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SIEMPRE ES POSIBLE VERLOS
AL PASAR
Siempre es posible verlos al pasar, despojada de nimiedades y asuntos superfluos, escrita en prosa ágil, amena y directa, reinventa la historia de muchas familias criollas de Sur América, con sus luces y sus sombras, dentro de "un tiempo aparentemente inmóvil en el que creyeron vivir y morir sus protagonistas".
Presentación al Premio Casa de Novela del año 2001.
José Luis Díaz-Granados| Colombia
Hace exactamente un año el jurado de novela conformado por Beatriz Maggi, Andrés Rivera, Mayra Santos Febres, Belén Gopegui y quien les habla, otorgó de manera unánime el Premio "Casa de las Américas" 2001 a la obra titulada
Siempre es posible verlos al pasar, del escritor colombiano Carlos Peña Calderón.
En los ires y venires, en las vueltas y revueltas de las lecturas y deliberaciones del jurado, y en la siempre difícilcontroversia, no solo con los compañeros sino con uno mismo, de las obras finalistas, el entusiasmo se apoderó de nosotros de manera singular y defitiva, cuando nos decidimos sin el menos asomo de desacuerdo por la novela de este arquitecto y diseñador gráfico oriundo del Quidío, en el eje cafetero de Colombia, territorio limítrofe del Valle, donde se desarrolla la divertida y a la vez dramática historia que hoy se presenta a los lectores cubanos y latinoamericanos.
La lectura de Siempre es posible verlos al pasar, título endecasílabo muy propio de novelas de ese país de poetas y versificadores irremediables (recordemos , Cuatro años a bordo de mí mismo, El coronel no tiene quien le escriba, Después empezará la madrugada, En noviembre llega el arzobispo, etc.), supone que sus protagonistas son miembros de una saga familiar, los Villafañe, de arcaicas y rígidas tradiciones del occidente colombiano, más exactamente del Valle del Cauca, y de Cali, que recrea de manera especial aquellos años 60 y 70 del siglo que se fue, en los cuales convivan los herederos de ese conservadurismo muy bien arraigado y una joven generación insurrecta, liberada de tabúes y comprometida hasta la médula en el cambio de los malos hábitos de sus dirigentes políticos. Allí, el autor maneja con suma habilidad los elementos temporales y los anecdóticos, alterando planos y situaciones de cada uno de los Villafañe, haciendo gala de la técnica variopinta como el monólogo, el relato lineal o tradicional, el diálogo, el cinematografismo, la grabación radial y la confesión en segunda persona, todo aquello con un respiro cada vez más obstinado al final de cada capítulo: el collage de los avisos del cine pornográfico que Venancio Villafañe colecciona de manera secreta y ordenada.
Su hermano mayor, Alejo, después de frustrados amores tanto platónicos como pasionales, desaliñado y patán al principio, es el reverso de la medalla de su hermano, el consentido de la madre viuda, el impecable, casi afeminado y de buenos modales. En la vejez, mientras Venancio sigue fiel a su colección de cine erótico, Alejo se vuelve un misántropo avaro sin más ilusión que la de llegar a su alcoba cada día a contar los mismos fajos de billetes que colecciona desde hace muchos años.
La hermana menor, Presunta Villafañe, es quien da las primeras señales del camino de la novela, en las que perros feroces la amenazan en frecuentes pesadillas que se repiten a lo largo de su vida, la cual se inicia con una alarmante promiscuidad sexual que preocupa sobremanera a su severa madre, pero la cual termina por entender que todos los actos de su hija obedecen a designios de Dios. En todo caso, Presunta deja de ser la hembra de muchos machos de un día para otro y se convierte en una mística y providencial curandera y adivinadora que termina sus días rodeada de seres contrahechos, repugnantes y marginales.
En medio de los tres hermanos, hay un amigo ligeramente mayor que ellos, llamado Pepe Largo, seductor y vagabundo, que logra enamorar a la vieja tía Eulalia Villafañe.
Aparece de pronto en la vida de los Villafañe, Baltasar Cano, un carismático guerrillero formado en el Brasil de los años 60, que luego de desviar un avión a Cuba regresa a su país donde se hace clandestino, lidera un movimiento cada día más peligroso para el establecimiento y finalmente es capturado, torturado y posteriormente asesinado por las fuerzas estatales. Curiosamente la alegría de esa amistad, inicialmente inocente, luego plena de amor y de pasión, podría sintetizar la lucha de esos vientos contrarios que tradicionalmente se han enfrentado en Colombia: siendo adolescentes en una fiesta juvenil ella porta un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús y él un retrato del legendario general revolucionario liberal Rafael Uribe Uribe.
Al final, los seres, la familia, las casa donde viven y las cosas que los rodean van envejeciendo, paralelamente al deterioro de un árbol de cadmio, que queda sin vida entre un patio de piedras. En ese pequeño gran universo, en un pedacito de Colombia nos revela a veces el desasosiego del hombre contemporáneo; entre sus monólogos y sus diálogos aparecen reflexiones y sencillas gotas de sabiduría. Una simple ventanilla de un bus puede descubrir por primera vez el mundo al hombre que ha estado muchos años inmerso en los libros.
Todo ellos salpicado de detalles imprevistos y deliciosas aventuras, se encuentra en esta historia de Leonardo Peña Calderón, despojada de nimiedades y asuntos superfluos, escrita en prosa ágil, amena y directa, en donde está reinventada la historia de muchas familias criollas de Sur América, con sus luces y sus sombras, dentro de "un tiempo aparentemente inmóvil en el que creyeron vivir y morir sus protagonistas".
Palabras en la presentación de Siempre es posible verlos al
pasar, Premio Casa de las Américas de Novela 2001
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