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LA ARQUITECTURA
DE LA INTERVENCIÓN (1898–1902)

La norteamericanización de la vida republicana que afectó diversos órdenes, no excluyó la arquitectura ni el urbanismo, a pesar del corto tiempo del período interventor.


Carlos Venegas Fornias|
La Habana


Al iniciarse la Guerra de Independencia de Cuba contra España en 1895, José Martí planteaba, poco antes de su muerte, crear una barrera a la expansión norteamericana en América con la transformación de la Isla de una débil colonia española en una república latinoamericana independiente. El curso de los acontecimientos desatados por la guerra y por la entrada de Estados Unidos en ella, dio un giro total a este propósito. Firmada la paz en 1898, surgió la incertidumbre sobre la duración de la ocupación de Cuba por el ejército norteamericano, pero durante el siguiente año la temporalidad de esta quedó bastante bien esclarecida(1) y también el propósito de ensayar una política diferente a la de otras islas anexadas,(2) estableciendo una estructura política republicana, con soberanía limitada, y creando medios efectivos de penetración económica.(3) La ocupación evitaba el riesgo de una sublevación como la de Filipinas y las contradicciones de la anexión de un país cuya independencia había defendido acaloradamente la prensa y la opinión pública norteamericana, como justificación de la participación de Estados Unidos en la guerra, y el propio Congreso con la aprobación de la Resolución Conjunta de abril de 1898.
La presencia norteamericana en Cuba adquirió desde entonces una misión civilizadora, acorde con los contenidos de una ideología imperialista basada en la superioridad anglosajona para dictar normas de gobierno a otras naciones,(4) promoviendo valores y nuevas conductas e instituciones, que propiciaran una estabilidad social y una posible anexión voluntaria en el futuro.
En 1902, el gobernador militar de Estados Unidos abandonaba la Isla después de haber cumplido lo que consideraba su misión: “edificar una república anglosajona en un país latino, donde aproximadamente el 70% de la población era analfabeta [...], en resumen, establecer en poco más de tres años en una colonia militar latina, una república calcada exactamente de nuestra gran república”.(5) Este proceso civilizador estuvo encaminado básicamente hacia el desarrollo de programas educativos y de higiene pública, no tanto económicos.(6) En cierto modo se manifestó como una norteamericanización de la vida que afectó diversos órdenes, sin excluir la arquitectura y el urbanismo, a pesar del corto tiempo del período interventor.
Cuba era un país relativamente urbanizado con altos índices en este sentido. Había 96 ciudades, villas y pueblos de más de mil habitantes y 16 con más de ocho mil, y 28,5% de la población vivía en ciudades de más de veinte mil habitantes; uno de los más altos porcentajes de América Latina, similar a Argentina y Uruguay.(7) Apenas hubo poblaciones importantes destruidas durante la guerra, pero sí un buen número de caseríos rurales y algunos pequeños pueblos, computados en 282, la mayoría, del centro y el occidente de la Isla.(8)
Existía, por tanto, una tradición constructiva materializada en una arquitectura sólidamente edificada en las ciudades y un nivel de desarrollo profesional en este campo. A lo largo del siglo XIX esta tradición se había enriquecido. En La Habana existía un grupo de maestros de obras con formación profesional, que habían logrado organizarse como corporación y publicar irregularmente una revista.(9) Un grupo de ellos había obtenido el título de arquitecto en España. El temprano establecimiento del ferrocarril, atrajo la presencia de ingenieros civiles, la mayoría cubanos formados en Norteamérica. De hecho, las aspiraciones por actualizar el panorama constructivo introduciendo cambios renovadores estaban latentes, pero el Gobierno español era incapaz de promoverlas.
Los períodos de auge en obras urbanas y arquitectónicas había quedado atrás, y entre los años que separaban las dos guerras de independencia, muchos proyectos se habían quedado detenidos.(10) La iniciativa privada había suplido en parte esta inercia de la administración. El Partido Autonomista rescató en su programa el concepto muy ligado al reformismo español y al cubano. Al instaurarse esta tendencia en el poder en los primeros meses del gobierno autonómico de 1898, en la nueva estructura por secretarías se incluyó una de Obras Públicas, y se trató de acometer un vasto plan de obras que proporcionara trabajo y alimentos a la población rural reconcentrada en las ciudades, y contrarrestar así a las acusaciones del Congreso norteamericano que suponía la existencia de unas doscientas mil personas expuestas a perecer por hambre.(11)
Los últimos años del Gobierno español en Cuba estuvieron identificados con el esfuerzo por renovar las defensas y con el abandono de los servicios sociales de higiene e instrucción. La fortificación de las ciudades desempeñó un gran papel en las estrategias de la guerra. Las poblaciones permanecían en manos del ejército español, mientras las tropas cubanas dominaban el campo.
La identificación del poder español con la militarización, la corrupción, la insalubridad y el analfabetismo, se encontraba entre los presupuestos de la pacificación civilizadora de Cuba, y permitió manejar oposiciones como: poder militar contra democracia; atraso hispano contra modernidad y confort americano; carencia de virtudes civiles contra saneamiento e instrucción de la población... y otros contenidos que los cubanos habían hecho suyos y secundaron con entusiasmo.(12)
Esta fue una de las premisas del éxito de los programas de la intervención, apoyados en las experiencias de un grupo socialmente preparado para llevarlos a cabo, y que permitió mantener en dos años y medio, con las propias rentas del país, escuelas, asilos, hospitales, obras públicas con servicios de sanidad, faros... y devolver a Estados Unidos los fondos gastados para el saneamiento de La Habana.(13)
La renovación de la arquitectura corría pareja con los propósitos modernizadores e higiénicos. En este sentido existía una fuerte tendencia contra la organización de la edificación tradicional. Desde 1887, Erastus Wilson, ingeniero y médico norteamericano, había publicado en El País, periódico autonomista, una serie de artículos sobre higiene urbana, que reeditaría y ampliaría en 1899 y en 1901, en ocasión del Tercer Congreso Médico Pan–Americano celebrado en La Habana. Wilson consideraba negativo el saldo de la tradición y el conservadurismo en la construcción de la ciudad:

