|
ALGO MÁS SOBRE CULTURA
INTEGRAL MARTIANA
Mucho nos falta todavía para asumir nacionalmente la integralidad de la cosmovisión martiana, de la que no puede omitirse ni la cultura científica, ni la artística, ni la religiosa.
Cintio Vitier|
La
Habana
En la clausura del Encuentro Internacional de Estudios Sociorreligiosos, añadí a las
religiones occidentales, las de origen africano y las
orientales aludidas en mi intervención anterior, las
mitologías y tradiciones religiosas de origen
prehispánico que tanto apasionaron a Martí, sin cuyo
conocimiento siempre será insuficiente nuestra
comprensión de la América indígena. ¿Y cómo olvidar su
manifiesta simpatía por la cultura islámica, al punto de
llamar a su hijo Ismaelillo, en recuerdo del
bíblico fundador del pueblo árabe?
Si intentáramos una síntesis a su vez de la síntesis
cultural martiana, diríamos que su Cristo sin Iglesia,
su modernidad sin escuela, su filosofía sin sistema, su
pensamiento sin dogmas, su pedagogía de ciencia y
ternura, su antimperialismo profético, su antirracismo
radical, su toma de partido "con los pobres de la
tierra", su eticidad sin límites, se han convertido en
paradigma ideal y práctico para un proceso
revolucionario que finalmente ha tenido que afincarse
por sí solo en sus propias raíces histórica, en su sola
inspiración insular y americana. Mucho nos falta todavía
para asumir nacionalmente la integralidad de su
cosmovisión, de la que no puede omitirse ni la cultura
científica, ni la artística, ni la religiosa.
Desglosando algunas vertientes fundamentales para el
estudio que proponemos, pueden apuntarse en principio
las siguientes líneas:
- Martí desde el marxismo. Ver los Ensayos
de Juan Marinello, el discurso de Carlos Rafael
Rodríguez en la Universidad de La Habana, el 27 de enero
de 1972, y Siete enfoques marxistas sobre José Martí,
Centro de Estudios Martianos, 1978.
- Martí desde el cristianismo. Ver de Rafael
Cepeda, Lo ético-cristiano en la obra de José Martí,
CEHILA, 1992; de Reinerio Arce, Religión: poesía del
mundo venidero, CLAI, 1997.
- Marx desde el cristianismo. Ver de José
Porfirio Miranda, Marx y la Biblia, Salamanca,
1972; México, 1989.
- Martí desde el Oriente. Ver de Daisaku Ikeda y
Cintio Vitier, Diálogo sobre José Martí, el Apóstol
de Cuba, CEM, 2001.
- Martí desde la actualidad revolucionaria cubana.
Ver de Armando Hart Dávalos, Ética, cultura y
política, CEM, 2001.
En este último importante aporte a las perspectivas
martianas de hoy se leen precisiones esenciales como
éstas:
Varela y Luz recibieron la más elevada cultura europea
que culminó en la ilustración, los enciclopedistas y la
llamada modernidad y, por tanto, la expresión más
elevada del pensar científico alcanzada por la evolución
hispánica occidental.
A su vez asumieron de forma pura, sin las
mixtificaciones de la sociedad europea, la herencia
ética de raíz cristiana, cuyo primer antecedente en
América se remonta al siglo XVI con Fray Bartolomé de
las Casas.
La originalidad y mérito de estos maestros está en que
no pusieron en antagonismo la creencia en Dios con los
progresos de la ciencia. (…)
De esa manera los mejores principios éticos de la
civilización occidental, contenidos en el mensaje de
Jesús de Nazaret, resultaron válidos para creyentes y no
creyentes. No se presentaron en contradicción con la
cultura de la "edad de la razón" ni, por consiguiente,
con los ideales más progresistas y humanistas del siglo
XIX, entre ellos el pensamiento liberal, el masónico,
entre otros.
Estos valores nutrieron el ideario de los fundadores de
la nación. Céspedes y Agramonte fueron sus más genuinos
representantes. Se articularon, a su vez, con lo que he
llamado la cultura de los Maceo, que incluía las más
diversas corrientes, tal como llegaron a la región
oriental de Cuba a través del Caribe, y la población
esclava y explotada en general los asumió con un
carácter propio, singular, recreándola y orientándola a
favor de la justicia social. Este proceso constituyó un
antecedente de lo que hemos llamado en nuestra época,
cultura de la emancipación.
