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CUANDO JESÚS DíAZ DESTRUíA EL  MUNDO CAPITALISTA   

Debido a la ausencia de Pedro de la Hoz, quien asistió al Festival Caliente, en Suiza, nuestra muy atendida sección Polvo Rojo se interrumpió durante dos semanas. "¿Cómo no han cumplido ustedes con la novela por entregas? La Jiribilla no se puede dar el lujo de ser informal y esta sección está buenísima", protestó un lector desde Miami. A él y a los demás que se han preocupado por este espacio les decimos que no sólo tenemos ya listos los nuevos números, sino que incluiremos próximamente fragmentos de los guiones de las películas de JD, una joya de "la causalidad oblicua" que nos advertía Lezama. 


Pedro de la Hoz  | La Habana

Ya sabemos cómo Jesús Díaz, a finales de los años 60, se había cimentado una buena fama como narrador y pensador, esta última faceta desarrollada más desde esporádicas apariciones en publicaciones periódicas que mediante la sistematización ensayística.

Contribuía a fomentar esa aureola de pensador, su presencia en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y su permanencia en el equipo editorial de la revista Pensamiento Crítico, publicada por ese departamento entre 1967 y 1971.

En los foros universitarios, J.D. se proclamaba como un ferviente admirador del Marx de los Manuscritos económicos filosóficos, del Engels que contribuyó a la elaboración de La ideología alemana, y del Lenin de Materialismo y empiriocriticismo, los Cuadernos filosóficos y El Estado y la Revolución. A Lenin y sus vínculos con la cultura, dedicó bastante tiempo el joven J.D., consciente, como otros intelectuales cubanos de la época, de que uno de los campos por abonar, con inteligencia, originalidad y desde nuestra perspectiva, era el de la estética.

En la primera entrega de esta retrospectiva de la evolución ideológica de J.D. nos habíamos encontrado con el polemista tremebundo que creía tener en la mano toda la verdad de “una cultura militante”.

De cara a lo que sería su inminente inserción en al ámbito cinematográfico cubano, luego de la suspensión de Pensamiento Crítico (asunto sobre el que habremos de volver en esta serie), J.D. insiste en levantar las banderas de esa “cultura militante” en el número 66-67 de la revista Cine Cubano, publicación que en ese entonces recogía los planteamientos fundamentales del naciente Nuevo Cine Latinoamericano, formulados por figuras como el brasileño Glauber Rocha, el argentino Fernando Birri y el cubano Julio García Espinosa.

En este remake de “Por una cultura militante”, J.D. nos dice:

El centro de la problemática intelectual en Cuba
si de creadores se trata es traducir la crisis del mundo que todavía estamos destruyendo, el parto doloroso del que comenzamos a construir, al lenguaje del arte hallando los medios expresivos adecuados. Traducir la experiencia de la Revolución cubana, vanguardia del mundo subdesarrollado, en términos de vanguardia artística. No podemos entender por vanguardia en este caso la imitación, la copia servil de ningún experimento artístico foráneo; la vanguardia, para serlo, tiene que estar delante de nosotros, no a nuestras espaldas. No puede ser, por tanto, repetición.

Pero tampoco podemos desarrollar esa vanguardia sin conocer, y asimilar críticamente, todo lo que la humanidad ha creado y crea. No es posible, en nombre de un localismo falso, despreciar lo que provenga de Londres, París, Nueva York... o de Moscú, Praga, Berlín.

Nuestro pueblo no ignoró la décima que también provenía de Europa. Lenin en su proyecto de resolución para el Congreso del Proletkult, escribió: “El marxismo ha conquistado su significación histórica-universal como ideología del proletariado revolucionario porque no ha rechazado en modo alguno las más valiosas conquistas de la época burguesa sino, por el contrario, ha asimilado y reelaborado todo lo que hubo de valioso en más de dos mil años del pensamiento y la cultura humanos. Sólo puede ser considerado desarrollo de la cultura verdaderamente proletaria el trabajo ulterior sobre esa base y en esa misma dirección, inspirado por la experiencia práctica del proletariado como lucha final contra toda la explotación. Sustentando firmemente este punto de vista de principio, el Congreso de Proletkult de toda Rusia rechaza con la mayor energía, como inexacta teóricamente y perjudicial en la práctica, toda tentativa por intentar una cultura especial propia...”

He recurrido a una cita tan larga porque expresa de modo insuperable ideas que resulta imprescindible no perder de vista. Claro que no es exactamente el caso, y nuestro pueblo no tienen que inventar una cultura que ha ido creando y sedimentando a lo largo de siglos, pero desligarnos del mundo sería suicida.

“Injertemos en nuestras repúblicas el mundo, pero que el tronco sea de nuestras repúblicas”: creo que esta tesis martiana sintetiza de modo exacto el modo de relacionarnos con Praga, Moscú, Londres... o con París, Berlín, Madrid.

La tarea es, pues, esa: una obra ligada a nuestra Patria, a la problemática de nuestro pueblo, de gran calidad artística, a la altura de los movimientos contemporáneos, a la altura de su tiempo, a la altura de la Revolución.

Este es el J.D., de resonancias épicas, de a fines de los 70.  

  
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