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LA
ARQUITECTURA
DE LA INTERVENCIÓN (1898–1902)
La norteamericanización de la vida republicana que afectó diversos órdenes,
no excluyó la arquitectura ni el urbanismo, a pesar del corto tiempo del período interventor.
Carlos Venegas Fornias|
La
Habana
Al iniciarse la Guerra de Independencia de Cuba contra
España en 1895, José Martí planteaba, poco antes de su
muerte, crear una barrera a la expansión norteamericana
en América con la transformación de la Isla de una débil
colonia española en una república latinoamericana
independiente. El curso de los acontecimientos desatados
por la guerra y por la entrada de Estados Unidos en
ella, dio un giro total a este propósito. Firmada la paz
en 1898, surgió la incertidumbre sobre la duración de la
ocupación de Cuba por el ejército norteamericano, pero
durante el siguiente año la temporalidad de esta quedó
bastante bien esclarecida(1) y también el
propósito de ensayar una política diferente a la de
otras islas anexadas,(2) estableciendo una
estructura política republicana, con soberanía limitada,
y creando medios efectivos de penetración económica.(3)
La ocupación evitaba el riesgo de una sublevación como
la de Filipinas y las contradicciones de la anexión de
un país cuya independencia había defendido
acaloradamente la prensa y la opinión pública
norteamericana, como justificación de la participación
de Estados Unidos en la guerra, y el propio Congreso con
la aprobación de la Resolución Conjunta de abril de
1898.
La presencia norteamericana en Cuba adquirió desde
entonces una misión civilizadora, acorde con los
contenidos de una ideología imperialista basada en la
superioridad anglosajona para dictar normas de gobierno
a otras naciones,(4) promoviendo valores y
nuevas conductas e instituciones, que propiciaran una
estabilidad social y una posible anexión voluntaria en
el futuro.
En 1902, el gobernador militar de Estados Unidos
abandonaba la Isla después de haber cumplido lo que
consideraba su misión: “edificar una república
anglosajona en un país latino, donde aproximadamente el
70% de la población era analfabeta [...], en resumen,
establecer en poco más de tres años en una colonia
militar latina, una república calcada exactamente de
nuestra gran república”.(5) Este proceso
civilizador estuvo encaminado básicamente hacia el
desarrollo de programas educativos y de higiene pública,
no tanto económicos.(6) En cierto modo se
manifestó como una norteamericanización de la vida que
afectó diversos órdenes, sin excluir la arquitectura y
el urbanismo, a pesar del corto tiempo del período
interventor.
Cuba era un país relativamente urbanizado con altos
índices en este sentido. Había 96 ciudades, villas y
pueblos de más de mil habitantes y 16 con más de ocho
mil, y 28,5% de la población vivía en ciudades de más de
veinte mil habitantes; uno de los más altos porcentajes
de América Latina, similar a Argentina y Uruguay.(7)
Apenas hubo poblaciones importantes destruidas durante
la guerra, pero sí un buen número de caseríos rurales y
algunos pequeños pueblos, computados en 282, la mayoría,
del centro y el occidente de la Isla.(8)
Existía, por tanto, una tradición constructiva
materializada en una arquitectura sólidamente edificada
en las ciudades y un nivel de desarrollo profesional en
este campo. A lo largo del siglo XIX esta tradición se
había enriquecido. En La Habana existía un grupo de
maestros de obras con formación profesional, que habían
logrado organizarse como corporación y publicar
irregularmente una revista.(9) Un grupo de
ellos había obtenido el título de arquitecto en España.
El temprano establecimiento del ferrocarril, atrajo la
presencia de ingenieros civiles, la mayoría cubanos
formados en Norteamérica. De hecho, las aspiraciones por
actualizar el panorama constructivo introduciendo
cambios renovadores estaban latentes, pero el Gobierno
español era incapaz de promoverlas.
Los períodos de auge en obras urbanas y arquitectónicas
había quedado atrás, y entre los años que separaban las
dos guerras de independencia, muchos proyectos se habían
quedado detenidos.(10) La iniciativa privada
había suplido en parte esta inercia de la
administración. El Partido Autonomista rescató en su
programa el concepto muy ligado al reformismo español y
al cubano. Al instaurarse esta tendencia en el poder en
los primeros meses del gobierno autonómico de 1898, en
la nueva estructura por secretarías se incluyó una de
Obras Públicas, y se trató de acometer un vasto plan de
obras que proporcionara trabajo y alimentos a la
población rural reconcentrada en las ciudades, y
contrarrestar así a las acusaciones del Congreso
norteamericano que suponía la existencia de unas
doscientas mil personas expuestas a perecer por hambre.(11)
Los últimos años del Gobierno español en Cuba estuvieron
identificados con el esfuerzo por renovar las defensas y
con el abandono de los servicios sociales de higiene e
instrucción. La fortificación de las ciudades desempeñó
un gran papel en las estrategias de la guerra. Las
poblaciones permanecían en manos del ejército español,
mientras las tropas cubanas dominaban el campo.
La identificación del poder español con la
militarización, la corrupción, la insalubridad y el
analfabetismo, se encontraba entre los presupuestos de
la pacificación civilizadora de Cuba, y permitió manejar
oposiciones como: poder militar contra democracia;
atraso hispano contra modernidad y confort americano;
carencia de virtudes civiles contra saneamiento e
instrucción de la población... y otros contenidos que
los cubanos habían hecho suyos y secundaron con
entusiasmo.(12)
Esta fue una de las premisas del
éxito de los programas de la intervención, apoyados en
las experiencias de un grupo socialmente preparado para
llevarlos a cabo, y que permitió mantener en dos años y
medio, con las propias rentas del país, escuelas,
asilos, hospitales, obras públicas con servicios de
sanidad, faros... y devolver a Estados Unidos los fondos
gastados para el saneamiento de La Habana.(13)
La renovación de la arquitectura corría pareja con los
propósitos modernizadores e higiénicos. En este sentido
existía una fuerte tendencia contra la organización de
la edificación tradicional. Desde 1887, Erastus Wilson,
ingeniero y médico norteamericano, había publicado en
El País, periódico autonomista, una serie de
artículos sobre higiene urbana, que reeditaría y
ampliaría en 1899 y en 1901, en ocasión del Tercer
Congreso Médico Pan–Americano celebrado en La Habana.
