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LA
MANO IZQUIERDA DE DIOS
Muñoz tenía, como Hokusai, lo que a muy pocos artistas
les está dado hallar: la línea gráfica perfecta de la
poesía. La línea ideal que le sirvió para ilustrar
magistralmente libros infantiles, empleando incluso ese
instrumento que alguien habría podido considerar
inapropiado y hasta innoble: el bolígrafo.
Rafael Morante |
La
Habana
Tal vez porque Muñoz Bachs y yo nacimos en España,
quizás porque llegamos a Cuba casi el mismo día del
mismo año, por la misma causa, su padre y el mío
acababan de perder la misma guerra,
quién sabe, si fue porque los dos descubrimos
desde muy jóvenes que un lápiz puede ser el instrumento
que sirve a la idea para sacar magia de la nada. Es
posible que fuera porque él era zurdo y yo derecho, o
porque las Moiras así lo tenían previsto, desde el
momento en que ambos nos descubrimos recíprocamente en
1961, puede ser que por todo esto o por nada de ello
fuimos siempre grandes amigos, en silencio, con
discreción y sin aspavientos, no recuerdo haber estado
nunca en su casa ni que él fuera a la mía, pero sí, que
siempre mediara entre los dos el más profundo y sincero
respeto y reconocimiento por el quehacer del otro.
Muñoz tenía, como Hokusai, lo que a muy pocos artistas
les está dado hallar: la línea gráfica perfecta de la
poesía. La línea ideal que le sirvió para ilustrar
magistralmente libros infantiles, empleando incluso ese
instrumento que alguien habría podido considerar
inapropiado y hasta innoble: el bolígrafo.
Muñoz Bachs alcanzó el sueño de oro, tan pocas veces
logrado, de los creadores: decirlo casi todo con casi
nada, la síntesis. Si tuviera que poner un ejemplo o
mejor todavía, tres, para sustentar esta afirmación,
bastaría con mencionar una trinidad de sus carteles de
cine, rayanos con la metáfora perfecta:
Niños desaparecidos: La pelota quedó olvidada,
tras la desaparición del niño, su dueño. La pelota se ha
convertido en la presencia ausente del pequeño. Se ha
vuelto denuncia inapelable del crimen. Menos elementos
gráficos, imposible. Un mensaje más claro, directo y
preciso, por sutil, imposible.
Gallego: Un racimo de plátanos con una boina
encima. Vuelve a crear la metáfora feliz. El emigrante
que viene a América a rehacer su vida, como el propio
Muñoz, valenciano, como yo, madrileño, en el caso de
Gallego, gallego, la boina lo atestigua, ¿y los
plátanos?: aplatanado, convertidos todos, gallegos,
madrileños y valencianos, por obra y gracia del Caribe,
de esta isla y de su gente, en esa curiosa, simpática e
imprescindible simbiosis, el “gallego”, como genérico.
Estética: Esa aparente negación de su título, el
“cheo” que reafirma toda una teoría, una estética, no
recogida en ningún ensayo pero presente en el individuo,
en su atuendo singular, nada ortodoxo, abierto a la más
descabellada “creatividad”, en su andar, en su modo de
interpretar qué música con qué volumen escuchar, en su
bigote, atributo fundamental de su personalidad. De
nuevo, con poco, mucho: todo un tratado de sociología.
Chaplin: Una verdadera antología. No fue el
primero ni el único en tomarlo como símbolo del séptimo
arte, pero sin duda fue el mejor. Lo cubrió de flores,
le puso ruedas y lo llevó al campo a descubrirle el cine
a los que nunca habían visto una película, lo
universalizó y finalmente lo convirtió, corona y
sombrero hongo, antorcha fílmica y habano en los labios,
en estatua y símbolo de una nueva libertad.
Mirta Aguirre decía que decían los griegos, que cuando
no alcanzan las palabras ahí comienza la música. Para
hablar con justeza de este Bachs haría falta un coro de
ángeles para interpretar una Pasión de Juan
Sebastián, el otro Bach, sin S.
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