene, entre otros tantos
méritos, el de haberla sistematizado, frontal e
intensamente, para el cine cubano. La agilidad mental
que activa, y la aceitada compacidad narrativa, además
de la elegancia discursiva que permite el corte en
movimiento, es una de las «incomodidades», de las
audacias expresivas que refiere el director de Papeles
secundarios, Orlando Rojas, en la entrevista «Por
un cine incómodo», aparecida en Cine Cubano,
no. 130.
15
La fluidez de la puesta en escena de la Lucía 196...
debe mucho también a la trabada «química» que se
establece en su pareja protagonista. No obstante algunas
sobreactuaciones y desmedidos engolamientos no siempre
justificados por la teatralidad intencional, por lo
general Lucía es una película encomiablemente
interpretada. También sus actores coprotagónicos son
muy orgánicos: Eduardo Moure, Ramón Brito y Adolfo
Llauradó esperan, en verdad, por la justicia que
merecen, relegados como han sido por la brillantez de
las tres actrices. Es en particular loable el desempeño
de Brito, un actor de extrema naturalidad, al cual los
gestos le fluyen, le brotan «fácil», con ductilidad y
dominio de los tonos. Ahora, más que los destaques
individuales, cabe meditar sobre una gradual evolución
actoral que aporta significado dramático a la historia.
La empatía en los duetos protagónicos ciertamente se
va incrementando: en el primer relato, aun cuando la
Revuelta y Moure dialogan a la perfección, incluso en
lo físico, entre ellos no deja de mediar la distancia,
la gelidez que la dramaturgia, y en general el registro
todo del cuento, recaban. Ya en el segundo, Eslinda y
Brito se comunican mucho mejor, hay más calidez, y
ambos convergen hacia ese tono «menor», «bajo», como
de susurro, que la parábola de la frustración
requiere. Se acentúa entre ellos la complicidad, como
también sucede a nivel de la historia. Sin embargo, es
con la tercera Lucía que aflora la química
perfecta entre los actores, que logran la máxima
autenticidad hasta en las secuencias más
comprometedoras, en el summum expresivo de la mecánica
amor/odio que invade a sus personajes: incluso en las
escenas más violentas, ellos están convincentemente
enamorados, perdidamente enamorados. Estoy seguro de que
esta otra planificación interna no fue demasiado
cavilada por Humberto; se trata, debe tratarse, de otra
sutileza extraordinaria aportada por su poderosa intuición
artística.
16
En el ensayo mío que antes citaba, y que aparecerá en
el libro Rumores del cómplice, abordo el cruce
paradojal y sintomático, sumamente curioso, que tiene
lugar en los años setenta/ochenta a propósito de los
rumbos que toman las poéticas fílmicas de Humberto Solás
y Gutiérrez Alea: si este último había trabajado
sobre la Historia en filmes como Una pelea cubana
contra los demonios y La última cena, en lo
sucesivo se concentra, otra vez (recuérdense antes las
contingencias «abstraídas» de Memorias..., La
muerte de un burócrata, o la misma Las doce
sillas) en la contemporaneidad, en la coetaneidad
incluso de argumentos como los que exponen Los
sobrevivientes o Hasta cierto punto; mientras
Humberto, que supo de lo actual en la Lucía
final y Un día de noviembre, luego de ésta, y
sobre todo en los ochenta, decide internarse en la
Historia como subterfugio de sus alusiones a la
contemporaneidad. Sobre las razones de ese y otros
cruces, véase el ensayo de marras.
17
La crítica ha sido particularmente dura con la
simplificación estética del cine cubano en los años
ochenta a causa, en lo fundamental, de su premisa sociológica
y fuertemente comunicativa, que, es cierto, vulgarizó
en no pocos casos esa manera de relacionarse con el público.