Wilson consideraba negativo el saldo de la tradición y
el conservadurismo en la construcción de la ciudad:
Tan verdad es esto en el asunto de la construcción de
domicilios, que aquellos de nosotros que hemos visitado
las ruinas de Pompeya y Herculano, sabemos que en el
plano de construcción de domicilios La Habana no difiere
mucho de las construcciones de aquellas ciudades
fabricadas más de dos mil años ha, con respecto al plano
general y sus detalles, incluso cocinas, letrinas, etc.,
y sus emplazamientos relativos. [...] Cuba ya ha roto
las cadenas que por tantos siglos la han sujetado a las
costumbres de la vida antigua y sus intereses materiales
todos la convidan a despertarse a una vida más moderna y
progresiva.(14)
El aspecto latino y mediterráneo conservado por las
casas habaneras se extendía a toda la ciudad. Con cierta
mezcla de orgullo y curiosidad los norteamericanos
observaron la imagen de las ciudades ocupadas en
monumentos en que el pasado y la antigüedad alimentaban
el recuerdo de viejos imperios. José Buscaglia ha
analizado estos comportamientos ante la arquitectura y
el ambiente urbano a través de las crónicas de viajeros
y reporteros norteamericanos acompañadas de fotos de las
ciudades antillanas y filipinas:
Así pues White relata como las calles de La Habana le
parecieron más antiguas que los cuatrocientos años que
en realidad tenían: “sin tener que hacer mucho esfuerzo,
uno se podría imaginar que estaba en una de las grandes
urbes del mundo antiguo”. (White, Pictorial History
of our War with Spain for Cuban Freedom, 136) […]
con la adquisición de aquella Habana neoclásica, por
primera vez tenía derecho a reclamar algún parentesco
tangible con el mundo mitológico romano. Esta es una
imagen directa e inmediata que ilustra lo que ya sabemos
fue el resultado de la guerra para el país entero en
cuanto aquella victoria consiguió referir a los Estados
Unidos a la exclusiva categoría de los imperios.(15)
Otra apreciación sobre la arquitectura habanera la
encontramos en las notas del coronel G. Warring,
publicadas posmorten.(16) Para Warring la
herencia hispanoárabe era determinante, lo que unía la
estirpe de la ciudad antillana a otras del mundo
oriental y antiguo.
Bajo estas tendencias y actitudes se integra todo un
conjunto de acciones arquitectónicas y urbanas hasta el
fin del período interventor. Encaminar estas acciones
con rapidez y éxito en poco tiempo, resultó
impresionante como lección ejemplar frente a la lenta
gestión de los gobernantes españoles.
Un conocido intelectual autonomista reconocía que los
norteamericanos habían enseñado “cómo pasar de las
teorías al hecho práctico de remodelar la ciudad”.(17)
Las obras públicas
La reorganización de los municipios precedió los
primeros planes; se eliminaron 43 de creación reciente
con escasos recursos económicos. El municipio colonial
controlaba los servicios educativos, de sanidad,
reparación de calles, etc., con un sistema propio de
rentas. La situación del país después de la guerra
justificó eliminar o aligerar esas contribuciones
locales y el Estado interventor asumió los gastos con
las rentas de la Aduana. Esta medida, continuada durante
la República, debilitó la vida municipal e hizo a los
ayuntamientos muy dependientes del poder central.(18)
Los municipios llevaron una vida parasitaria mientras
las obras públicas corrían por cuenta del Estado.
La reparación de los caminos y los faros constituyó el
gasto primordial dentro del presupuesto de 1899 y luego
se mantuvo en los años siguientes pero muy por debajo de
lo asignado a la educación y la salud e higiene pública.
La red vial de la Isla permitía movilizar la riqueza
agrícola interior, y los faros facilitaban la
navegación; eran por lo mismo objetivos de estrategia
económica y política en caso de guerras. Del mismo
carácter fue la construcción del ferrocarril central,
obra postergada por los españoles desde mediados del
siglo XIX. Iniciada en 1900, fue concluida en tiempo
récord en 1903 bajo la conducción del norteamericano
William Van Horne, constructor del Canadian Pacific
Railway.
Las obras viales urbanas estuvieron muy unidas al plan
de saneamiento de las ciudades y a la reparación o
construcción de acueductos. Ciudades como Matanzas,
Cienfuegos, Camagüey y Santiago de Cuba repararon sus
calles. Guantánamo y Cienfuegos, previstas como
estaciones navales y carboneras en la ruta del istmo
panameño, tuvieron atención adicional en sus acueductos.
En Santiago y La Habana el mejoramiento de las calles
con nuevos sistemas de pavimentación estuvo acompañado
de la construcción de cloacas. Particularmente en La
Habana, la pavimentación y los desagües tuvieron una
importancia de primer orden, porque el tránsito requería
de estudios especiales, tanto por su intensidad en
ciertas direcciones –lo que obligaba a emplear
diferentes tipos de pavimento (adoquines, asfalto,
macadam)–,(19) como por la concesión a una
empresa formada por capitanes de Canadá, Francia y
Estados Unidos para construir tranvías eléctricos.
El tranvía se inauguró en 1901, en solo ocho meses, y
contribuyó al saneamiento de las calles al eliminar los
caballos y el estiércol. El movimiento de pasajeros se
sextuplicó con respecto al del antiguo ferrocarril
urbano con unos sesenta mil pasajeros diariamente. A su
vez, quedó instalada una nueva edificación para la
planta generadora de electricidad y una estación
terminal en El Vedado, barrio cuyo fomento se
incrementaba.(20)
Entre las obras viales ejecutadas en La Habana ninguna
tuvo mayor popularidad que el nuevo malecón o Avenida
del Golfo. El frente marítimo de la ciudad era propiedad
del Estado, según la legislación española, y solo podía
ser ocupado provisionalmente con excepción de las obras
defensivas, como la muralla, y los fuertes costeros.
