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SOY UN NEGRO DE CIUDAD

"La sobrevaloración de El Ingenio en la formación de la sociedad cubana, ha ocultado el papel real que significaron tanto el gran campesinado como la ciudad, el barrio, el traspatio, centros de creación cultural". Declaraciones de Eduardo Torres-Cuevas (La Habana, 1942), doctor en Ciencias Históricas y presidente de la Casa de Altos Estudios don Fernando Ortiz

Hilario Rosete Silva y Julio César Guanche
  | La Habana

La Universidad de La Habana (UH) reúne a un grupo de docentes. Muchos de ellos recuerdan otro cambio de impresiones, ocurrido días atrás en el Colegio de Ciencias Sociales en torno al tema "Etnia, raza y unidad nacional". Allí surgió la idea de organizar este taller: "Perspectiva histórica de la problemática etno-racial en Cuba y en el resto del Caribe". Alma Mater, invitada, registra el verbo de Eduardo Torres-Cuevas (La Habana, 1942), doctor en Ciencias Históricas, presidente de la Casa de Altos Estudios don Fernando Ortiz, y aplaude que se potencien las investigaciones sobre este campo. Trabajamos gustosos, junto a Torres Cuevas, en el lustre de esta síntesis

Ay, vecino

Algunas de las cosas que se dicen sobre el tema no son como se dicen, y otras ni se asoman al problema de fondo. El abordaje hay que hacerlo desde nuestras historias. Aunque los primeros historiadores criollos —Morel de Santa Cruz, José Martín Félix de Arrate, Ignacio José de Urrutia—, empezaron a escribir fundamentando el poderío de la oligarquía insular, tenemos historia desde mediados del siglo XVIII, y una cultura balbuceante, en el ángulo del pensamiento, desde finales de ese mismo siglo, a la que yo llamo la generación del noventa y dos: Francisco de Arango y Parreño, José Agustín Caballero, Tomás Romay, Manuel Zequeira y otros. Con todo, la falta de imparcialidad en los juicios históricos, obliga a destacar detalles no recogidos.

A la colonización de Cuba prefiero llamarla de avecinamiento. Su categoría básica es la de vecino y está asociada con la creación de las villas. Para fomentar estas fue preciso contar con un grupo de personas (españoles) que vinieron a residir, a avecinarse, en las villas. Así nacieron el cabildo, la iglesia, las estructuras de gobierno y el reparto de tierras e indios.

La concepción marcó el surgimiento de las regiones específicas en la América española. Pero Cuba fue un ensayo. Esto no volvió a suceder después de la conquista de Méjico. El avecinamiento original en la mayor de las Antillas quedó marginado, a su vez, dentro de la marginalidad de América Latina. El blanco central de la colonización española no fue Cuba, sino el continente. No obstante, la relegación fue favorable. Permitió la existencia de manejos y mecanismos imposibles de imaginar en «tierra firme».

Con otras palabras, desde épocas tempranas el desarrollo de la sociedad cubana transcurrió sobre la base de la violación de todo lo establecido: Las órdenes del Rey se acatan pero no se cumplen, rezaba una frase célebre del siglo XVII. Se trataba de una isla que se sentía libérrima en sus costumbres. Tres de sus obispos murieron envenenados por intentar implantar la reforma de la iglesia católica decidida en el concilio de Trento (1545-1563). Se hicieron los sínodos en todas las diócesis de América, y en Cuba no se realizaron hasta 1680. Había una resistencia al orden. La Isla vivía del comercio ilegal, del contrabando con ingleses, franceses y holandeses.

ESPEJO DE PACIENCIA

El estado de cosas dio origen a nuestro primer poema, dicho sea de paso, pura farsa, como también ha sido farsa casi todo lo escrito desde entonces a acá. El autor, Silvestre de Balboa, comenzó diciendo que el obispo Cabezas Altamirano fue raptado por el pirata Gilberto Girón para exigir un rescate. En realidad el núcleo del contrabando en Bayamo era la iglesia, y Puebla, cura de la villa, le debía dinero a Girón. Cuando este se decidió a secuestrarlo, halló en su lugar al obispo y lo tomó de rehén: «Las leyes de este convenio son muy irregulares», razonaría el corsario, «si rapto a este puedo pedir por arriba.»

