LA MIRADA DE OVIDIO
Un
acercamiento al tema de la emigración en el cine cubano
de los noventa. Fragmento
de un ensayo que aparecerá en el próximo número de
Temas dedicado a un balance de cuarenta años del cine
cubano
Desirée
Díaz Díaz | La Habana
La
antológica Memorias
del subdesarrollo, esa enjundiosa y total película,
es la primera que introduce el fenómeno decisivamente y
nos propone diferentes niveles simbólicos de lectura
alrededor del conflicto de manera alumbradora. El tema
de la emigración se introduce desde el mismo inicio de
la película que, luego de una escena que acompaña los
créditos y refleja una fiesta y altercado públicos, al
atolondrado y fogoso ritmo de la música de Pello el
Afrokan, transita hacia los elocuentes silencios de la
sala de despacho de vuelos del aeropuerto por donde
miles de cubanos abandonan el país rumbo a Estados
Unidos. Es el año 1961.
El
trauma de las despedidas, de la ida y el abandono, de la
última palabra que ya no se dice o no se escucha, es la
primera sensación que recoge el filme. La misma sensación
que ha narrado la dramaturga cubano–americana
Dolores Prida cuando escribe: “Las peceras me
recuerdan al aeropuerto cuando me fui... Al otro lado
del cristal, los otros, los que se quedaban (...) Y los
que estaban dentro y los que estaban fuera sólo podían
mirarse... las caras distorsionadas por las lágrimas...
bocas que trataban de besarse a través del cristal...
Una pecera llena de peces asustados, que no sabían
nadar, que no sabían de las aguas heladas”1
Como
ha analizado Mariela Gutiérrez a partir de esta pieza
teatral, “la migración como trauma clínico comienza
categóricamente en el lugar de origen”2,
es decir en el lugar de la partida, porque ya desde
entonces las condiciones prefiguran las circunstancias
de incomunicación a la que se verán sometidos los
implicados, tanto los que parten como los que se quedan.
Y es precisamente en el lugar de la partida, lugar donde
comienza el “trauma clínico”, en ese punto de
origen del conflicto,
donde también comienza Memorias...
y con ella, el tratamiento del fenómeno por parte del
cine cubano.
El
cristal, los sonidos mudos, las valijas, las lágrimas,
la incertidumbre, las bocas que se abren como las de los
peces en la pecera, toda esta lacerante experiencia está
en el filme, sin embargo, no es la visión de la memoria
de la dramaturga la que se nos muestra, sino la mirada
suspicaz y escéptica de Sergio, el protagonista, que ve
partir a su familia, integrantes de la alta burguesía
cubana pre–revolucionaria, como quien ve partir una
impedimenta. (“Mira que trabajar para mantenerla como
si estuviera en Nueva York o en París”) Es, acaso, la
misma impedimenta que ve partir la revolución en esta
primera etapa migratoria y que puede acuñarse con la
lapidaria y contundente frase con la que lo hace Sergio:
“Todos los que me querían y estuvieron jodiendo hasta
el último minuto se fueron”. Expresión de fastidio y
alivio que refleja el ánimo y la voluntad por
desprenderse de esos que “estuvieron jodiendo” y que
“se fueron”, al fin “se fueron”.
En
este momento, Sergio no se identifica –como tampoco lo
hace el discurso social y el proyecto revolucionario-
con el sentimiento de ruptura y de pérdida que
experimentan los que están del otro lado del cristal,
los que –dentro de la pecera- ya están fuera. Sin
embargo, esta idea tampoco sugiere una proyección
exacta de la revolución en la figura de Sergio. Para el
personaje, el hecho de quedarse en la isla supone también
un intento de escape, de refugio, en este caso, una
huida de la clase social a la que pertenece, la burguesía,
y con la cual no comparte determinados valores. Sergio
no se queda, exactamente, “con” la revolución, sino
que se queda para no “quedarse” con la burguesía y
esta posición ambigua lo deja físicamente en la isla,
pero psicológicamente en un limbo, en una especie de
no-lugar que es también el espacio simbólicamente
creado y habitado por la diáspora. La escritora Lourdes
Gil en su ensayo Tierra sin nosotras, reflexiona sobre la mitificación de ese
espacio anidado (o no–espacio) como una estrategia
de acomodamiento a la experiencia de la emigración.