Además de este carácter esencialmente militar, era un
lugar descuidado donde se acumulaba basura y se
levantaban casetas para baños de mar. El espacio de
costa entre el Castillo de la Punta y la Batería de la
Reina, había sido objeto de atención en el siglo XIX
para trazar un paseo marítimo que mejorara la imagen o
perfil de este acceso fundamental a la ciudad, pero sin
resultados.(21) En este caso, la higiene y el
ornato reclamaron la atención de los ingenieros y se
neutralizó el contenido militar de los fuertes con un
paseo público volcado sobre el mar. Esta misma intención
neutralizadora se extendió a los restos de la muralla
aún existentes en parcelas pertenecientes al Estado que
databan de la urbanización de los terrenos del ring
en 1863, las cuales fueron niveladas y sembradas de
césped. El legado hispano se transformaba en ruina
poética, y se sumergía en el ambiente cotidiano de los
parques y paseos.
El malecón se inició en 1900, primero uniendo el Prado
con la Punta, como una extensión de este paseo, luego,
en 1901, se prolongó hacia el Oeste. La extensión del
malecón por el borde de la bahía hasta llegar a la Plaza
de Armas estuvo planeada, pero se abandonó la idea.(22)
En realidad, la Avenida del Golfo, como se llamó, fue
una tarea legada a la República, que cada gobierno fue
aumentando progresivamente. La avenida, ya concluido su
primer tramo, servía de pista de prueba a los primeros
automóviles, que junto con los tranvías dieron un
aspecto moderno a la capital.(23) Tanto los
ingenieros militares norteamericanos, adscritos al
ejército de ocupación, como los ingenieros militares
norteamericanos, adscritos al ejército de ocupación,
como los ingenieros y arquitectos de la Secretaría de
Obras Públicas, acometieron todas las tareas de estos
años. La Secretaría estaba en manos de cubanos y, en
conjunto, el costo de todos los trabajos realizados o
solo proyectados y estudiados ascendió desde 1899 hasta
el término de la intervención, a más de cuatro millones
de pesos.(24) La creación de un sistema de
escuelas ocupó dentro de estos gastos un lugar
primordial.
Arquitectura escolar
Tal vez en ningún otra reforma de la intervención se
confiaron mayores perspectivas que en la educativa. Por
medio de la educación se transmitían nuevas conductas y
valores. Para los interventores, era un camino de
anexión abierto al futuro y para los cubanos partidarios
de la independencia, medio de preparar a la población
para la vida moderna y sus exigencias. Para todos era
imprescindible desarrollar nuevos métodos pedagógicos y
una enseñanza práctica, basada en la ciencia y la
técnica. El abandono del autoritario sistema de gobierno
colonial tenía su contrapartida en una enseñanza que
formara hombres para vivir en democracia. Pero todo esto
también significa un reto para resistir la penetración
cultural. El secretario de Educación, Enrique José
Varona, promotor de la reforma de la enseñanza
secundaria, lo advertía: “De la vitalidad con que
resistamos y nos adaptemos a las nuevas circunstancias
políticas, dependerá que subsista en condiciones de
progreso la población cubana. Tenemos que vivir de otro
modo, si queremos vivir, y por ello necesitamos aprender
de otro modo.”(25)
Para orientar las reformas, llegó a Cuba como
superintendente el pedagogo Alexis Frey y fue auxiliado
por cubanos. Los cambios fueron intensos pues el número
de aulas pasó de 312, al terminar la colonia, a 3628, al
concluir la intervención. En 1901 había 40 aulas
terminadas, 102 en construcción y 201 proyectadas. Un
crecimiento tan rápido de la población escolar, de 34597
alumnos a 172273 requería de disponer de escuelas y
equipos. En este sentido, se utilizó la capacidad
construida de los cuarteles españoles para ser
transformada en aulas, con un evidente significado
social: al convertir los cuarteles en escuelas, se
pasaba de sitios de represión a sitios de preparación
para el ejercicio de la libertad, sin grandes gastos.(26)
Una asimilación de este procedimiento se llevó a cabo
con la instalación de la Biblioteca Nacional en el
Castillo de la Fuerza, a iniciativa de un líder cubano
de la emigración, Gonzalo de Quesada.
La escuela y la cultura ganaban así espacios
privilegiados. En la capital, la Universidad fue
trasladada al Cuartel de Artillería, la antigua loma de
la Pirotecnia, asegurando el sitio de su futuro
campus. El viejo edificio del Hospital Militar de
San Ambrosio, en medio de un barrio pobre, se transformó
en Escuela Modelo, y se ensayó en ella la llamada Ciudad
Escolar para despertar en los niños ideas de solidaridad
y conductas cívicas.(27) El autor de este
sistema de educación fue invitado a Cuba por el
Gobernador en 1900 para organizarlo aquí; el sistema
llegó a funcionar en medio centenar de escuelas.
La construcción de escuelas primarias nuevas se realizó
por los ingenieros norteamericanos siguiendo modelos
típicos diseñados en sus oficinas, muy cercanos al plan
de edificio escolar norteamericano, pero con sus
variantes climatizadas, como los corredores abiertos y
muchas ventanas. Hubo dos alternativas técnicas que
introdujeron nuevos modos de construir en este campo:
una de ellas se basaba en estructuras sólidas de
hormigón, como la de Santiago de Cuba, a un costo de 60
mil pesos, y la de Guanajay, de bloques de cemento
imitando piedra;(28) la otra era el tipo de
estructura tradicional norteamericana de madera,
balloon frame, aplicado en aulas más chicas como las
de pueblos de campo o rurales.(29) También hubo
escuelas hechas con materiales precarios, como el guano,
para la cobija.
La escuela pública de la intervención introdujo un nuevo
tipo de maestro. Se habilitaron centenares de maestros
primarios; en 1901 había 3533; entre todos, 118 eran de
color y 2102, mujeres. La imagen del maestro colonial,
hombre y autoritario, cedió el puesto a la de la mujer
de trato más suave, ideal para sustituir a las madres en
la educación primaria. Muchas mujeres fueron escogidas
entre familias educadas que habían participado en la
guerra contra España y así recibieron una compensación.
Estas mujeres causaron un efecto social liberador y
moderno. Pasaron cursos de verano alternando junto con
los hombres, algunos en la Universidad de Harvard,
adonde se llevaron 1456 maestros en transportes de
guerra.(30) En las poblaciones de Cuba las
maestras fueron portadoras de una nueva conducta de
superación cultural y trato social.