El móvil del hecho permanece oculto. Vale recordar la política de despoblamiento que entonces está siguiendo España para frenar el contrabando. La situación venía dándose antes de que Inglaterra, Francia y Holanda experimentaran el sistema de plantaciones esclavistas en el Caribe. Por tanto, la nuestra fue una sociedad de esclavitud doméstico-patriarcal. Desde el inicio, las estructuras económicas armadas en Cuba dibujaron dos líneas paralelas: el proceso esclavista, y el proceso de formación de un campesinado libre. Fernando Ortiz lo llamó El contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar. Estamos ante el origen y desarrollo de regiones económicas, con oligarquías regionales, que requerirán a su vez, en la medida de su avance, de un aparato jurídico y de una expresión cultural propios. En la concepción española puesta en práctica en la Isla, la villa fue el centro de la región.

El sistema de plantaciones, entre otras cosas, requería capital, y en una primera fase este no se invirtió en Cuba: no lo había. Cuando hacia los siglos XVII y XVIII se desarrolló el sistema de plantaciones en el Caribe, en Cuba aún no existía. Islas tan pequeñas como Saint Kitts y Barbados, producían más azúcar que nosotros. Al mismo tiempo en Cuba sí estaba repartida la tierra, obraba una oligarquía propietaria de tierra que en el siglo XVIII ya sí la dedicará a dos funciones totalmente distintas: la ganadería y la plantación azucarera.

CON SEGUNDAS INTENCIONES

Cuando vino la gran estafa del incentivo de la economía sobre la base de la inyección de capitales antes acumulados, los plantadores dividieron sus tierras entre tierras con ingenios y tierras que repartieron entre campesinos. Esto es una clave para entender qué sucedió después.

En el siglo XIX, por ejemplo, en el momento de mayor intensidad de la esclavitud (década del cuarenta), el censo de población arrojó que solo el veintidós por ciento de los esclavos de la Isla trabajaban en las plantaciones, mientras casi toda la población blanca, de cualquier ciudad, digamos Trinidad, tenía esclavos.

Eso condujo a que la clase media o pequeña burguesía estuviera muy comprometida con la esclavitud en la primera mitad del siglo. Solo cuando ya no podían adquirirse los esclavos —por su encarecimiento, por las dificultades de la trata— se observó la concentración de estos en el azúcar y el café, y luego más en el azúcar. Es hacia 1878 que el ochenta por ciento de ellos ya estaban en plantaciones, aunque no estamos hablando del ochenta por ciento de toda la población negra. La sociedad esclavista cubana tuvo en la plantación el elemento más dinámico de su economía, pero no fue exactamente una sociedad de plantaciones.

Por otro lado, la agricultura cubana tenía en aquella época un cincuenta y cinco por ciento de su mano de obra ocupada en pequeñas propiedades agrarias, ganaderas o de otro tipo. Y esos niveles de población fueron, en muchos casos, el resultado de una política seguida por los criollos aliados al poder colonial.

Dicha política desarrolló la colonización blanca en el campo para hacer frente a las dificultades que podrían surgir en las plantaciones atendidas por los negros. «Necesitamos una población blanca —diría Francisco de Arango y Parreño—, que además pueda constituir las milicias. En caso de que haya problemas esa será la fuerza para contrarrestarlos... Escribo para la época en que se borre la memoria de lo que tuvimos que hacer. A los negros los trajimos por necesidad. La sociedad cubana es blanca por esencia.» Desde el siglo XVIII se trazó la estrategia. José Antonio Saco heredó las ideas de Arango y Parreño, y las expresó en otros términos: «Blanquear, blanquear, blanquear, y después, (refiriéndose a España) hacernos respetar». Las estadísticas demuestran que la política blanqueadora se puso en práctica.