Al respecto podría consultarse mi propio ensayo «No
hay cine adulto sin herejía sistemática», editado por
la revista Temas en su número 3 de 1995. Según
pasan los años, no es que renuncie, para nada, a mis
ideas centrales allí, pero creo que la distancia nos
aporta matices importantes, que al menos yo tengo la
honestidad y el talante de reconocer. En primer lugar,
la desmesura del «cine de los ochenta» (intento de
categoría que es, de inicio, falaz) brota de un valor
indiscutible en ese decenio: la frontal y valiente
asunción de la actualidad como materia de arte,
luego de un cine que había retorizado el género histórico
o se había acostumbrado demasiado a tener en él un «cubridor
funcional». Después, aquél, su afán de incesante diálogo,
de subor-dinación de las especificidades estéticas a
otras urgencias éticas, en un momento en que el arte se
adelanta a otras formas de la conciencia y la estética
se metamorfosea en ideología con una voluntad
perfectamente deliberada, pensada, hizo parte de la
mayoría de las expresiones culturales de la década, lo
cual invita a ver la catálisis del cine cubano de tal
período en todo un contexto sociocultural proclive al
ánimo de participación y pretendida profilaxis, de
oxigenación social. Y por último, no podría perderse
de vista que fue de esa confrontación que también pudo
brotar una obra tan pulcra como Papeles secundarios,
o incluso Plaff, película que llegó para
confirmar que aun en los surcos del cine que se debate
entre lo popular y lo populista, pueden encontrarse
interesantes aventuras de lenguaje, como lo son en Plaff
los frecuentes extrañamientos en medio de una trama así
de «diáfana», las muchas dislocaciones de estructura
en el guión, o la misma inteligencia con que se subsume
una sabedora máxima filosófica en una historia «de
huevazos»... Esto, por no aludir a la tríada dorada de
Solás en el decenio, so pena de parecer tautológico:
en definitiva, Solás venía siendo bueno de antes, de
mucho antes, y como que no ha requerido jamás del sostén
en los vectores temporales. Tales certezas conminan
entonces a complejizar el análisis más allá de las
evidencias, las que, por otro lado, tampoco habría que
esconderlo, siguen impertérritas...
18
Es cosa sabida la distancia de percepción entre la obra
de arte, sus alumbramientos, y la recepción epocal de
que es objeto. No por gusto el artista es considerado,
todavía más que el intelectual –entendido éste en
el sentido del orden racional del pensamiento–,
como el ser más dotado para la percepción de la luz aún
lejana, inapreciable para el resto de los mortales.
Pudiera pensarse que es ésa, no más, otra sacralización
del aura moderno, pero no, en realidad forma parte de la
ontología de lo artístico, a la cual le es dada esa
facultad de avistamiento, de elucidación, de previsión.
Por ello muchos de los grandes creadores a los que hoy
rendimos esmerado culto, a lo largo de la historia de la
cultura han sido centro de ridículas polémicas y han
sobrevivido en la penuria. Por ello también, se
alimenta tanto el mito de la neurosis del artista.
