LA
PALABRA OSTRACISMO ME RESULTA EXTRAÑA
"Hemos tratado de “normalizar” nuestras
relaciones con la cultura cubana que se hace fuera de la
Isla, y hemos ido publicando sobre todo a aquellos
escritores que se dieron a conocer fuera de Cuba, y que
para nosotros eran desconocidos por completo. Por
supuesto, son autores cubanos, pertenecen a nuestra
literatura, a nuestra cultura, y, más que una
“mediatización”, tengo con ellos una “relación”,
diversa, según los casos, como son todas las relaciones."
Conversación con
Arturo
Arango en literaturas.com
Luis
García | España
Vivimos
tiempos de bonanza literaria dentro de la lengua
hispana, de rejuvenecimiento
y regeneración. No es casual la irrupción de La
Generación de Crak en el panorama internacional
ni de otros movimientos similares en un momento en el
que el decaimiento del boom es mas que evidente. A pesar de sus múltiples
connotaciones, que las tiene, la narrativa
hispanoamericana despierta pasiones, pero también
recelos. Sólo así se puede entender que dentro de toda
esta tendencia, a la literatura cubana siempre se las
haya considerado como el patito feo, la gran olvidada de
los últimos cuarenta años salvedad expresa de
puntuales y tardías recuperaciones (aunque bien es
cierto que nunca es tarde para ello) como el caso de
Virgilio Piñera. El boom
nació de la pluma de García Márquez, Vargas
Llosa y Carlos Fuentes, pero también del barroquismo de
Alejo Carpentier y de la precisión poética de Lezama
Lima. Ahora, prestos a iniciar el nuevo siglo, nuevos y
jóvenes narradores irrumpen con fuerza hasta el punto
de llegar a ser considerados casi como un lobby,
o dos. Ya que inmersos en plena vorágine, y
posiblemente como una aventura empresarial más, los
editores diferencian entre los autores del interior y
los del exterior. Si tradicionalmente los del exterior,
o del exilio, eran los grandes conocidos, ahora por fin
ha llegado la hora de los del interior.
Pregunta.
Arturo
Arango, un nombre a seguir en los próximos años,
aunque no por ello un perfecto desconocido. ¿Qué nos
puedes contar de ti, de tus comienzos literarios?
Arturo
Arango. Comencé a escribir a mediados de los 70, en una época
muy mala dentro de la Isla, un período de
contracción ideológica, de dogmatización
extrema. Me inicié dentro de la poesía, y como parte
de un grupo de poetas (muy jóvenes entonces,
naturalmente) que pretendíamos renovar el género,
hablar de la realidad cubana del hoy, sin
idealizaciones, sin las imposiciones de la política o
la ideología. Muy pronto abandoné la poesía, donde no
me sentía cómodo, y comencé a escribir cuentos, y
también me convertí en uno de los críticos, de los
voceros de esa generación (Leonardo Padura, ya conocido
en España, era otro). Aunque trabajé durante nueve años
en la revista Casa
de las Américas, de la que fui director entre 1989
y 1991, mi pertenencia literaria, mis relaciones, se
establecían más en los cotos de la revista El
Caimán Barbudo. Quizás por todos esos conflictos
que caracterizaron esos años, por esos esfuerzos
nuestros por lograr que los espacios de difusión se
abrieran, por lograr un clima de auténtica realización
literaria, mi obra inicial estuvo mucho más volcada al
periodismo y a la crítica, es decir, a géneros que
Alfonso Reyes llamó ancilares. Mi primer libro de
cuentos data de 1989, y se titula
La
vida es una semana.
Esa salida tardía fue algo común a los narradores
de mi generación.
P.-Acabas
de publicar novela en la Editorial Tusquets,
El libro de la realidad.
¿Cómo te sientes?.
A.A.-
Feliz, como es previsible. Tusquets es una editorial
ejemplar, por la seriedad de sus propuestas, por el
respeto con que trata a sus autores, por la belleza de
sus diseños.
P.-¿Ha
sido un parto doloroso?.
A.A.-Toda
escritura lo es, o debía serlo. Desconfío de la obra fácil,
lo cual no quiere decir que a la vez no lo escriba para
divertirme. Pero, al menos a mí, también las
dificultades me divierten, me hacen feliz. No se trata
de masoquismo: descubrir las dificultades me llena de
angustia, de desasosiego, pero vencerlas, dejarlas atrás,
me hace inmensamente feliz.
P.
Es
innegable la abundancia de narradores cubanos.
Actualmente, me vienen a la memoria además de los ya
conocidos Cabrera Infante y Zoé Valdes, los de Karla
Suárez, Ronaldo Menéndez y tantos otros. ¿Cómo se vive
la literatura desde el ostracismo?
A.A.