Esta
transformación no puede sino efectuarse desde la
subjetividad, mediante una mitificación que exige, a
priori, la deconstrucción del mundo anterior, así como
la del ámbito inmediato. (...) Esa ordenación peculiar
que ella imparte a la realidad es el procesamiento de un
estado anómalo de desvinculación del ‘yo’
con
su entorno; de
una ansiedad tan palpable y física, que alcanza a
trastornar los sentidos y las percepciones. (...) Y es
que el destierro, sea remoto o reciente
3,
coloca en la conciencia una orfandad, un desamparo. La
vida se torna un entramado inhóspito, que se
interioriza como un deambular sin rumbo y sin tregua.
Permanecer
en Cuba, tanto como haberse ido, conlleva para Sergio
ese reacomodo del entorno que explica la escritora y la
convivencia con la ansiedad que le supone aceptar y
reconocer el nuevo espacio, en este caso no sólo
transformado por su subjetividad, sino también por la
acción real de la revolución. La película toda lo que
hace es precisamente mostrar ese “deambular sin rumbo
y sin tregua” por la Habana, en un intento casi
desesperado por construirse el espacio mítico
necesario, primero, desde el balcón de su casa, cuando
escudriña a la ciudad con el telescopio, y luego con
sus paseos por las calles y sitios habaneros.
La
antológica secuencia del telescopio marca el inicio de
ese intento de apropiación del nuevo lugar, y al mismo
tiempo, el temor por parte de Sergio de no lograr nunca
ese apresamiento. Escépticamente, burlescamente, Sergio
mira a La Habana: “Aquí todo sigue igual. Así de
pronto parece una escenografía, una ciudad de cartón.”
Y después de alusiones irónicas a los cambios
ocurridos en el paisaje por la acción de la revolución,
concluye, ahora con cierto temor o incertidumbre: “Sin
embargo todo parece hoy tan distinto. ¿He cambiado yo,
o ha cambiado la ciudad?”
Luego
de esta visón de conjunto, Sergio sale a la calle, se
mezcla con la gente, pero tampoco aquí puede encontrar
el espacio ideal que anhela, pues a cada paso se
tropieza con los iconos revolucionarios que se han adueñado
de los espacios. La alternancia de planos entre la cámara
subjetiva que representa la visión de Sergio y la cámara
objetiva, introduciendo incluso planos documentales,
muestran la imposibilidad de identificación con la
actual situación por parte del personaje. Se produce
entonces el rechazo, la banalización. “Desde que se
quemó El Encanto, La Habana parece una ciudad de
provincia. Pensar que antes la llamaban el París del
Caribe. (...) Ahora parece más bien una Tegucigalpa del
Caribe”. Como ha explicado la crítica Ana López, “His encounter with the city
produces another city, a migrational or metaphorical one
that slips into the ‘transparent’ text of the
camera’s visually readable city. Sergio can only act
out the city in the past tense; the camera is inexorably
grounded in the present (tense).”5
Sergio
tampoco logra un acercamiento con la gente, a quien
dirige sus críticas más mordaces, sin embargo,
propicia un momento de reconocimiento entre aquellas y
su actual situación: “¿Qué sentido tiene la vida
para ellos? ¿Y para mi, qué sentido tiene para mi?”
Cae entonces Sergio en el limbo de la diáspora
6,
en el no–lugar del exilio, o en este caso, (como
también ha sido denominado) del insilio.
Frente
a la imposibilidad de crearse una Habana para sí mismo,
o de convertir a La Habana en el territorio mítico del
emigrado en su propia tierra, el personaje se refugia
entonces en su casa, un microcosmos que permanece —al
menos por el momento— incólume ante la capacidad de
apropiación del espacio social por parte del discurso y
la iconografía épica revolucionaria. Y es precisamente
en este proceso de reconstrucción del mundo interior,
restringido al mínimo territorio del apartamento,
cuando se cataliza la reproducción alternada de la
bipolaridad de la emigración cubana, en la división de
los espacios, tanto físicos como psíquicos, de Sergio.