La reforma de la enseñanza superior tuvo efectos muy
directos sobre la arquitectura y las construcciones. Se
eliminó la Escuela Profesional de Maestros de Obras y
estos quedaron incorporados a la Universidad. En cambio,
la calificación de los constructores se especializó aún
más con la apertura de la Escuela de Ingenieros,
Electricistas y Arquitectos, en 1902, dentro de la
reforma universitaria. La escuela respondía a un ideal
positivista de Varona, encargado del plan de estudios,
que desterraba el pasado escolástico con la supresión de
la enseñanza retórica y libresca, y con nueva
orientación cientificista.
“Nos sobran médicos y abogados –decía el secretario de
Educación–, nos faltan agrónomos, ingenieros,
electricistas, los directores de las conquistas de las
fuerzas naturales.”(31)
El ingeniero era el modelo de las aspiraciones, el que
podía asumir tareas constructivas de amplio radio sin
desconocer ciertos contenidos artísticos.(32)
El interés se centraba en desarrollar nuevas técnicas
constructivas como el hormigón armado que, si no del
todo desconocidas, se habían aplicado en Cuba
excepcionalmente. La Universidad abrió nuevos talleres
donde inició el estudio de resistencia de los materiales
y la experimentación.
La Escuela de Artes y Oficios fue habilitada en ese
mismo sentido con parte de las reformas. Se le construyó
un nuevo edificio, una de las más destacadas obras del
gobierno interventor, a un costo de casi 300 mil pesos,
terminado en 1902. se montó con modernos talleres que
asimilaban los adelantos implantados en Estados Unidos e
Inglaterra, con la finalidad de llenar el lugar de la
desaparecida escuela profesional, calificando a los
artesanos en los oficios de la construcción. El propio
edificio, su construcción, fue convertido de un
adiestramiento de estos. Fue dirigido y diseñado por el
ingeniero José Ramón Villalón, secretario de Obras
Públicas, graduado en la Universidad de Lehigh en 1887,
después de terminar estudios en Barcelona. Se
consideraba un modelo innovador dentro de la ciudad,
ejemplo de arquitectura moderna en un país nuevo.(33)
Otra obra dirigida con el mismo espíritu ejemplar y
proyectada por el propio Villalón, fue el edificio de la
Academia de Ciencias, institución excepcional fundada
por el gobierno colonial, y reactivada por el gobierno
interventor dentro de sus objetivos de promoción de la
educación y la higiene pública. Los trabajos de cielos
rasos, revoques e instalación eléctrica fueron
contratados a la empresa James B. Clow and Sons.
En estas obras diseñadas en el seno de la secretaría de
Obras Públicas, dominado por personal cubano, se
adoptaba un estilo culto, historicista, muy acorde con
la dignidad institucional de los edificios, y alejado de
la tipicidad norteamericana de los modelos de escuelas
primarias: el edificio de Artes y Oficios, en estilo
renacimiento francés, con una funcional ausencia de
decoración en los laboratorios; y el de la Academia, en
estilo renacimiento español.(34) Con ellas, el
historicismo entraba en una fase de pleno desarrollo
dentro de la arquitectura cubana.
Dentro de esta misma línea de obras arquitectónicas
destacadas por un papel especialmente simbólico o
expresivo, no debe dejarse sin analizar una edificación
construida fuera del país pero con fines de
representarlo: el pabellón cubano de la exposición de
Búfalo, en 1901. Aunque el diseño estuvo a cargo del
arquitecto Mr. James Ackerman, del gobierno interventor,
la obra fue supervisada por el ingeniero Villalón.
Resultaba en este sentido muy reveladora la forma o
estilo que debía escogerse para representar a Cuba, y la
decisión se inclinaba hacia una versión de la
arquitectura colonial destacando algunos rasgos propios
del país, como los arcos barrocos, inspirados en los del
Palacio del Segundo Cabo; un sobrio exterior de columnas
clásicas, como los de las calzadas habaneras; y una
cúpula de tejas sobre la cual se levantaba la
Giraldilla, emblema de La Habana. Este fue el primer
intento de recrear un estilo neocolonial en la Isla, en
momentos en que la tradición se rechazaba como un
contenido propio de la dominación española.(35)
Fuera de estas obras generadas directamente desde la
propia actividad del gobierno, la influencia
norteamericana siguió el camino de las iniciativas
espontáneas de las inversiones privadas. Tal vez el
efecto más poderoso tuvo lugar de modo muy incipiente,
pero significativo por su trascendencia posterior,
dentro de las primeras colonias agrícolas o centrales.
Los primeros centrales
La inmigración norteamericana fue muy pobre y limitada a
ciertos enclaves agrícolas muy modestos. El gobierno
interventor siguió una política inmigratoria que al cabo
favoreció la emigración europea, que en el caso de Cuba
quería decir española, debido a las posibilidades ya
desarrolladas para asimilarla.(36)
Paradójicamente, después de 1898 se reprodujo una
llegada masiva de inmigrantes que se ha calculado en 70
mil dentro de los años de la ocupación; la mayoría de
estos eran españoles.
Entre las áreas pioneras del crecimiento agrícola de
estos años y de las inversiones extranjeras, estaban el
norte de la provincia de Oriente, con campos afectados
por la guerra y facilidades para adquirir terrenos. Allí
aparecieron los primeros centrales modernos, de creación
norteamericana, concebidos como un enclave aislado del
país, con sus propias tierras y embarcaderos.