Tan verdad es esto en el asunto de la construcción de domicilios, que aquellos de nosotros que hemos visitado las ruinas de Pompeya y Herculano, sabemos que en el plano de construcción de domicilios La Habana no difiere mucho de las construcciones de aquellas ciudades fabricadas más de dos mil años ha, con respecto al plano general y sus detalles, incluso cocinas, letrinas, etc., y sus emplazamientos relativos. [...] Cuba ya ha roto las cadenas que por tantos siglos la han sujetado a las costumbres de la vida antigua y sus intereses materiales todos la convidan a despertarse a una vida más moderna y progresiva.(14)

El aspecto latino y mediterráneo conservado por las casas habaneras se extendía a toda la ciudad. Con cierta mezcla de orgullo y curiosidad los norteamericanos observaron la imagen de las ciudades ocupadas en monumentos en que el pasado y la antigüedad alimentaban el recuerdo de viejos imperios. José Buscaglia ha analizado estos comportamientos ante la arquitectura y el ambiente urbano a través de las crónicas de viajeros y reporteros norteamericanos acompañadas de fotos de las ciudades antillanas y filipinas:

Así pues White relata como las calles de La Habana le parecieron más antiguas que los cuatrocientos años que en realidad tenían: “sin tener que hacer mucho esfuerzo, uno se podría imaginar que estaba en una de las grandes urbes del mundo antiguo”. (White, Pictorial History of our War with Spain for Cuban Freedom, 136) […] con la adquisición de aquella Habana neoclásica, por primera vez tenía derecho a reclamar algún parentesco tangible con el mundo mitológico romano. Esta es una imagen directa e inmediata que ilustra lo que ya sabemos fue el resultado de la guerra para el país entero en cuanto aquella victoria consiguió referir a los Estados Unidos a la exclusiva categoría de los imperios.(15)

Otra apreciación sobre la arquitectura habanera la encontramos en las notas del coronel G. Warring, publicadas posmorten.(16) Para Warring la herencia hispanoárabe era determinante, lo que unía la estirpe de la ciudad antillana a otras del mundo oriental y antiguo.
Bajo estas tendencias y actitudes se integra todo un conjunto de acciones arquitectónicas y urbanas hasta el fin del período interventor. Encaminar estas acciones con rapidez y éxito en poco tiempo, resultó impresionante como lección ejemplar frente a la lenta gestión de los gobernantes españoles.
Un conocido intelectual autonomista reconocía que los norteamericanos habían enseñado “cómo pasar de las teorías al hecho práctico de remodelar la ciudad”.(17)

Las obras públicas

La reorganización de los municipios precedió los primeros planes; se eliminaron 43 de creación reciente con escasos recursos económicos. El municipio colonial controlaba los servicios educativos, de sanidad, reparación de calles, etc., con un sistema propio de rentas. La situación del país después de la guerra justificó eliminar o aligerar esas contribuciones locales y el Estado interventor asumió los gastos con las rentas de la Aduana. Esta medida, continuada durante la República, debilitó la vida municipal e hizo a los ayuntamientos muy dependientes del poder central.(18) Los municipios llevaron una vida parasitaria mientras las obras públicas corrían por cuenta del Estado.
La reparación de los caminos y los faros constituyó el gasto primordial dentro del presupuesto de 1899 y luego se mantuvo en los años siguientes pero muy por debajo de lo asignado a la educación y la salud e higiene pública. La red vial de la Isla permitía movilizar la riqueza agrícola interior, y los faros facilitaban la navegación; eran por lo mismo objetivos de estrategia económica y política en caso de guerras. Del mismo carácter fue la construcción del ferrocarril central, obra postergada por los españoles desde mediados del siglo XIX. Iniciada en 1900, fue concluida en tiempo récord en 1903 bajo la conducción del norteamericano William Van Horne, constructor del Canadian Pacific Railway.
Las obras viales urbanas estuvieron muy unidas al plan de saneamiento de las ciudades y a la reparación o construcción de acueductos. Ciudades como Matanzas, Cienfuegos, Camagüey y Santiago de Cuba repararon sus calles. Guantánamo y Cienfuegos, previstas como estaciones navales y carboneras en la ruta del istmo panameño, tuvieron atención adicional en sus acueductos. En Santiago y La Habana el mejoramiento de las calles con nuevos sistemas de pavimentación estuvo acompañado de la construcción de cloacas. Particularmente en La Habana, la pavimentación y los desagües tuvieron una importancia de primer orden, porque el tránsito requería de estudios especiales, tanto por su intensidad en ciertas direcciones –lo que obligaba a emplear diferentes tipos de pavimento (adoquines, asfalto, macadam)–,(19) como por la concesión a una empresa formada por capitanes de Canadá, Francia y Estados Unidos para construir tranvías eléctricos.
El tranvía se inauguró en 1901, en solo ocho meses, y contribuyó al saneamiento de las calles al eliminar los caballos y el estiércol. El movimiento de pasajeros se sextuplicó con respecto al del antiguo ferrocarril urbano con unos sesenta mil pasajeros diariamente. A su vez, quedó instalada una nueva edificación para la planta generadora de electricidad y una estación terminal en El Vedado, barrio cuyo fomento se incrementaba.(20)
Entre las obras viales ejecutadas en La Habana ninguna tuvo mayor popularidad que el nuevo malecón o Avenida del Golfo. El frente marítimo de la ciudad era propiedad del Estado, según la legislación española, y solo podía ser ocupado provisionalmente con excepción de las obras defensivas, como la muralla, y los fuertes costeros. Además de este carácter esencialmente militar, era un lugar descuidado donde se acumulaba basura y se levantaban casetas para baños de mar. El espacio de costa entre el Castillo de la Punta y la Batería de la Reina, había sido objeto de atención en el siglo XIX para trazar un paseo marítimo que mejorara la imagen o perfil de este acceso fundamental a la ciudad, pero sin resultados.(21) En este caso, la higiene y el ornato reclamaron la atención de los ingenieros y se neutralizó el contenido militar de los fuertes con un paseo público volcado sobre el mar. Esta misma intención neutralizadora se extendió a los restos de la muralla aún existentes en parcelas pertenecientes al Estado que databan de la urbanización de los terrenos del ring en 1863, las cuales fueron niveladas y sembradas de césped. El legado hispano se transformaba en ruina poética, y se sumergía en el ambiente cotidiano de los parques y paseos.
El malecón se inició en 1900, primero uniendo el Prado con la Punta, como una extensión de este paseo, luego, en 1901, se prolongó hacia el Oeste. La extensión del malecón por el borde de la bahía hasta llegar a la Plaza de Armas estuvo planeada, pero se abandonó la idea.(22) En realidad, la Avenida del Golfo, como se llamó, fue una tarea legada a la República, que cada gobierno fue aumentando progresivamente. La avenida, ya concluido su primer tramo, servía de pista de prueba a los primeros automóviles, que junto con los tranvías dieron un aspecto moderno a la capital.(23) Tanto los ingenieros militares norteamericanos, adscritos al ejército de ocupación, como los ingenieros militares norteamericanos, adscritos al ejército de ocupación, como los ingenieros y arquitectos de la Secretaría de Obras Públicas, acometieron todas las tareas de estos años. La Secretaría estaba en manos de cubanos y, en conjunto, el costo de todos los trabajos realizados o solo proyectados y estudiados ascendió desde 1899 hasta el término de la intervención, a más de cuatro millones de pesos.(24) La creación de un sistema de escuelas ocupó dentro de estos gastos un lugar primordial.