No
sé exactamente a qué se refiere en la pregunta el término
“ostracismo”. Yo, como la generalidad de los
escritores cubanos, viajo con frecuencia fuera de la
Isla (también, como es lógico, dentro de ella), he
publicado libros en México e Italia, y cuentos y artículos
en revistas de muchísimos países, y aparezco en una
veintena de antologías de cuentistas cubanos aparecidas
fuera de Cuba. He escrito, además, el guión de una película
(basada en un cuento mío), “Lista de espera”,
estrenada comercialmente hasta ahora no sólo en Cuba,
sino además en España, Francia, Italia, Alemania, México,
y que se ha presentado, entre otros, en los festivales
de Cannes, Málaga, Cartagena y Chicago. De manera que
la palabra ostracismo me resulta extraña.
P.-¿Te
has sentido en alguna ocasión mediatizado por los
narradores del exterior?
A.A.
El
exilio cubano es muy diverso. Por ejemplo, admiro mucho
la obra de Cabrera Infante, a quien no conozco
personalmente, y de quien lamento su actitud intolerante
(por ejemplo, se ha negado a figurar en un panorama del
cuento cubano publicado en Cuba). Admiro también mucho
la obra de Gastón Baquero,
a quien tuve la oportunidad de conocer en Madrid,
poco antes de su muerte. Me deslumbra la personalidad y
la obra de Reinaldo Arenas, sobre todo sus novelas El
mundo alucinante y El
color del verano (mientras la película Antes
que anochezca me parece muy manipulada, muy falsa, a
pesar de la soberbia actuación de Bardem). Le hablo de
obras que he leído en Cuba, que están en mi
biblioteca. Hay otro exilio de autores que son mis compañeros
de generación, o cercanos a ella, y en algunos casos
mis amigos, con los que mantengo la comunicación normal
(o anormal) que se mantiene con los amigos o conocidos:
les envío mis libros, recibo los de ellos, nos
escribimos, discutimos, nos criticamos o atacamos. En la
última década, en algunos espacios de la cultura
cubana (yo trabajo en una revista, La
Gaceta de Cuba, que ha sido paradigmática en este
sentido), hemos tratado de “normalizar” nuestras
relaciones con la cultura cubana que se hace fuera de la
Isla, y hemos ido publicando sobre todo a aquellos
escritores que se dieron a conocer fuera de Cuba, y que
para nosotros eran desconocidos por completo. Por
supuesto, son autores cubanos, pertenecen a nuestra
literatura, a nuestra cultura, y, más que una
“mediatización”, tengo con ellos una “relación”,
diversa, según los casos, como son todas las
relaciones.
P.
Eres
un perfecto desconocido, y sin embargo acabas de
publicar en Tusquets la novela
El
libro de la realidad. Todo un éxito, y una
apuesta de la Editorial. ¿Qué podemos encontrarnos los
lectores en la misma?
A.A.
Te
confieso que no me gusta intervenir en el juicio de mis
posibles lectores.
El
libro de la realidad es una novela que ocurre en
el ambiente histórico e ideológico de la Cuba de los
60. Sus protagonistas son jóvenes que viven inmersos en
un estado de fe, pero cuyas existencias transcurren
también, como suele ocurrirnos a las personas de carne
y hueso, en la cotidianidad: con las dificultades, con
los trastornos, con las pasiones que habitualmente
ocupan la vida diaria de las criaturas vivas.
P.
¿No
pasa por ser una novela de iniciación,
un concepto muy
recurrido actualmente en literatura?. Iniciación a la
vida, a la realidad que te rodea...
A.A.
La novela de iniciación es un tópico, casi un subgénero
dentro de la novela.
El
libro de la realidad tiene algo de eso, como lo
tienen todas las novelas cuyos protagonistas son jóvenes,
personas que están todavía en edad de aprendizaje (en
edad en que el aprendizaje es más intenso). Pero las
novelas de iniciación suelen contar períodos muy
largos de la vida de sus personajes, mientras que en ésta,
por la naturaleza misma de su argumento, sólo se
cuentan unos meses. La novela de iniciación suele
acercarse a lo biográfico: niñez, adolescencia,
juventud... Aquí es un fragmento, una instante de
intensidad inusual dentro de un conjunto de vidas.
P.
Una novela escrita en la Cuba de Castro sobre la Cuba de
Castro, y desde el interior. ¿Es un acto de valentía, de
justicia...?
A.A.
Es un acto literario, ni más ni menos. Yo te aseguraría
que la inmensa mayoría de la literatura que se ha
escrito en Cuba en los últimos quince años tiene como
referente a la realidad cubana posterior a 1959. Y créeme
que en esas obras hay todo lo humano y lo divino que
suele encontrarse en cualquier literatura.
P.
¿Hasta
que punto es una novela autobiográfica? Y
en caso de
serlo (o no) ¿con qué protagonista te identificarías?
A.A.
No es autobiográfica, aunque sí, como ocurre siempre,
inevitablemente, hay allí contadas muchas experiencias
que son mías. Yo soy un poco menor, en edad, que esos
personajes. Cuando ellos, digamos, vivían esos
episodios, a sus diecisiete o dieciocho años yo tendría
unos doce o trece. Soy, digamos, su hermano menor. De
ellos, me gusta la soledad de Alejandro, su fortaleza,
como también el escepticismo de Rolando. Es decir, me
hubiera gustado ser el hermano menor de cualquiera de
ellos dos.