De toda esta inmensa sabiduría se nutrió la mentalidad
privilegiada y de refinada sensibilidad poética, ética y
política de José Martí.
Se nos hace evidente así una continuidad, incluso una
linealidad histórica de la que por cierto algunos
descreen o hacen mofa, y que tiene la derechura de la
flecha indígena, de la Revolución única iniciada por
Céspedes, de la carga al machete inventada por Gómez, de
la tajante Protesta de Maceo, de la palabra directriz de
los discursos de Martí, del perfil de discóbolo de
Mella, de la "pupila insomne" de Rubén, de la frente
obstinada de Guiteras, del alarido moral de Chivás, de
la sonrisa vencedora de Camilo, del rostro irradiante
del Che.
Que también hemos tenido fuertes corrientes
reaccionarias, que el pronóstico martiano del
anexionismo como "peligro constante y grave" en la
República se haya cumplido, nadie lo niega. Tampoco debe
desconocerse, si no queremos simplificar excesivamente
nuestra campaña cultural, que, como ahora mismo algunos
jóvenes lo observan y defienden, existe una persistente
concepción de "lo cubano" como región del vacío,
desprovisto de sentido y de finalidad. Sin desconocer ni
sobredimensionar estas tendencias, sin aislarnos en el
topos uranus de un "martianismo" ensimismado,
eglógico y académico, hay que enfrentarlas serenamente.
La cultura no es nunca sólo información sino,
fundamentalmente, formación. La cultura hoy para
nosotros es una batalla política y espiritual contra los
enormes peligros externos y los más sutiles internos. Si
somos capaces de aprovechar lo más legítimo y valioso de
estos últimos, tanto mejor.
Una reflexión de mayor alcance sobre la concepción
cultural martiana puede apoyarse en tres de sus
afirmaciones fundamentales: "radicar es ir a la raíz",
"la identidad universal del hombre" y la necesidad que
tenemos de una "cultura espiritual", la que nos
acostumbre a "goces más penetrantes y profundos". No hay
que confundir espiritualidad con ascetismo, por valioso
que este sea. En Martí hubo una ética del sufrimiento,
una creencia en su carácter compensatorio y redentor,
pero también una ética del goce espiritual y de una
limpia sensualidad. Por suerte nuestros próceres
estuvieron libres de todo puritanismo.
Cuando Hart nos dice que "los mejores principios éticos
de la civilización occidental, contenidos en el mensaje
de Jesús de Nazaret", fueron asumidos por la tradición
cubana, no podemos dejar de pensar, yendo a la raíz, que
el Dios de los hebreos fue considerado el único y
verdadero, no por falta de imaginación para inventar
muchos dioses, sino porque en lugar de culto idolátrico,
lo que pedía era misericordia entre los hombres, y
condenó radicalmente la entronización del Becerro de
Oro, mientras su Hijo sentenció que el que no ama al
prójimo visible no puede amar al Dios invisible, y en la
Oración del Huerto pidió que todos seamos una sola cosa,
es decir, la comunión de los hombres abrazados en su
"identidad universal". Y reveló más, en Mateo 25: su
identificación sustancial con el desvalido, que de tan
tremendo modo palpita en líneas de fuego de El
Presidio Político en Cuba.
Si algo habría que aclarar a los jóvenes es que ser
religioso no consiste necesariamente en ir a misa, y que
el famoso pecado original no consistió en el acto
sexual, cuando ya se había dado el amoroso mandamiento
de "creced y multiplicaos", sino en ceder a la tentación
del "seréis como dioses", raíz de todas las tiranías e
injusticias. Y no menos necesario sería demostrarles el
frecuente abismo que se abre entre la historia de las
instituciones religiosas y la esencia de las doctrinas
que las originaron, como también ha sucedido con las
ideologías políticas más respetables; y hasta qué punto
en el fondo de los problemas políticos se mueven
problemas religiosos.