Arquitectura escolar

Tal vez en ningún otra reforma de la intervención se confiaron mayores perspectivas que en la educativa. Por medio de la educación se transmitían nuevas conductas y valores. Para los interventores, era un camino de anexión abierto al futuro y para los cubanos partidarios de la independencia, medio de preparar a la población para la vida moderna y sus exigencias. Para todos era imprescindible desarrollar nuevos métodos pedagógicos y una enseñanza práctica, basada en la ciencia y la técnica. El abandono del autoritario sistema de gobierno colonial tenía su contrapartida en una enseñanza que formara hombres para vivir en democracia. Pero todo esto también significa un reto para resistir la penetración cultural. El secretario de Educación, Enrique José Varona, promotor de la reforma de la enseñanza secundaria, lo advertía: “De la vitalidad con que resistamos y nos adaptemos a las nuevas circunstancias políticas, dependerá que subsista en condiciones de progreso la población cubana. Tenemos que vivir de otro modo, si queremos vivir, y por ello necesitamos aprender de otro modo.”(25)
Para orientar las reformas, llegó a Cuba como superintendente el pedagogo Alexis Frey y fue auxiliado por cubanos. Los cambios fueron intensos pues el número de aulas pasó de 312, al terminar la colonia, a 3628, al concluir la intervención. En 1901 había 40 aulas terminadas, 102 en construcción y 201 proyectadas. Un crecimiento tan rápido de la población escolar, de 34597 alumnos a 172273 requería de disponer de escuelas y equipos. En este sentido, se utilizó la capacidad construida de los cuarteles españoles para ser transformada en aulas, con un evidente significado social: al convertir los cuarteles en escuelas, se pasaba de sitios de represión a sitios de preparación para el ejercicio de la libertad, sin grandes gastos.(26) Una asimilación de este procedimiento se llevó a cabo con la instalación de la Biblioteca Nacional en el Castillo de la Fuerza, a iniciativa de un líder cubano de la emigración, Gonzalo de Quesada.
La escuela y la cultura ganaban así espacios privilegiados. En la capital, la Universidad fue trasladada al Cuartel de Artillería, la antigua loma de la Pirotecnia, asegurando el sitio de su futuro campus. El viejo edificio del Hospital Militar de San Ambrosio, en medio de un barrio pobre, se transformó en Escuela Modelo, y se ensayó en ella la llamada Ciudad Escolar para despertar en los niños ideas de solidaridad y conductas cívicas.(27) El autor de este sistema de educación fue invitado a Cuba por el Gobernador en 1900 para organizarlo aquí; el sistema llegó a funcionar en medio centenar de escuelas.
La construcción de escuelas primarias nuevas se realizó por los ingenieros norteamericanos siguiendo modelos típicos diseñados en sus oficinas, muy cercanos al plan de edificio escolar norteamericano, pero con sus variantes climatizadas, como los corredores abiertos y muchas ventanas. Hubo dos alternativas técnicas que introdujeron nuevos modos de construir en este campo: una de ellas se basaba en estructuras sólidas de hormigón, como la de Santiago de Cuba, a un costo de 60 mil pesos, y la de Guanajay, de bloques de cemento imitando piedra;(28) la otra era el tipo de estructura tradicional norteamericana de madera, balloon frame, aplicado en aulas más chicas como las de pueblos de campo o rurales.(29) También hubo escuelas hechas con materiales precarios, como el guano, para la cobija.
La escuela pública de la intervención introdujo un nuevo tipo de maestro. Se habilitaron centenares de maestros primarios; en 1901 había 3533; entre todos, 118 eran de color y 2102, mujeres. La imagen del maestro colonial, hombre y autoritario, cedió el puesto a la de la mujer de trato más suave, ideal para sustituir a las madres en la educación primaria. Muchas mujeres fueron escogidas entre familias educadas que habían participado en la guerra contra España y así recibieron una compensación. Estas mujeres causaron un efecto social liberador y moderno. Pasaron cursos de verano alternando junto con los hombres, algunos en la Universidad de Harvard, adonde se llevaron 1456 maestros en transportes de guerra.(30) En las poblaciones de Cuba las maestras fueron portadoras de una nueva conducta de superación cultural y trato social.
La reforma de la enseñanza superior tuvo efectos muy directos sobre la arquitectura y las construcciones. Se eliminó la Escuela Profesional de Maestros de Obras y estos quedaron incorporados a la Universidad. En cambio, la calificación de los constructores se especializó aún más con la apertura de la Escuela de Ingenieros, Electricistas y Arquitectos, en 1902, dentro de la reforma universitaria. La escuela respondía a un ideal positivista de Varona, encargado del plan de estudios, que desterraba el pasado escolástico con la supresión de la enseñanza retórica y libresca, y con nueva orientación cientificista.
“Nos sobran médicos y abogados –decía el secretario de Educación–, nos faltan agrónomos, ingenieros, electricistas, los directores de las conquistas de las fuerzas naturales.”(31)
El ingeniero era el modelo de las aspiraciones, el que podía asumir tareas constructivas de amplio radio sin desconocer ciertos contenidos artísticos.(32) El interés se centraba en desarrollar nuevas técnicas constructivas como el hormigón armado que, si no del todo desconocidas, se habían aplicado en Cuba excepcionalmente. La Universidad abrió nuevos talleres donde inició el estudio de resistencia de los materiales y la experimentación.
La Escuela de Artes y Oficios fue habilitada en ese mismo sentido con parte de las reformas. Se le construyó un nuevo edificio, una de las más destacadas obras del gobierno interventor, a un costo de casi 300 mil pesos, terminado en 1902. se montó con modernos talleres que asimilaban los adelantos implantados en Estados Unidos e Inglaterra, con la finalidad de llenar el lugar de la desaparecida escuela profesional, calificando a los artesanos en los oficios de la construcción. El propio edificio, su construcción, fue convertido de un adiestramiento de estos. Fue dirigido y diseñado por el ingeniero José Ramón Villalón, secretario de Obras Públicas, graduado en la Universidad de Lehigh en 1887, después de terminar estudios en Barcelona. Se consideraba un modelo innovador dentro de la ciudad, ejemplo de arquitectura moderna en un país nuevo.(33)
Otra obra dirigida con el mismo espíritu ejemplar y proyectada por el propio Villalón, fue el edificio de la Academia de Ciencias, institución excepcional fundada por el gobierno colonial, y reactivada por el gobierno interventor dentro de sus objetivos de promoción de la educación y la higiene pública. Los trabajos de cielos rasos, revoques e instalación eléctrica fueron contratados a la empresa James B. Clow and Sons.
En estas obras diseñadas en el seno de la secretaría de Obras Públicas, dominado por personal cubano, se adoptaba un estilo culto, historicista, muy acorde con la dignidad institucional de los edificios, y alejado de la tipicidad norteamericana de los modelos de escuelas primarias: el edificio de Artes y Oficios, en estilo renacimiento francés, con una funcional ausencia de decoración en los laboratorios; y el de la Academia, en estilo renacimiento español.(34) Con ellas, el historicismo entraba en una fase de pleno desarrollo dentro de la arquitectura cubana.
Dentro de esta misma línea de obras arquitectónicas destacadas por un papel especialmente simbólico o expresivo, no debe dejarse sin analizar una edificación construida fuera del país pero con fines de representarlo: el pabellón cubano de la exposición de Búfalo, en 1901. Aunque el diseño estuvo a cargo del arquitecto Mr. James Ackerman, del gobierno interventor, la obra fue supervisada por el ingeniero Villalón. Resultaba en este sentido muy reveladora la forma o estilo que debía escogerse para representar a Cuba, y la decisión se inclinaba hacia una versión de la arquitectura colonial destacando algunos rasgos propios del país, como los arcos barrocos, inspirados en los del Palacio del Segundo Cabo; un sobrio exterior de columnas clásicas, como los de las calzadas habaneras; y una cúpula de tejas sobre la cual se levantaba la Giraldilla, emblema de La Habana. Este fue el primer intento de recrear un estilo neocolonial en la Isla, en momentos en que la tradición se rechazaba como un contenido propio de la dominación española.(35)
Fuera de estas obras generadas directamente desde la propia actividad del gobierno, la influencia norteamericana siguió el camino de las iniciativas espontáneas de las inversiones privadas. Tal vez el efecto más poderoso tuvo lugar de modo muy incipiente, pero significativo por su trascendencia posterior, dentro de las primeras colonias agrícolas o centrales.