La United Fruit Company, recién establecida, compró
tierras en Banes, junto a Nipe, la bahía más grande de
las Antillas. El caserío devastado por la guerra,
resurgió bajo la acción de la compañía como un apéndice
de las plantaciones de plátano y a 11 km del central
azucarero Boston abierto por ella en 1901. Banes era en
1902 una población de 1000 casas nuevas, de fabricación
americana, con electricidad.(37)
Los modelos de vivienda implantados por la United se
inscribían dentro de un estilo común a otros
establecimientos de la empresa bananera, influidos por
los estilos de construcción de las empresas inglesas en
Jamaica y Barbados.(38)
En general, en los centrales y colonias se implantó un
modo de construir casas de madera adoptado en
Norteamérica durante la conquista del Oeste, originadas
para construir rápidamente y barato. En Cuba no eran
desconocidas estas estructuras. Desde principios del
siglo XIX en La Habana se emplearon para ocupar
subrepticiamente, del día a la noche, los terrenos del
Campo de Marte, y luego fueron usadas en varias
ocasiones como alternativas provisionales de
construcción barata. Al extenderse desde los centrales
el auge de las casas de madera, también aparecieron en
pequeñas poblaciones, con detalles ornamentales propios,
y se llegó a diseños creativos o más originales, donde
convergían las soluciones de la tradición criolla con el
nuevo estilo norteamericano.(39)
Otro enclave temprano de las inversiones azucareras
norteamericanas, fue el central Chaparra que realizó su
primera zafra en 1902, construido bajo la dirección del
ingeniero Mario García Menocal. Como el Boston, este
central organizó sus espacios con relativa independencia
y autonomía; tenía un puerto propio, iglesias, clubes,
teatro, hotel, restaurante, cafés y tiendas mixtas. Los
centrales fueron núcleos que reproducían con más
exactitud un ambiente propio de costumbres
norteamericanas. Las iglesias protestantes, sus
escuelas, los juegos de béisbol, tuvieron rápidos
efectos difusores entre la población rural. La
planificación de sus espacios urbanos dedicaba una
atención especial a las áreas verdes como elementos de
segregación y separación de las actividades sociales,
una experiencia, en cambio, muy poco asimilada por las
poblaciones cubanas más cercanas.
El impacto de este tipo de arquitectura norteamericana
fue menos sensible en las ciudades. Las construcciones
cubanas aspiraban a una permanencia y solidez en las
técnicas, en cambio, la casa de madera se asociaba con
la precariedad y lo provisional. En el nivel del tejido
urbano de las ciudades las influencias se manifestaron
con mayor complejidad.
La vivienda: higiene y modernidad
El saneamiento de la ciudad dependía en gran parte de
las condiciones higiénicas de la vivienda y hacia ese
aspecto de la vida doméstica dirigió sus primeros pasos
la administración norteamericana. En 1899 el mayor Davis,
al frente de un equipo de 120 médicos, visitó las casas
de la capital y dejó recomendaciones sobre el uso de
desagües y otras conveniencias. Solo 10% de las casas de
La Habana y Matanzas tenía inodoros y la promoción de
estos abaratados por las importaciones, se identificaría
en lo adelante con la presencia americana.
Indudablemente que el inodoro y las campañas higiénicas
ayudaron a consolidar la función del cuarto de baños en
las casas cubanas, aunque no era desconocido.
Tal vez el efecto más impactante dentro del ambiente
construido en los años de la ocupación estuvo dado por
la renovación del equipamiento de los interiores. Esta
inclinación hacia lo moderno y norteamericano tenía
antecedentes. La introducción del alumbrado eléctrico
fue aprovechada por el cubano Eligio Mosquera, antiguo
empleado de los ferrocarriles y apasionado por la
electricidad, para instalar un establecimiento en la
calle Obispo para la venta de teléfonos, lámparas,
ventiladores y otros aparatos eléctricos, en 1895,
importados de Estados Unidos.(40) En 1899 la
casa Elejalde abrió sus puertas en la misma calle para
la venta de muebles y objetos decorativos
norteamericanos importados de veintiocho casas de ese
país. El mueble americano resultaba más barato y sólido
que el europeo y llenaba lo que la casa vendedora
llamaba “las exigencias del confort”.(41)
El hacinamiento de las viviendas habaneras favorecía la
propagación de enfermedades, sobre todo de la
tuberculosis, y el problema no se resolvía con las
campañas de higiene. Había dos mil casas de vecindad o
solares con cuartos pequeños y sin luz, y en las
poblaciones del hinterland, la vivienda marginal
improvisada era casi predominante. Las únicas soluciones
planteadas para aliviar el problema en estos años
surgieron de las iniciativas de los obreros tabacaleros,
y en muy pequeña escala. Después de la guerra,
aparecieron iniciativas entre los obreros para conseguir
sus casas de manera rápida y barata: crearon
cooperativas de construcción de viviendas y con este fin
vendieron acciones entre sus miembros. Las primeras se
fundaron entre 1901 y 1902, en Bejucal y La Habana.
Muchas eran casas baratas, de madera y cubiertas planas,
similares a los modelos más pobres de los centrales. Se
atribuye la idea a la lectura en las fábricas de la
novela El trabajo, de Emilio Zola.(42)
El barrio de El Vedado, daba su ventilada situación
frente al mar y a su urbanización con jardines y paseos
como condicionante, parece haber sido elegido por
algunos miembros del gobierno interventor para levantar
edificios al estilo de las construcciones
norteamericanas de la Florida, más tarde desaparecidos.(43)
En 1901 una empresa establecida en este barrio anunciaba
la construcción de chalés americanos de madera o
ladrillo con armazón de madera o de hierro, en versiones
modestas o caras.(44) La casa de baños de la
playa del barrio era de madera, en el mismo estilo. Con
el transcurso de los años, El Vedado, convertido en el
primer barrio aristocrático de la República, recreaba
con técnicas de cemento armado la tipología de estos
chalés.
Pero el panorama de las construcciones urbanas estaba
dominado aún por los egresados de la escuela
profesional, por los maestros de obra calificados y
algunos arquitectos que transitaron de uno a otro siglo
buscando signos para expresar el cambio de la colonia a
una nueva vida social. Los encontraron inicialmente en
un estilo decorativo más cargado, más intenso en cuanto
a sus rasgos, sin una filiación muy definida, tratando
de apartarse del predominio de lo clásico que existía en
la ciudad. Hubo numerosos ejemplos de este estilo como:
San Pedro 26, algunos del Prado, Concordia 129, Salud
253, y otros que en los dos primeros años del siglo XX
levantaron los maestros de obras.