La división dentro/fuera sobre la que se articula
todo el discurso social de la revolución en torno a la
emigración, queda reflejado entonces —de manera
alterna— en el dentro/fuera de la geografía de
Sergio. Memorias...
invierte estas nociones tradicionales y entonces el
dentro —en el apartamento del personaje— no es la
inclusión, sino la exclusión, en este caso la
autoexclusión, el autoaislamiento; y fuera es la
Revolución que se expande al ritmo de los vientos, al
aire libre.
El
nihilismo —o la lucidez— de Sergio, no le permiten tomar
partido por ninguno de los dos polos, el dentro o el
fuera y de esta manera está simbolizando, también, la
irreconciabilidad de estos dos mundos, al menos momentáneamente.
Sergio termina preguntándose: “¿Y tú dónde estás
Sergio?”. Vuelve,
otra vez, a caer en el limbo del destierro, de la
desterritorialización, en la “atomización
traslaticia”.
Las
connotaciones ideológicas del par dentro/fuera se
dislocan en dependencia del territorio que lo sustenta y
esta representación interpolada con respecto a las
nociones habituales, van a terminar apareciendo
recurrentemente en el discurso cinematográfico nacional
sobre la emigración, que a partir de Memorias...
privilegiará las lecturas alegóricas topográficas y
semánticas en función de este tema.
Después
de la polisémica representación del tema por Gutiérrez
Alea, no es hasta pasados los veinte años, que el
asunto vuelve a ser abordado de cerca en el cine
nacional. Con su primer largometraje de ficción, Polvo
Rojo (1981), el director Jesús Díaz analiza los
conflictos y las reacciones de los hombres ante
circunstancias extremas, situaciones de crisis y de
definición. Recién triunfada la Revolución un grupo
de guerrilleros tiene que hacerse cargo de una enorme y
sofisticada industria niquelífera, en medio de la
retirada de los propietarios norteamericanos y la
partida hacia Estados Unidos de la gran mayoría de los
ingenieros y técnicos que allí laboraban. El tema de
la emigración se introduce con crudeza cuando algunos
de los personajes se enfrentan al dilema de irse o
quedarse, de qué camino tomar en dependencia de las
renuncias que hay que hacer en cada caso. Así, los
personajes están continuamente ante la dicotomía de
“el deber” y “el querer”, en momentos de tal
incertidumbre social que en realidad muchos no saben qué
es exactamente lo que deben o lo que quieren, pero en
los que se está debatiendo también el valor ético de
cada acto, de cada decisión. El abandono de los hijos
frente a la decisión de la partida es uno de esos
cuestionamientos morales que se presentan en el filme.
Sin
embargo, el director logra sortear el encasillamiento de
los personajes principales dentro de los estereotipos más
chatos y simplificadores y otorgarle a sus caracteres,
sobre todo a Marina (Cristina Obín) una humanidad y una
compasión que, tal como la ha señalado el crítico
colombiano Hugo Chaparro, es lo que le permite
profundizar en la complejidad del exilio y perfilar
desde aquí los traumas posibles del emigrado. Chaparro
ha comentado: “No se trata simplemente de enjuiciar la
violencia y de que sea en sí misma una catástrofe,
mientras que se explique cuáles son las razones de esa
violencia, mientras se tenga compasión por los
personajes y el espectador pueda comprender las razones
por las que están sometidos a una determinada
violencia.”
7
Aquí,
si bien la violencia física no es significativa, sí
existe una violencia psicológica, emocional y moral a
la que están sometidos los personajes, primero, por una
realidad social que entra en crisis con el triunfo
revolucionario y los acelerados cambios que se
sobrevienen y luego, por la toma de la decisión de
marchar al exilio y
la incapacidad de mantener esta decisión en los
límites de la vida privada. Todo esto atenta contra la
estabilidad psíquica y familiar, que se simboliza en el
filme del modo más triste en la clarividente locura del
padre de Marina que le comenta a la pequeña nieta,
“Nadie sabe dónde está nadie. Todos están donde no
estaban, como no estaban. El que estaba muerto, está
vivo y el que estaba vivo, está ahora muerto” y luego, en el conmovedor diálogo, por inocente,
de la niña con su osito, en el que reproduce las
palabras del abuelo.