Los primeros centrales

La inmigración norteamericana fue muy pobre y limitada a ciertos enclaves agrícolas muy modestos. El gobierno interventor siguió una política inmigratoria que al cabo favoreció la emigración europea, que en el caso de Cuba quería decir española, debido a las posibilidades ya desarrolladas para asimilarla.(36) Paradójicamente, después de 1898 se reprodujo una llegada masiva de inmigrantes que se ha calculado en 70 mil dentro de los años de la ocupación; la mayoría de estos eran españoles.
Entre las áreas pioneras del crecimiento agrícola de estos años y de las inversiones extranjeras, estaban el norte de la provincia de Oriente, con campos afectados por la guerra y facilidades para adquirir terrenos. Allí aparecieron los primeros centrales modernos, de creación norteamericana, concebidos como un enclave aislado del país, con sus propias tierras y embarcaderos.
La United Fruit Company, recién establecida, compró tierras en Banes, junto a Nipe, la bahía más grande de las Antillas. El caserío devastado por la guerra, resurgió bajo la acción de la compañía como un apéndice de las plantaciones de plátano y a 11 km del central azucarero Boston abierto por ella en 1901. Banes era en 1902 una población de 1000 casas nuevas, de fabricación americana, con electricidad.(37)
Los modelos de vivienda implantados por la United se inscribían dentro de un estilo común a otros establecimientos de la empresa bananera, influidos por los estilos de construcción de las empresas inglesas en Jamaica y Barbados.(38)
En general, en los centrales y colonias se implantó un modo de construir casas de madera adoptado en Norteamérica durante la conquista del Oeste, originadas para construir rápidamente y barato. En Cuba no eran desconocidas estas estructuras. Desde principios del siglo XIX en La Habana se emplearon para ocupar subrepticiamente, del día a la noche, los terrenos del Campo de Marte, y luego fueron usadas en varias ocasiones como alternativas provisionales de construcción barata. Al extenderse desde los centrales el auge de las casas de madera, también aparecieron en pequeñas poblaciones, con detalles ornamentales propios, y se llegó a diseños creativos o más originales, donde convergían las soluciones de la tradición criolla con el nuevo estilo norteamericano.(39)
Otro enclave temprano de las inversiones azucareras norteamericanas, fue el central Chaparra que realizó su primera zafra en 1902, construido bajo la dirección del ingeniero Mario García Menocal. Como el Boston, este central organizó sus espacios con relativa independencia y autonomía; tenía un puerto propio, iglesias, clubes, teatro, hotel, restaurante, cafés y tiendas mixtas. Los centrales fueron núcleos que reproducían con más exactitud un ambiente propio de costumbres norteamericanas. Las iglesias protestantes, sus escuelas, los juegos de béisbol, tuvieron rápidos efectos difusores entre la población rural. La planificación de sus espacios urbanos dedicaba una atención especial a las áreas verdes como elementos de segregación y separación de las actividades sociales, una experiencia, en cambio, muy poco asimilada por las poblaciones cubanas más cercanas.
El impacto de este tipo de arquitectura norteamericana fue menos sensible en las ciudades. Las construcciones cubanas aspiraban a una permanencia y solidez en las técnicas, en cambio, la casa de madera se asociaba con la precariedad y lo provisional. En el nivel del tejido urbano de las ciudades las influencias se manifestaron con mayor complejidad.