Algunos de los aportes más decisivos en este sentido
fueron los del ingeniero José Toraya, educado en Estados
Unidos donde había trabajado para la casa Edison. En
estos años levantó los primeros edificios de
apartamentos de la ciudad, lo cual significaba un cambio
sensible en cuanto al planeamiento de la manera de vivir
y al abandono de las casas con entradas individuales
hacia la calle, de mayor privacidad. En 1901 una
compañía constructora con sede en Nueva York levantó en
la Habana Vieja la primera estructura metálica para un
edificio. Fue montada por los talleres habilitados para
el nuevo dique flotante de la bahía, lanzado al agua
poco antes. Se trataba de una edificación de tres
plantas destinadas a viviendas, pero su importancia
radicaba en que era una solución llamada a
generalizarse.
La experiencia más decisiva en cuanto al diseño de la
vivienda de clase alta fue asumida por la familia Abreu,
destacada entre la emigración cubana en París por sus
contribuciones patrióticas durante la guerra. Luis
Estévez, esposo de Marta Abreu, ocupó una de las
secretarías del gobierno interventor. La quinta Las
Delicias, adquirida por el fundador de la fortuna
familiar, Pedro Abreu, al establecerse en La Habana, fue
devorada por un incendio en 1900. Su heredera, Rosalía
Abreu, tras el incendio, fue a Nueva York con la
intención de continuar hacia París en busca de un
proyecto moderno para reconstruirla, pero en Estados
Unidos encontró lo que buscaba. Luego de consultar
varias firmas de arquitectos neoyorquinos, aceptó los
servicios del arquitecto Charles Brun, francés con
educación en su país y largo ejercicio en
Norteamérica.(45)
La vivienda, concluida hacia 1902, adoptaba el estilo de
un castillo francés gótico tardío con interiores
eclécticos. Una vivienda similar en pretensiones de
renovación fue construida por el mismo arquitecto para
otro de los miembros de la familia, Pedro Estévez Abreu,
en el Prado. En esta se ensayaba el tema de la vivienda
exclusiva en un contexto diferente, dentro de una trama
compacta y sin jardines. El estilo arquitectónico era
también ecléctico, renacimiento francés en la fachada, e
interiores en varios estilos. Desde el punto de vista
técnico, las dos casas proponían métodos novedosos: han
pasado a ser las dos viviendas que inauguraron en la
ciudad la aplicación del hormigón armado bajo el sistema
Ransome, muy extendido entonces por Estados Unidos.
La aplicación del cemento en la arquitectura cubana
databa de mucho antes. En 1895 se había logrado dar un
paso adelante en este sentido con la apertura de la
primera fábrica.(46) No obstante, la
fabricación con hormigón armado se hallaba entonces en
fase de experimentación. Las casas de los Abreu se
convirtieron por esa razón en propuestas de futuro; en
otro sentido también establecieron un camino a seguir
entre las viviendas de su clase e introdujeron
comportamientos inéditos. Eran hitos donde se cumplían
las aspiraciones de universalidad de la burguesía
cubana, que ascendía al poder político mezclando un
especial europeísmo con la modernidad norteamericana y
unos signos emblemáticos de cubanidad. En la quinta, el
pintor cubano Armando Menocal ejecutaba murales con
escenas de la Guerra de Independencia y era considerada
por esto como un museo. En la casa de Prado, las
habitaciones estaban decoradas con los paneles del
pintor cubano Leopoldo Romañach y de un descendiente del
paisajista Chartrand, pero con temas del academicismo
europeo.
Con un espíritu afín a los contenidos del modernismo
hispanoamericano en la literatura, el ambiente de estos
interiores era en cierto modo diferente al de los
paradigmas de la cultura anglosajona. El francés Paul
Adams veía en la morada de Rosalía Abreu “el latinismo
fino y perspicaz de la burguesía cubana”.(47)
Ambas edificaciones estuvieron estrechamente ligadas a
la última de las obras arquitectónicas de la
intervención americana, la cual completó la Avenida del
Golfo poco antes del 20 de mayo de 1902 y consistió en
una glorieta entre el encuentro del Paseo del Prado y el
malecón para los conciertos vespertinos de la Banda
Municipal. La costumbre de animar los espacios públicos
con estas bandas databa de la colonia y ahora se
revestía de un nuevo formato.
El contrato fue dado a un constructor norteamericano y
en la obra participaron voluntariamente los
profesionales de New York que construían la quinta de
Las Delicias, con el fin de popularizar los efectos del
sistema de construcción con cemento armado que ponían en
práctica. La obra fue también delineada por el mismo
arquitecto, Charles Brun, como un elegante y
proporcionado templo clásico. Rodeada de gentes y coches
fue testigo de la entrada a la capital del primer
presidente republicano. Habitualmente, desde este
pequeño templo de hormigón la Banda Municipal comenzaba
sus conciertos vespertinos, frente a la vieja cárcel
colonial aún existente, interpretando la versión
reeditada y dinámica del Himno.
Bibliografía
Libros y revistas
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Periódicos
El Fígaro, La Habana.
Archivos
Archivo Nacional de Cuba, La Habana.
Notas.
1– A pesar de las fuertes tendencias anexionistas
dentro del Gobierno de Estados Unidos, el carácter
transitorio de la intervención militar fue tempranamente
dilucidado durante la entrevista sostenida entre el jefe
del ejército cubano, Máximo Gómez, y un envío del
presidente Mackinley en febrero de 1899 y, de manera más
definitiva, en el mes de diciembre, con el mensaje del
presidente al Congreso anunciando la apertura de una
asamblea constituyente en Cuba (Herminio Portell Vilá:
Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados
Unidos y España, t. IV, p. 39)
2– La expansión norteamericana no estaba inclinada hacia
la incorporación de grandes territorios fuera de sus
fronteras, ya considerablemente extendidas, sino hacia
el dominio de la navegación en el Pacífico y en el
futuro canal de Panamá, ganando bases navales y
carboneras en los archipiélagos. La expulsión de España
de las Antillas y Filipinas obedeció a estos designios
geopolíticos (Ramiro Guerra y Sánchez: La expansión
territorial de los Estados Unidos a expensas de España y
los países hispanoamericanos, p.357).
3– Jorge Ibarra Cuesta: Cuba: 1898–1921. Partidos
políticos y clases sociales, p. 18.