CALENTURA DE POLLO Y MAL DE GALLINA

Tampoco son lo mismo el problema étnico y el problema racial. África subsahariana, la región que «cedió» su población a la Isla de Cuba, estaba dividida en varias etnias, algunas rivales entre sí —cuando digo etnia, me refiero a un grupo unido por vínculos raciales, culturales, sanguíneos, que mantenía la idea de la familia extensa—. Pero ni a los negreros ni a los esclavistas les importaba respetar esos nexos, y como además según pasaba el tiempo las extracciones se sucedían de diferentes sitios, los negros se agotaban, era poco probable que individuos de una misma etnia se encontraran en un mismo lugar.

Con esto, lo que en África era un problema étnico, del lucumí, del congo o del carabalí —aún hoy se pueden observar los problemas étnicos de África, o de Europa—, en Cuba, mediante un primer proceso de unificación forzosa, apareció bajo otra denominación, el problema del negro.

Con los españoles sucedió otro tanto. Fernando e Isabel, los Reyes Católicos, impidieron a los catalanes participar de la empresa del descubrimiento de América, mientras ellos entraban en negocio con el capital genovés establecido en el reino. Aragón, Castilla y León, en un primer momento se encargaron de abastecer de habitantes al nuevo mundo al tiempo que amplios sectores de la sociedad española fueron marginados. Sin embargo, cuando aquellos llegaron aquí, lo hicieron todos como españoles, o, más reciente, conforme a una variación del siglo XX, como gallegos. Así surgió una denominación antónima, otro posible concepto de unificación: lo español. Lo que pudo ser un problema multiétnico se coloreó en Cuba en dos tonos, en blanco y negro. Fue la primera división.

Las cosas comenzaron a complicarse con los negros nacidos aquí, con los blancos nacidos aquí, con los ¡mulatos! nacidos aquí, y, aún después, ¡con los chinos nacidos aquí!, fenómeno del siglo XIX. No había en el diccionario una palabra para resolver el problema, y echó anclas el concepto de criollo, significante del pollo criado en casa —el otro venía de afuera—.

En los documentos de los siglos XVI y XVII, criollo no era un concepto étnico ni racial. Al criollo solo lo definía el hecho de nacer aquí. En el Archivo de protocolos de La Habana (1578-1585), de María Teresa de Rojas, aparece la «venta de una negra criolla», o «de una negra bozal», y en El espejo de paciencia Salvador Golomón es un «negro criollo». El criollismo original no fue el que afirmó luego Domingo del Monte. Fue un criollismo sin definición racial, implicaba pertenencia a la tierra.

En ese mundo multiétnico, mezclado con gran fuerza, ubicado tanto en Bayamo como en La Habana, surgió la noción de patria. El primer criollo con dignidad de obispo, Dionisio Recino y Ormachea, colocó las siglas PPP en su escudo de armas: primer prelado de la patria. El concepto ya estaba en la legislación española para definir la región donde dentro del imperio colonial se nacía. Todos eran españoles, pero había un español peninsular, y otro americano, y dentro de este, el habanero, el bayamés... Ese mismo concepto sirvió de base para unir a todo el que nacía en Cuba.

Uno de nuestros problemas es la idea de la historia lineal. La línea dibujada por la Historia de Cuba como zona periférica de la colonización española se truncó cuando, después de la mitad del siglo XVIII, se introdujo en la Isla el negocio azucarero. 

¿NOBLEZA OBLIGA?