Quisiera entender que este pequeño parlamento ontológico
del abuelo lo
que está haciendo es aislando y señalándonos las
lamentables implicaciones del discurso de la época, que
tanto en la película como en el cuerpo social regularizó
calificativos como el de “gusanos” o
“vendepatrias” e impuso la orfandad y la muerte a
todo aquel que abandonara el país. Frases como “Ese
no es mi hijo”, o “Tu mamá es como si se hubiera
muerto” son sentencias que abundan en el filme.
En
este sentido el crítico José Antonio Évora
ha señalado:
Los
primeros síntomas de la ortodoxia revolucionaria
aplicada a la economía y las relaciones familiares,
sometidas de
facto a un imperativo ideológico que no reconoce
obstáculos y cree ciegamente en la victoria, se
muestran en esta película como agentes inevitables de
la transformación social, al tiempo que revelan con su
crudeza el origen de traumas entre cuyas secuelas
aparecerá más tarde el tema del segundo filme del
propio realizador.[8]
Aunque
el tema central de Polvo
Rojo no es precisamente la emigración, este
conflicto aparece a lo largo de casi toda la cinta, de
manera seria y presentando algunos de los tantos traumas
que acarrea el asunto. También aquí, como antes en Memorias
del subdesarrollo, está representado ese momento
traumático de la partida que poetiza Dolores Prida.
Pero Polvo Rojo
traslada el origen del trauma todavía un poco antes,
durante los preparativos para el viaje, etapa en la que
se toma conciencia de lo ignoto del porvenir, de lo
incierto y doloroso de la partida, escenificado en la
fiesta de despedida de Cuba de la burguesía industrial,
al ritmo medio lacrimógeno de la letra de Lágrimas
Negras, y el llanto inesperado y desolado de algunos
personajes.
El
final de la cinta es contundente, relativo al triunfo de
la epopeya revolucionaria y el canto a la construcción
de una nueva sociedad, pero ya deja entrever el origen
de los traumas de la emigración y sus posibles
secuelas. Los hijos se quedan en la patria con el padre
mientras la madre marcha a los Estados Unidos. Esos
mismos personajes, los que se quedaron y los que se
fueron, podrán protagonizar otros muchos episodios
derivados de este dentro de la historia de la emigración
postrevolucionaria. Podrían ser, de hecho, los
personajes de Lejanía
(1985), el segundo largometraje de ficción de Jesús Díaz,
que vuelve al problema de la emigración, en esta ocasión
como tema central de la película.
El hecho que posibilita la trama del filme, en el ámbito
de las relaciones entre la isla y el exilio, es la
apertura de los viajes de visita desde Estados Unidos, —fundamentalmente desde el enclave de Miami— a Cuba para
las personas que un día decidieron abandonar el país,
y que pronto fueron englobadas bajo el rótulo de la
comunidad. El argumento de la película cuenta la
historia de una mujer de la pequeña burguesía cubana
pre-revolucionaria, que regresa a Cuba desde Miami después
de 10 años a reencontrarse con su hijo Reynaldo, a
quien dejó en el país a los 16 años porque estaba en
edad militar y el Estado no le permitía irse. Su
principal objetivo es convencer a su hijo para que se reúna
con ella en Miami. Acompañándola viene Ana, prima de
Reynaldo; ambos compartieron su infancia y primera adolescencia y
ahora ella vive en Nueva York. Del lado de acá
las reciben Reynaldo y su esposa, muy comprometida con
el proceso revolucionario y la hija de ésta. También
están el hermano de la madre y su familia.
Pero
no se puede entender Lejanía,
sin hacer una referencia previa a 55
hermanos, el documental que en 1977 filmara Díaz.
Las experiencias vividas por el cineasta en aquellos días
compartidos con los “maceítos”, tuvieron mucho que
ver en la idea su nuevo filme, como también las
preocupaciones ya esbozadas en Polvo Rojo. Los jóvenes de 55
hermanos regresaban por vez primera desde que eran
niños al lugar de su infancia, a sus barrios, a sus
antiguas casas, intentando rescatar una memoria olvidada
y con el interés de comprender y apoyar a la Revolución.