La vivienda: higiene y modernidad

El saneamiento de la ciudad dependía en gran parte de las condiciones higiénicas de la vivienda y hacia ese aspecto de la vida doméstica dirigió sus primeros pasos la administración norteamericana. En 1899 el mayor Davis, al frente de un equipo de 120 médicos, visitó las casas de la capital y dejó recomendaciones sobre el uso de desagües y otras conveniencias. Solo 10% de las casas de La Habana y Matanzas tenía inodoros y la promoción de estos abaratados por las importaciones, se identificaría en lo adelante con la presencia americana. Indudablemente que el inodoro y las campañas higiénicas ayudaron a consolidar la función del cuarto de baños en las casas cubanas, aunque no era desconocido.
Tal vez el efecto más impactante dentro del ambiente construido en los años de la ocupación estuvo dado por la renovación del equipamiento de los interiores. Esta inclinación hacia lo moderno y norteamericano tenía antecedentes. La introducción del alumbrado eléctrico fue aprovechada por el cubano Eligio Mosquera, antiguo empleado de los ferrocarriles y apasionado por la electricidad, para instalar un establecimiento en la calle Obispo para la venta de teléfonos, lámparas, ventiladores y otros aparatos eléctricos, en 1895, importados de Estados Unidos.(40) En 1899 la casa Elejalde abrió sus puertas en la misma calle para la venta de muebles y objetos decorativos norteamericanos importados de veintiocho casas de ese país. El mueble americano resultaba más barato y sólido que el europeo y llenaba lo que la casa vendedora llamaba “las exigencias del confort”.(41)
El hacinamiento de las viviendas habaneras favorecía la propagación de enfermedades, sobre todo de la tuberculosis, y el problema no se resolvía con las campañas de higiene. Había dos mil casas de vecindad o solares con cuartos pequeños y sin luz, y en las poblaciones del hinterland, la vivienda marginal improvisada era casi predominante. Las únicas soluciones planteadas para aliviar el problema en estos años surgieron de las iniciativas de los obreros tabacaleros, y en muy pequeña escala. Después de la guerra, aparecieron iniciativas entre los obreros para conseguir sus casas de manera rápida y barata: crearon cooperativas de construcción de viviendas y con este fin vendieron acciones entre sus miembros. Las primeras se fundaron entre 1901 y 1902, en Bejucal y La Habana. Muchas eran casas baratas, de madera y cubiertas planas, similares a los modelos más pobres de los centrales. Se atribuye la idea a la lectura en las fábricas de la novela El trabajo, de Emilio Zola.(42)
El barrio de El Vedado, daba su ventilada situación frente al mar y a su urbanización con jardines y paseos como condicionante, parece haber sido elegido por algunos miembros del gobierno interventor para levantar edificios al estilo de las construcciones norteamericanas de la Florida, más tarde desaparecidos.(43) En 1901 una empresa establecida en este barrio anunciaba la construcción de chalés americanos de madera o ladrillo con armazón de madera o de hierro, en versiones modestas o caras.(44) La casa de baños de la playa del barrio era de madera, en el mismo estilo. Con el transcurso de los años, El Vedado, convertido en el primer barrio aristocrático de la República, recreaba con técnicas de cemento armado la tipología de estos chalés.
Pero el panorama de las construcciones urbanas estaba dominado aún por los egresados de la escuela profesional, por los maestros de obra calificados y algunos arquitectos que transitaron de uno a otro siglo buscando signos para expresar el cambio de la colonia a una nueva vida social. Los encontraron inicialmente en un estilo decorativo más cargado, más intenso en cuanto a sus rasgos, sin una filiación muy definida, tratando de apartarse del predominio de lo clásico que existía en la ciudad. Hubo numerosos ejemplos de este estilo como: San Pedro 26, algunos del Prado, Concordia 129, Salud 253, y otros que en los dos primeros años del siglo XX levantaron los maestros de obras.
Algunos de los aportes más decisivos en este sentido fueron los del ingeniero José Toraya, educado en Estados Unidos donde había trabajado para la casa Edison. En estos años levantó los primeros edificios de apartamentos de la ciudad, lo cual significaba un cambio sensible en cuanto al planeamiento de la manera de vivir y al abandono de las casas con entradas individuales hacia la calle, de mayor privacidad. En 1901 una compañía constructora con sede en Nueva York levantó en la Habana Vieja la primera estructura metálica para un edificio. Fue montada por los talleres habilitados para el nuevo dique flotante de la bahía, lanzado al agua poco antes. Se trataba de una edificación de tres plantas destinadas a viviendas, pero su importancia radicaba en que era una solución llamada a generalizarse.