No estaría de más, por ejemplo, echar un vistazo a la
génesis calvinista y a la historia de la idea del
"destino manifiesto", tal como la estudia Rafael Cepeda
a partir del libro de Ernest Tuvenson Redeemer Nation
(Chicago, University Press, 1968), en el ensayo
titulado "La falsa religiosidad del 'destino manifiesto'
y sus variantes" (Raíz y ala No. 3, Consejo de
Iglesias de Cuba, 1997, pp. 17-30). La mencionada
aberración tuvo su primer texto en el poema América
de Timothy Dwight, publicado en 1781, donde se declaraba
a la nación norteamericana "misionera de Dios" y que fue
memorizado en todas las escuelas del país. Según
Tuvenson, el "destino manifiesto" era un "legado" que la
Gran Bretaña entregaba a su hija. Incluso recuerda que
"los fundadores de los Estados Unidos pensaban que ellos
estaban realizando un paso más allá de la Reforma: la
amalgama de la ciudad del mundo en la ciudad de Dios".
Así, dice, "resultó muy natural que, después de lograda
la independencia, los colonos tomaran muy seriamente la
idea de que la nación era la agencia que Dios había
ordenado para llevar a cabo su misión mundial." Se
trataba, según el sociólogo John E. Smyle, de que, dado
el pluralismo religioso de Estados Unidos, por el que no
había una Iglesia oficial o estatal, "la nación misma
vino a funcionar como si fuera una Iglesia." No debe
perderse de vista la relación con los orígenes de la
Reforma protestante y con el racismo anglosajón. Así se
explica que Albert J. Beveridge, senador por Indiana, a
fines del XIX declarase: "Dios no nos ha estado
preparando a los pueblos teutónicos y de habla inglesa
durante mil años para nada más que una vana y quieta
autosatisfacción y autoadmiración. Él nos ha constituido
en los maestros organizadores del mundo, para establecer
un sistema donde reina el caos. / Él ha enseñado al
pueblo americano como la nación escogida para dirigir el
mundo en su regeneración." Nada mejor podemos hacer que
paralelizar la lectura de estos estudios actuales con
las crónicas antimperialistas de José Martí en los días
de la Primera Conferencia Internacional Americana, lo
que nos permitirá leer sin mayor sorpresa las
declaraciones de Gary Bauer, ex director ejecutivo de la
ultraderechista Coalición Cristiana, en el Washington
Post de nuestros días (reproducidas por Juventud
Rebelde el 3 de enero de este año 2002), entrevista
en la que, refiriéndose al presidente Bush, el señor
Bauer se atreve a sentenciar que "un hombre de Dios está
en la Casa Blanca".
También sería conveniente recordar a los jóvenes, en
cuanto sencilla información cultural, que la palabra
misma "religión" procede de "religare", a saber, religar
por el amor lo que el egoísmo, la soberbia y el odio
-con un velo seudorreligioso u otro- han separado. Todo
esto, y mucho más, está en Martí, el que preside, como
dijera José Lezama Lima, nuestra "era de la posibilidad
infinita".
La infinitud cualitativa y armonizadora a que nos invita
siempre la cultura martiana, por lo demás, no olvida
nunca la necesidad de mantenernos en guardia permanente.
Así en "Con todos, y para el bien de todos", leemos:
"¡El amor en el corazón, los ojos en la costa, la mano
en la América, y el arma al cinto!" Ya fundado el
Partido Revolucionario Cubano, en carta a Teodoro Pérez
de abril del 1892, y como perfeccionando su propia
consigna, escribió: "En el corazón, el Evangelio; entre
las cejas, la prudencia; los brazos, a cuantos los
quieran, y el arma, desenvainada."
El arma que hoy tenemos desenvainada es la fuerza de
nuestras ideas y de nuestros ideales, la del mensaje de
justicia que atraviesa los siglos y al que Martí rindió
honor al escribir en su última carta a Manuel A.
Mercado, poco antes de caer en combate: "Y mi honda es
la de David."
Tomado de Documentos
para la reflexión (primera parte). Segunda Asamblea
Sociedad Cultura José Martí, Ed. Colección
pensamiento, 2002.
|