4– C. Douglas Dillon: “Algunas causas extraeconómicas
del tránsito de los Estados Unidos al imperialismo
activo en 1898–1899”, en Revista Casa de las Américas
XXXVIII(209), p. 110.
5– Cuba. Military Governor: Report of Governor General
Word for 1902, t. I, p. 271, citado en Leland Jenks:
Nuestra Colonia de Cuba, p. 85.
6– Para el demógrafo Juan Pérez de la Riva “el milagro
cubano”, la rápida reconstrucción del país después de la
guerra, se debió en parte a que las pérdidas en capital
inmobiliario y en fuentes de trabajo o población activa
ocasionadas por la guerra, no fueron tan significativas
como otras, y se mantuvieron poco afectadas la
infraestructura del transporte y el equipamiento urbano
(“Los recursos humanos de Cuba al comenzar el siglo:
inmigración, economía y nacionalidad. 1899–1906”, en
La república neocolonial. Anuario de estudios cubanos,
t. I, pp. 23–24).
7– Estados Unidos de América. Departamento de Guerra:
Informe sobre el Censo de Cuba, 1899, p. 200.
8– las listas de caseríos destruidos por la guerra
aparecen en “Resumen general de las provincias, no. 11D”
del Civil Report of Major General Jonh R. Brooke, U.S.
Army, Military Governor of Cuba, t. II; y en
Estadística General, t. I (ANC, Secretaría de
Estado, leg. 1155).
9– Sobre la formación profesional de los constructores
cubanos, ver Llilian Llanes: Apuntes para una
historia de los constructores cubanos.
10– Rafael Martínez Ortiz ha descrito esta situación en
su obra Cuba, los primeros años de independencia,
t. I.
11– El breve período del Gobierno Autonómico de Cuba fue
un sugerente preámbulo de la intervención en ciertos
aspectos aún no estudiados como la organización del
gobierno en secretarías. En las obras urbanas se comenzó
el paseo del malecón en La Habana, luego reformulado por
los ingenieros de la ocupación. (ANC, Gobierno
Autonómico, Leg. 7, exp.2)
12– Louis A. Pérez, Jr. Ha analizado cómo esta noción de
progreso contra orden colonial, tomada de experiencias
norteamericanas, había sido incorporada por los cubanos
a la forma en que imaginaban su nueva nación en el siglo
pasado (“Identidad y nacionalidad: las raíces del
separatismo cubano, 1868–1898”, en OP.CIT., Revista
del centro de Investigaciones Históricas (9), pp.
185–195).
13– Portell Vilá ha comentado: “Los grandes éxitos de la
intervención americana en cuanto a sanidad, educación,
obras públicas, etc., fueron posibles por la
inteligencia, la adaptabilidad y la decisión con que el
cubano contribuyó a lograrlo o los aceptó.” (Porter Vilá:
Op. cit., p. 51)
14–Erastus Wilson: “La construcción higiénica de
domicilios”, en Revista de Construcciones y
Agrimensura I(4), p. 26.
15– José Bucagglia: “Entre la plaza rendida y la ciudad
tomada: mecanismos de apropiación visual, espacial y
conceptual que operan sobre la ciudad colonial en Cuba y
Puerto Rico a fines del siglo XIX”, p. 10.
16– El coronel murió a causa de la fiebre amarilla,
después de haber apuntado: “Al apoderarnos de La Habana
nos hemos metido en el foco de infección más mortífero
de cuantos existen en el mundo entero” (“El coronel
Warring acerca del saneamiento de La Habana”, en
Revista de Construcciones y Agrimensura 1(7), p.
55). Warring dejó notas sobre la ciudad y su saneamiento
publicadas más tarde en la revista The Forum, por
su secretario, y parcialmente en el libro Our islands
and their People as seen with Camera and Pencil.
17– Ramón Meza: “Tópicos urbanos”, en Cuba y América
XI(9), p. 470.
18– Francisco Figueras: La intervención
y su política, pp. 26–27.
19– Se realizó un estudio estadístico completo con
métodos modernos para calcular el tráfico y se
obtuvieron datos más precisos que los obtenidos antes en
Estados Unidos en situaciones similares. La
pavimentación se adjudicó a la empresa Rokeby and
McGimey (Cuba, Military Governor: Civil Report of the
Military Governor Leonard Wood, 1901, t. XIV).
20– A. González Curquejo “Los carros eléctricos de La
Habana”, en Cuba y América V(107), p. 92.
21– El último intento se realizó en marzo de 1898, como
se ha dicho antes, cuando comenzó el relleno para un
paseo arbolado, interrumpido por la derrota española (ANC,
Gobierno General, Leg. 70, Exp, no. 2969).
22– Cuba. Military Governor: Civil report of
Brigadier General Leonard Wood, Military Governor of
Cuba, for the period from December 20, 1899 to December
31, 1900, t. XII; y Cuba. Military Governor:
Civil Report of the Military Fovernor Leonard Wood,
t. XIII.
23– En 1899 se introdujo el primer auto, de marca
francesa. La White Serving Machina Co. apareció en 1900
en el naciente mercado con carros rápidos. El gobernador
Wood hizo un viaje de promoción con el representante de
esta compañía, Mr. Scove, por la recién concluida
carretera de La Habana a Guanajay (El Fígaro).
24– J. F. Pellón: “Las obras públicas y la
intervención”, en Cuba y América VI(109), p. 45.
25– Enrique José Varona: “Las reformas en la enseñanza
superior”, en Ramiro Guerra Sánchez: El general
Leonardo Wood y la instrucción pública en Cuba,
p.45.
26– Fueron habilitados los cuarteles de Pinar del Río,
Cárdenas, Cienfuegos, Colón, Santa Clara, Trinidad,
Ciego de Ávila, Camagüey, Sagua la Grande, Holguín,
Santiago de Cuba, Nueva Gerona y otras poblaciones
menores.
27– La City Schools, sistema implantado en barrios de
inmigrantes de Nueva York poco antes para aculturar y
establecer un programa que eliminara los comportamientos
que condujeran al poder del más fuerte, al orador
compulsivo, a los revolucionarios crónicos, a los
chantajistas políticos y otros vicios de la política
latinoamericana (Louis A. Pérez, Jr.: “El diseño
imperial: política y pedagogía en el período de la
ocupación de Cuba, 1899–1902”, en Estudios Cubanos
12(2).)