La experiencia más decisiva en cuanto al diseño de la vivienda de clase alta fue asumida por la familia Abreu, destacada entre la emigración cubana en París por sus contribuciones patrióticas durante la guerra. Luis Estévez, esposo de Marta Abreu, ocupó una de las secretarías del gobierno interventor. La quinta Las Delicias, adquirida por el fundador de la fortuna familiar, Pedro Abreu, al establecerse en La Habana, fue devorada por un incendio en 1900. Su heredera, Rosalía Abreu, tras el incendio, fue a Nueva York con la intención de continuar hacia París en busca de un proyecto moderno para reconstruirla, pero en Estados Unidos encontró lo que buscaba. Luego de consultar varias firmas de arquitectos neoyorquinos, aceptó los servicios del arquitecto Charles Brun, francés con educación en su país y largo ejercicio en Norteamérica.(45)
La vivienda, concluida hacia 1902, adoptaba el estilo de un castillo francés gótico tardío con interiores eclécticos. Una vivienda similar en pretensiones de renovación fue construida por el mismo arquitecto para otro de los miembros de la familia, Pedro Estévez Abreu, en el Prado. En esta se ensayaba el tema de la vivienda exclusiva en un contexto diferente, dentro de una trama compacta y sin jardines. El estilo arquitectónico era también ecléctico, renacimiento francés en la fachada, e interiores en varios estilos. Desde el punto de vista técnico, las dos casas proponían métodos novedosos: han pasado a ser las dos viviendas que inauguraron en la ciudad la aplicación del hormigón armado bajo el sistema Ransome, muy extendido entonces por Estados Unidos.
La aplicación del cemento en la arquitectura cubana databa de mucho antes. En 1895 se había logrado dar un paso adelante en este sentido con la apertura de la primera fábrica.(46) No obstante, la fabricación con hormigón armado se hallaba entonces en fase de experimentación. Las casas de los Abreu se convirtieron por esa razón en propuestas de futuro; en otro sentido también establecieron un camino a seguir entre las viviendas de su clase e introdujeron comportamientos inéditos. Eran hitos donde se cumplían las aspiraciones de universalidad de la burguesía cubana, que ascendía al poder político mezclando un especial europeísmo con la modernidad norteamericana y unos signos emblemáticos de cubanidad. En la quinta, el pintor cubano Armando Menocal ejecutaba murales con escenas de la Guerra de Independencia y era considerada por esto como un museo. En la casa de Prado, las habitaciones estaban decoradas con los paneles del pintor cubano Leopoldo Romañach y de un descendiente del paisajista Chartrand, pero con temas del academicismo europeo.
Con un espíritu afín a los contenidos del modernismo hispanoamericano en la literatura, el ambiente de estos interiores era en cierto modo diferente al de los paradigmas de la cultura anglosajona. El francés Paul Adams veía en la morada de Rosalía Abreu “el latinismo fino y perspicaz de la burguesía cubana”.(47)
Ambas edificaciones estuvieron estrechamente ligadas a la última de las obras arquitectónicas de la intervención americana, la cual completó la Avenida del Golfo poco antes del 20 de mayo de 1902 y consistió en una glorieta entre el encuentro del Paseo del Prado y el malecón para los conciertos vespertinos de la Banda Municipal. La costumbre de animar los espacios públicos con estas bandas databa de la colonia y ahora se revestía de un nuevo formato.
El contrato fue dado a un constructor norteamericano y en la obra participaron voluntariamente los profesionales de New York que construían la quinta de Las Delicias, con el fin de popularizar los efectos del sistema de construcción con cemento armado que ponían en práctica. La obra fue también delineada por el mismo arquitecto, Charles Brun, como un elegante y proporcionado templo clásico. Rodeada de gentes y coches fue testigo de la entrada a la capital del primer presidente republicano. Habitualmente, desde este pequeño templo de hormigón la Banda Municipal comenzaba sus conciertos vespertinos, frente a la vieja cárcel colonial aún existente, interpretando la versión reeditada y dinámica del Himno.