Hemos querido nacionalizarla, pero realmente la nuestra es una oligarquía hispano-cubana, y puede comprobarse con ejemplos. Dos cubanos lastimaron la vida de España en los siglos XIX y XX. Quien le entregó España a Napoleón Bonaparte en 1808 fue el general Gonzalo O'Farril y Herrera, uno de los miembros de la aristocracia habanera, ministro de la guerra de España, ¡miren hasta dónde los criollos se insertaron en las esferas de poder español! Hay otro caso. Quien inició la sublevación falangista contra la segunda república española en 1936 fue también un cubano, el general Emilio Mola, nacido en Placetas y muerto en accidente aéreo.

Pudiéramos seguir con los ejemplos. Güel y Renté, retoño de una de las familias más adineradas a mediados del siglo XIX, se casó con una hija de Isabel II, y por tanto hubo una rama de la oligarquía cubana entrelazada con la casa de Borbón, dispuesta a legitimar la mezcla de su sangre espuria antillana con sangre azul: quién sabe cómo quedaría la liga.

Se habla del golpe de septiembre de 1868 en España. Bueno, si se analiza un poco, había un partido, el Liberal, al cual pertenecía Leopoldo O'Donnell, quien fuera capitán general de la Isla, y cuyo jefe fue el general Francisco Serrano, quien sería regente del reino. Serrano, amante de Isabel II, estaba casado con María Domínguez de Borrel, una de las principales dueñas azucareras de Trinidad. Asimismo, el general Dulce, otro golpista, había contraído matrimonio con la condesa de Santovenia, propietaria de una gran firma azucarera cubana integrada por doce ingenios. Por tanto, el golpe de septiembre de 1868, es un golpe conjunto, apoyado por el capital azucarero cubano. Sorprende que un mes después, el diez de octubre, haya un alzamiento en Cuba. ¿Cómo era posible, si la oligarquía cubana había sido activista del golpazo?

Pudiera hablar de otra familia, los Terry. Estos se marcharon a Europa y una de las nietas de Emilio Terry llegó a ser la primera dama de Francia (1974-1981), esposa de Valéry Giscard d'Estaing. A fin de cuentas, nuestra oligarquía nunca tuvo un sentido de pertenencia. Un sector pequeño tendría sentimientos nacionales, mas buscando las causas de la descapitalización de Cuba, hallamos que estos capitales, por voluntad de sus dueños, siempre dejaron el país. Aclarado el fenómeno aparece otro asunto. A veces se menciona a Francisco Vicente Aguilera, vicepresidente de la República en Armas en 1870, como el mayor propietario de tierras de Oriente. ¡Ojo! Mejor sería decir de monte y culebras. Las tierras no valían un centavo y Aguilera murió prácticamente de hambre caminando por Nueva York. Él no fue un Miguel de Aldama, con una casa en la quinta avenida de esa ciudad.

PRECLAROS DE PIEL OSCURA

El hecho de que el régimen de plantación en Cuba, ya lo vimos, solo tenía el veintidós por ciento de los esclavos existentes en la Isla en su momento de esplendor, va contra la tesis expuesta por Moreno Fraginals en El ingenio —todo el mundo se casó con ella y la repite acríticamente—. La sobrevaloración del ingenio en la formación de la sociedad cubana, ha ocultado el papel real que significaron tanto el gran campesinado como la ciudad, el barrio, el traspatio, centros de creación cultural. Nuestras ciudades, por un concepto específico sobre el trabajo manual en un sector de la población blanca, concentraron en el artesanado negro y mulato gran parte de la actividad creativa.

A propósito, la conspiración de La Escalera, no fue contra España —me gustaría subrayar que fueron los supuestos conspiradores quienes acusaron a los otros de complot— ni contra el esclavo, fue un pase de cuenta a la clase artesanal. Las principales urbes de la Isla tenían ya una burguesía negra y mulata poseedora de respetable capital. El paradigma es el terrateniente negro José Dolores Pimienta, dueño de ingenios y esclavos. Pero es que cualquier negro con capital necesariamente debía comprar esclavos. No era un problema racial, sino de inversión de los capitales. La pregunta es cómo un negro podía hacerse rico, cómo podían los artesanos negros y mulatos de la época mandar a sus hijos a estudiar a París. Ya entonces encontramos al doctor Doge, uno de los matanceros fusilados en la conspiración, graduado en la ciudad-luz. Allí mismo se graduó nuestro Juan Gualberto Gómez.

