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El
MEJUNJE
Siete años después sigue siendo más que un sitio de encuentro para tolerantes y homosexuales. No es extraño tropezar allí con un trovador de moda, o con un estreno teatral, o con un show de
travestis... El Mejunje -aunque a veces muchos dicen no creerlo- existe desde entonces. Y es fresa, pero de un modo tan desenfadado que deja entreabierta su puerta al chocolate.
Félix López| La
Habana
"La rabia de la intolerancia es el más loco
y peligroso de los vicios, porque nos engaña
con la apariencia de la virtud".
Southey
Martha Abreu dejó de ser para Santa Clara una calle sagrada.
Las mismas esquinas que nacen en una esquina del Parque, conducen por igual a la iglesia y al Mejunje. Entre quienes dejan el centro de la ciudad buscando el paradero de los coches o el ancho portón de la Catedral, se distinguen aquellos transeúntes de ropas entalladas, miradas tímidas y gestos afeminados. Ante los ojos inquisidores de los que esperan el ómnibus o cruzan en sus autos, se detienen ante la pared mural donde se mezclan, en un escándalo de colores, lenguas con fuego, crucifijos, santos y güijes.
A esa casa en ruinas no hay ley que le limite la entrada. Solo una sentencia regula la elección voluntaria de su público: "Nadie, si presume de Dios, toque a mi puerta".
MEA CULPA
Bastaron dos toques.
Flaco, alto, encorvado y decente, Ramón Silverio me invitó a pasar a lo que antes fue una suntuosa casa colonial. Entre los ladrillos desnudos, árboles salidos de los cimientos, epitafios de bohemios poetas, neumáticos de camiones..., y sentado sobre un viejo y solitario sillón -una vez más- contó su historia.
"Ya el Mejunje ha cumplido diez años. Comenzó siendo y es un proyecto cultural. Cuando el Gobierno de la ciudad nos entregó el primer inmueble, tuvimos la intención de dedicar cada noche a "velar" a una personalidad ausente de nuestra cultura; y al finalizar la noche, sacaríamos el ataúd y realizaríamos una peregrinación por el Parque Vidal y sus alrededores... No fue más que una idea, porque algunos burócratas comenzaron a ver fantasmas y terminamos por perder hasta el local.
"Me llevé a toda aquella gente a mi casa, e inventamos una peña. Allí repartía una infusión de hierbas, y alguna de aquellas noches a alguien se le ocurrió bautizarla como "el mejunje de Silverio". El nombre se quedó para siempre. Después de tocar aquí y allá, de persistir ante sordos y funcionarios, apareció la casa de Martha Abreu. Que estuviese en ruinas no nos importó tanto, también tiene sus encantos. Pero estaba llena de escombros y era una suerte de vertedero del barrio. Trabajamos ciegamente para construirnos este paraíso".
-¿Un club "gay"?
-"Sabíamos que si lo proclamábamos como un sitio exclusivo de homosexuales no lograríamos otra cosa que marginarnos más. Durante mucho tiempo este lugar estuvo marcado en toda la ciudad como la cueva de los maricones. Lo cierto es que aquí viene todo el mundo, y siempre hemos tenido a un público mayoritariamente homosexual, asociado a los proyectos culturales. Claro, no todos son personas cultas. Una cosa es la opción cultural y la otra encontrar un sitio que no sea discriminatorio para dos personas de un mismo sexo que constituyan pareja. Esos últimos están cansados de lo rígido y llegan buscando libertad, espontaneidad".
-¿Haber logrado este espacio es como una suerte de reivindicación social...?
-"Para ser justos, no podría comparar lo que está sucediendo hoy en Santa Clara con otros lugares del país. Aunque aún quedan muchas personas soñando con incendiar el Mejunje, en esta ciudad se ha demostrado que puede haber respeto por los homosexuales. Hace unos años, si la policía intervenía en una bronca entre un guapo y un maricón, terminaba por soltar únicamente al primero...".
-¿Y quién es Ramón Silverio?
-"Un actor que hace con su vida lo que le da la gana. Un militante que ha defendido este espacio para sentirse pleno, pero que nunca lo vincularía a la politiquería, el ron o la anticultura. No puedo luchar contra los prejuicios de los hombres, pero en este lugar tienen que quedarse de la puerta hacia fuera. No le niego mi amistad a todo aquel ser humano que sea capaz de comprenderme, de hecho y de corazón".
-Usted habla de un proyecto cultural, ¿arte para homosexuales?
-"El Mejunje es un centro promotor de arte, de buen Arte. No hacemos concesiones al gusto, ni montamos espectáculos para homosexuales. Ya son conocidos en todo el país nuestros Festivales de Teatro. Además de estar asociados al Consejo Provincial de las Artes Escénicas, servimos de sede a proyectos teatrales y cada domingo, en las mañanas, un enjambre de niños revolotea en este patio, felices con las funciones del Guiñol".
-¿Podríamos decir que el Mejunje ha sacado del anonimato a muchos homosexuales...?
-"Ha despertado la autenticidad de muchos. No es un fenómeno fácil. Vivimos en una sociedad que por herencia es machista. Los que se han dado a respetar hoy vienen hasta con sus parejas y todo el mundo los acepta. También hay que reconocer que, aunque a nivel de Estado, no existe una política que discrimine al homosexual, si está presente en la sociedad. Ese es el motivo de tanta doble moral que anda agazapada por ahí, y de que muchos no acaben de asumirse como lo que son".
DE LAS CAMAS Y OTROS DEMONIOS
El Mejunje se entrega a la noche con todos sus precios: blancos, negros, parejas, solitarios, jóvenes y otros no tanto se desdoblan para llegar a la madrugada siendo ellos mismos. Sobre un viejo neumático cabe el enfermo de SIDA, el atónito turista español y el curioso que entró para despejar comentarios y dudas.
Entre buena trova, susurros, tragos y el humo de los cigarrillos, cada cual tiene su propia historia, su primera vez, su cara de ganas reprimidas. Ramón Silverio oficia como una suerte de sacerdote, de guía espiritual al que todos reverencian y respetan. En ese ritual se disipa la madrugada. Antes de que Silverio apague la luz, y despida en la puerta hasta el último noctámbulo, José Pared, uno de los más conocidos concurrentes agrega otro
graffitti a los viejos muros de la casona:
"Las camas son cosa bien sagradas".
EPILOGO
Hace siete años tuve la suerte de tocar a las puertas del Mejunje. Y unos días después publiqué esta historia en un suplemento especial del entonces semanario
Juventud Rebelde. Recuerdo que había viajado a Santa Clara con la primera copia que se conoció allí de la película
Fresa y Chocolate. Un helado que "descongelamos" durante una larga madrugada de Mejunje.
Fue allí donde descubrí la verdadera esencia del proyecto cultural de Silverio, y desde entonces -lo confieso- no me atrevo a pasar por aquella ciudad sin visitarlo. Siete años después sigue siendo más que un sitio de encuentro para tolerantes y homosexuales. No es extraño tropezar allí con un trovador de moda, o con un estreno teatral, o con un show de travestis...
El Mejunje -aunque a veces muchos dicen no creerlo- existe desde entonces. Y es fresa, pero de un modo tan desenfadado que deja entreabierta su puerta al chocolate.
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