Bibliografía

Libros y revistas

Bucagglia, José: “Entre la plaza rendida y la ciudad tomada: mecanismos de apropiación visual, espacial y conceptual que operan sobre la ciudad colonial en Cuba y Puerto Rico a fines del siglo XIX”, Universidad del estado de Nueva York en Buffalo. Trabajo presentado en el I Coloquio Internacional de Ciudades Neoclásicas, celebrado en Cienfuegos, Cuba, en diciembre de 1996 (inédito)

Cuba. Military Governor: “Resumen general de las provincias, no. 11D”, en Civil Report of Major General John R. Brooke, U.S. Army, Military Gobernor of Cuba, t. II, La Habana, 1899.

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Periódicos

El Fígaro, La Habana.

Archivos

Archivo Nacional de Cuba, La Habana.

Notas.

1– A pesar de las fuertes tendencias anexionistas dentro del Gobierno de Estados Unidos, el carácter transitorio de la intervención militar fue tempranamente dilucidado durante la entrevista sostenida entre el jefe del ejército cubano, Máximo Gómez, y un envío del presidente Mackinley en febrero de 1899 y, de manera más definitiva, en el mes de diciembre, con el mensaje del presidente al Congreso anunciando la apertura de una asamblea constituyente en Cuba (Herminio Portell Vilá: Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y España, t. IV, p. 39)
2– La expansión norteamericana no estaba inclinada hacia la incorporación de grandes territorios fuera de sus fronteras, ya considerablemente extendidas, sino hacia el dominio de la navegación en el Pacífico y en el futuro canal de Panamá, ganando bases navales y carboneras en los archipiélagos. La expulsión de España de las Antillas y Filipinas obedeció a estos designios geopolíticos (Ramiro Guerra y Sánchez: La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y los países hispanoamericanos, p.357).
3– Jorge Ibarra Cuesta: Cuba: 1898–1921. Partidos políticos y clases sociales, p. 18.
4– C. Douglas Dillon: “Algunas causas extraeconómicas del tránsito de los Estados Unidos al imperialismo activo en 1898–1899”, en Revista Casa de las Américas XXXVIII(209), p. 110.
5– Cuba. Military Governor: Report of Governor General Word for 1902, t. I, p. 271, citado en Leland Jenks: Nuestra Colonia de Cuba, p. 85.
6– Para el demógrafo Juan Pérez de la Riva “el milagro cubano”, la rápida reconstrucción del país después de la guerra, se debió en parte a que las pérdidas en capital inmobiliario y en fuentes de trabajo o población activa ocasionadas por la guerra, no fueron tan significativas como otras, y se mantuvieron poco afectadas la infraestructura del transporte y el equipamiento urbano (“Los recursos humanos de Cuba al comenzar el siglo: inmigración, economía y nacionalidad. 1899–1906”, en La república neocolonial. Anuario de estudios cubanos, t. I, pp. 23–24).
7– Estados Unidos de América. Departamento de Guerra: Informe sobre el Censo de Cuba, 1899, p. 200.
8– las listas de caseríos destruidos por la guerra aparecen en “Resumen general de las provincias, no. 11D” del Civil Report of Major General Jonh R. Brooke, U.S. Army, Military Governor of Cuba, t. II; y en Estadística General, t. I (ANC, Secretaría de Estado, leg. 1155).
9– Sobre la formación profesional de los constructores cubanos, ver Llilian Llanes: Apuntes para una historia de los constructores cubanos.
10– Rafael Martínez Ortiz ha descrito esta situación en su obra Cuba, los primeros años de independencia, t. I.
11– El breve período del Gobierno Autonómico de Cuba fue un sugerente preámbulo de la intervención en ciertos aspectos aún no estudiados como la organización del gobierno en secretarías. En las obras urbanas se comenzó el paseo del malecón en La Habana, luego reformulado por los ingenieros de la ocupación. (ANC, Gobierno Autonómico, Leg. 7, exp.2)
12– Louis A. Pérez, Jr. Ha analizado cómo esta noción de progreso contra orden colonial, tomada de experiencias norteamericanas, había sido incorporada por los cubanos a la forma en que imaginaban su nueva nación en el siglo pasado (“Identidad y nacionalidad: las raíces del separatismo cubano, 1868–1898”, en OP.CIT., Revista del centro de Investigaciones Históricas (9), pp. 185–195).
13– Portell Vilá ha comentado: “Los grandes éxitos de la intervención americana en cuanto a sanidad, educación, obras públicas, etc., fueron posibles por la inteligencia, la adaptabilidad y la decisión con que el cubano contribuyó a lograrlo o los aceptó.” (Porter Vilá: Op. cit., p. 51)
14–Erastus Wilson: “La construcción higiénica de domicilios”, en Revista de Construcciones y Agrimensura I(4), p. 26.
15– José Bucagglia: “Entre la plaza rendida y la ciudad tomada: mecanismos de apropiación visual, espacial y conceptual que operan sobre la ciudad colonial en Cuba y Puerto Rico a fines del siglo XIX”, p. 10.
16– El coronel murió a causa de la fiebre amarilla, después de haber apuntado: “Al apoderarnos de La Habana nos hemos metido en el foco de infección más mortífero de cuantos existen en el mundo entero” (“El coronel Warring acerca del saneamiento de La Habana”, en Revista de Construcciones y Agrimensura 1(7), p. 55). Warring dejó notas sobre la ciudad y su saneamiento publicadas más tarde en la revista The Forum, por su secretario, y parcialmente en el libro Our islands and their People as seen with Camera and Pencil.
17– Ramón Meza: “Tópicos urbanos”, en Cuba y América XI(9), p. 470.
18– Francisco Figueras: La intervención y su política, pp. 26–27.
19– Se realizó un estudio estadístico completo con métodos modernos para calcular el tráfico y se obtuvieron datos más precisos que los obtenidos antes en Estados Unidos en situaciones similares. La pavimentación se adjudicó a la empresa Rokeby and McGimey (Cuba, Military Governor: Civil Report of the Military Governor Leonard Wood, 1901, t. XIV).
20– A. González Curquejo “Los carros eléctricos de La Habana”, en Cuba y América V(107), p. 92.
21– El último intento se realizó en marzo de 1898, como se ha dicho antes, cuando comenzó el relleno para un paseo arbolado, interrumpido por la derrota española (ANC, Gobierno General, Leg. 70, Exp, no. 2969).
22– Cuba. Military Governor: Civil report of Brigadier General Leonard Wood, Military Governor of Cuba, for the period from December 20, 1899 to December 31, 1900, t. XII; y Cuba. Military Governor: Civil Report of the Military Fovernor Leonard Wood, t. XIII.
23– En 1899 se introdujo el primer auto, de marca francesa. La White Serving Machina Co. apareció en 1900 en el naciente mercado con carros rápidos. El gobernador Wood hizo un viaje de promoción con el representante de esta compañía, Mr. Scove, por la recién concluida carretera de La Habana a Guanajay (El Fígaro).