P.
¿Te
sientes heredero de algún autor en concreto?
A.A.
Uno
suele ser heredero de un conjunto de autores, de
sistemas literarios, más que de un escritor en específico.
Incluso, es heredero de cineastas, de pintores, de músicos:
de un ambiente cultural. Yo me formé en la admiración
a esa gran novelística latinoamericana que se ha
llamado boom, y, en general, me siento parte de una comunidad lingüística
que en la segunda mitad del siglo pasado dio obras
excepcionales. Pero las afinidades literarias se
establecen de otra manera: por ejemplo, Borges me
interesa por encima de todos; prefiero Palinuro
de México antes que La
región más transparente, y me arrodillo ante Gran
sertón, veredas. Y en esa comunidad espiritual
también incluyo el cine de Tomás Gutiérrez Alea, las
canciones de Silvio Rodríguez o de Chico Buarque, la
pintura de René Portocarrero o de Julio Le Parc. Pero
esa comunidad cultural puede ser más amplia: el
descubrimiento de los Beatles por el adolescente que fui
marcó definitivamente mi sensibilidad, como más tarde
a Led Zeppelin o a Joan Manuel Serrat, o el cine de Buñuel,
de Fellini o de Tarkovski. Hablo de obras formativas, y
trato de darte referencias contemporáneas.
P.
Literariamente te has iniciado en el relato corto,
habiendo conseguido algunos premios. ¿En que terreno te
mueves con mas fluidez?
A.A.
No escribo cuentos desde 1994 porque no se me ocurre
ninguna idea que pueda contar en menos de cien páginas.
Debe ser incapacidad, y que la novela te permite
establecer asociaciones, a inventar mundos que a
mí me resultan más cómodos. Suelo estar durante
varios meses preparando, almacenando dentro de mí los
ingredientes de ese universo en el que voy a entrar, y
después que logro conformar sus rasgos primigenios, a
esbozarlo, cada vez me puedo mover mejor dentro de él.
Cuando cada mañana me siento frente a la pantalla no me
la encuentro en blanco: hay cosas que revisar, que
rehacer, que me van llevando hacia lo que está por
escribir. Esa angustia del inicio, de la primera frase,
del ¿valdrá la pena?, en la novela se resuelve de una
sola vez para muchos meses. Es como encontrar un
contrato de trabajo a largo plazo, en un lugar hecho a
tu gusto, a tu medida. Con el cuento es como salir todas
las semanas a buscar empleo.
P.-
A pesar de ser un tema tan atractivo, no es corriente
salvo en los autores cubanos del exterior el recurrir al
periodo histórico revolucionario como argumento
literario. ¿A que crees que es debido?
A.A.
Como te dije antes, sí es frecuente, y más que
frecuente, común. Por ejemplo, todas las novelas de Padura ocurren en los 70 y 80. Lo mismo con las obras de
dos autores que respeto muchísimo, como Reinaldo
Montero y Miguel Mejides. En España se ha publicado
también El pájaro:
pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela, que
ocurre en los 90 cubanos. Lo que ocurre es que circulan
muchos esquemas sobre Cuba, y su literatura se conoce
mal, y se suele comprender a partir de esos
esquemas.
P.
¿Qué estás preparando en estos momentos?
A.A. Estoy
trabajando una novela que se llama
Muerte
de nadie, y que es un proyecto largo, y
complicado. Es una mezcla de tipologías diversas:
novela de aventuras, policial, histórica, del
dictador...
P.
¿Acudirás al Salón del Libro
Hispanoamericano a celebrar en Gijón en Octubre próximo?
A.A. No tengo idea.
P.
¿Podrías recomendarme algunos autores
cubanos desconocidos para el lector español?
A.A. Obviamente, pienso
que te refieres a los que no han sido publicados en España.
Para ordenar un poco cronológicamente, me gustaría que
en España conocieran las novelas de José Soler Puig,
ya fallecido, y con una obra monumental, El
pan dormido. De los más cercanos a mí, ya te
mencioné a dos que me parecen magníficos: Reinaldo
Montero y Miguel Mejides. De ellos recomendaría
Las
afinidades (Montero, ya que su obra principal,
Misiones, alcanza las 1200 cuartillas) y
Perversiones en el Prado (Mejides).
En España han publicado a Padura, a Abilio Estévez
(ambos en Tusquets), a Abel Prieto, a Senel Paz, Eliseo
Alberto. No sé si conocen a Carlos Victoria, que vive
en Miami, y es excelente. De los más jóvenes que
nosotros, a Ronaldo Menéndez, Ena Lucía Portela, Atilio Caballero y Pedro de Jesús, ya dados a
conocer allá (aunque a veces en editoriales menores),
habría que añadir a Waldo Pérez Cino, que vive en
Madrid, y de quien me acabo de leer el manuscrito de una
novela interesantísima,
El
puente sobre el río cual; Alberto Garrido, autor de muy buenos
cuentos reunidos en El muro de las lamentaciones y una novela bellísima,
La
leve gracia de los desnudos. Y ahí detengo la
lista de mis preferencias.