Por primera vez se desarticulaba el discurso antagónico
sostenido con la comunidad emigrada. Más bien, estos jóvenes
eran las víctimas de un proceso de desterritorialización
y transculturación que ellos no escogieron y de la
pertenencia a esa zona marginal de la sociedad cubana
que era “el afuera”. Su viaje concluyó con una
hermosa declaración de Fidel Castro: “La patria ha
crecido”. Lejanía tiene en sus mejores momentos el aliento de este encuentro
e incluso está dedicada a la poeta Lourdes Casal, una
de las protagonistas de la experiencia y el personaje de
Ana es la recreación en la ficción del grupo de 55
hermanos.
Las
insalvables heridas de la ruptura familiar, la
incomunicación y el rescate de la memoria, son los
temas mayormente abordados por Lejanía,
de la misma manera que la responsabilidad por la actitud
asumida frente a determinado contexto y circunstancias
sociales, aún cuando estas circunstancias ya no sean
las mismas.
En
la película todos los personajes se ven de pronto
desbocados en la recuperación de un pasado que ya no
existe y que tal vez nunca existió, sólo que ahora se
quiere magnificar
al idearlo como único refugio posible de la memoria.
Sin embargo, el rescate de esa memoria por parte de los
personajes, ya va a estar modificada, afectada, por las
neurosis que cada cual arrastra. En realidad, la tan
anhelada comunicación se hipertrofia al calor de los
prejuicios, la intolerancia y la imposibilidad de dar
marcha atrás a la historia. La incomunicación está
dada básicamente porque los personajes no comparten
criterios valorativos y perceptivos semejantes y estas
diferencias hacen fracasar los intentos de establecer
canales de comunicación.
En
efecto, como muchos han señalado, incluyendo al propio
director, “cuando la lejanía en el espacio es
superada y la madre y el hijo están otra vez juntos, se
empieza a abrir paso lenta, inexorablemente, una lejanía
ética.”9
Y también en Lejanía,
como en Memorias...
se da una metaforización de los espacios, cargándolos
ideológicamente. La película está filmada todo el
tiempo dentro del apartamento de Reynaldo, que antes
pertenecía a sus padres, a su madre. Aunque las cosas
están cambiadas dentro, indicando que la vida se ha
modificado, desde que llega, la madre intenta apoderarse
simbólicamente de ese espacio, aludiendo y evocando
constantemente a los objetos de su pasado. De esta
manera el “dentro”, tanto como en la película de
Gutiérrez Alea, es el espacio mítico recreado a
la fuerza por el emigrado, que se refugia en la
cerrazón por la imposibilidad de adueñarse —ni
siquiera simbólicamente— de los espacios públicos. Así,
el espacio interior se carga de tensiones ideológicas
que sólo pueden ser relajadas con la escapada hacia el
exterior, hacia un ámbito no viciado.
Y
es en la azotea de la casa, al aire libre, con la ciudad
a los pies y el mar en la distancia, que fructifica la
única comunicación posible, entre Reynaldo y su prima
Ana, posible, además, porque no media ningún conflicto
real entre ellos. (Como tampoco mediaba ninguno entre la
nueva sociedad y los jóvenes de 55
hermanos) Entonces ocurre la escena más memorable
de la película, donde Ana, interpretada magistralmente
por una jovencísima Isabel Santos, se cuestiona su
condición de emigrada, de cubana en otra parte y evoca
los emotivos versos de Lourdes Casal: “Demasiado
habanera para ser neoyorkina. Demasiado neoyorkina para
ser cualquier otra cosa.”
Si
bien el filme muestra con profundidad uno de los mayores
traumas que ha provocado el desarrollo de la emigración
cubana después de 1959, no deja de caer en posiciones
extremistas, sobre todo al final de la película, cuando
Reynaldo decide dejar a su madre e irse para una
movilización en Moa. No cuestiono la postura de
Reynaldo, comprensible en buena medida, pero sí la
solución cinematográfica rotunda —¿o escurridiza?—
que da el filme.