28– Para Roberto Segre la escuela de Santiago de Cuba
era un gran cottage al estilo de Nueva Inglaterra
con influencias de la tradición shingle
(“Antecedentes históricos de la arquitectura escolar
cubana”, en Arquitectura–Cuba (339), p. 11).
29– Cuba. Military Governor: Civil Report of the
Military Governor Leonard Wood, 1901, t. IX, p. 37.
30– El viaje de los maestros a Harvard fue objeto de
aprehensiones y criticado como intento de asimilación.
Sin embargo, sus efectos no mermaron el patriotismo de
los maestros. Las mujeres asistían a clases con banderas
cubanas cosidas como distintivo en la ropa, y los
profesores de la Universidad se expresaban como
partidarios de la independencia de Cuba. El profesor de
Historia de las colonias españolas ganó un aplauso
cuando reafirmó esta posición con un viejo refrán
español: “Más vale ser cabeza de ratón que cola de león”
(Ramiro Guerra y Sánchez: Fundación del sistema de
escuelas públicas en Cuba. 1900–1901, p 27).
31– E. J. Varona: Op. Cit., p.50.
32– El papel social del ingeniero civil en Cuba a
finales del siglo, identificado con obras de
ferrocarriles y puertos, fue sumamente progresista,
portador de ideas de cambio en las costumbres del
régimen colonial. Así lo caracterizaba Nicolás Heredia
en su novela Leonela y así debió ser la presencia
de varios ingenieros civiles cubanos educados en Estados
Unidos, pues la carrera carecía de equivalentes en
España. Entre estos: José Primelles, Juan M. Portuondo
Tamayo, Manuel Luciano Díaz, Fernando Figueredo, José
Ramón Villalón y Mario García Menocal. Algunos de estos
ingenieros, que en 1903 pasaban de 30 en la isla,
tomaron parte en la guerra, como Villalón, constructor
de un cañón de dinamita. La exaltación de la figura del
desaparecido ingeniero Francisco de Albear, cubano, pero
educado como ingeniero militar en España, cuya estatua
fue colocada en medio de la ciudad en 1895, tuvo mucho
que ver con el significado adquirido con este tipo de
profesional.
33– Cuba. Military Governor: Civil Report of the
Brigadier–General Leonard Wood. Military Governor of
Cuba, January 1st to May 29th,
1902, t. VI, p. 60.
34– Es probable que en la caracterización estilística de
estas obras haya influido la presencia del arquitecto
cubano Emilio Heredia. Este se había formado como pintor
y entre 1894 y 1900 había vivido en París, donde estudió
arquitectura en la Academia de Bellas Artes. En 1900
regresó a Cuba y se incorporó a la secretaría de Obras
Públicas hasta 1905. Se le han atribuido los
laboratorios y el museo de la Universidad de La Habana y
el edificio del Aula Magna, dentro de su actividad en
estos primeros años. Una versión historicista del estilo
renacentista italiano fue también atribuida al
arquitecto norteamericano Ernesto Videto, adscrito a los
ingenieros militares de la intervención, quien fue autor
de un proyecto para remodelar los baños del malecón.
Videto permaneció luego en Cuba trabajando como
profesional independiente.
35– Cuba en la Exposición Pan Americana de Buffalo.
36– Jordi Maluquer de Montes: Nación e inmigración:
los españoles en Cuba (ss. XIX y XX), p. 99.
37– Cuba y América VI(III), p. 429.
38– Felipe Préstamo: “La arquitectura del central
azucarero norteamericano: la United Fruit Company”, en
The Wolfson Foundation Decorative and Propaganda Arts,
Inc. (22), p. 43.
39– José Vega Suñol afirma que Banes fue el núcleo donde
se consolidaron tempranamente esos “traspasos
arquitectónicos” entre ambas tendencias (“¿Otros
colonizadores? Enclaves norteamericanos en Cuba”, en
Temas (8), p. 50).
40– “Todo lo que el mundo de Gonda produce en los
almacenes norteamericanos y los adelantos que el ‘brujo
neoyorquino presenta al orbe […]’.” (El Hogar (2),
p. 7.)
41– El uso de la palabra “confort” para referirse a las
comodidades de los objetos de la casa se acuña por estos
años y es de indudable sentido norteamericano. Esto
halagaba la tradicional inclinación de la cultura
criolla por el placer y el descanso, la adaptabilidad al
clima y al ambiente, pero se inscribía en una esfera
distinta de adelantos técnicos e industriales propios de
una cultura de consumo más masivo y menos elitista. El
anuncio sobre la oferta de este museo de muebles
apuntaba: “Sabido es que la América del Norte es el país
del confort y una de las condiciones del confort es la
verdad sólida de cuanto se halla al alcance del
gentleman” (El Hogar (25), p. 7.)
42– En Bejucal las cooperativas tuvieron más éxito que
en La Habana. Es probable que el regreso de los
emigrados tabacaleros desde Tampa y otros lugares
despertara esta tendencia hacia las cooperativas de
casas, pero en el siglo XIX existía al menos un ejemplo
en Cuba. Sobre las de Bejucal, ver Dania Lunares: “El
desarrollo urbano de Bejucal de 1901 a 1959”, Museo de
Bejucal, 1996 (inédito).
43– Leonardo Morales: “La arquitectura en Cuba de 1898 a
1929”, en El Arquitecto IV(38), p. 103.
44– El Fígaro, no. 42, La Habana, noviembre 10 de
1901.
45– “Una hermosa vivienda”, en Cuba y América VI(110),
p. 120.
46– La fábrica fue instalada en La Habana por dos
propietarios asturianos y producía cemento Portland en
cantidad de 20 mil Kg. al día. La ocupación introdujo
cemento de importación en forma considerable.
47–Cita de su obra Vues d’ Amerique (tomado de
“Quinta Las Delicias”, en Cuba y América XXI(12),
p. 191).
Tomado de Espacios, silencios y los sentidos
de la libertad. Cuba entre 1878 y 1912.
Coordinadores: Fernando Martínez Heredia, Rebeca J.
Scott y Orlando F. García Martínez. Ediciones UNIÓN,
2001.
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