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Extramuros
La Habana también seduce con las mejores armas: su humedad, sus curvas y relieves, su calor, y una nostalgia barroca y contagiosa que nos destierra de todo referente.
Tupac Pinilla|
La
Habana
La primera vez que estuve en Sevilla, hace algunos años,
un grupo de amigos, entonces nuevos y hoy eternos, me
llevaron por la ruta típica e imprescindible del
turista. En uno de aquellos maravillosos paseos le tocó
su turno a La Giralda. Su cima no era himaláyicamente
nevada ni invitaba a izar bandera alguna, sin embargo,
desde ella podía organizarse la avalancha sensorial de
los itinerarios taquistoscópicos de los días anteriores
y asimilar de una manera más consciente los siguientes.
Tras treintitantas rampas trepé a un cielo mudéjar, y
allí, en una nube, estaba escrita la historia del
ascenso del Califa. Debo aclarar que no recuerdo si la
placa honraba el esfuerzo del Caballo o simplemente
narraba su muerte opacada por la gloria del Califa (de
lo que sí no hablaba era del consecuente descenso
peatonal), pero en medio del sudor feliz de mi padre y
mis amigos, del placer de la altura y del alucinante
(delirante) paisaje, desde mi silla de ruedas (no lo
aclaré antes porque no era necesario) le rendí un minuto
de silencio a la grandeza del Caballo y confieso, me
sentí Califa.
Regresemos a La Habana, mi ambiente natural, una ciudad
femenina, una amante difícil e irrenunciable, una mujer
fatal. La Habana fija su sexo y su soberanía
incorporando un artículo inequívoco a su nombre, un La
en mayúscula que se trastoca en nota musical. La Habana
también seduce con las mejores armas: su humedad, sus
curvas y relieves, su calor, y una nostalgia barroca y
contagiosa que nos destierra de todo referente, mientras
traza su estrategia de araña ineludible, invencible… La
Habana, como mujer que se respeta y nos ama, impone sus
límites desde una Giraldilla (el nombre no es casual)
erguida y sensual que nos incita y excita con sus muslos
apretados y su cetro matriarcal. Ahí están, además, la
barrera coralina y una muralla virtual que aún se cierra
de un puntual y fálico cañonazo nocturno.
Ahora bien, una cosa son los límites, las fronteras
necesarias, y otra bien distinta las exclusiones, los
desaires, los rechazos. Son estos últimos los que no
puede entender ningún amante enfebrecido, y hasta La
Habana y su ternura de cuando en cuando nos sacuden con
uno de esos arranques de soberbia: Siempre me hieren la
mirada habanera por encima del hombro de sus puntales
infinitos que multiplican sus balcones, el
estremecimiento al acariciar sus pasajes más antiguos e
históricos, la labilidad de sus portales, las tortuosas
escaleras de sus orgasmos múltiples, la estrechez de sus
entradas, pero aún esos dolores forman parte del goce
que implica la conquista, el dejarse el cuerpo en el
intento.
Pero hay también en Mi Habana desplantes intolerantes,
intolerables… La censura de las puertas principales en
sus tiempos de deseos contranatura, la aridez y
discontinuidad de sus aceras y accesos, la mucha arena
intransitable de sus playas, y una circulación imposible
aún a los mejores caminantes, nos niegan el deseo y
hasta el derecho al castigo tras el deseo. En su
colección de sadismos contra pretendientes discapaces
hay dos negaciones que realmente me desbordan: la
expulsión del paraíso de sus azoteas tras el pecado
original de la pasión por las alturas, y el Malecón
ambivalente que me ciega el mar al tiempo que se me
ofrece impracticable como lecho de tantos y tantas
veces. Todas estas vedas son vulnerables, burlables,
violables, si el amante se obstina y cabalga sobre el
Caballo del Califa, pues es Mi (La) Habana una ciudad
definitiva para el sexo en grupo.
Nota: “NEW BRUNSWICK, Estados Unidos – La compañía
Johnson & Johnson acaba de lanzar al mercado una
novedosa silla de ruedas que sube escaleras, permite
atravesar todo tipo de terrenos y eleva a los usuarios a
una altura normal mientras se desplazan. La silla,
llamada Independence 3000 IBOT Transporter, cuesta entre
20.000 y 25.000 dólares…”
Sólo hay un obstáculo infranqueable a este modelo: la
pobreza; pero los ingeniosos técnicos ya adelantan
posibles soluciones.
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