Esta clase estaba acumulando dinero, mas consciente de que debía crear una cultura. Es el caso del poeta Manzano. Reitero la imposibilidad de entender la historia prescindiendo del arte y la literatura. Dicho artesanado dominó amplios sectores. La música, por ejemplo, las orquestas bailables. Aquí nació la orquesta habanera de Brindis de Salas. Aquí surgió su hijo, Claudio José Domingo, violinista famoso. Matanzas tuvo un exponente en José White y Trinidad en José Manuel Jiménez (Lico). Aquí se formó no solo un poder económico, sino una cultura que ya no tiene raza, una cultura de la ciudad.

Es preciso leer las crónicas de viaje de la época. En las calles de La Habana podían encontrarse un negro, vendedor de frutas, y un marqués, y ni por nada aquél le cedía el paso a éste. Era el marqués quien se quitaba, algo que habría sido inconcebible en Londres. Al lado de eso hoy se dicen cosas tremendas, puesto que acostumbramos a dar giros de ciento ochenta grados. Ahora la santa iglesia es prácticamente la madre de todos los problemas culturales del mundo. No. Nosotros nacimos herejes. Entre otras cosas nunca tuvieron tiempo para evangelizar a los esclavos. Nunca existió tal catequesis. Richard Maden dijo: «Los criollos debieron haber sido creyentes, pero son ateos.» Fue la imagen que él recibió. El obispo Espada también la sostuvo. Y más reciente, después del arribo de la masonería, otro obispo de La Habana declaró: «Hay más logias masónicas y sociedades de negros que iglesias.» 

LA FIDELISIMA CIUDAD

Hubo todo un movimiento en las ciudades. Cirilo Villaverde fue quien mejor lo describió. En el siglo XX, sin embargo, nadie la estudiará. Todos se dedicarán al ingenio. Mas por el ingenio, con su celibato forzoso y su cultura cerrada, nunca conoceremos las leyes de la perspectiva histórica de la problemática etno-racial en Cuba. La clave está en la ciudad. Quien lea Cecilia Valdés o El penitente, palpará la obsesión de Villaverde por plasmar un mundo que no hemos abordado: el mundo de la transculturación.

Fernando Ortiz inscribió este concepto contra otra idea, la de aculturación. Es decir, si usted llega a Austria proveniente del Congo, o asume la cultura austriaca, se acultura, o no puede vivir, se margina. En Cuba la cosa fue distinta. Coexistieron una multietnia africana y otra europea, en una mezcla continua. Esa transculturación no es breve en tiempo ni es una simple transposición, mecánica, de elementos. Es una selección-decantación hecha por la propia sociedad según sus necesidades, que va desde la comida hasta la elaboración teórica, pasando por la religión y las costumbres diarias. El pensamiento real es la expresión intelectual de esa cultura de base. Y llama la atención que así nosotros nos quedamos en la transculturación, mientras don Fernando apuntaba hacia el nexo transculturación-culturación. Si no lo desarrolló fue porque no le alcanzo la vida. Yo prefiero asirme a él (al concepto).

La transculturación es esa fase donde todos estos elementos se están mezclando, buscando una expresión auténtica, común a todos. Pero una vez creada, la nueva calidad ya no es igual a ninguno de sus componentes iniciales, es sencillamente otra. El asunto capital de nuestro análisis debería de ser la culturación cubana, proceso nunca acabado, siempre cambiante, pero que revela nuestra esencia, responde a por qué somos así, tan eclécticos. Son esos los estudios que faltan, los grandes ausentes. Sin ellos podrían comenzar a explotarnos ciertas situaciones en las manos y no sabríamos cómo explicarlas.

(Tomado de Alma Mater, noviembre de 1999)

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