24– J. F. Pellón: “Las obras públicas y la intervención”, en Cuba y América VI(109), p. 45.
25– Enrique José Varona: “Las reformas en la enseñanza superior”, en Ramiro Guerra Sánchez: El general Leonardo Wood y la instrucción pública en Cuba, p.45.
26– Fueron habilitados los cuarteles de Pinar del Río, Cárdenas, Cienfuegos, Colón, Santa Clara, Trinidad, Ciego de Ávila, Camagüey, Sagua la Grande, Holguín, Santiago de Cuba, Nueva Gerona y otras poblaciones menores.
27– La City Schools, sistema implantado en barrios de inmigrantes de Nueva York poco antes para aculturar y establecer un programa que eliminara los comportamientos que condujeran al poder del más fuerte, al orador compulsivo, a los revolucionarios crónicos, a los chantajistas políticos y otros vicios de la política latinoamericana (Louis A. Pérez, Jr.: “El diseño imperial: política y pedagogía en el período de la ocupación de Cuba, 1899–1902”, en Estudios Cubanos 12(2).)
28– Para Roberto Segre la escuela de Santiago de Cuba era un gran cottage al estilo de Nueva Inglaterra con influencias de la tradición shingle (“Antecedentes históricos de la arquitectura escolar cubana”, en Arquitectura–Cuba (339), p. 11).
29– Cuba. Military Governor: Civil Report of the Military Governor Leonard Wood, 1901, t. IX, p. 37.
30– El viaje de los maestros a Harvard fue objeto de aprehensiones y criticado como intento de asimilación. Sin embargo, sus efectos no mermaron el patriotismo de los maestros. Las mujeres asistían a clases con banderas cubanas cosidas como distintivo en la ropa, y los profesores de la Universidad se expresaban como partidarios de la independencia de Cuba. El profesor de Historia de las colonias españolas ganó un aplauso cuando reafirmó esta posición con un viejo refrán español: “Más vale ser cabeza de ratón que cola de león” (Ramiro Guerra y Sánchez: Fundación del sistema de escuelas públicas en Cuba. 1900–1901, p 27).
31– E. J. Varona: Op. Cit., p.50.
32– El papel social del ingeniero civil en Cuba a finales del siglo, identificado con obras de ferrocarriles y puertos, fue sumamente progresista, portador de ideas de cambio en las costumbres del régimen colonial. Así lo caracterizaba Nicolás Heredia en su novela Leonela y así debió ser la presencia de varios ingenieros civiles cubanos educados en Estados Unidos, pues la carrera carecía de equivalentes en España. Entre estos: José Primelles, Juan M. Portuondo Tamayo, Manuel Luciano Díaz, Fernando Figueredo, José Ramón Villalón y Mario García Menocal. Algunos de estos ingenieros, que en 1903 pasaban de 30 en la isla, tomaron parte en la guerra, como Villalón, constructor de un cañón de dinamita. La exaltación de la figura del desaparecido ingeniero Francisco de Albear, cubano, pero educado como ingeniero militar en España, cuya estatua fue colocada en medio de la ciudad en 1895, tuvo mucho que ver con el significado adquirido con este tipo de profesional.
33– Cuba. Military Governor: Civil Report of the Brigadier–General Leonard Wood. Military Governor of Cuba, January 1st to May 29th, 1902, t. VI, p. 60.
34– Es probable que en la caracterización estilística de estas obras haya influido la presencia del arquitecto cubano Emilio Heredia. Este se había formado como pintor y entre 1894 y 1900 había vivido en París, donde estudió arquitectura en la Academia de Bellas Artes. En 1900 regresó a Cuba y se incorporó a la secretaría de Obras Públicas hasta 1905. Se le han atribuido los laboratorios y el museo de la Universidad de La Habana y el edificio del Aula Magna, dentro de su actividad en estos primeros años. Una versión historicista del estilo renacentista italiano fue también atribuida al arquitecto norteamericano Ernesto Videto, adscrito a los ingenieros militares de la intervención, quien fue autor de un proyecto para remodelar los baños del malecón. Videto permaneció luego en Cuba trabajando como profesional independiente.
35Cuba en la Exposición Pan Americana de Buffalo.
36– Jordi Maluquer de Montes: Nación e inmigración: los españoles en Cuba (ss. XIX y XX), p. 99.
37Cuba y América VI(III), p. 429.
38– Felipe Préstamo: “La arquitectura del central azucarero norteamericano: la United Fruit Company”, en The Wolfson Foundation Decorative and Propaganda Arts, Inc. (22), p. 43.
39– José Vega Suñol afirma que Banes fue el núcleo donde se consolidaron tempranamente esos “traspasos arquitectónicos” entre ambas tendencias (“¿Otros colonizadores? Enclaves norteamericanos en Cuba”, en Temas (8), p. 50).
40– “Todo lo que el mundo de Gonda produce en los almacenes norteamericanos y los adelantos que el ‘brujo neoyorquino presenta al orbe […]’.” (El Hogar (2), p. 7.)
41– El uso de la palabra “confort” para referirse a las comodidades de los objetos de la casa se acuña por estos años y es de indudable sentido norteamericano. Esto halagaba la tradicional inclinación de la cultura criolla por el placer y el descanso, la adaptabilidad al clima y al ambiente, pero se inscribía en una esfera distinta de adelantos técnicos e industriales propios de una cultura de consumo más masivo y menos elitista. El anuncio sobre la oferta de este museo de muebles apuntaba: “Sabido es que la América del Norte es el país del confort y una de las condiciones del confort es la verdad sólida de cuanto se halla al alcance del gentleman” (El Hogar (25), p. 7.)
42– En Bejucal las cooperativas tuvieron más éxito que en La Habana. Es probable que el regreso de los emigrados tabacaleros desde Tampa y otros lugares despertara esta tendencia hacia las cooperativas de casas, pero en el siglo XIX existía al menos un ejemplo en Cuba. Sobre las de Bejucal, ver Dania Lunares: “El desarrollo urbano de Bejucal de 1901 a 1959”, Museo de Bejucal, 1996 (inédito).
43– Leonardo Morales: “La arquitectura en Cuba de 1898 a 1929”, en El Arquitecto IV(38), p. 103.
44El Fígaro, no. 42, La Habana, noviembre 10 de 1901.
45– “Una hermosa vivienda”, en Cuba y América VI(110), p. 120.
46– La fábrica fue instalada en La Habana por dos propietarios asturianos y producía cemento Portland en cantidad de 20 mil Kg. al día. La ocupación introdujo cemento de importación en forma considerable.
47–Cita de su obra Vues d’ Amerique (tomado de “Quinta Las Delicias”, en Cuba y América XXI(12), p. 191).

Tomado de Espacios, silencios y los sentidos de la libertad. Cuba entre 1878 y 1912. Coordinadores: Fernando Martínez Heredia, Rebeca J. Scott y Orlando F. García Martínez. Ediciones UNIÓN, 2001.

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