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EL SITIO POR DONDE NO SE PASA 

La gran maravilla mantuana es que, a diferencia de muchos lugares, sus pobladores no tienen la cabeza en la península itálica o en cualquier otra parte del globo. Simplemente la llevan sobre los hombros. Lo real maravilloso -y esto puede ser paradójico- no ha abandonado a estas tierras del final de la isla.


Tomás Santiesteban |
La Habana


 

Quizás tan singular bautizo fue motivado por la majestuosa frondosidad de la selva virgen o por la transparencia de las aguas del río que baña esas tierras. Los gruesos pinos con sus copas asaltando el cielo bien pudieron parecerle, en una mirada melancólica, las altas torres de la Iglesia de Santa Andrea, tal vez de la Iglesia de San Sebastián levantada por el Renacimiento, la gótica torre del reloj, la del palacio de Raggione u otras tantas que durante mucho tiempo, han hecho irregular el horizonte de la vieja ciudad europea. Las tranquilas aguas del río evocaban las prisioneras corrientes del Mincio en la laguna artificial sobre la que se levantó la villa.
Estas no son más que conjeturas. Lo único que hay de cierto es que el poblado de Mantua, situado en la parte más occidental de la isla, " en el fin del mundo" como diría cualquier mantuano, nació de la nostalgia. 
Es sabido que la fundación de la Mantua cubana sucede a partir del naufragio de un velero italiano en la costa norte de Pinar del Río en el siglo XVIII. Los tripulantes del barco, hundido por una artillada nave inglesa que los acusó de corsarios, ganaron tierra por la ensenada de los Lazos y de ahí partieron, con la única riqueza de sus recuerdos, hasta donde se encuentra hoy el poblado pesquero de Arroyo de Mantua de donde siguieron camino a la actual cabecera municipal.
Pero todo esto no es más que un pedazo de pasado que ha sobrevivido a la amnesia irreparable que deja a su paso el correr de los años. Dos siglos después los mantuanos viven al día en medio de una realidad que nada tiene que ver con las añoranzas. El último pueblo de Cuba vive un presente singular. En el país, Mantua es el único sitio que, como dijo alguien alguna vez allá a inicios de los noventa, ha sido bloqueado tres veces: "Por los yanquis, los rusos y la distancia". Sin embargo, a diferencia de sus predecesores, los pobladores de hoy saben perfectamente dónde tienen los pies y la cabeza.

LA TIERRA DEL FUEGO

Una leyenda aborigen denominó a Mantua como la tierra del fuego. Según cuenta el mito, Maren, la hermosa hija del cacique de la tribu que entonces poblaba esos parajes, condenó a un temible pirata que solía anclar su barco por la zona, a los más terribles dolores de amor que filibustero alguno haya conocido. La beldad morena nunca hizo caso a los más exquisitos halagos del caballero frustrado del pirata y a este, tan acostumbrado a ello por razones profesionales, no le quedó más remedio que emplear la fuerza. Si la hermosa Maren no sustituía, convirtiéndose en su esposa, a la reina del burdel que el bandido tenía tatuada en el brazo, la tribu perecería bajo las llamas. 
De hecho -asegura la leyenda-, así sucedió. Luego de un largo y cruento combate contra los indios que no estaban muy dispuestos a entregar así como así a aquella Elena de Troya pinareña, la tribu fue vencida. En la lucha, no se sabe si por suicidio, también pereció la bella Maren y se dice, que antes de morir, la india maldijo aquella zona: " pueblo que se levante en estas tierras, pueblo que se quemará".
Los que daban fe a esta historia allá por los años cincuenta, afirmaban que el pueblo desde entonces se había quemado dieciocho veces.
Pero esta cifra es también parte de la leyenda. Mantua pereció entre las llamas tres veces. Dos ante la invasión mambisa comandada por Maceo y una al finalizar la misma. Y desde entonces, a pesar de la maldición de la india, el poblado no ha hecho otra cosa que crecer.

 

CUARENTA Y MÁS AÑOS DE SOLEDAD
En una reunión ya algo lejana en el tiempo se llegó a la conclusión de que Mantua tenía, con respecto a los principales municipios de Pinar del Río, cuarenta y más años de retraso. Durante muchos años esta ha sido la principal preocupación de los mantuanos y el período especial parece haberle encontrado una salida.
Los mantuanos ahora se notan orgullosos de las cosas que son capaces de hacer por sí mismos. Por eso el visitante que llega en son periodístico al "pueblo por donde no se pasa", le espera un amplio programa de visitas a diferentes lugares..
A las industrias locales, la fábrica de conserva y vinos o, por supuesto, a una vega de tabaco. Incluso y con razón los mantuanos se vanaglorian hasta de las flores, las mismas con que seguramente, según Miró Argenter, las mujeres del poblado salieron a darle la bienvenida al General Antonio Maceo. El gladiolo, las dalias, las margaritas del Japón, el clavelito chino ya no llegan de La Habana. Y según se dice los hombres de manos encallecidas y piel quemada por el sol las entregan a sus compañeras contrariamente a lo que pudiera pensarse, sin el menor pudor machista.
Mantua no es hoy ni mucho menos el paraíso encantado del desarrollo, pero tampoco es de esos pueblos olvidados de tierra adentro donde la gente crece con cola de puerco u otras extravagantes deformaciones. Es simplemente una comunidad que vive de acuerdo con sus posibilidades. Ni más ni menos. La gran maravilla mantuana es que, a diferencia de muchos lugares, sus pobladores no tienen la cabeza en la península itálica o en cualquier otra parte del globo. Simplemente la llevan sobre los hombros. Lo real maravilloso -y esto puede ser paradójico- no ha abandonado a estas tierras del final de la isla.

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