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MARTÍ
EN MÉXICO
Lisandro Otero | México
Cuando algún amigo estimable viaja a México suelo
llevarlo a conocer la casa donde residió José Martí.
Se encuentra detrás del noble Colegio de San Ildefonso,
en una calle con dos niveles que recuerda mucho lo que
debió haber sido el México del siglo XVII. Actualmente
la mansión está remozada porque la ocupa la delegación
en la capital del estado de Tlaxcala. En el vestíbulo
cuelga una enorme ampliación de la efigie de Martí, la
famosa foto tomada en Jamaica, en vísperas del inicio
de la etapa final de su vida: su expedición a Cuba,
donde murió en combate. Una placa recuerda la
permanencia en aquél recinto de tan insigne huésped.
Alguna vez un portero desinformado me dijo que aquella
mansión perteneció al señor Martí y le rectifiqué:
vivió siempre desamparado y escaso de recursos y no
pudo haberse permitido la propiedad de aquél enorme
inmueble que, en su tiempo, estaba dividido en
apartamentos y en uno de ellos su amigo Manuel Mercado
le ofreció una humilde habitación.
El pasado 28 de enero se cumplieron 149 años del
natalicio de Martí. Animador principal de esa
"guerra necesaria", tal como él la llamara,
su vida estuvo dedicada a la causa de la emancipación
de la Isla del poder colonial de España. Para lograrlo
Martí alentó a los escépticos, organizó la recaudación
financiera, conspiró, envió expediciones, compró
armas. Pero su más compleja tarea fue lograr la unidad
de los fragmentos dispersos en que había quedado la
emigración revolucionaria, después del fracaso del
Zanjón.
Su notable obra literaria comprende la poesía: fue uno
de los creadores e introductores del modernismo en la
literatura hispanoamericana. Abarca también una vasta
producción periodística. Su delicada sensibilidad
patriótica, su ideario democrático, americanista,
antirracista y antimperialista le otorgaron una especial
hondura a su influencia en el pensamiento cubano y
latinoamericano, influencia que se ha incrementado
durante el pasado siglo veinte.
Martí vivió en México en varias ocasiones. Fue
influido por el liberalismo mexicano, en los tiempos del
gobierno de Lerdo de Tejada y la aplicación de las
leyes de la Reforma. Fue México su paradero cuando salió
de España después de su condena a deportación. Allí
conoció a quien sería uno de sus más íntimos amigos,
Manuel Mercado; a él dirigió sus últimas y más
reveladoras letras. Martí escribió en la "Revista
Universal" , observó y escribió sobre la
creciente organización del movimiento obrero y su
expresión en reiteradas huelgas. Llegó incluso a ser
elegido en 1876 delegado al Congreso Obrero de México.
Sobre la estancia de Martí en México existe un
precioso libro del doctor Alfonso Herrera Franyutti, un
médico enamorado de la vida y la obra del poeta y
revolucionario.
En la década que se inicia en 1880, dos años después
de terminada la primera etapa de la guerra, Cuba
comenzaba una recuperación después de aquella larga
contienda y el oriente de la Isla había quedado
devastado por el conflicto, sus ingenios incendiados,
sus campos sin cultivar. Los Estados Unidos se reponían
de sus heridas de la Guerra de Secesión. Existía
inseguridad en las transacciones comerciales, las
propiedades fueron hipotecadas, el estrago de las
bancarrotas se percibía en la vida económica.
La sociedad cubana sufrió intensamente a causa de esta
crisis. Un clima material y espiritual de escepticismo y
desaliento predominaba en los tiempos en que José Martí
organizó la guerra que llevaría a Cuba a su
independencia. Logró reunir los fondos necesarios para
una nueva contienda, convenció a los principales
caudillos militares de su necesidad, se lanzó
personalmente en la conflagración, desembarcó
precariamente en la isla y acudió al campo de batalla.
Martí defendió nuestra identidad americana. Se
lamentaba de aquellos que habiendo nacido en América se
avergonzaban de sus antepasados indios y llevaban
"el letrero de traidor en la casaca de papel".
Definía claramente la necesidad de reafirmar la
autoctonía como una de las fases de la separación del
poder colonial. Debíamos consolidar primero nuestro
propio rostro y proceder después a la separación quirúrgica
de nuestro cordón umbilical. Ese era, para él, el
papel social de la cultura en su tiempo. Refiere Herrera
Franyutti que en la reunión en la que se despedía de
sus amigos mexicanos Martí dijo: "Ustedes tendrán
el placer de ver a Cuba libre, yo no porque debo cumplir
una misión en la cual sucumbiré". Y se despidió
de esta tierra con un verbo emocionado: "¡México
querido, oye el clamor de un hijo tuyo que no nació de
ti!". Nueve meses después cayó ante las balas
enemigas en el campo de batalla.
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