Humberto Solás, un creador con percepciones
rabiosamente personales de la vida (y soy consciente de
que cometo una penosa redundancia) ha sabido, y no poco,
de reacciones tumultuosas ante sus filmes. Como el mito
de Cecilia Valdés era en este país todavía más
fuerte que el mito del artista y su sometimiento de
absolutamente todo a las licencias transmutadoras de su
subjetividad, como la cultura fílmica del cubano es un
saber erigido en lo fundamental sobre los datos y los
accidentes fácticos más que sobre el pensamiento
del cine (no obstante los colosales esfuerzos en ese
sentido de especialistas y críticos como el evocado
Mario Rodríguez Alemán –alguien que se proyectó,
por cierto, tristemente hiperbólico con las fisuras de Cecilia,
o con las áreas de la película que él tuvo por
tales—), cuando se estrenó en Cuba la variación
interpretativa de Solás, que por demás irrumpía con
el honesto y clarísimo rótulo de «versión libre»,
se desató el fantasma y el ritual más estereotipado
del nacionalismo, y prácticamente todo aquel que se
sintiera cubano, y revolucionario, tenía que odiar a Cecilia,
que se suponía un ultraje a la identidad, la
nacionalidad, y en definitiva a los ideales menos
contaminados de este pueblo. No ha sido poco el acíbar
que ha debido soportar Solás a causa de ser,
sencillamente, un artista que piensa con cabeza propia y
no reproduce contenidos inducidos o apotegmas
consumados. Sin embargo, varios años después, ya «protegido»
en El Siglo de las Luces con la densa trama
tropológica de Carpentier, y la suya propia, acaso
robustecida, madurada, más los preámbulos de
intencionadas confesiones públicas acerca de la
indiscutible lealtad al espíritu tanto como
incluso a la palabra de Alejo (aunque no fuera
exactamente así, desde luego), casi nadie entendió lo
que debía entender, o va y se entendió, pero en
cualquier caso la reacción fue calma, con la mesura y
la cordura que indican cuánto avanzan –venga la energía
positiva– el hombre y su entorno. Con Un día de
noviembre había acontecido otro tanto, o peor, al
punto de descontinuarse, postergarse, soslayarse las
proyecciones físicas de la película. Siempre he
pensado que el escepticismo galopante de aquel filme se
consideró inconveniente en una época de
afincados triunfalismos y enceguecedores coros de vítores.
Con todo, lo que al paso de los años resulta más
lamentable –a fin de cuentas hace sólo unos meses que
acabo de dedicarle un homenaje a Un día de noviembre
y su legítima postura, con toda la naturalidad del
mundo, en uno de los cines más céntricos de La
Habana– es el sentimiento de culpa que las críticas
hormonales y circunstanciales consiguen afianzar en el
propio realizador. Le tumba las alas a cualquiera la
escucha de ciertas palabras del propio Solás, donde éste
afirma que Un día de noviembre es, en efecto,
una película fallida, etcétera, etcétera, o, a
propósito de otros proyectos de «adaptación literaria»,
en los cuales él mismo demostrara sobradamente toda la
«creatividad escritural» y de transfiguración de
lenguajes de que el cine es capaz, que el «séptimo
arte» sólo puede emular, a duras penas, el esqueleto
de la obra literaria... Sin (más) comentarios: uno
termina siendo más papista que el Papa...
19
Quizá no tanto en los predios del cine, toda vez
que el ICAIC, desde su constitución misma, fue un
hervidero de ideas constantemente opuesto al maniqueísmo
y el reduccionismo ideológico, pero en el espacio de
las artes visuales, por ejemplo, los años sesenta
transcurrieron en cruenta pugna de valores entre la línea
para la cual el arte de una revolución debía conectar
con lo más intrépido de los medios de expresión que a
escala universal se dimensionaba, tanto como con
perspectivas totalmente dinámicas y nada complacientes
de un contexto tan hermoso como convulso, y ciertos
estertores de un trasnochado «arte social o masivo»,
heredero orgulloso del realismo socialista y la escuela
mexicana del mural que en otro cronotopo había devenido
eficiente. La voluntad de comunicación diáfana
de la segunda mirada confundía sus mejores intenciones
con aberraciones de la metáfora visual jamás vistas.
Afortunadamente, el propio discurso de la Revolución ha
sabido seleccionar, y jerarquizar, de entre toda esa
amalgama, la memoria que mejor puede hacer respetar sus
símbolos. Pero tampoco valdría olvidar que obras como Lucía
y Memorias del subdesarrollo surgieron, y
crecieron, también, de ese clima de confrontaciones
alrededor de PM, Lunes de Revolución, el
retrógrado muralismo seudocubano y otras experiencias
socioculturales muy dispares, que invitaban, con sus
desafíos, al discernimiento propio del arte mayor y las
más lúcidas mentes.